El objetivo de este artículo es reconstruir las formas de obrar, pensar y de sentir de los hacendados asociados a su posición social, es decir, su habitus, que hace que personas de un entorno social homogéneo tiendan a compartir estilos de vida parecidos.
El Habitus del Hacendado
Se trata de explicar qué distinguió a los hacendados del resto de los actores sociales y cómo fueron vistos o percibidos por los otros, cuáles fueron las representaciones sociales que los caracterizaron y los definieron en el espacio social, y cómo se adaptaron a los cambios en ese espacio.
Por habitus, Pierre Bourdieu entiende el conjunto de esquemas generativos a partir de los cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él. Estos esquemas generativos están socialmente estructurados, han sido conformados a lo largo de la historia de cada sujeto y suponen la interiorización de la estructura social, del campo concreto de relaciones sociales en el que el agente social se conformó como tal. Pero al mismo tiempo son las estructuras a partir de las cuales se producen los pensamientos, percepciones y acciones del agente.
El habitus se aprende mediante un proceso de familiarización práctica; a cada posición social distinta le corresponden distintos universos de experiencias, ámbitos de prácticas, categorías de percepción y de apreciación. Cada posición social tiene su propio habitus, creándose así un marco para cada posición social.
Norbert Elias afirma que para entender una sociedad es necesario verla simultáneamente desde la perspectiva de ellos y desde la del nosotros, sólo asomándonos a sus diferencias será posible comprenderlos.
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Para ello es necesario volver la mirada hacia los siglos anteriores, ya que su habitus se encuentra referido a coordenadas sociales específicas en las que cobra sentido y dirección; son constructos históricos definidos y definibles a partir del entendimiento de su inserción en contextos sociales e históricos particulares.
Cabe hacer notar que un problema que resalta al estudiar la manera de pensar, obrar y de sentir de los hacendados es el relativo a las fuentes. No son numerosas las memorias o escritos de hacendados, así como los libros de correspondencia de las haciendas que se conserva; sin embargo, nos ofrecen la posibilidad de conocer la manera de pensar y actuar del hacendado.
La Hacienda y Sus Dueños
Si bien el término "hacienda" fue usado por los españoles poco después de su llegada para aludir a la acumulación de tierras y bienes que poseía una persona, evidentemente no coincide con lo que se entendió después con ese nombre. Lo que definió como hacienda a una propiedad agrícola fue el sistema de producción que se llevó a cabo en ella, que tenía que ver con el número de trabajadores, su jerarquía y especialización, la finalidad de la producción y sus encadenamientos con el mercado local o regional, es decir, la compleja organización del trabajo con que contaba una unidad productiva.
Pero además de ser una unidad económica, la hacienda fue una institución social jerárquica.
Si bien existieron diversos propietarios de haciendas durante los siglos XVI y hasta la primera mitad del siglo XIX, la gran mayoría de ellos se definieron como labradores, pese a que sus propiedades eran unidades productivas y sociales que reunían las características antes mencionadas. No fue sino hasta las cuatro últimas décadas del siglo XIX, con la puesta en práctica del proyecto liberal de la individualización y desamortización de tierras, que los hacendados se definieron como tales, pese a que los labradores obtuvieron posesiones de tierras cuando la Corona Española les concedió mercedes de tierras, como premio por su acción realizada durante la conquista, o bien porque los peninsulares las adquirieron por diversos mecanismos, ya sea la compra o enajenación de tierras a otros españoles o a los indígenas, con el propósito de ampliar sus propiedades.
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La mayoría de esos hacendados, en especial los del norte del reino de la Nueva España, debido a sus características geográficas e históricas (lejanía del centro, escasa población, tierras de frontera e indígenas menos civilizados), lograron hacerse de inmensas extensiones de tierra y adoptaron esa actitud tan característica del gran hacendado y que lo identificó durante mucho tiempo: dominaron y sojuzgaron en sus propiedades con rasgos patriarcales. A fines del siglo XIX algunos hacendados de Yucatán, pertenecientes a la casta divina, tuvieron esa misma característica: señorearon en sus dominios.
