La Ciudad del Vaticano, oficialmente Estado de la Ciudad del Vaticano, o simplemente el Vaticano, es un Estado Soberano sin salida al mar, incluido dentro de la ciudad de Roma, en Italia, pero cuyas características políticas, administrativas, legislativas, etc., son diferentes a las del territorio donde se encuentra ubicado. Todo esto es debido a que la Ciudad del Vaticano alberga la Santa Sede, es decir, la máxima institución de la Iglesia Católica.
Es fundamental comprender que “Vaticano” y “Santa Sede” no son términos equivalentes, aunque se usen como sinónimos. El Vaticano es el Estado que alberga la Santa Sede, que es la institución que gobierna la Iglesia católica y está formada por el papa y la curia romana. El sumo pontífice es el obispo de Roma, el jefe del Estado vaticano y la cabeza de la Santa Sede al mismo tiempo. La Ciudad del Vaticano se limita a ofrecer el soporte territorial y temporal a la Santa Sede, que ejerce la soberanía de ese territorio.
La Gobernanza de la Ciudad del Vaticano
La Gobernación de la Ciudad del Vaticano ejerce la potestad y las funciones que le son propias, atribuidas para garantizar a la Santa Sede la independencia absoluta y visible, también en el ámbito internacional, en el ejercicio de la misión universal y pastoral del Sumo Pontífice. La Gobernación está constituida por todos los entes y organismos de gobierno que contribuyen al ejercicio del poder ejecutivo del Estado de la Ciudad del Vaticano y en los ámbitos mencionados en los artículos 15 y 16 del Tratado de Letrán, dentro de su específico estatuto jurídico.
La Gobernación (Governatorato), con su propia estructura administrativa, dispone, como tarea propia y exclusiva, que ejerce en las áreas previstas en el Artículo 19, de la Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano de 13 de mayo de 2023. El Sumo Pontífice y, en su nombre, la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano, que también se encarga de mantener las normas básicas, emiten las cláusulas. Ambos se publican en un anexo especial del boletín oficial de la Santa Sede, Acta Apostolicae Sedis. El cardenal presidente de la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano, que ostenta el título de «presidente del Governatorato» en el ejercicio de su cargo, tiene autoridad ejecutiva. La estructura de la Gobernación se basa en las direcciones y oficinas centrales del presidente.
La Santa Sede como Sujeto de Derecho Internacional
Así, la Santa Sede, como institución, tiene personalidad jurídica propia como sujeto de Derecho Internacional y es ella, precisamente, la que mantiene las relaciones diplomáticas con los demás países del mundo. La Santa Sede es reconocida como sujeto sui-generis de Derecho Internacional y a la vez tiene a su cargo el gobierno de la Iglesia Católica, cuya cabeza es el Papa, Jefe de Estado y Sumo Pontífice de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Tanto el Vaticano como la Santa Sede tienen un estatus internacional particular.
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Pese a no ser un Estado, la Santa Sede es el sujeto de derecho internacional que representa a la Iglesia católica en el mundo. La Santa Sede entabla relaciones diplomáticas con otros Estados, suscribe tratados o acredita a embajadores en nombre de la Iglesia católica. Además, forma parte de Naciones Unidas como miembro observador desde 1964. La estructura política y legal de la Santa Sede le permite actuar en el escenario mundial de forma similar a la de los Estados y participar activamente en diversos foros internacionales, en donde ejerce una importante influencia basada en su fuerza moral. Así, desde hace varias décadas ha desplegado una actividad diplomática significativa en conferencias mundiales tales como las dedicadas a la Población, el Desarrollo, la Mujer y la Alimentación, por nombrar algunas de ellas.
Evolución Histórica del Estatus Internacional de la Santa Sede
La Santa Sede tiene una historia más extensa que la Ciudad del Vaticano. Sus orígenes se remontan a los inicios del cristianismo. Según la tradición católica, la sede apostólica de la diócesis de Roma fue establecida por san Pedro y san Pablo en el siglo I. Sin embargo, el estatus legal de la Iglesia romana y sus propiedades no se reconoció hasta el siglo IV, cuando el emperador Constantino autorizó la libertad religiosa en el Imperio romano con el Edicto de Milán del año 313.
El ducado de Roma sentó las bases del primer Estado de la Iglesia. En el año 754, el rey franco Pipino el Breve derrotó a los lombardos, que reclamaban el ducado, y acordó con el papa Esteban II la donación de los territorios conquistados al ejército lombardo. De este modo, dos años después se establecieron los Estados Pontificios, que abarcaban las regiones italianas del Lacio, Umbría, Marcas y Emilia-Romaña. La pérdida de los Estados Pontificios tras la unificación italiana dejó a la Santa Sede sin poder territorial por primera vez en más de un milenio. Durante medio siglo, el papado no reconoció la existencia del Estado italiano y se declaró “prisionero” dentro del Palacio Apostólico ubicado en la plaza de San Pedro.
