Descubre las Fascinantes Haciendas Residenciales: Historia, Transformación y Turismo en Méxicopost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Las antiguas haciendas henequeneras, que funcionaron como centros productores de henequén y fueron uno de los principales motores del desarrollo económico de la Península de Yucatán a finales del siglo XIX y principios del XX, incidieron en una serie de transformaciones socioeconómicas y territoriales con el propósito de vincularse a un mercado global.

Hoy en día, estas haciendas experimentan una reconversión simbólica y productiva en relación con el uso de sus instalaciones y vestigios como parte de un proceso de revaloración patrimonial y activación turística.

De ahí que el turismo de haciendas ha emergido como un nuevo nicho de consumo y una modalidad turística distintiva en el estado de Yucatán en el último decenio.

Originalmente, el término “hacienda” se refería a un “conjunto de bienes”. Por eso, durante los primeros años de la época colonial las ahora llamadas haciendas eran más bien estancias asignadas a los encomenderos españoles.

En el transcurso del siglo XVII, las estancias fueron creciendo en extensión y número, y se situaron en regiones cada vez más apartadas de las poblaciones importantes; pero su actividad primordial siguió siendo la producción de ganado, existiendo también plantaciones de maíz, azúcar, tabaco y algodón.

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Durante el siglo XIX, muchas de las haciendas maicero-ganaderas, especialmente las de Mérida, se transformaron en henequeneras.

El henequén creó un escenario completamente nuevo que abarcaba el paisaje y los edificios de la hacienda, los cuales se pueden apreciar todavía en las mejor conservadas: la casa principal que expresaba la presencia del hacendado y estaba a menudo rodeada de hermosos jardines, la capilla, la casa del administrador, el dispensario médico y la bodega de útiles de trabajo, la casa de máquinas, la chimenea, los tendederos, el calabozo que servía para castigo de infractores, las norias que repartían las aguas, las casas de los trabajadores de mampostería y teja y, desde luego, los planteles de henequén.

Al pasar el tiempo, las haciendas se convirtieron en símbolos de salud económica y cultura, adornadas con arquitectura, muebles y arte de todas partes del mundo.

Datos Interesantes sobre las Haciendas en Yucatán

  • En 1910, el estado de Yucatán ocupaba el primer lugar en número de haciendas de la República.
  • Yucatán era el estado, a principios de siglo, con más kilómetros de ferrocarril, muchos de ellos servían para el uso de las haciendas y para comunicarse entre sí.
  • En las haciendas yucatecas se establecieron las famosas tiendas de raya, que constituían en realidad una forma de mantener permanentemente endeudados a los peones, solo podían abandonar la finca aquellos trabajadores que liquidaban sus deudas.
  • El auge del cultivo del henequén se vio impulsado, entre otros factores, por el invento de la raspadora mecánica para desfibrar, hecho por José Esteban Solís en 1852, quien pudo desfibrar 6,300 pencas en 21 horas.
  • Los hacendados hicieron venir a Yucatán, a gran costo, millares de trabajadores contratados en China, Corea y las Islas Canarias.

A mediados de 1940, cuando se inventaron los hilos sintéticos, la industria del henequén cayó abruptamente y con ello, el esplendor de las haciendas.

Por fortuna, algunos cascos de haciendas condenados a convertirse en escombros, han podido recobrar su auge y esplendor, al ser adquiridos por personas de gran sensibilidad y amantes de su cultura regional, que invirtiendo cuantiosas sumas en su restauración, las han convertido en hoteles, restaurantes, paradores de lujo, museos, casas de campo y recreo o en centros redituables destinados a eventos sociales.

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Un viaje a Yucatán estaría incompleto sin visitar las muchas haciendas del estado, a unos cuantos minutos manejando de la ciudad de Mérida; Haciendas como San Pedro Ochil, Hacienda Santa Cruz, Hacienda Sotuta de Peón, Hacienda Teya y Hacienda Xcanatún te esperan para conocerlas.

Cada Hacienda cuenta con una historia y leyendas propias que la hacen únicas. La información sobre está época, la forma de vida y las haciendas son vastas.

Ejemplo de Hacienda con Historia: Chenkú

Ubicada al norte de la ciudad de Mérida, colinda al norte y al este con la colonia San Vicente de Chuburná, al sur con el fraccionamiento Residencial del Norte (Chenkú) y al oeste con la colonia San Luis.

La primera referencia en libros del Registro Público de la Propiedad (Nuevo Régimen) que hay en relación con esta hacienda indica que en abril de 1903 es vendida una quinta parte de ella al señor Alberto Ancona Cámara por el señor Idelfonso Gutiérrez. En ese entonces la finca ocupaba una extensión de 877-80-50 Has., incluyendo los terrenos yermos denominados "San Juan Uechil" y "San Agustín Sitiliná".

En abril de 1903 la señora Candelaria Escalante de Duarte y su hijo Ignacio Duarte Escalante compran a los señores Fernando García Fajardo, Agustín Vales Castillo. Alberto Ancona Cámara, Idelfonso Gutiérrez y Nicanor Ancona Cámara el total de la hacienda.

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El 11 de julio de 1908 la finca es adquirida por el Banco Peninsular Mexicano S.A en remate público efectuado ese día, luego de la resolución del juez Tercero de lo civil y de Hacienda, dictada en el juicio sumario hipotecario seguido por el señor Rogelio V. Suárez contra Ignacio Duarte Escalante (Con motivo de este juicio salieron a remate dos propiedades, a saber, Chenkú y Santa Rosa Buenavista, esta última ya desaparecida).

