Descubre la Increíble Vida de los Peones en las Haciendas de Yucatán: Secretos y Realidadespost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La esclavitud implica la propiedad sobre el cuerpo de un ser humano, susceptible de ser transferido a otro, otorgándole la posesión y el derecho de explotar lo que ese cuerpo produzca, someterlo al hambre, castigarlo a voluntad o incluso asesinarlo impunemente. Este concepto evoca imágenes de barcos repletos de esclavos africanos cruzando el mar para ser vendidos en las colonias, así como imperios históricos que construyeron sus ciudades y mantuvieron sus territorios mediante una institución jurídica que permitía la posesión de un ser humano por otro.

Incluso se puede reflexionar sobre la mano de obra mal pagada en diversas industrias que proveen bienes a nivel global en el presente siglo, o sobre la explotación sexual infantil. Sin embargo, rara vez se considera la historia del sur de México, específicamente Yucatán, donde el sufrimiento de miles clama al cielo. Fue en la preparatoria cuando Miss Valero, una maestra extraordinaria de historia, nos introdujo en ese México profundo, que toca el dolor más allá de su bandera.

Viajamos por la riqueza de sus culturas, de su imperio hasta llegar al siglo diecinueve. En cada ladrillo de sus miles edificios y monumentos, hay una narrativa construida en el tormento de su población indígena. Y me dio a leer material que no olvido, que me llevó a preguntar y a preguntar más.

El Auge del Henequén y la Explotación Indígena

A principios del siglo XIX comenzó la producción de henequén, de tabaco, la caña de azúcar, madera palo de tinte y algodón. Y cobró ésta primera, un auge debido a la gran demanda de cordel, derivada de la invención de la cosechadora de trigo de Mccormick, que llevó al invento de la raspadora mecánica para desfibrar en 1852, por Jose Esteban Solis, que en 21 horas, lograba desfibrar más de seis mil pencas.

Oro verde, es el nombre que recibió el henequén en Yucatán, a causa de la gran derrama económica que generó durante su auge industrial. Hasta que aparecieron las materias primas sintéticas, y quedó relegada a sobrevivir apenas hasta esta época. Cabe mencionar que en las páginas oficiales solo se menciona la producción de henequén y se habla de “mano de obra campesina”; se deja de lado cuál era ésta, entre mediados del siglo XIX y el XX y la aberración de su naturaleza.

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La Realidad de la Vida en las Haciendas

En las paredes de las haciendas henequeneras, todavía está la impronta de la forma de trabajo cruel que se imponía, una forma de hacer ricos a muchos, a costa del tantísimo dolor de otros. Infligido principalmente en la población indigena, y en algunos coreanos que también llegaron a estas tierras en lamentables condiciones, para ser explotados como mano de obra barata. En los patios, de las haciendas donde se agrupaban, quedan en fotografías, el recuerdo de los rostros macilentos y febriles de la mano de obra, de la que hablan algunas fuentes. Habían acasillados que residían en la hacienda y los peones que provenían de los poblados vecinos.

Frijoles, tortillas y pescado rancio una vez al día, de doce a catorce horas de trabajo, bajo el sol abrasador y un poco de masa fermentada para calmar el hambre. El trabajo consistía en cortar millares de grandes hojas verdes llenas de espinas; apilarlas, llevarlas a la máquina para sacar la fibra que producía cuerdas, sogas, sacos, hilos y para la elaboración de artesanías como alfombras, tapices, tapetes y hamacas. Cada planta producía treinta y seis pencas nuevas al año; doce de éstas, las más grandes, se cortaban cada cuatro meses; y tenían que quedar exactamente treinta después del corte.

El Sistema de Deuda y la Servidumbre Forzosa

En 1829, la esclvitud se abolió en México. Pero los hacendados yucatecos no llamaban esclavitud a su sistema; lo llaman servicio forzoso por deudas. Argumentaban no considerarse dueños de sus obreros; simplemente estaban en deuda con ellos. Según decían, tampoco los compraban o los vendían, sino que transferían la deuda. Esta era generada en las tiendas de raya donde el “trabajador” compraba sus víveres y el jornal de 25 a 50 centavos no alcanzaba para nada. Así se iban endeudando, haciendo impagables las cuentas, con un trabajo de sol a sol para cubrirlas.

Si uno quería comprar una hacienda para hacer negocio, se calculaba en el precio, el pago en efectivo por aquellos que la trabajaban, incluyendo mujeres y niños; el monto era exactamente lo mismo que por la tierra, la maquinaria y el ganado. El precio corriente de cada hombre era de $400 pesos en épocas de crisis, pero podían costar hasta $1000. Pero si uno podía echar mano de un yaqui, que provenía de un pueblo del norte del país, por ellos se pagaba mucho menos, al igual que por los coreanos. La deuda realmente no tenía mayor peso, pues ésta en términos reales era impagable.

El Caso de los Yaquis

Entre los esclavos de Yucatán había diez mayas por cada yaqui. Un pueblo del norte del país, que en época de la Colonia al no poder subyugarlos, encontraron que, si cedían algunas de sus tierras, les serían concedidos títulos, que les procuraban libertad y el usufructo de las tierras, que curiosamente siempre habían sido suyas y así fue por más de doscientos años. Pero en la época de Díaz comienza el exterminio, empezando con la guerra. Una parte de ellos se negó a aceptar el destino que el gobierno les impuso, pasando por encima los títulos legítimos sobre la tenencia de la tierra, cuando eran una nación de cien mil a doscientas mil personas.

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“El 17 de mayo de 1892, el general Otero, del ejército mexicano, ordenó aprehender a los yaquis, hombres, mujeres y niños que había en la ciudad de Navojoa y colgó a tantos que agotaron las cuerdas disponibles, siendo necesario usar cada una de ellas cinco o seis veces”. A todo soldado que matase a un yaqui, le eran otorgados cien dólares. Teniendo que presentar las orejas de su víctima como prueba. Los que no fueron asesinados, fueron arrancados de sus tierras, deportados y llevados a la esclavitud, vendidos por el mismo gobierno a los hacendados.

Los mayas al menos morían en su propia tierra, entre su propio pueblo, pero los yaquis morían más rápido. Solos, en tierra desconocida, lejos de sus familias, tenían el cuidado de desintegrarlas en el camino: los maridos separados de las mujeres y, los niños arrancados de los pechos de sus madres.

La tierra, quebrada y rocosa, dañaba los pies; las pencas de henequén que son espinosas arañaban la piel, y el sol candente hacía del clima una dureza sofocante. Los hombres, vestidos de andrajos y descalzos, trabajaban sin descanso, algunos a destajo, y su pago acompañaba el librarse del látigo. Se veían por doquier mujeres y niños, apenas de ocho o diez años cumpliendo tareas de adulto, pero a ellos no se les pagaba. Tenían que cumplir con la cuota, si querían vivir junto a los suyos.

Hoy en este vasto territorio siguen los mayas amalgamándose con la modernidad, son un pueblo único que no se parece a ningún otro pueblo del mundo. Pequeños, levantan del suelo un uno cincuenta como media. Facciones finas y cuerpos con gracia y elegancia. La piel aceitunada, frente alta, rostro ligeramente aquilino y sonrisa cálida. Las mujeres todavía usan blancos vestidos, amplios y sin cintura, bordados en el borde inferior de la falda y alrededor del escote con colores brillantes: verde, azul, amarillo, rosado.

Hoy una gran mayoría se dedica al turismo, los menos al campo, otros han emigrado a Estados Unidos. En sus rostros veo el dolor de su pueblo, y la admiración que me genera su maravillosa cultura.

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