La inflación, junto con el crecimiento económico y los movimientos del mercado laboral, es uno de los principales problemas macroeconómicos que enfrentan los estudiosos de la economía y los hacedores de política económica. Su evaluación y tratamiento ha sido una de las constantes del desarrollo de la disciplina durante todo el siglo XX y, no obstante, sigue siendo uno de los temas más importantes y controvertidos de la actualidad, afectando tanto a las economías industrializadas como a las de la periferia mundial.
América Latina ha experimentado procesos exacerbados de inflación y ha resultado un campo de pruebas de referencia mundial en cuanto a programas antiinflacionarios, uso de instrumentos y estrategias de estabilización (desde las de carácter más ortodoxo hasta otras de corte claramente heterodoxo).
Este trabajo sostiene que el momento se hace propicio para alentar el debate político en los países emergentes sobre las modalidades de desarrollo a seguir. Por lo tanto, son tiempos de política, a diferencia del pasado, cuando la economía y las Global Standard Institutions (gsi) impusieron soluciones pretendidamente técnicas, postergando el debate sobre el deber ser que compete a los pueblos.
Uruguay, uno de los países donde la crisis no cuestionó duramente su estructura productiva, tiene menos incentivos para debatir el modelo de desarrollo. No obstante, se resalta la insoslayable necesidad de tal debate, so pena de caer en un nuevo ciclo depresivo que lleve al país a ser presa de decisiones de actores foráneos.
La Gestión de la Crisis y las Incertidumbres Actuales
Gramsci sostenía que la crisis es ese momento donde lo viejo no ha dejado de existir y lo nuevo aún no emerge. Si bien el autor no se refería a las crisis de acumulación en particular, sin duda, sirve para apuntar que la crisis es un punto de inflexión. Por lo tanto, el momento resulta toral, exige decisiones urgentes so pena de convertirse en doloroso para los intereses nacionales, pero a la vez, obliga y es oportuno para repensar el estilo de desarrollo del país.
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La caracterización de las crisis en el capitalismo puede ser ardua, ya que refieren a la esencia misma del sistema de organización social contemporánea. Estas crisis tienen un doble sentido, por un lado se presentan como una interrupción de la acumulación que propicia cambios y podría permitir una rearticulación de sus presupuestos para una vigorosa recuperación.
El sistema internacional pos Bretton Woods permitió una circulación de divisas acéfalo de regulación política concertada, generando gran liquidez internacional que propició un aumento de la inversión y conductas de endeudamiento desmedido en muchos países.
La gran liquidez y la facilidad de endeudamiento permitieron el aumento del trabajo improductivo volviendo a cuestionar el ciclo de ganancia. Primero fueron los problemas de deuda en los países pobres en la década de 1980 y en la de 1990; ocurrieron sendas crisis en Europa desde 1992 (achacadas entonces a la conducta especulativa de algunos agentes), pero fue con México (1995) que se inauguran las crisis de última generación, que siguieron con Rusia (1997), Tailandia y el sudeste asiático (1998); y en el sur de América, Brasil (1999), Argentina (2001) y Uruguay (2002).
Éstas pusieron en tela de juicio al sistema financiero desregulado y se convirtieron en un gran llamado de atención, a la vez que demostraron la incapacidad del Fondo Monetario Internacional (fmi) (organismo por excelencia para mantener la estabilidad de las finanzas mundiales) para afrontar la nueva realidad. La pregunta hoy es, ¿la actual crisis fijará el fin de ese sistema internacional desregulado? Existen indicios que apuntan a generar controles, bregando por la prudencia en la movilidad de capitales, así como la búsqueda del origen de los flujos. Esto le devolvería a la política un lugar de privilegio por encima de la economía, a diferencia de los tiempos pasados.
Desde principios de la década de 1980 y, en especial, desde que Ronald Reagan apuntara aquella frase: "el Estado no es la solución, sino el problema"; y que su economía se inclinaría "por las soluciones de mercado [...] como motor del crecimiento no inflacionario", comenzó la era de las desregulaciones en las economías nacionales.