Actitudes específicas y diferentes comportamientos contribuyeron a diferenciar a los hacendados, por lo que podemos establecer diversos tipos: los que obtuvieron títulos por sus hazañas; los que se relacionaron a gran escala con diversos sectores de la economía (minas, agricultura, comercio) y que debido a ello obtuvieron títulos de nobleza, como el marqués de Jaral del Berrio durante el siglo XVIII, con intereses fuera de sus provincias y que residieron en la capital del virreinato; una categoría intermedia, de una estrategia económica aún insuficientemente definida, y que experimentó dificultades pasajeras; y por último, los hacendados de menor envergadura y de estatura local, que si bien llevaron un estilo de vida señorial, no obtuvieron la estabilidad de su patrimonio y éste con frecuencia estuvo altamente hipotecado, además de que por regulaciones jurídicas como la consolidación de vales de 1804, se vieron afectados considerablemente.
Hubo hacendados del siglo XIX, como los pertenecientes a la familia García Pimentel, cuyos orígenes se remontan al siglo XVI como dueños de las haciendas de Tenango y Santa Clara Montefalco, cuya propiedad estuvo en la familia desde que se fundaron, la primera en 1589 y la segunda en 1616.
Si tenemos presente que el habitus sufre transformaciones con el tiempo y el espacio, que no representa permanencias inamovibles sino procesos cambiantes, podemos comprender que hubo hacendados que combinaron su actividad económica con la minería, las finanzas y el comercio; tales fueron los casos de Miguel del Berrio en el siglo XVIII y Planearte en Zamora durante el XIX.
Además, los hacendados no fueron de un solo tipo. A lo largo de más de tres siglos hubo entre ellos nobles y plebeyos, aristócratas y burgueses, clérigos y laicos, mineros y comerciantes, esclavistas y empresarios, hombres de campo y advenedizos, modernos y tradicionales, exploradores y filántropos, extranjeros y mexicanos, hombres y mujeres. Pero además se diferenciaron los del norte, sur y centro de la República, aunque participaron de algunas características comunes.
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La Hacienda como Institución Social Jerárquica
Podemos adentrarnos en la manera de pensar, ser y quehacer del hacendado si consideramos, como ya se mencionó, que la hacienda fue una institución económica, pero también una institución social jerárquica. Esa jerarquía establecía el conjunto de la vida, y señalaba a cada cual su lugar, implantando deberes y derechos recíprocos:
A pesar de la gran diversidad de haciendas que hubo en nuestro país por las variantes de espacio, tiempo y tipo productivo, se puede hablar de la hacienda mexicana en general, en la medida en que todas y cada una de ellas, tenía una matriz básica, constante, pero no necesariamente imperecedera. La hacienda era un sistema económico y social, al igual que los pueblos, fundamentado en los derechos de uso de la tierra y el agua, cuyo objetivo era la explotación de los recursos naturales por medio del cultivo y/o el arrendamiento.
Esta unidad socio-económica se sustentaba en una fuerza de trabajo numerosa, cuya organización laboral era muy compleja. Si bien existían diferencias en su estructura laboral, dependiendo del tamaño, localización geográfica y producción, una jerarquía claramente definida incorporaba a la totalidad de los miembros de la fuerza de trabajo de la hacienda, que iba desde las categorías más bajas que ocupaban los "muchachos" hasta el administrador.
Jerarquía Laboral en las Haciendas
Estaba integrada por diferentes grupos de trabajadores que se distinguían por su función en el trabajo, las raciones recibidas, el ingreso, las prestaciones otorgadas, etcétera. Mientras más alto era el rango de una ocupación, más elevado era el ingreso, mayores eran las prestaciones, como por ejemplo los créditos, las concesiones de tierra, etcétera. Con base en estos elementos, a grandes rasgos se pueden destacar cinco categorías de trabajadores en una escala descendente:
- El grupo de los "meseros": Se les llamaba así porque recibían su pago cada mes, complementado con una ración semanaria de semilla y una cantidad de dinero en efectivo. En esta categoría podemos distinguir dos subgrupos: los que se ocupaban de las labores de la administración de la hacienda, los cuales tenían cierta especialización laboral, como el administrador, el escribiente, los mayordomos y, en algunas ocasiones, un maestro de escuela y a veces hasta un médico. Todos éstos eran los trabajadores de confianza del hacendado, y como tales recibían los mayores salarios en monetario y en especie. Los meseros "no administrativos" eran los trabajadores que se ocupaban de las labores menos especializadas: artesanos, carreros, milperos, pastores, y otros.
