Cuando se piensa en hacendados, en la época colonial y en el siglo XIX el término automáticamente se relaciona con grupos de poder. Y aunque la historiografía de los últimos tiempos se ha encargado de matizar esta idea, todavía resulta difícil hacer la disociación. De esta manera, se han formado incluso ciertos modelos explicativos que resultan un tanto restrictivos al momento de presentarse una realidad más compleja como la yucateca.
Un problema de los historiadores que han estudiado Yucatán es que han puesto énfasis en la población indígena (como grupo) y algunos otros se han centrado en los grupos de poder, pero se han olvidado de los actores sociales individuales, tanto de los mayas como de los que no lo eran. En este trabajo nos proponemos estudiar precisamente al grupo de hacendados que no pertenecía a la élite; hombres y mujeres que poseían pequeñas propiedades y basaban parte o toda su subsistencia en ellas.
Por un lado se sigue la pista a 19 hacendados que redactaron su testamento entre 1790 y 1809; por el otro, se analizan algunos casos de movilidad social para mostrar que la posesión de una hacienda fue fundamental en este proceso. En particular nos interesa conocer ¿Quiénes eran? ¿Cuáles fueron sus trayectorias? En caso de movilidad social ascendente ¿Cuáles fueron las estrategias?
Para el análisis de estos pequeños hacendados -quienes al contrario de las élites produjeron muy poca documentación- se ha recurrido como fuente principal a los testamentos (algunas veces constituyen el único testimonio de estas vidas), de donde se pudo obtener información sobre sus trayectorias, sus familias, sus lazos, sus estrategias económicas, el monto de su fortuna total y el avalúo de sus haciendas. Se parte de la idea que los casos individuales o familiares, lejos de ser aislados, nos pueden servir tanto para identificar comportamientos y tendencias generales como para explicar las condiciones sociales en que se encontraban ciertos grupos.
Hacendados y élite
Los estudios regionales realizados en diversas partes del país han permitido corroborar la inmensa variedad de hacendados, que no se pueden encasillar en un solo modelo. Juan Felipe Leal y Mario Huacuja (1982: 10, 82), escribieron de ellos que no eran ociosos ni ausentistas -como durante años se sostuvo-, que integraban un grupo muy heterogéneo, que se preocupó por administrar convenientemente y obtener ganancias de sus propiedades, aunque los ejemplos que proporcionan conciernen a los grupos de poder.
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Para Eric Van Young (1986: 40) el grupo de hacendados "ciertamente no era homogéneo ni social ni políticamente" y varias veces había desacuerdo entre ellos, así que para examinar las complejidades de la influencia de los señores en el campo, no basta con decir que "ocupaban cabildos locales, servían como magistrados reales o enviaban con cierta regularidad a sus hijos a la iglesia". Ya que esto implica simplificar al máximo la realidad. En Zacatecas el grupo tampoco era homogéneo socialmente, y podían integrarlo peninsulares, mestizos y sobre todo criollos (Jiménez Pelayo, 1990: 59).
David Brading fue uno de los pioneros en asociar hacendado con rico (1975), pero también ha sido uno de los pocos que identificó a los pequeños propietarios (1988), conocidos en la región del Bajío como rancheros, generalmente gente de "bajo estrato" entre criollos, mestizos, indios y mulatos, cuyas propiedades eran de tamaño pequeño y oscilaban entre los 300 y 5 mil pesos; en contraste con las haciendas cuyo valor, a fines del siglo XVII, iba desde los 8 mil hasta más de 150 mil pesos y ocupaban extensas porciones de tierras.
El rancho está definido en su glosario como "pequeña propiedad de tierra subordinada a una hacienda", ésta última se refiere sobre todo a la necesidad que tenía el ranchero de rentar tierras de la hacienda. El investigador (1988: 260) distingue dos tipos de rancheros, el primero un floreciente agricultor que contaba con peones, el otro un labrador al que apenas le alcanza para subsistir. Incluso reconoce que en el Bajío de principios del siglo XVIII el modelo de la tenencia de la tierra era la conservación del rancho del pequeño propietario.
Varios investigadores se han preocupado por definir a qué tipo de propiedad se le llama hacienda -se han distinguido dos periodos, antes y después del porfiriato- y han establecido sus características generales, en las cuales casi todos están de acuerdo: eran unidades productivas que se dedicaban a actividades agrícolas, pecuarias, extractivas y manufactureras, siendo su rasgo esencial el peonaje por deudas.
Otros rasgos que resaltan son la inestabilidad en su posesión y los altos censos e hipotecas en que estaban gravadas (Morner, 1978; Leal, 1982; Van Young, 1986: 23-64; Brading, 1988; Nickel, 1988; Semo, 1988: 87-164; Chevalier, 1999). Sin embargo, consideramos que en el afán de establecer modelos generales a veces se han perdido de vista los casos regionales y realidades que saltan a los ojos.
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Por ejemplo, un autor como Herbert Nickel (1988: 208-209) ha escrito que debido al escaso tamaño de las fincas (refiriéndose a la región Puebla-Tlaxcala) aun cuando se llamen haciendas "no disponen de todas las características primarias que se han atribuido a la 'hacienda' en este trabajo", negando así la visión que los contemporáneos tenían de sí mismos e imponiendo una perspectiva moderna.
Nosotros, más que ofrecer un esquema del funcionamiento de la hacienda yucateca, que ya se ha hecho, pretendemos estudiar a los individuos mismos y sus trayectorias.