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Este fue el mensaje que luego se convirtió en máxima para los países llamados emergentes, el nominado eufemísticamente "neoliberalismo" e instituido por la "condicionalidad estructural" de las instituciones de Bretton Woods -en especial el FMI, El Banco Mundial (bm) y bancos regionales de desarrollo, pero después del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés) y la Organización Mundial del Comercio (OMC).
En este sentido, tímidamente también puede corroborarse la vuelta a la política en desmedro del laissez faire promocionado por las instituciones de Bretton Woods, asoma un neokeynesianismo.
El sostenimiento del consumo fue financiado por la entrada de capitales extranjeros. El endeudamiento y sus formas sui generis hizo coherente esa expansión económica y su sostenimiento en una demanda artificial.
En estos últimos meses se entró en un impasse, incluso algunos eufóricos adelantados hablan del fin de la crisis, aunque miradas más aplomadas sostienen que cuando se terminen los fondos que apoyaron el proceso de limpieza de los balances del sistema financiero americano la recesión podría extenderse.
Si esto se concreta, los países que festejan las buenas noticias de la salida de la recesión y no aprovecharon la coyuntura para repensar sus sistemas productivos y su exposición a los riesgos, tendrán consecuencias de magnitud.
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El Debate sobre las Salidas Esbozadas por el Orden Internacional
Las crisis siempre imponen disyuntivas y como éstas refieren a las relaciones sociales, las resoluciones no son obvias, ni siquiera previsibles. Por lo tanto, las salidas pueden ser diversas, teniendo entre sus polos posibles desde: a) la instrumentación de un sistema de regulación que permita predecir los riesgos del funcionamiento de los sistemas financieros y de sus respaldos reales; y b) hasta una reestructura de las condiciones de producción que implique un nuevo modelo de desarrollo de las fuerzas productivas.
El optimismo de una revolución productiva de dimensiones globales es escaso, y las soluciones que se discuten sólo aplican al inciso "a" expuesto arriba. Es más factible esperar una intervención en la articulación de controles en los flujos de circulación monetaria y en instrumentos financieros, así como una mejora en las formas de evaluación de los activos de las empresas.
Es decir, se responde con un diagnóstico neoclásico particular de la crisis, donde ésta es un desequilibrio coyuntural pero se confía que en el largo plazo operaría un equilibrio que permitirá maximizar los beneficios de todos los agentes económicos.
El objetivo de este artículo es explicar el comportamiento de la inflación en Uruguay durante el muy largo plazo (1870-2010) como un fenómeno monetario. Para ello se utiliza un modelo de inflación monetaria, pues se entiende que la trayectoria de largo plazo de la inflación debería estar determinada por las condiciones de equilibrio en el mercado de dinero.
El punto de partida es la consideración de que la relación existente entre el crecimiento de la cantidad de dinero y la tasa de inflación resulta válida bajo la aplicación de los distintos regímenes monetario-cambiarios que estuvieron vigentes durante los 140 años que cubre el análisis.
La formación de expectativas de inflación incorpora información del equilibrio de largo plazo del mercado monetario y, además, un componente inercial. Siguiendo el enfoque de Neumann y Greiber (2004) se incluye como variable explicativa de las expectativas de inflación al crecimiento del núcleo monetario, definido éste como la tasa de crecimiento tendencial de la oferta nominal de dinero que excede al crecimiento del componente de largo plazo de la demanda real de dinero.
Con estos instrumentos se analizan, desde una perspectiva histórica, los distintos procesos de desmonetización y remonetización que experimentó la economía en los últimos 140 años.
La Inflación como Problema Macroeconómico
El mantenimiento de la estabilidad de precios es uno de los objetivos predominantes de la política monetaria en la mayoría de los países. Dicha estabilidad suele presentarse, entre otros aspectos, como una condición necesaria del crecimiento sustentable y del mantenimiento del poder de compra de la moneda doméstica. Si bien puede plantearse una controversia sobre el origen de la inflación, existe un hecho indiscutible: no hay inflación sin dinero, por lo que la inflación es esencialmente un fenómeno monetario.
