Se denomina como Imperio romano de Oriente, Imperio bizantino, Bizancio o en sus últimas décadas por los mundos cristiano occidental e islámico como Romania, a la mitad oriental del Imperio romano desde el 395, que pervivió durante toda la Edad Media y el comienzo del Renacimiento. Su capital se encontraba en Constantinopla (griego: Κωνσταντινούπολις, actual Estambul), construida sobre la antigua Bizancio, importante ciudad colonial de Tracia griega fundada hacia el 667 a. C. durante la Antigüedad tardía, época en que el Imperio romano de Occidente todavía existía. Los bizantinos se consideraban herederos del Imperio romano, y se llamaban a sí mismos romanos.
En tanto que es la continuación oriental del Imperio romano, su transformación en una entidad cultural diferente de Occidente puede verse como un largo proceso que se inició cuando el emperador Constantino I el Grande trasladó la capital imperial a Constantinopla en el año 330. Continuó con la división definitiva del Imperio tras la muerte de Teodosio I en 395 y la posterior caída en 476 del Imperio romano de Occidente. El Imperio bizantino alcanzó su culminación durante el siglo VII, bajo el emperador Heraclio I, con cuyas reformas el Imperio adquirió un carácter marcadamente diferente al del viejo Imperio romano. Bizancio era un Estado cristiano multiétnico, de importante influencia cultural, económica y política en el mundo de la época. Durante este milenio de existencia, el Imperio fue un bastión del cristianismo e impidió el avance del islam hacia Europa Occidental.
La Autoridad Imperial y su Incidencia en la Economía
La organización del Imperio Bizantino estuvo muy centralizada con una administración muy eficaz para controlar la justicia, el ejército, la religión y la economía. Por tanto, era un sistema teocrático ya que el poder lo ejercía el emperador por voluntad divina. Si en Roma el emperador era divinizado como otro dios más, con el cristianismo es Dios quien quiere que el emperador tenga el poder y actúa en consecuencia.
Para evitar que se solapen los intereses del Estado y de la Iglesia, todo el poder político y religioso lo asumía una única persona, el emperador. En Bizancio, se utilizaba el término griego basileus (que significa “rey”) para definir al emperador. El cargo no era hereditario, sino que se definía mediante un procedimiento de selección en el que intervenía el Senado, el ejército y representantes del pueblo. Por otro lado, el gobierno bizantino era autocrático: el basileus imponía su poder sobre todos los asuntos de la vida de sus ciudadanos. La Iglesia reconoció al señor de Constantinopla como rey-sacerdote y restauró la relación con Roma.
Los dirigentes bizantinos, con especial relevancia del emperador Justiniano, pretendían alcanzar la antigua gloria de Roma y reunir sus antiguas conquistas. La época de Justiniano no solo destaca por sus éxitos militares. Bajo su reinado, Bizancio vivió una época de esplendor cultural, a pesar de la clausura de la Academia de Atenas, destacando, entre otras muchas, las figuras de los poetas Nono de Panópolis y Pablo Silenciario, el historiador Procopio, y el filósofo Juan Filopón. Entre 528 y 533, una comisión nombrada por el emperador codificó el Derecho romano en el Corpus Iuris Civilis, permitiendo así la transmisión a la posteridad de uno de los más importantes legados del mundo antiguo.
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El control del comercio por parte del Estado bizantino se vio afectado por las conquistas árabes a partir del siglo VII. Otro de los ámbitos que el Estado supervisó muy de cerca fue, por supuesto, su moneda. Las monedas de cobre, plata y oro se acuñaban y emitían con las imágenes del emperador, sus herederos, la cruz, Jesucristo u otros motivos relacionados con la Iglesia. Aunque la razón primordial por la que el Estado comenzó a acuñarlas fue pagarles a los ejércitos y a los funcionarios, su uso acabó filtrándose y calando en todas las capas de la sociedad. Asimismo, se necesitaban para el pago de los impuestos anuales, que se realizaba en nomismas -una moneda estandarizada de oro equivalente al sólido romano (solidus)-.