- El grupo de los peones o acasillados: Eran la mano de obra más numerosa que vivía en la hacienda. Al ser contratados, antes de principiar el año agrícola, se les hacía entrega de un anticipo o avío, y de la raya de la Semana Santa. Recibían un jornal diario, raciones de maíz por cada día trabajado, la concesión de un minifundio de la hacienda, el suministro de semillas para la siembra "a cuenta" y la facilidad de adquirir maíz, también "a cuenta" del ingreso acumulativo anual; estos beneficios les permitían un sustento de mínimo bienestar y seguridad. Realizaban los trabajos necesarios indispensables para la producción de los cultivos en la hacienda: como la siembra, la escarda, la cosecha, etcétera.
- El grupo de los semaneros: Quienes generalmente vivían en los pueblos de los alrededores de las haciendas, y trabajaban en ellas por un periodo determinado para la siembra o la cosecha. Eran la mano de obra eventual, a la que se le pagaba en efectivo semanalmente. Recibían salarios más altos que los peones, pero generalmente no gozaban de las prestaciones de los mismos.
- El grupo de los arrendatarios o aparceros: Quienes podían alquilar tierras de cultivo o de pastoreo, pequeñas o grandes, dependiendo de sus recursos y de la disponibilidad de tierra de la hacienda. Las podían trabajar con sus propias herramientas o alquilándoselas al propietario de la finca, y la paga podía ser en efectivo o en especie, es decir, entregando a la hacienda una parte del fruto de sus cosechas. No se les cobraba el lugar en donde tenían su casa, y no gozaban de las prestaciones que el hacendado otorgaba a otro tipo de trabajadores.
La Hacienda Como Estructura Social y Económica
El casco de la hacienda era un espacio donde, además de trabajar y vivir, sus habitantes realizaban la mayoría de las actividades propias de la convivencia, el descanso y las diversiones; esto es, todo aquello que el tiempo de ocio les permitía hacer; por supuesto a unos mucho más que a otros:
Aunque menos impresionantes que las inmensas haciendas de opulentos propietarios y corporaciones religiosas, las haciendas de modestas dimensiones y moderados rendimientos fueron más numerosas y ocuparon a gran parte de los indios que les dedicaban su trabajo en exclusiva o como apoyo parcial en temporadas de siembra o recolección.
Como referencia de la vida en las haciendas contamos con los datos del libro de cuentas de la de Charco de Araujo, cerca del pueblo de Dolores, en el Bajío (en el actual estado de Guanajuato). A fines del siglo XVIII se sembraban maíz, habas, frijol y garbanzo, además de dedicar un amplio terreno a la ganadería de ovejas, cerdos, caballos y reses. Los trabajadores fijos podían residir cerca de la casa del patrón y disponían de crédito en la tienda de raya. En ningún momento las deudas superaron el monto autorizado por la ley y tampoco hubo cuentas que requiriesen pagos proporcionalmente superiores a los ingresos. Es probable que algunos amos no cumplieran las normas, pero no hay referencia de que antes del siglo XIX fuera frecuente la retención forzosa de trabajadores por deudas, como se practicaba en los obrajes, pese a las limitaciones legales.
Cabe señalar que la hacienda, como sistema de producción, sobrevivió a la Independencia de México; e incluso se fortaleció, tanto en el siglo XIX y hasta el XX. Seguidamente, en el porfiriato, gracias a los ferrocarriles y el crecimiento económico del país, las haciendas, sobre todo las pulqueras, azucareras, henequeneras de Yucatán y las algodoneras de Coahuila, experimentaron un gran auge. En primer lugar, estas fincas eran instituciones sociales jerárquicas, con una sólida estructura de vínculos familiares y una fuerza de trabajo numerosa. De igual forma, las habitaciones se edificaban alrededor de un patio central interior rodeado por columnas y vigas. Las fachadas, en estilo colonial, eran simples y rodeadas de jardines.
El Porfiriato y las Haciendas en Chiapas
Una de las etapas históricas con más cambios urbano-arquitectónicos, político-económicos y sociales en México fue la época del porfirismo, denominada así debido al arribo de Porfirio Díaz a la presidencia de la República a finales del siglo XIX y la permanencia de su administración por más de treinta años. Los estados del sur de la República mexicana, al inicio del porfirismo se encontraron fuera de las acciones implementadas en el centro del país debido a su lejanía, sus características geográficas y la falta de vías de comunicación, dejándolos en una condición de atraso en relación con otras entidades del territorio mexicano. Chiapas, en cuanto a sus actividades productivas, floreció principalmente por su agricultura y el comercio, es entonces que, desde las últimas décadas del siglo XIX figuraba como productor y exportador de materias primas y de artículos agropecuarios.
