Impactantes Acusaciones Contra Jesús en la Biblia: Revelamos los Juicios y Motivos Ocultospost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Los que se oponían a Cristo reaccionaron contra el Señor intentando desprestigiarlo con todo género de críticas. La vida, pasión y muerte de Jesús de Nazaret, Jesucristo o Cristo, son conocidas universalmente y son considerados como algunos de los hechos históricos más importantes. El principal problema a la hora de tratar la vida del Jesús histórico es que no existen fuentes primarias. Los primeros textos sobre él son, por una parte, los Evangelios y otras fuentes del Nuevo Testamento -escritas con posterioridad y con una intencionalidad religiosa- y, por otra, menciones de autores romanos como Flavio Josefo que no llegaron a conocerlo.

Acusaciones Religiosas y Morales en la Predicación de Jesús

A lo largo de su ministerio, Jesús enfrentó una serie de acusaciones relacionadas con su doctrina y su forma de vida. Le acusan de blasfemo, cuando perdona los pecados al paralítico y después le cura de su enfermedad (cfr. Mt. 9, 3-39). Dicen que es pecador: "sabemos que este hombre es pecador" (Jn. 9, 24), y le acusan de pecados concretos contra la Ley, como violar el sábado haciendo milagros y curaciones, como si no fuese lícito hacer el bien en sábado (cfr. Jn. 5, 16).

También le llaman mentiroso, porque "tú das testimonio de ti mismo, y tu testimonio no es verdadero" (Jn. 8:13). Se escandalizan de que Jesús coma con pecadores o que atienda a una mujer de mala vida en casa del fariseo que le invita a comer. Le acusan de ser amigo de pecadores y comer con ellos, sin ver que Jesús no ha venido a buscar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan. Jesús les explica el más profundo sentido de la salvación que Él trae, al decirles: "quedan perdonados sus muchos pecados, porque muestra mucho amor" (Lc. 7:47). Jesús pone en claro el sentido profundo de toda ley: obrar el bien.

Otras acusaciones eran que engañaba al pueblo llevándole por caminos distintos de los que establecían los guías oficiales de Israel, cuando en realidad esto ocurría porque eran guías ciegos, que hacían caer a todos en el pozo. También decían que era ignorante porque no había estudiado en ninguna de las escuelas de Israel, cuando esto era una prueba más de su mesianidad, ya que conocía las Escrituras mejor que los maestros de Israel sin haber estudiado.

Pero la acusación más grave fue la de decir que estaba endemoniado, y que hacía sus milagros con el poder de Satanás. Sólo así podían explicar su lucidez y la multitud de milagros que hacía. A estas acusaciones Jesús responde diciendo: "Todo reino dividido contra sí será desolado y toda ciudad o casa dividida contra si no subsistirá. Si Satanás arroja a Satanás, está dividido contra sí. ¿Cómo, pues, subsistirá su reino? Y si yo arrojo a los demonios por el poder de Belcebú, ¿con qué poder los arrojan vuestros hijos? Por eso serán ellos vuestros jueces. Mas si yo arrojo a los demonios con el espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios" (Mt. 12:25-28).

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Jesucristo, en su predicación, no está más que llevando a la práctica algo que ellos sí sabían repetir de memoria: que el primer mandamiento es: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo" (Lc. 10:27). Debieron sentirse muy heridos los escribas y fariseos cuando les explicó Jesús la parábola del samaritano (Lc. 10:29-37). Jesús llega a decirles que los publicanos y pecadores les precederán en el camino del Reino de los Cielos. Por todo ello, no puede extrañarnos que los evangelios digan: -Buscaban la manera de acabar con Él, -intentaban quitarlo de en medio.

Los Juicios Religiosos Ante las Autoridades Judías

La noche en que fue arrestado, Jesús fue llevado ante Anás, Caifás y la asamblea de los líderes religiosos llamada Sanedrín (Juan 18:19-24; Mateo 26:57). Los juicios de Jesús constaron de seis eventos: tres de ellos en una corte religiosa y tres ante una corte romana. Cuando arrestaron a Jesús, nadie había imputado cargos en su contra. Y los principales sacerdotes y todo el Concilio procuraban obtener falso testimonio contra Él, con el fin de dar muerte a Jesús, y no lo hallaron a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Jesús fue juzgado ante Anás el sumo sacerdote saliente; Caifás, el sumo sacerdote en funciones, y el Sanedrín.

