En este artículo se analiza la lucha por la tierra y la estructura agraria en Chiapas con énfasis en los cambios que el neoliberalismo y la globalización han impuesto en este estado. En particular, se estudia el impacto del Plan Puebla-Panamá en la estructura de la propiedad agraria. Se advierte que dicho proyecto puede significar un alto riesgo tanto para la reproducción social campesina como para la biodiversidad de la región. Este trabajo parte de una aproximación a la problemática socioeconómica y política respecto de la tierra en Chiapas, como núcleo de la situación de conflicto histórico que vive el estado; plantea una reflexión acerca de la importancia de la tierra-territorio y los recursos naturales para la reproducción social de amplios grupos de la población en la entidad.
Desde esta perspectiva, abordamos la realidad chiapaneca desde tres dimensiones principales. En la primera, partimos del supuesto de que la tierra representa un recurso imprescindible para la reproducción social de los pueblos indios y campesinos, como parte importante de la población chiapaneca. En un segundo momento, analizamos brevemente el microfundismo en Chiapas y cómo éste afecta a los sectores campesinos indígenas, tanto del sector social como de un amplio contingente formado por pequeños propietarios privados. Por último, en una tercera parte, consideramos los impactos generados por el modelo neoliberal-global en la entidad, lo que nos lleva a plantearnos ¿qué tanto el Plan Puebla-Panamá (PPP) representa una respuesta a los graves problemas de la población del estado, o sólo sirve para entrar en una nueva fase de apropiación de los recursos y de marginación para los pueblos indígenas y campesinos?
Chiapas: La lucha por la tierra y por la reproducción social
La mirada histórica: el conflicto por la tierra
Un apretado resumen de la historia chiapaneca nos permite comprender el fenómeno de la tierra y las razones de la lucha histórica de los pueblos indígenas frente al usurpador externo, mediante formas variadas de conflicto y resistencia. Es por ello que la historia de los pueblos indios es una historia de lucha por la tierra, el territorio y la autonomía, demandas que actualmente forman parte de los movimientos mundiales de estos pueblos, que están interconectados por redes establecidas en el ámbito global y son favorecidas por los medios de comunicación, que los vincula con la "aldea global". Los pueblos indios reivindican el respeto a la diferencia, a sus creencias y a sus formas de ver el mundo. Aunque Jan de Vos se refiere a la resistencia de los indígenas lacandones como "tierra de insumisos", pensamos que es un concepto aplicable a todos los pueblos indios.
Los indígenas necesitan la tierra como territorio, es decir, como un espacio cultural identitario, base de cosmovisiones y, en definitiva, de reproducción social de las etnias, de acuerdo con sus particularidades, para mantener viva su memoria histórica, como un referente de la lucha actual, tal y como se expresa en la Declaración de la Selva Lacandona: "Somos producto de 500 años de lucha". En la perspectiva histórica encontramos los grandes trazos, pero también los matices de las memorias contrapuestas, y de los derechos históricos que se confrontan desde fundamentos racionales diversos. La disputa por la tierra adquiere un sentido de espacio-territorio y en esta perspectiva destacan la profecía, el mito, el rito, la leyenda y la metáfora, siempre en función de una cosmovisión específica, incomprensible para la cultura occidental, que gira en torno al significado del territorio en su sentido más amplio.
También se expresa en movimientos mesiánicos, a veces sincréticos, en torno al espacio-territorio, del que fueron despojados los pueblos indios de Chiapas por el hombre blanco de allende los mares, que da vida a la leyenda de Quetzalcóatl, que conquista los espacios del sureste ofreciendo a los indios lacandones, la última tribu insumisa de Chiapas, "la Paz de Dios y del Rey". Despojados de sus tierras, de sus gobernantes y de sus dioses, los indígenas tuvieron que rehacer su religiosidad popular mediante el sincretismo, que mimetizó sus deidades en el poderoso dios del conquistador como el único dios verdadero. La escritora chiapaneca Rosario Castellanos relata en su novela Oficio de tinieblas, cómo los indígenas crucificaron a un joven para tener su propio Mesías que los iba a redimir del dominio del hombre blanco, pero también cómo la población "coleta" adoraba a la Virgen de la Caridad, protectora de los blancos, para que los protegiera del furor de los indios. Las expresiones mesiánicas en Chiapas son analizadas por Antonio García de León y Juan Pedro Viqueira.