El conflicto entre la Iglesia católica y el Reino de Italia se solucionó con la firma de los Pactos de Letrán en 1929. Estos acuerdos evidenciaban la necesidad de entendimiento entre el entonces Estado fascista y la Santa Sede. Pese a los orígenes anticlericales del fascismo, Benito Mussolini buscaba el apoyo de las masas católicas y conservadoras para afianzar su régimen con una mayoría social anticomunista. De igual modo, el papado anhelaba recuperar un Estado propio que le permitiera ejercer su actividad política. Los Pactos de Letrán establecieron el reconocimiento de la Iglesia católica al Estado italiano.
El fin de la cuestión romana permitió a la Iglesia católica abandonar su aislamiento internacional. El Estado de la Ciudad del Vaticano surgió como un ente de Derecho Internacional Público el 11 de febrero de 1929, como consecuencia de la firma de los Tratados de Letrán entre Italia y la Santa Sede. Mediante dicho instrumento fue reconocida la soberanía del Papa sobre el territorio de la Ciudad del Vaticano y algunos templos en la ciudad de Roma, además del Palacio de Castel Gandolfo. Desde antes que existiera el Estado de la Ciudad del Vaticano, la Santa Sede ya sostenía relaciones con diferentes gobiernos. Desde entonces, la Santa Sede ha expandido su actividad diplomática por todo el mundo, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II iniciado en 1962, que impulsó la modernización de la Iglesia. En la actualidad, la Santa Sede mantiene relaciones con 184 Estados, además de otros actores internacionales como la Unión Europea, la Liga Árabe y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).
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Peculiaridades de la Diplomacia Vaticana
Las primeras diferencias las encontramos en el nombre que recibe la gobernanza del Estado en relación con su diplomacia. La Santa Sede está regida por un conjunto de órganos de gobierno que recibe el nombre de Curia Romana. A su vez, la Curia está formada por una serie de instituciones que se denominan dicasterios y que se encuentran bajo la dirección del Papa.
Pero no acaban aquí las diferencias del Vaticano frente a la gran mayoría de los países con los que mantiene relaciones diplomáticas, pues las misiones diplomáticas también reciben su nombre concreto. La Santa Sede dispone de Nunciaturas, que son las misiones de máximo rango y equivalen a las Embajadas; y de Internunciaturas, misiones diplomáticas de menor rango que son equivalentes a las Legaciones. Además, los miembros del cuerpo diplomático de la Santa Sede siempre son clérigos y es en la Academia Pontificia Eclesiástica donde cursan los estudios y reciben la preparación necesaria para el desempeño de sus funciones. Pero, además, en aquellos países en los que la Santa Sede no cuenta con Misiones Diplomáticas, pero sí se trata de países con incidencia católica, se establecen Delegaciones Apostólicas que hacen las veces de conexión con las iglesias locales de dicho territorio.
Por otro lado, cabría pensar que, al encontrarse la Ciudad del Vaticano dentro de territorio italiano, el embajador de un país ante el Vaticano podría ser el mismo que el embajador de ese país ante Italia. ¡Nada más lejos de la realidad! Adicionalmente, los embajadores de los países ante la Santa Sede, son el único cuerpo diplomático que no vive dentro del mismo territorio ante el que ejerce representación.
Pero una de las diferencias que más curiosidad genera en las relaciones internacionales con el Vaticano, es la concerniente al código de vestimenta para las visitas de Estado al Santo Padre. Según dicta el protocolo, el jefe de Estado visitante debe vestir con traje oscuro y corbata, uniforme o traje nacional (siempre que no sea llamativo en exceso), en caso de ser hombre. En lo que respecta a las mujeres, la etiqueta recomienda vestido oscuro y mantilla, siendo esta última opcional. Pero, lo más destacable y curioso del código de vestimenta para los encuentros con el Papa, es sin duda el
Un Caso de Estudio: Relaciones entre México y la Santa Sede
Las relaciones entre México y la Santa Sede ejemplifican la particularidad de este régimen especial. Lo anterior fue resultado de un largo proceso de acercamiento, que tuvo por antecedente los diversos contactos que se establecieron entre la jerarquía católica y el Gobierno mexicano; particularmente, los cuatro importantes encuentros que se llevaron a cabo entre tres presidentes de México y dos pontífices. El primero de ellos tuvo lugar en febrero de 1974, cuando el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez, visitó al papa Pablo VI con el propósito de agradecer su apoyo para la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados. Unos años después, el presidente José López Portillo recibió personalmente al papa Juan Pablo II en el aeropuerto de la Ciudad de México y en la residencia oficial de Los Pinos, en el curso de la primera estancia pastoral del Pontífice en México, en enero de 1979; y el presidente Carlos Salinas de Gortari le concedió un tratamiento especial cuando Juan Pablo II regresó a nuestro país en mayo de 1990.