Él fue acusado en estos juicios “eclesiásticos” de blasfemia, por afirmar ser el Hijo de Dios y el Mesías. Los juicios religiosos ante las autoridades judías, mostraron el grado en que los líderes judíos odiaban a Jesús, porque ellos desatendían descuidadamente muchas de sus propias leyes. Una vez más, le ordenan: "Dinos si eres el Cristo", a lo que él les responde: "Aunque se lo dijera, nunca lo creerían. Además, si yo les preguntara algo, ustedes no me responderían". Pero ellos insisten: "Entonces, ¿eres tú el Hijo de Dios?". Y él les contesta: "Sí, ustedes mismos están diciendo que lo soy". Parece que eso les da base para justificar la ejecución de Jesús por blasfemia. Así que concluyen: "¿Para qué necesitamos más testimonio?" (Lucas 22:70, 71; Marcos 14:64).

Ilegalidades en los Juicios Judíos

Hubieron muchas ilegalidades involucradas en estos juicios desde la perspectiva de la ley judía:

  • Ningún juicio debía llevarse a cabo durante alguna celebración, y Jesús fue juzgado durante la Pascua.
  • Cada miembro de la corte debía votar individualmente para condenar o absolver, pero Jesús fue condenado por una gritería de protestas y desaprobación.
  • Si se daba la pena de muerte, debía pasar una noche antes de que la sentencia fuera llevada a cabo; sin embargo, solo pasaron unas cuantas horas antes de que Jesús fuera puesto en la cruz.
  • Los judíos no tenían autoridad para ejecutar a nadie, sin embargo, se las ingeniaron para ejecutar a Jesús.
  • Ningún juicio debía llevarse a cabo por la noche, pero este juicio se hizo antes del amanecer.
  • Se debía proporcionar al acusado consejo y representación, pero Jesús no tuvo ninguno.
  • No debían hacerse preguntas de auto-incriminación al acusado, pero a Jesús se le preguntó si Él era el Cristo.

Y, como manifestación máxima de la oposición a Jesús, el consejo de Caifás: "que era mejor que muriera uno solo por el pueblo" (Jn. 11:50).

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Es posible que Judas haya visto a Jesús mientras se lo llevan a Pilato. Al enterarse de que han condenado al Maestro, siente algo de remordimiento y desesperación, pero, en vez de arrepentirse de verdad y buscar el perdón de Dios, se va a devolver las 30 monedas de plata. Les dice a los sacerdotes principales: "Pequé al traicionar sangre inocente". Ellos le responden con crueldad: "¿Y a nosotros qué nos importa? ¡Allá tú!". Judas arroja las 30 monedas de plata en el templo y, como si no bastara con todo lo que ha hecho, intenta acabar con su vida.

El Contexto Político y las Acusaciones Ante las Autoridades Romanas

Considerando lo que se sabe acerca de la sociedad judía del siglo I y de la situación política de Judea en aquellos momentos, se puede afirmar con bastante seguridad que hubo un hombre al que llamamos Jesús y que fue condenado a muerte. Judea, convertida en provincia romana solo tres décadas antes, era un polvorín a punto de explotar, especialmente en los periodos de festividades religiosas, cuando se concentraba una gran cantidad de gente en las ciudades. Una de las celebraciones más importantes del calendario hebreo es la de Pésaj -conocida también como la Pascua judía-, que conmemora la liberación de Egipto y que estaba a punto de celebrarse cuando Jesús entró en Jerusalén. A los ojos del prefecto, cualquier alteración del orden público en un momento tan cargado de simbolismo -la conquista de la libertad del pueblo judío- debía ser inmediatamente suprimida.

Los juicios ante las autoridades romanas comenzaron con Pilato (Juan 18:23) después que Jesús había sido golpeado. Los judíos llegaron con Jesús al palacio de Poncio Pilato temprano por la mañana. Pero ellos se niegan a entrar, pues les parece que, si tienen contacto con los gentiles, se contaminarán y no podrán celebrar la comida del 15 de nisán. De modo que Pilato sale y les pregunta: "¿De qué acusan a este hombre?". Ellos contestan: "Si este hombre no fuera un delincuente, no te lo habríamos entregado". Los cargos llevados contra Él eran muy diferentes a los cargos de Sus juicios religiosos. Él fue acusado de incitar a la gente a una revuelta, prohibiéndole al pueblo pagar impuestos, y clamando ser un rey.

Pilato volvió a entrar en el palacio y llamó a Jesús. "¿Eres tú el rey de los judíos?" -le preguntó. "¿Eso lo dices tú -respondió Jesús- o es que otros te han hablado de mí?". Pilato da a entender que no conoce los hechos del caso, pero que desea saberlos, al preguntar: "¿Acaso soy yo judío? Tu propia nación y los sacerdotes principales te entregaron a mí. ¿Qué has hecho?". "Mi reino no es de este mundo -contestó Jesús-. Si lo fuera, mis propios guardias pelearían para impedir que los judíos me arrestaran. Pero mi reino no es de este mundo". "¡Así que eres rey!" -le dijo Pilato. Jesús contestó: "Eres tú quien dice que soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz". Pilato no encontró razón para matar a Jesús, así que lo envió a Herodes (Lucas 23:7). Herodes recibió a Jesús, pero únicamente se burló de él, según el relato bíblico, al considerarlo como un loco, y, por este mismo motivo, se negó a juzgarlo. Herodes ridiculizó a Jesús, pero queriendo evitar la responsabilidad política, lo envió de regreso a Pilato (Lucas 23:11-12).

