Descubre la Historia Oculta y el Patrimonio de los Antiguos Trabajadores en Fraccionamiento Las Haciendas Xalapapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Durante el siglo XIX y los comienzos del siglo XX, buena parte de la vida social, económica y política de la región de Xalapa, Veracruz, pivotaba alrededor de las haciendas. Salvo la atracción urbana que suponía la ciudad de Xalapa, en las zonas rurales el régimen de las haciendas dominaba por entero las vidas de los campesinos y los trabajadores.

Sin embargo, a pesar de la importancia fundamental de las haciendas en el pasado, en el presente se puede decir que la región vive al margen de esa historia tan cercana. La conurbación de Xalapa se ha instalado ya plenamente en toda la problemática que suscita su condición urbana. En las zonas rurales, los bajos precios de los productos agrícolas y el desempleo ocupan la mayor parte de las preocupaciones de los habitantes.

La muestra más evidente de la desatención hacia ese pasado tan próximo queda escenificada en la propia suerte que les ha correspondido a los espacios de las casas haciendas: una gran mayoría de ellas se encuentra dentro de un proceso acelerado de ruina y de olvido. La repercusión más directa de este proceso es la pérdida de la historia social más reciente que se desarrolló en los espacios de las antiguas haciendas.

A lo largo de las siguiente páginas quiero mostrar que una de las razones primordiales que explican la desatención hacia ese pasado y hacia el patrimonio reside en la dificultad que experimentan los habitantes de las zonas rurales de la región de Xalapa para articular su recuerdo y su memoria sobre la situación social y laboral que se vivía bajo el régimen de las haciendas. Ante esta circunstancia, como sostendré, va a ser difícil encontrar un grupo social consolidado que reivindique la lectura de ese pasado y la conservación de los espacios de las antiguas haciendas.

La memoria, las identidades y el patrimonio

Existen dos grandes aproximaciones en ciencias sociales al concepto de patrimonio. Por un lado, están aquellos que entienden el patrimonio y la tradición como elementos dentro de un proceso más general de construcción del Estado nación. Para esta corriente, el patrimonio de una nación no es tanto la conservación intacta de su pasado, como una construcción muy útil para homogeneizarla y unificarla con vistas a convertirla en Estado.

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Por otro lado, están aquellos que interpretan el patrimonio desde el punto de vista del tipo de consumo que implica el turismo. Según esta línea de análisis, los emplazamientos que se promocionan como turismo tampoco son patrimonio en sentido estricto. En primer lugar, se señala que el patrimonio original también ha sido alterado, dada la necesidad de mercantilizarlo y prepararlo para el consumo turístico. En segundo, se señala que el patrimonio convertido en turismo no consigue atraer la adhesión de las comunidades locales a las cuales, supuestamente, representaría.

En este artículo prefiero dejar a un lado ambas líneas de investigación dado que su exclusivo carácter negativo, el mostrar que lo que se llama patrimonio realmente no lo es, presenta serias dificultades a la investigación. Mi objetivo no es desmitificar conceptos, sino investigar qué está sucediendo verdaderamente con esos restos del pasado que son las antiguas haciendas y con las memorias que sobre ellos mantienen los que fueron sus trabajadores. Por esta razón, optaré aquí por una perspectiva muy cercana a la que mantuviera Raphael Samuel en su Theatres of Memory.

Para Samuel, la memoria es un elemento esencial con que cuentan las sociedades y los distintos grupos sociales que lo forman para representarse su historia. En el ejercicio de la memoria, tienen un valor fundamental aquellos escenarios o teatros donde el grupo social puede representarse su pasado vivido. Uno de estos escenarios, quizá el más importante, es el patrimonio.

La concepción de Samuel tiene un valor fundamental en la medida en que conjuga la dimensión material y la inmaterial dentro del término de patrimonio. La memoria oral, las historias y los relatos de los informantes, pueden subsistir en la medida en que se asientan en soportes físicos del pasado y, a su vez, estos restos o vestigios del pasado se preservan en la medida en que todavía consiguen suscitar algún tipo de significación, memoria o recuerdo. Samuel realiza un detallado recorrido por las distintas prácticas y usos que han constituido el patrimonio en los últimos dos siglos.