Pilar Económico: Comercio y Dominio Marítimo
La economía del Imperio bizantino (siglos IV - XV) fue uno de los pilares de su expansión. Se erigió como un poderoso sistema basado en el dominio marítimo en el Mar Mediterráneo. Para poder realizar dicho control, el Imperio romano de oriente proveía de gran cantidad de barcos. Esta gran flota tenía un destacado peso a nivel tanto militar como logístico. Dicha expansión territorial permitía a los diferentes puntos del Imperio oriental establecer importantes rutas de comercio y distribución. En ese sentido, se dice que la economía bizantina era la dominante en su marco histórico.
El comercio y los negocios fueron una de las piezas clave del éxito y la expansión del Imperio bizantino. El tráfico se realizaba en barco, si había que cubrir grandes distancias -aunque, por seguridad, la mayoría de los veleros se limitaba a navegar de abril a octubre, cuando hacía mejor tiempo-; o por tierra, aprovechando la antigua red viaria romana. Con estos dos medios de transporte, las mercancías no solo viajaban de una punta a otra del imperio, sino que también llegaban de lugares tan remotos como los actuales Afganistán, Rusia o Etiopía. El control del Mar Mediterráneo se traducía en una destacada red de mercados de intercambio cultural y de productos diversos.
La expansión del Imperio Bizantino y el control del Norte de África y del Sur de Hispania, supuso sin duda una reactivación del comercio marítimo en el Mediterráneo Occidental, que se incorpora a la densa red mercantil, que pone en comunicación regiones muy distantes. Esa vocación hegemónica, necesariamente, pasaba por dominar el Mediterráneo con una potente flota y controlar los principales puertos.
Modos de Producción: Agricultura, Industria y Artesanía
La Estructura Agrícola y la Tenencia de la Tierra
Otro de los puntos clave del sistema económico planteado durante el Imperio romano de oriente fue la apuesta por el abastecimiento de los grandes núcleos de población. Las actividades de carácter agropecuario eran predominantes gracias a la cantidad y diversidad de tierras pertenecientes al Imperio. Los principales productos eran los cereales y multitud de frutos.
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La mayoría de la población era campesina y había grandes desigualdades en relación a la posesión de la tierra. Algunos tenían pequeñas parcelas para el cultivo, lo que les permitía mantener la subsistencia familiar y pagar los impuestos estatales. Otros, no poseían tierras y trabajaban en campos ajenos a cambio de un salario. El concepto de propiedad de las tierras bizantinas pasaba por el modelo de latifundios, es decir, unos pocos propietarios de grandes extensiones de terreno. El sistema burocrático e impositivo llevó a que los terratenientes locales acumularan cada vez más tierras y los campesinos perdieran sus pequeñas propiedades.
Desarrollo Industrial y Artesanal
El desarrollo técnico y científico ayudó a crear una incipiente fuerza industrial. Ejemplo de ello es la evolución en el tratamiento textil y la comercialización de bienes como el algodón y la seda. La seda se introdujo por primera vez de China, pero la seda producida en las granjas de moreras (el alimento de los gusanos de seda) de Fenicia y, desde el año 568, de Constantinopla acabó sustituyendo a la seda cruda importada. La fábrica de seda de la capital bizantina estaba bajo el control imperial y los cinco gremios sederos, bajo la protección del prefecto imperial de la ciudad (eparca).
En los grandes núcleos de población se crearon talleres y pequeños productores artesanales. Estos compartían sus productos en mercados y grandes bazares. El común de los ciudadanos podía hacer sus compras tanto en los mercados que se organizaban en unas plazas específicas como en las hileras de tiendas permanentes que bordeaban las calles de los pueblos y las ciudades más grandes. Las tiendas solían tener dos pisos: la planta baja, a ras del suelo, donde se fabricaban, almacenaban y vendían los productos; y el piso superior, donde vivía el tendero o el artesano con su familia.
En estas calles había unos pasajes porticados y a menudo pavimentados (con losas de mármol y mosaicos) cuyas columnas y techos protegían del sol y la lluvia a los compradores. Algunas de las calles comerciales estaban peatonalizadas y, para impedir el acceso del tráfico rodado, tenían unos grandes escalones a cada extremo. En algunas ciudades, se contaba con que fuesen los propios tenderos los que alumbrasen las calles con lámparas apostadas fuera de sus negocios.
Por último, otras de las fechas señaladas dentro del calendario comercial eran las fiestas y las ferias que conmemoraban aniversarios religiosos importantes como el nacimiento o la muerte de un santo. Entonces las iglesias, sobre todo las que tenían reliquias que atraían a visitantes y peregrinos de todos los rincones, se convertían en el epicentro de unos mercados temporales en cuyos puestos se vendía todo tipo de productos. Una de las mayores de estas ferias estaba en Éfeso y conmemoraba el aniversario de la muerte de san Juan.