En marzo de 1913 pasa a ser propiedad de la señora Vicenta Castilla de Molina, por compra que le hace al Banco Peninsular Mexicano.

En julio de 1923 doña Vicenta Castilla transfiere a sus hijos la hacienda Chenkú junto con otras 14 fincas rústicas y 4 urbanas.

En mayo de 1924, luego de permutar propiedades entre sí, los hermanos Ignacio y Rosario Molina Castilla se quedaron con Chenkú al 50% cada uno.

En mayo de 1925 se queda con la totalidad de la propiedad la señorita Rosario Molina Castilla. En 1933 es afectada la propiedad para dotar de ejidos al pueblo de Chuburná, siendo nuevamente afectada en 1939 y 1949 para ampliar los mismos ejidos.

En mayo de 1949, la señorita Rosario Molina vende la propiedad a su hermano Luis G. Molina Castilla, quien estaba casado con la hija del señor Felipe Carrillo Puerto, señora Gelitzli Carrillo Palma.

Esta transacción se pactó en $30,000 que fueron pagados con $20 000 en efectivo a favor de la Comisión de Reparación y Renovación de Equipos de Desfibración de Henequén.

En sesión del Congreso del Estado de julio de 1954 los diputados acuerdan dirigirse al propietario de la finca Chenkú a fin de que se le imponga a éste nombre de "Chenkú de Morley".

En julio de 1961 es comprada por la señora Alicia Vega de Molina, quien a su vez la vende tres años después, en septiembre de 1964, a la señora Gelitzi Carrillo Palma y su hija Elda E. Molina Carrillo, vecinas de la ciudad de México D.F.

En mayo de 1965 la hacienda pasa a ser propiedad de los señores José Guy Puerto y Puerto, José María Palomeque Cosgaya y Humberto Rodríguez Perera, en proporciones de 37.5% los dos primeros y 25% el último. Conviene precisar que esta venta se refería únicamente a la superficie de 7-77-7 Has. Que correspondía a la parte de la finca que había quedado luego de las afectaciones que sufrió para dotar de ejidos a Chuburná. La escritura de venta señala como linderos de la propiedad los siguientes: Al noroeste y este el plantel "San Vicente" del ejido de Chuburná, al sur y al sureste el plantel "Audomaro" del propio ejido y al oeste el plantel "San Luis" del ejido citado.

Luego del fallecimiento del señor José Guy Puerto y Puerto, se adjudican el 25% de la propiedad, a título de herencia los señores María Luisa Puerto Espinosa de Ancona, José Guy Puerto Espinosa, Josefina María de Izamal Puerto Espinosa de Peón., Susana Puerto Espinosa de Lizarraga, José Alejandro Puerto Espinosa y José Agustín Puerto Espinosa. El 12.5% restante de la propiedad que fuera de José Guy Puerto y Puerto es adquirida por el señor José María Palomeque Cosgaya.

En la actualidad la propiedad se encuentra dividida en la forma siguiente: José María Palomeque Cosgaya, 50%, Humberto Rodríguez Perera, 25%, hermanos Puerto Espinosa, 25%.

Se confiere como histórica esta hacienda en virtud de haber sido residencia temporal del ilustre investigador Sylvanus G. Morley, autor entre otras obras, del libro "La Civilización Maya".

Del conjunto hacendario se conservan la casa principal, el estanque, la casa de máquinas, la chimenea y 2 construcciones anexas que probablemente fueron bodegas o la casa del administrador.

La casa principal se distingue en su arquitectura colonial, por la simplicidad de su volumen y elementos decorativos, su simetría, sus arcas de medio punto en número impar, su escalinata y su espadaña.

Es importante mencionar que se manifiesta en la composición de la casa principal una evolución de las estancias ganadero-maiceras a las haciendas Henequeneras, por la presencia de las arcadas tanto en la fachada principal como en la posterior.

Chenkú significa "Pozo de Dios". Las primeras noticias que se conocen de esta hacienda datan de 1710 cuando es descrita como " Sitio poblado de ganados y colmenas", al sur de tierras de indios del pueblo de Chuburná a cuyo curato pertenecía.

En 1788 perteneció al capitán José Ignacio Rivas Chacón, teniendo a partir de esta fecha varios dueños.

Antes de ser acondicionado como se encuentra actualmente, fue habitada como residencia por varios años por el arqueólogo norteamericano "Sylvanus G.

Renacimiento de las Haciendas Mexicanas

Las haciendas mexicanas, con su arquitectura majestuosa y su rica historia, son una fuente inagotable de inspiración.

En el renacimiento de la hacienda, los materiales desempeñan un papel crucial. La piedra, la madera tallada a mano y el hierro forjado se entrelazan para crear un lenguaje visual que conecta con las raíces históricas.

Una característica distintiva de las haciendas modernas es la fluida fusión de espacios interiores y exteriores.

La paleta de colores en el renacimiento de la hacienda es una narrativa cautivadora. Tonos tierra profundos, azules vibrantes y rojos apasionados se combinan para crear una atmósfera rica y acogedora.

En el interior de estas haciendas reinventadas, el mobiliario y los detalles decorativos capturan la esencia de la tradición.

El renacimiento de la hacienda mexicana en el diseño residencial contemporáneo es un testimonio de cómo la tradición puede evolucionar sin perder su esencia.

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