Para 1880 el gobierno de Díaz confirió a los capitalistas extranjeros las facilidades necesarias para la explotación de tierras chiapanecas en la cual se crearon grandes fincas y haciendas, como es el caso de la región de Comitán. A partir del impulso y crecimiento de las haciendas, es que se empiezan a generar conexiones importantes entre la ciudad y su espacio productivo. En el caso de Comitán, ésta funge como un área de comercio, al funcionar como un punto de intercambio de productos traídos de las haciendas al centro de la ciudad, para su distribución entre la población residente, así como en las colonias y rancherías cercanas a ella. Del mismo modo, se observa un vínculo administrativo, pues las autoridades de Comitán eran quienes llevaban el control de marcas de ganado, compra-venta de tierras y traslaciones de propiedad de las haciendas.
Desarrollo y Expansión de las Haciendas
El origen de la hacienda puede referirse en la institución creada por la Corona española, la encomienda, la cual era una institución de carácter feudal que establecía servidumbre a los señores a cambio de protección para los siervos, sin embargo, esto no implicaba el dominio sobre los nativos. Para el caso mexicano, las haciendas representaron en la colonia un medio por el cual el proceso de conquista se estableció y desarrolló paulatinamente desde el siglo XVI hasta el siglo XIX.
El establecimiento y posterior consolidación de las haciendas fue posible gracias a su estructura espacial, su organización jerárquica y social que se estableció en los pueblos a la llegada de los españoles. Es así como la hacienda se convierte en una institución social y económica, cuya actividad se centró dentro del sector agrario.
Esto provocó que el desarrollo de las haciendas afectara principalmente a los grupos nativos, propiciando el triunfo de la economía española sobre la indígena. La expansión de las haciendas fue un hecho que privó de un modo u otro a las comunidades de sus medios de subsistencia, generando que éstas empezaran a desaparecer, hecho que coadyuvó a que la extensión territorial de las haciendas fuera cada vez más grande.
Para la época del porfirismo, dicha expansión territorial de las haciendas se favorece por los decretos expedidos en ese momento, como el Decreto del Ejecutivo sobre Colonización y Compañías Deslindadoras de 1883 y la Ley de Ocupación y Enajenación de Terrenos Baldíos de 1894, que tenían como objetivo principal facilitar los trámites de adquisición de tierras tanto para nacionales como para extranjeros. En esa época es cuando las haciendas en México viven su mayor esplendor, ya que contaba con el apoyo e impulso del gobierno porfirista.
Conflictos y Desarrollo en Chiapas
En cuanto a la región sur de México, comprendida por los estados de Guerrero, Oaxaca y Chiapas, al inicio del porfirismo estos se encontraban fuera de las acciones implementadas en el centro del país, a pesar de su gran riqueza tanto natural y cultural. Chiapas en esta época, floreció principalmente por su agricultura y el comercio, es entonces que, desde las últimas décadas del siglo XIX figuraba como productor y exportador de materias primas y de artículos agropecuarios. En esta etapa, el estado se había mantenido en un lento, pero constante desarrollo comercial de productos de exportación agrícola, convirtiéndose en el tercer exportador de productos agrícolas después de Veracruz y Yucatán, en donde Comitán, al igual que otras regiones como el Soconusco comenzaron a incorporarse como una de las áreas en trasladar su producción agrícola y ganadera a otros estados.
Desde 1824 y hasta aproximadamente la primera década del inicio del porfirismo, Chiapas y Guatemala mantuvieron conflictos, debido a la anexión del estado chiapaneco a la República Mexicana, no obstante, el gobierno porfirista tomó parte para hallar la solución, puesto que Díaz tenía intereses económicos en juego en esta región. Es entonces que para 1882, se firma el Tratado de Límites entre México y Guatemala, mediante el cual se transfieren los derechos del Soconusco y Chiapas a la nación mexicana, ratificándose como un estado más en la Federación en 1890.