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A la conquista española le siguieron 500 años de mesianismos y profecías, con expresiones específicas en el discurrir del tiempo, que le dieron cierta razón de ser a la lucha por la liberación de los tributos, la recuperación de las tierras, y un cierto sentido de autonomía, a veces expresado en la rebelión y la desobediencia y en el uso constante de ciertas formas de resistencia ante los invasores. Con esta perspectiva de fondo, no es de extrañar que entre los indígenas aparecieran presagios o expresiones mesiánicas que anunciaban el final de la explotación, de los agravios a los que eran sometidos, y de los buenos tiempos que estaban por venir. A finales del siglo XVII, los milenarismos se reafirmaron, los pueblos indios necesitaban un redentor que los liberara de la opresión a la que eran sometidos.
La importancia de la recuperación de la memoria histórica y el encuentro identitario se puede encontrar en la forma en que el Subcomandante Marcos reconstruye, por motivos de autoreconocimiento histórico-cultural, la metáfora de Don Durito de la Selva, contada a partir de las leyendas del Viejo Antonio, como parte del imaginario colectivo de los pueblos indios, que le sirve para reconstruir la identidad históricamente erosionada y para ser ellos mismos. Los hechos ocurridos durante el siglo XIX indican que para los indígenas de Chiapas la Independencia no representó cambios significativos. Las constantes rebeliones indígenas presionaban a los gobiernos liberales para que les devolvieran las tierras de las que habían sido despojados. Hacia 1820, Chiapas se encontraba en la más absoluta pobreza; el movimiento independentista tuvo poco eco en la entidad. Un grupo de ricos hacendados, los finqueros, ejercían el poder político, ideológico, económico y social del estado. De esta manera, la historia de Chiapas se vinculaba a las rebeliones indígenas y a los apellidos de distinguidas familias chiapanecas, muchas de ellas relevantes todavía.
Los conflictos se acentuaron en los tiempos liberales (siglo XIX), cuando los indígenas perdieron gran parte de las tierras comunales que habían sido reconocidas por la corona española. La vida porfiriana transcurrió entre la concentración de la tierra y el despojo de ésta a las comunidades, favorecida por la acción de la Compañía de Tierras y Colonización de Chiapas, México, Limitada, que vendió casi la totalidad de la superficie a extranjeros, lo que a la postre los convertiría en señores de la tierra, sobre las que florecieron las fincas cafetaleras y huleras, y las monterías. Estas nuevas formas de concentración de la tierra y las relaciones sociales con los trabajadores son analizadas por Favre y Moisés T. de la Peña.
Las haciendas de Chiapas perduraron en la dictadura porfirista, se prolongaron hasta la posrevolución y algunas daban fe de su existencia en el ya avanzado siglo XX. Los sistemas de trabajo, descritos entre otros por Bruno Traven y Armando Bartra, expresan las condiciones inhumanas de explotación de la fuerza de trabajo impuesta por los señores de la tierra y por el gobierno de Díaz, un régimen muy controvertido, del que existen diferentes opiniones dependiendo del rol asumido en las explotaciones, según sean extranjeros que hacen negocios o mexicanos que sufren la opresión de los grupos de poder. Por este mecanismo salieron del dominio nacional y pasaron a manos de la Compañía de Tierras y Colonización de Chiapas, México, Limitada, 1 907 369 hectáreas, que ésta vendió de manera predominante a extranjeros. El gobierno porfirista ofrecía a los colonos extranjeros, a quienes consideraba superiores a los mexicanos, las tierras nacionales de la vertiente del Golfo, Libertad y Comitán, y Tonalá y Soconusco, en la Costa del Pacífico, en nombre del progreso de la nación, mientras que muchos nacionales se transformaron en fuerza de trabajo que laboraba en condiciones deprimentes y de intensa explotación.