Este era el último juicio, por lo que Pilato mandó azotar a Jesús, tratando de aplacar la animosidad de los judíos. La flagelación judía era un castigo terrible y posiblemente consistía de 39 latigazos. En un esfuerzo final por soltar a Jesús, Pilato ofreció que el prisionero Barrabás fuera crucificado y Jesús liberado, pero fue en vano. La turba gritó que Barrabás fuera liberado y Jesús crucificado. Al verse presionado tanto por las autoridades religiosas como por el pueblo, Pilatos sentenció que Jesús era culpable del delito de subversión contra el imperio romano, debido a que se autonombró “rey de los judíos”, que resultaba ajeno al orden establecido por el imperio de Tiberio Julio César. Pilato les concedió su demanda y les entregó a Jesús (Lucas 23:25).

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Que Jesús fue condenado por delitos relacionados con desórdenes públicos se puede deducir del método de ejecución elegido. La crucifixión era un castigo que se aplicaba a los esclavos y a los criminales, incluyendo a los rebeldes y sediciosos, y solo las autoridades romanas -en este caso, el prefecto Poncio Pilato- tenían potestad para ejecutarla. Burgoa señala que el delito por el que finalmente se crucificó a Jesús fue por el de subversión y no por el de sacrilegio, es decir, murió a causa de un delito político y no por un delito religioso como pretendía el sanedrín, y esto se consta pues, de acuerdo con la tradición romana, en la cruz del sentenciado se colocaba el titulus, una tablilla en la que se especificaba el motivo de la condena. Los juicios de Jesús representan la máxima mofa de la justicia.

Los Motivos Detrás de las Acusaciones

Para las autoridades romanas y los sacerdotes de Jerusalén, se trataba de dar un castigo ejemplar al que a sus ojos era un personaje subversivo y peligroso. Las figuras mesiánicas, como Jesús o su maestro Juan el Bautista, representaban además un problema añadido para Roma: el reino de Israel había sido una monarquía teocrática, por lo que la aparición de este tipo de líderes religiosos podía estimular una revuelta contra la propia ocupación romana. Además, en una concepción monoteísta, el Imperio Romano era una sociedad idólatra que entraba en directa oposición con la proclamación que hacía Jesús del “reino de Dios”.

Para los sacerdotes judíos y, en particular, para el Sumo Sacerdote Caifás, Jesús representaba también un problema. Durante la mayoría de su vida este predicó en Galilea -la zona norte de la provincia de Judea- y no representó una molestia, pero su llegada a Jerusalén junto con un nutrido grupo de seguidores cambiaba las cosas. Jesús suponía un doble peligro no solo por sus críticas a ciertas conductas de los sacerdotes, sino por el miedo a que desencadenara una revuelta que fuera sofocada por los romanos en un baño de sangre. En particular, el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo habría sido el detonante para que el Sanedrín -el consejo de rabinos con funciones de juez- viera en Jesús un peligroso agitador de masas y juzgara conveniente denunciarlo ante las autoridades romanas, que tenían la potestad en cuestiones de orden público.

Aunque los sacerdotes ciertamente tuvieron responsabilidad en la muerte de Jesús, los Evangelios intencionadamente cargan las culpas sobre ellos y presentan a Pilato como el mero ejecutor de una sentencia ya decidida, lo cual no es coherente con lo que sabemos acerca del carácter del personaje y las responsabilidades que pesaban sobre él: como representante de Roma en Judea, era su obligación garantizar el orden y, por otra parte, no tenía motivos para ser clemente con Jesús. A los autores cristianos les interesaba convertir a un público romano, por lo que presentar a su propio pueblo como culpable de la ejecución de Jesús no era conveniente.

La responsabilidad atribuida mayoritariamente a los judíos debe entenderse en el contexto de evangelización: a los autores cristianos les interesaba convertir a un público romano, por lo que presentar a su propio pueblo como culpable de la ejecución de Jesús no era conveniente. Los judíos, en cambio, eran un buen chivo expiatorio: la singularidad de sus costumbres los convertía en un cuerpo extraño dentro del Imperio y, por otra parte, muchos judíos se negaban a considerar a Jesús como el rey-mesías que anunciaba su tradición. Además, en Egipto, donde se formaron las primeras comunidades cristianas, existía ya un sentimiento antisemita que reforzó esta idea.

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