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Control Estatal y Fiscalidad
La actitud hacia el comercio y los negocios en el Imperio bizantino había cambiado muy poco con respecto a la que se tenía en la Antigüedad o en las antiguas Grecia y Roma: no era una actividad muy bien valorada y, en general, los aristócratas terratenientes la consideraban un tanto indigna como para dedicarse a ella. Por ejemplo, es bien conocido el caso del emperador Teófilo (que gobernó durante los años 829‑842), que quemó un barco con toda su carga cuando descubrió que su mujer, Teodora, que había estado haciendo incursiones en el mundo de los negocios, tenía algún tipo de conexión financiera con la nave. Puede que esta actitud explique por qué los cronistas bizantinos solían eludir el tema por completo. Además, había una desconfianza general en los comerciantes y los empresarios (que podían ser tanto hombres como mujeres) por parte del pueblo y de las autoridades.
Por eso, los emperadores solían ser muy exigentes a la hora de imponer y hacer que se respetasen cuestiones como la estandarización de los pesos, las medidas y, por supuesto, los precios. Las mercancías pesadas se pesaban escrupulosamente utilizando balanzas romanas y unos pesos en forma de busto del emperador o de la diosa Minerva (Atenea). Las mercancías más pequeñas como las especias se pesaban en una balanza cuyos pesos eran de vidrio o de una aleación de cobre.
Quizás debido a estas actitudes que consideraban el comercio una profesión no del todo respetable, el Estado intervino mucho más de lo que cabría esperar. A diferencia de en épocas anteriores, el Estado desempeñó un papel primordial en el comercio, así como, por ejemplo, en el abastecimiento de las principales ciudades, que casi nunca se dejaba en manos privadas. El comercio operaba a través de una serie de gremios hereditarios y los comerciantes que transportaban las mercancías (navicularii) no solo percibían subvenciones del Estado, sino también considerables rebajas fiscales en los aranceles y los peajes.
Los impuestos sobre las importaciones (aranceles) los cobraban unos funcionarios del Estado conocidos como kommerkiarioi, encargados de recaudar los impuestos sobre todas las transacciones comerciales, así como de emitir un sello oficial de plomo para las mercancías que atravesaban con éxito el sistema de aduanas. Los puestos de aduanas estaban distribuidos a lo largo de las fronteras del imperio y en sus principales puertos; dos de los más importantes se encontraban en Abidos (en los Dardanelos) y Hierón y se encargaban de controlar los estrechos que hay entre el mar Negro y el Egeo. Aunque debió de haber bastante contrabando, se tomaron medidas para contenerlo, como el tratado del siglo VI entre los bizantinos y los sasánidas que estipulaba que todas las mercancías debían pasar por un puesto oficial de aduanas.
Otro ejemplo de la intervención del Estado en el comercio es la estipulación de lo que había que hacer en los casos de pérdida o deterioro de las mercancías transportadas por mar. La Lex Rhodia o Ley Rodia (un código marítimo del siglo VII u VIII) disponía que, en tales circunstancias, los comerciantes recibirían una compensación fija. El Estado también se aseguraba de impedir la exportación de las mercancías que pudiesen resultarle útiles al enemigo -como el oro, la sal, la madera para los barcos, el hierro para las armas o el fuego griego (el arma secreta bizantina a base de un líquido muy inflamable)-.
En aquellos puntos de dominio bizantino existió un importante peso tributario. El Estado bizantino cobraba impuestos a la mayoría de la población. La presión fiscal de los bizantinos fue muy elevada, dada la imperiosa necesidad recaudatoria para financiar las obras de defensa, con el fin de mantener sus posesiones. Esa circunstancia debió diluir el entusiasmo inicial de la población hispanorromana. La baja recaudación impuso una menor inversión en el ejército imperial.