Para los norteamericanos que emprenden negocios en México, el régimen de Díaz es el más sabio, el más moderno y el más benéfico sobre la faz de la Tierra. Desde el punto de vista del mexicano común el gobierno de Díaz es un tratante de esclavos, un ladrón, un asesino; no imparte justicia, ni tiene misericordia, sólo se dedica a la explotación.
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La cuestión agraria en el siglo XX: una visión retrospectiva y los impactos neoliberales
Avanzada la segunda década del siglo XX, las superficies en propiedad de la Compañía Mexicana de Terrenos de Colonización eran varias y también parecían serlo las superficies dedicadas a la producción de café en manos de extranjeros; hacia 1927-1928, 73.4 por ciento de los finqueros dedicados a la producción de café eran extranjeros, de ellos, 34 por ciento eran alemanes. Las dotaciones de tierra en las etapas revolucionaria y posrevolucionaria no parecen significativas. No obstante, María Eugenia Reyes opina que la dotación agraria fue notable después del Cardenismo; considera que la dotación de tierras nacionales cumplió un papel de amortiguador que evitó las afectaciones privadas. Las tierras nacionales se convirtieron también en tierras de frontera para la explotación de la ganadería extensiva, con un crecimiento notable del número de cabezas que un reducido grupo de ganaderos supo manejar en su beneficio.
En una investigación realizada en la década de 1970, pudimos comprobar la importancia que tenían las tierras nacionales para los ganaderos, quienes aprovechando las necesidades de los campesinos, negociaban con éstos el desmonte de las superficies boscosas y a cambio les permitían sembrar una o dos cosechas de milpa, después éstos tenían que dejarlas sembradas con zacate. Los campesinos invertían de 30 a 32 jornales en desmontar y enzacatar una hectárea. El ganadero se apropiaba de un trabajo gratuito en virtud de su monopolio sobre la tierra, en muchos casos por la adjudicación de las tierras nacionales. Asimismo, los agricultores ricos a partir de una correlación de fuerzas muy favorable, sacaban provecho del trabajo campesino al rentarles tierras para sus cultivos de subsistencia y se apropiaban de una renta en efectivo o de los beneficios de la mediería.
A partir de 1960 se dio una fuerte ganaderización en los estados del trópico, incluido Chiapas, principalmente sobre las tierras nacionales. Otra forma de asegurar la reproducción social campesina fue la colonización de tierras nacionales, en las que se hacía una réplica de los parajes alteños. Estos espacios fueron cada vez más disputados por los ganaderos debido a la expansión de sus ganados, lo que constituía una limitante para la ampliación de la frontera agrícola campesina, lo que hizo surgir multitud de conflictos entre ganaderos y campesinos. La tierra era el centro de la mayor parte de los conflictos entre ambos actores y muchas veces los problemas surgían porque los ganaderos consideraban las tierras nacionales como sus áreas naturales de expansión. Estos conflictos se expresaban en la apropiación de un bien reducido y mediante una relación de fuerzas asimétricas en la que los campesinos eran los perdedores.
En un escenario en el que la lucha por la tierra se mantiene como telón de fondo, se analiza la correlación de fuerzas entre los actores sociales y se observa cómo ésta fue históricamente favorable a los grupos de poder económico-político de la región, que a partir del movimiento zapatista se vieron obligados a hacer, no sin conflictos, algunas concesiones, derivadas de la dialéctica social entre los diferentes actores. A pesar de los cambios al artículo 27 constitucional, con la creación de un mercado de tierra mediado por el gobierno entre propietarios privados y campesinos demandantes de tierras, también se reactivó el reparto que desembocó en los Acuerdos Agrarios. Sin embargo, la preocupación persiste sobre si el Plan Puebla-Panamá representa una auténtica solución o meramente una nueva fase de apropiación de recursos y marginación para los pueblos indígenas y campesinos.
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