En términos generales, comprueba que se ha hablado de patrimonio siempre que estamos ante algún espacio o elemento cultural que un grupo social considera como una expresión importante de su pasado y de su identidad, y en virtud de esta importancia se propone su conservación. Esta concepción del patrimonio es útil desde el punto de vista de la investigación empírica, porque permite observar la manera como los distintos grupos sociales son capaces de defender y preservar el recuerdo de su pasado para reivindicar el reconocimiento de sus identidades.

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Sin embargo, el concepto de patrimonio lleva aparejadas ciertas relaciones con otros conceptos como la memoria y la identidad, que es conveniente esclarecer para favorecer, posteriormente, la investigación empírica. Una de esas asunciones relaciona de manera directa la memoria con la identidad, bajo la fórmula: "la memoria abre la identidad". Así, bastaría que un grupo social pusiera en marcha los procesos de la memoria y del recuerdo para alcanzar a descubrir su identidad pasada.

La memoria permitiría que los sujetos individuales o colectivos descubrieran los rasgos comunes a su identidad a lo largo de toda la trayectoria de sus acciones. Como se puede apreciar, esta asociación presupone que la memoria actúa como mecanismo de apropiación. A través de la memoria y el recuerdo, los grupos sociales se pueden apropiar de su pasado y de su identidad. Sin embargo, esta vinculación de la memoria con la identidad está muy lejos de ser una vinculación natural. Más bien pertenece a una forma de interpretar las identidades de corte eminentemente liberal.

El sujeto liberal, es aquel que se encuentra enteramente posesionado de sí mismo, aquel que, a través del conocimiento de sus intereses particulares, se reconoce como personalidad civil y jurídica. El sujeto liberal es aquel que en el seno del entrecruzamiento de todas las acciones de los distintos agentes es capaz de demarcar hacia adentro un espacio de autonomía y de transparencia, que identifica como lo más propio de sí mismo. A este respecto, la memoria está desempeñando un papel crucial al ser el principal mecanismo de reconocimiento de esa propiedad de la identidad.

En otras palabras, cuando uno recuerda lo hace para trazar, en la dispersión de las acciones del pasado, los rasgos más propios y más personales de sí mismo. Aunque esta concepción sea útil desde el punto de vista de las posibilidades que presta para el juego político, sin embargo no hay que darla por establecida, manteniéndola en suspenso, a la espera de investigación empírica más detallada.

Un segundo implícito es el que hace pasar del descubrimiento de identidades minoritarias y/ o oprimidas a su defensa y reivindicación. En otras palabras, basta que la memoria haya descubierto la identidad para que dicha identidad sea defendida y promovida en el juego político. En la mayoría de los casos, el descubrimiento de la identidad es condición suficiente para su promoción política.

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Basta con que los miembros de un grupo social descubran los rasgos que los unen, disciernan los perfiles de identidad colectiva, para que proyecten hacia el futuro la reivindicación política de esa misma identidad. Sin embargo, este otro presupuesto, con ser también útil desde un punto de vista político y normativo, tampoco es necesario. Este presupuesto deriva, asimismo, de la noción liberal de la personalidad según la cual el juego político es la defensa y promoción de los bienes y de los intereses que cada uno de los actores ha podido identificar previamente como propios.

No obstante, como ha mostrado Williams en el caso de los grupos sociales subordinados, el ejercicio de la memoria no conduce necesariamente a la reivindicación política de la identidad del grupo. El recuerdo y la memoria de situaciones opresivas, por el contrario, suele reforzar los prejuicios y la incapacidad política del grupo social subordinado.

Cuando hablamos de cómo la identidad se vincula con el patrimonio, todavía hay un presupuesto más, merecedor de esclarecimiento. No sólo se intenta asegurar el derecho de todos los grupos sociales a reivindicar su pasado y sus identidades, sino también el derecho a velar por que los escenarios donde ese pasado tuvo lugar, su patrimonio, sea resguardado y promovido. De esta forma, los distintos grupos sociales encontrarían en el patrimonio una especie de bastión donde defender su memoria y sus identidades.