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Adicionalmente, en las décadas de los ochenta y principios de los noventa se planteó la necesidad de revisar el marco legal de las relaciones entre el Estado y las iglesias. Esto dio lugar a un amplio debate y, posteriormente, a un programa de modernización de la vida nacional. Se contemplaba, igualmente, aprovechar el potencial de colaboración con los llamados “nuevos” actores en el escenario internacional de la época. Entre éstos, la Santa Sede, que había intensificado su participación en los asuntos mundiales. Una vez que entraron en vigor las reformas a la Constitución, las relaciones diplomáticas se hicieron oficiales mediante el intercambio de notas diplomáticas entre la cancillería mexicana y la Secretaría de Estado de la Santa Sede, las cuales fueron publicadas simultáneamente el 21 de septiembre de 1992. Posteriormente, el Gobierno de México anunció el nombramiento del Prof. Enrique Olivares Santana (C.C. Lic. Guillermo Jiménez Morales (C.C. Lic. Horacio Sánchez Unzueta (C.C. Dr. Fernando Estrada Sámano (C.C. Dr. Javier Moctezuma Barragán (C.C. Lic. Luis Felipe Bravo Mena (C.C. Ing. Héctor Federico Ling Altamirano (C.C. Dr. Mariano Palacios Alcocer (C.C. Dr. Jaime Manuel del Arenal Fenochio (C.C. Mons. Girolamo Prigione (C.C. Mons. Justo Mullor García (C.C. Mons. Leonardo Sandri (C.C. Mons. Giuseppe Bertello (C.C. Mons. Christophe Pierre (C.C. Mons. Joseph Spiteri (C.C.
El vínculo entre México y la Santa Sede ha mostrado ser sumamente positivo. Los viajes del papa Juan Pablo II a México, particularmente el que realizó en su calidad de Jefe de Estado en 1993, y el del papa Benedicto XVI en 2012, así como las visitas de los presidentes mexicanos al Vaticano, en especial la del presidente Enrique Peña Nieto en junio de 2014, han puesto de manifiesto la importancia que tanto nuestro país como la Santa Sede asignamos a la relación bilateral. Lo mismo puede decirse de los múltiples encuentros que se han llevado a cabo entre los cancilleres de ambas partes, y otros funcionarios del Gobierno mexicano con las autoridades vaticanas a lo largo de estos años de relaciones diplomáticas. Prueba de estos avances ha sido el intercambio de ideas y en muchas ocasiones el respaldo mutuo en temas relacionados con el respeto universal a los derechos humanos, el fortalecimiento y democratización de la ONU y la lucha por la paz y seguridad internacionales.
Otro ejemplo del trabajo que se ha desarrollado en estos años ha sido la realización del Coloquio sobre Globalización y Justicia Internacional que se llevó a cabo en México bajo el patrocinio de la Secretaría de Relaciones Exteriores y de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales en junio del 2004; éste representó el primer evento de esta naturaleza, orientado a facilitar los intercambios entre diversos sectores de la sociedad sobre aspectos que son de interés prioritario tanto para la Santa Sede como para México, como es el caso de los desafíos que presenta la globalización al mundo actual. Por último, se han realizado importantes esfuerzos para promover el intercambio académico-cultural a través de acciones como la exposición "Tesoros Artísticos del Vaticano: Arte y Cultura de Dos Milenios", llevada a cabo en el antiguo Colegio de San Ildefonso de la Ciudad de México en 1994. A ésta le siguieron otro tipo de actividades que han contribuido a dar continuidad a la colaboración en este ámbito.
Adicionalmente, nuestro país promovió y apoyó las candidaturas de los mexicanos Mario J. Molina -Premio Nobel a la Química 1995- y Ernesto Derbez -ex canciller de México-, como miembros de la Pontificia Academia de las Ciencias, quien fueron aceptados en dicha institución en julio de 2000 y en octubre de 2007, respectivamente. Asimismo, cabe destacar los eventos culturales de promoción de la artesanía mexicana en los Museos Vaticanos: la “Navidad Mexicana en El Vaticano” y "Manos del Mundo en el Vaticano". El primero es un evento que se realiza en el marco de las festividades navideñas, en el que una entidad federativa de México expone en el Vaticano dos nacimientos y adornos navideños, elaborados por artesanos oriundos del Estado en cuestión.