Por su parte, los neokeynesianos identifican distintos tipos de inflación de acuerdo con los factores predominantes. La inflación tipo demand-pull ocurre cuando el exceso de demanda agregada supera a la oferta disponible. Esta brecha del producto (output gap) puede resultar por un aumento en los gastos del gobierno o del sector privado, incrementos en la demanda internacional, o la expansión en la oferta monetaria. La inflación tipo cost-push refiere a la inflación asociada con shocks de oferta (o commodity inflation) que implican caídas repentinas de ésta ante aumentos del precio/costos de los bienes/ producción y la inexistencia de alternativas en el corto plazo.
A pesar de que, en el corto plazo, la inflación puede tener diversos orígenes, debe considerarse que cuando las presiones inflacionarias provienen de shocks de oferta o como resultado de excesos de demanda no originados en un aumento de la oferta monetaria, su persistencia, en última instancia, depende de la respuesta que tenga la política monetaria.
Si ésta reacciona de manera acomodaticia y ratifica estas presiones con una expansión monetaria, la inflación no se detiene. Si, en cambio, la respuesta de política monetaria es firme y comprometida con el control de la inflación, las presiones al alza de los precios se terminan diluyendo. Por todo esto, la inflación sería, en primera o en última instancia, un fenómeno monetario y no podría atribuirse exclusivamente a factores de otro tipo.
Uruguay es una economía pequeña que ocupó lugares destacados en el ranking mundial de ingreso per cápita a finales del siglo XIX, pero que, desde la década de 1930 en adelante, no ha dejado de divergir respecto a los países industrializados. En este devenir histórico ha alternado periodos de crecimiento con otros de fuerte retracción, dando como resultado una economía volátil en sus diversos frentes -PIB, inversión, exportaciones, términos de intercambio- y de bajo crecimiento.
Pese a lo anterior, el fenómeno inflacionario ha sido tradicionalmente abordado con una óptica de mediano y corto plazo, sin adentrarse en análisis de largo aliento.
Modelo de Inflación Monetaria
Esto implica que la inflación esperada para el periodo siguiente depende de la tasa de inflación subyacente del periodo corriente y de su desvío respecto a la inflación efectiva.
La tasa de inflación subyacente es un componente inobservable y su estimación implica abstraerse del ruido de alta frecuencia. La misma puede ser definida como la tasa de inflación que prevalece en el equilibrio de largo plazo, en ausencia de shocks transitorios de oferta y demanda agregada, así como de oferta y demanda de dinero.
El componente transitorio (s) refleja la respuesta del banco central a eventos de corto plazo, por ejemplo el ajuste parcial o total a shocks sobre la demanda de dinero (υ), así como innovaciones discrecionales.
En el equilibrio de largo plazo del mercado de dinero se igualan los componentes de largo plazo de la oferta y demanda de dinero: m-t=mr, tl+p-t siendo p-t el nivel de precios subyacente, definido como aquel que equilibra los componentes permanentes de oferta nominal y demanda real de dinero.
Entonces, la tasa de inflación subyacente mantiene una relación unitaria con el crecimiento del componente permanente de la cantidad nominal de dinero que excede al crecimiento del componente permanente de la demanda real de dinero. Este indicador se denomina crecimiento del núcleo monetario. De esta manera, la tasa de inflación futura depende del crecimiento del núcleo monetario, de la tasa de inflación efectiva y de la brecha del producto del periodo corriente.
Ésta proporciona dos canales potenciales por medio de los cuales la política monetaria puede afectar la inflación. Uno opera por medio de las expectativas de inflación y el otro lo hace mediante la brecha del PIB. El primer canal, que vincula la inflación observada con el crecimiento monetario, es el dominante en el largo plazo.
Este trabajo se focaliza en el crecimiento monetario como motor de las expectativas de inflación, esto es, trabaja sobre el primero de esos canales pues su perspectiva es de muy largo plazo.
En el equilibrio de largo plazo la tasa de inflación es igual a la tasa de inflación subyacente (π=π-) y el producto se ubica en su nivel potencial (y=y-).