Comitán y su Entorno Productivo
En cuanto a Comitán, remitiéndose al siglo XVII, ya era muy importante por la producción agrícola y ganadera de sus haciendas, lo que incentivó el traslado de españoles dueños de éstas que vivían en Ciudad Real hoy San Cristóbal de las Casas a residir en el poblado. Las ciudades principales del estado como Tapachula, San Cristóbal de las Casas, Tuxtla Gutiérrez y Comitán mantuvieron nexos que contribuyeron al crecimiento y desarrollo tanto de las ciudades, como de las haciendas.
Por tanto, se reconoce que en las principales ciudades del estado de Chiapas una de las conexiones más evidentes fue la relación comercial activa de la ciudad con su entorno productivo, pues la producción que generaban las haciendas servían para proveer a los habitantes de estos centros de población, provocando que estas dos partes se complementaran y se necesitaran mutuamente, lo que para el caso de Comitán no fue la excepción. Las haciendas de Comitán además de suministrar a la población de la ciudad de alimentos y animales de carga, también encaminaban su mercancía hacia el país vecino de Guatemala, dando a estos espacios para la producción una importancia dentro del estado.
Dichas haciendas de acuerdo a Mota, Márquez y Martínez (2015), mantenían una división de sus tierras en tres sectores principales: un área para la explotación directa para la producción de autoconsumo y comercial; un sector de pastoreo para el ganado; y finalmente una parte de reserva que se conservaba improductivo.
Relación Comercial y Desarrollo de Comitán
A raíz de que las haciendas suministraban de productos a la ciudad de Comitán, a su vez ésta se convertía en un punto de intercambio mercantil, ya que la mercancía de las haciendas era vendida sobre la plaza principal de Comitán, propiciando una relación económica entre los espacios para la producción y este centro urbano.
Esta relación se hizo más fuerte a la llegada de Emilio Rabasa en 1891 como gobernador del estado, pues debido a la influencia porfirista por la modernización de Chiapas, Rabasa puso en marcha una serie de reformas fiscales con las que logró aumentar el ingreso estatal y llevar a cabo importantes obras de infraestructura en los primeros años de su administración en las principales ciudades del estado.
Lo anterior contribuyó al desarrollo de las actividades comerciales, agrícolas y empresariales, generando que las haciendas pudieran tener un mayor radio de distribución de sus productos no solo a la ciudad de Comitán, sino también a los poblados cercanos a ella. En solo veinte años (1890-1910) Chiapas creó una infraestructura impresionante de comunicaciones y de transporte, ninguno de los cuales existía con anterioridad. Una buena carretera estatal atravesaba el estado de la estación del ferrocarril Panamericano en Arriaga pasando por los valles de Jiquipilas y Cintalapa, hacia Tuxtla Gutiérrez; atravesaba el río Grijalva a Chiapa de Corzo siguiendo a San Cristóbal y Comitán.
Los buenos resultados que tuvieron estos caminos y carreteras despertaron el interés de hacendados y autoridades de otras localidades como la de Chilón y Palenque, quienes empezaron a gestionar sus caminos con el fin de conectarse a la ruta que partía de Comitán a Salto de Agua. Con este nuevo trayecto se favorecería la vinculación entre la región fronteriza y el centro del estado de Chiapas, así los comerciantes y hacendados de Comitán tendrían una vía más corta y barata, contribuyendo a la importación y exportación de sus productos agrícolas y mercantiles.
Transformaciones en la Configuración Territorial
A partir de la importancia que adquieren las haciendas comitecas en el porfirismo y la estrecha relación que se empieza a observar entre éstas y la ciudad, se identifican las transformaciones en la configuración territorial, en el espacio urbano-arquitectónico y en el ámbito socio-económico de la región.
A una escala intermedia, se identifica aquellos elementos en la traza urbana, como el mejoramiento de caminos carreteros existentes y la creación de otros, con el propósito principal de favorecer la conexión de Comitán con ciudades como San Cristóbal de las Casas y el país vecino de Guatemala, así como con pueblos aledaños a Comitán.
Para 1895 se harían los primeros trabajos de rehabilitación al camino viejo de Comitán-San Cristóbal, así como el de Comitán-Guatemala, del mismo modo se mejorarían las vías a los costados oriente y poniente de la ciudad que conectaban principalmente con las haciendas y pueblos cercanos al centro urbano.