Principales Productos Comerciales
Las mercancías más importantes de la Antigüedad continuaron siendo lo más fletado en el Imperio bizantino medieval: aceite de oliva, vino, trigo, miel y salsa de pescado. Del mismo modo, las ánforas de terracota siguieron siendo el recipiente preferido para almacenarlas. El diseño de las ánforas cambiaba en función de dónde se fabricasen, aunque las asas se agrandaron notablemente a partir del siglo X. El contenido se etiquetaba con sumo cuidado, para lo que se imprimían unas inscripciones en los laterales o se añadían unas etiquetas de arcilla. Se han hallado ánforas bizantinas por todo el Mediterráneo, así como en la antigua Gran Bretaña, el mar Negro, el mar Rojo y el mar Arábigo (mar de Omán).
Otros productos que se comerciaban entre regiones eran reses, ovejas, cerdos, panceta, verdura, fruta, pimienta y otras especias, medicinas, incienso, perfumes, jabón, cera, madera, metales, gemas labradas, lapislázuli (de Afganistán), vidrio, marfil (de la India y África), hueso labrado, lino, lana, telas, lienzos (de Bulgaria), pieles (de Rusia), vajillas de plata, esmaltes, ámbar (del Báltico), recipientes de bronce y objetos de latón (sobre todo, cubos y entrepaños decorados para puertas, con destino a Italia en su mayoría).
Las vajillas de loza también solían estar presentes en el cargamento de cualquier barco, como evidencian los pecios. La cerámica de engobe rojo decorada con impresiones o con aplicaciones fue de uso corriente hasta el siglo VII, cuando comenzó a sustituirla poco a poco una cerámica más fina vidriada con plomo, que era blanca y, a partir del siglo IX, roja. La decoración, si la había, estaba impresa, incisa o pintada.
El mármol, que siempre tuvo demanda por todo el imperio, lo utilizaban quienes se lo podían permitir en edificios, suelos, altares de iglesias, ornamentos y muebles. El típico mármol entre blanco y grisáceo -un imprescindible en los proyectos de todo arquitecto bizantino- se extrajo en grandes cantidades de la isla de Proconeso, en el mar de Mármara, hasta el siglo VII, mientras que los mármoles más exóticos procedían de Grecia, Bitinia y Frigia. Por los pecios sabemos que el mármol se trabajaba antes de que lo embarcasen hacia su destino final. Muchos monumentos antiguos, sobre todo los paganos, sufrieron saqueos por todo el Mediterráneo en busca de cualquier pedazo útil de mármol que pudiese reutilizarse y transportarse al sitio que fuese.
Evolución y Desafíos Económicos
El control del comercio por parte del Estado bizantino se vio afectado por las conquistas árabes a partir del siglo VII. Además, las ciudades entraron en decadencia y se fueron haciendo más autosuficientes, al tiempo que el transporte en barco dependía cada vez más de comerciantes particulares. Cuando una mayor estabilidad en el Mediterráneo permitió el resurgimiento de unas redes comerciales más amplias a partir del siglo X, serían los Estados italianos los que aprovechasen la oportunidad de obtener beneficios con el transporte y la venta de mercancías de una punta a otra del mundo conocido.
Incluso, los grandes comerciantes como los venecianos no solo tenían sus propias instalaciones en Constantinopla, sino que recibían un trato de favor en las regulaciones y los impuestos comerciales. Al principio, esto se hacía a cambio del apoyo naval en las guerras bizantinas, pero la presencia de los mercaderes italianos (de Amalfi, Pisa, Génova o Venecia) en los muelles de la capital se fue volviendo una constante. De este modo, Constantinopla pudo presumir de tener el mercado más animado y dinámico de Europa, donde los comerciantes de Siria, Rusia, Arabia y tantos otros lugares conformaban una población cosmopolita con residencia semipermanente.
Durante el reinado de Justiniano I (527-565), el Imperio llegó al apogeo de su poder. La necesidad de más financiación permitió que su odiado ministro de hacienda, Juan de Capadocia, impusiera mayores y nuevos impuestos a los ciudadanos de Bizancio. Así mismo, un desastre se cernió sobre el Imperio en el año 543 d. C. Se trataba de la Peste de Justiniano. Se cree que fue provocada por el bacilo Yersinia pestis, también conocida como "la peste negra". Sin duda fue un elemento clave que contribuyó a agudizar la grave crisis económica que ya sufría el Imperio. A fines del siglo XIII d. C., el Imperio entró en un proceso de crisis que culminó con su caída en 1453 d. C. Durante el último siglo de Bizancio, el Imperio otomano fue conquistando gran parte de su territorio.
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