Los espacios donde tuvo lugar el pasado de un grupo social, serían vitales para sustentar el proceso de la memoria y de la dilucidación de su identidad. Por este motivo constituirían uno de los primeros lugares que defender en la reivindicación de la identidad. Como señalaba, estos implícitos suelen movilizarse cuando se realiza un análisis en términos de memoria y patrimonio. Sin embargo, es conveniente mantenerlos en estado explícito para comprobar en la investigación si se producen o no.

Con estos puntos de referencia puedo situar ya las dos preguntas empíricas que mueven la siguiente presentación de resultados: 1) ¿cuál es la estructura de la memoria de los antiguos trabajadores y jornaleros del régimen de las haciendas? 2) ¿posibilita dicha estructura el fomento de sus identidades y de su patrimonio, según el modelo que acabo de presentar?

La estructura de la memoria de los campesinos y trabajadores durante el régimen de las haciendas en la región de Xalapa

El trabajo de campo en que está basado este artículo fue realizado en las antiguas haciendas de La Orduña y de Tuzamapan, y se apoya en entrevistas realizadas, fundamentalmente a los que fueron sus antiguos trabajadores. Nacidos en los veinte y treinta del pasado siglo, sus relatos, por tanto, tienen como referencia las décadas de 1930 a 1970.

Se han escogido las haciendas de La Orduña y Tuzamapan porque, por su extensión e importancia, pueden considerarse las más representativas de la región. En concreto, La Orduña llegó a contar con 7,713 hectáreas fundamentalmente dedicadas al cultivo del café. Por su parte, en Tuzamapan se procedió al cultivo y explotación de la caña de azúcar, en las más de 32 mil hectáreas que comprendía.

Además, en ambas haciendas, después de la Revolución, se prolongaron los sistemas productivos básicos pertenecientes al periodo prerrevolucionario. Aunque La Orduña fue objeto de fuertes afectaciones, sin embargo consiguió mantener muy importante extensión de tierras, lo que vino a unirse al hecho de que de ella se apropió un patrón venido de Tlacotalpan que la rigió haciendo uso de las mismas prácticas autoritarias que en el periodo prerrevolucionario.

Por su parte, aunque Tuzamapan fue convertida rápidamente en ejido, sin embargo, la situación estuvo muy lejos de representar un auténtico reparto de tierras y beneficios. Del ingenio rápidamente se apoderó una familia de gerentes que, convirtiéndose en los nuevos caciques, perpetuó antiguos sistemas de relación con la mano de obra y los ejidatarios.

Así, aunque ya situadas en el periodo de 1935 a 1965 y, por tanto, adaptadas al nuevo contexto jurídico y constitucional bajo del formato de propiedades privadas, ambas haciendas prolongaron los sistemas de explotación de la tierra y del trabajo propios de finales del siglo XIX. De esta manera, el régimen de las haciendas, tal y como llegó hasta la primera mitad del siglo XX, se caracterizó por un predominio máximo de los patrones de las distintas haciendas en la definición de los ritmos de la vida social.

Por eso presentaré en un primer momento los recuerdos de los habitantes sobre ese predominio. A continuación mostraré cómo los campesinos y trabajadores recuerdan las condiciones laborales resultantes de ese predominio en la época del régimen de las haciendas. Finalmente, mostraré la estructura de la memoria y las identidades que se reflejan en las entrevistas realizadas, y que resultó del descrito régimen de las haciendas.

La toma de posesión del patrón sobre la tierra y el trabajo

El régimen de las haciendas, tal y como se estableció en la región de Xalapa y tal y como es recordado por los campesino y trabajadores rurales, se apoyó en la toma de posesión, por parte de los patrones, de todos los territorios y del trabajo vinculado a esos territorios. El patrón era dueño de todas las tierras, incluidas aquellas donde se asentaban los núcleos de población. Este hecho determinaba, a su vez, el que el patrón fuera dueño de todo cuanto sucedía en su interior.

Si bien era muy frecuente constatar las compra-ventas, embargos y liquidaciones económicas sobre los terrenos, sin embargo, la tierra estaba aún lejos de convertirse en una mercancía. La adquisición se realizaba por intermediación del dinero, eso es cierto. Pero la esencia de lo que se compraba, la tierra, estaba aún lejos de caracterizarse exclusivamente por su valor de cambio.

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