El caso yucateco
La historia de Yucatán difiere un tanto de la del centro de México, ahí las encomiendas no murieron hasta fines del siglo XVII, justo al mismo tiempo que la hacienda se desarrollaba, acostumbrándose la población blanca que la mayor riqueza de la región, al no haber ni minería ni comercio a gran escala, era la población indígena. Así, del tributo y del repartimiento de mercancías en la época colonial se pasó al peonaje en la época independiente.
La élite yucateca también resulta bastante particular. En época colonial la unión entre los descendientes de los conquistadores y emigrantes españoles dio lugar a la formación de familias que concretaron su poderío a través de la encomienda, única gran fuente de prestigio que garantizaba la pertenencia a la élite (ver García Bernal, 1978). Ya en el siglo XVIII cualquiera que pudiera pagarse el título era aceptado en el "selecto círculo", integrado también por algunos comerciantes, cabildantes y oficiales de gobierno. Sólo una cuarta parte de los encomenderos (calculados en un centenar en 1785) adquirió haciendas.
Después de la independencia no toda esta élite colonial supo mantenerse en su lugar, varias familias salieron de la escena en la primera mitad del siglo XIX, por no haberse adaptado a las condiciones políticas y sociales imperantes y muchasmás, que nunca brillaron en la época colonial, adquirieron un papel protagónico.
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Si no todos los hacendados formaban parte de la élite ¿quiénes eran los restantes? ¿Cuál es la particularidad de la hacienda yucateca? Primero, ésta no surgió sino hasta fines del siglo XVIII y no se consolidó sino en el XIX. Segundo, aunque comparte las características señaladas en el inciso anterior como la inestabilidad y los censos (al ser los prestamos de la Iglesia una de las principales fuentes de capital) tuvo la particularidad de ser de un tamaño modesto, por lo menos hasta antes del auge henequenero. Por ejemplo, entre 1790 y 1803, según datos encontrados para 145 haciendas, veinte estaban valuadas entre cuatro mil y seis mil pesos, doce entre seis mil y nueve mil pesos y sólo tres en más de 10 mil. El valor de ciento diez fluctuaba entre 300 y 4 mil pesos. La misma situación prevaleció en las siguientes décadas. En Yucatán, como en otras partes, se creía que quienes dominaban las haciendas eran los grupos de poder, sin embargo a partir de un análisis en curso, se ha encontrado que aunque las élites poseyeron varias haciendas y en algunos casos las más productivas, existía un grupo mayoritario (formado por labradores, curas, mujeres, mayordomos, etc.) que estableció también pequeñas haciendas, llamadas así por los contemporáneos, no en busca de riquezas o de prestigio, sino como su única actividad generadora de recursos económicos.
Si buscamos encontrarles un parangón en otro lado, constituyen lo que Brading llamó rancheros en el Bajío. En Yucatán hasta mediados del siglo XIX, la mayoría de los hacendados (élites o no) fueron pequeños propietarios -si tomamos en cuenta el tamaño y el avalúo de sus propiedades, aunque se encuentren varias excepciones- unos consagrados exclusivamente a la tierra y al ganado (con diverso grado de éxito), y otros que se dedicaban a actividades distintas (religiosos, funcionarios, políticos, comerciantes), y entre estos dos grupos algunos que acumularon diversas haciendas y que se encargaron de aumentar su tamaño, a costa de la única tierra que existía libre en Yucatán: la perteneciente a los indios.
Varios autores antes ya habían detectado la presencia de estos pequeños propietarios en la zona a quienes no se les dedicó después un espacio, quizá por que el testamento no se había planteado como una fuente para acceder a ellos. Por ejemplo, Robert Patch (1993: 193) afirma que era imposible establecer una división entre grandes propietarios (hacendados), vecinos rurales o pequeños productores e indios (campesinos pobres), pues al ser la mayoría de las haciendas tan pequeñas, algunas veces no podían distinguirse las propiedades de los vecinos o de los indios.
Debemos notar que a fines de la época colonial y principios del siglo XIX en Yucatán nosotros entendemos que "gran propietario" no era sinónimo de alguien que posee grandes propiedades, sino miembro de la élite. Pedro Bracamonte (1993: 77) hace constante alusión a este grupo en su estudio sobre la hacienda yucateca, y estudia las motivaciones que tuvieron para establecer sus propiedades, entre las que se encontraban reunir un capital y asegurarse un futuro, en una coyuntura económica en donde la mejor opción era instalar una hacienda y conseguir mano de obra indígena para trabajarla, aunque tampoco profundizó en el tema. Por su parte, Arturo Güémez Pineda (1994: 44-45) también detectó esta característica del agro yucateco, sin ahondar más, al afirmar que no había grandes propietarios, ya que no excedían una legua cuadrada y eran muy pocos los que llegaban a alcanzar o superar las ocho leguas.
Los pequeños propietarios
Estos pequeños propietarios fueron la base del auge de la hacienda. No siempre eran "blancos", se pueden distinguir algunos mestizos, mulatos y hasta indios, en pueblos como Izamal constituían familias completas donde varios miembros poseían haciendas. El éxito de su empresa variaba mucho, en algunos casos lograban salir adelante, pero la propiedad se acababa con su muerte, pues los hijos preferían vender, en otros, algún hijo o varios decidían quedarse con la hacienda (o haciendas) para lo cual daban su parte a los otros hermanos o las recibían directamente como herencia.
Por lo general se trata de gente que con años de trabajo logró tener alguna propiedad, lo cual se puede saber pues en los testamentos casi siempre especifican que cuando llegaron al matrimonio no aportaron cosa alguna. A veces la esposa es la que recibe en dote una pequeña propiedad, que el esposo se encarga de hacer prosperar, otras porque logran formar parte de la clientela de alguien con cierto poder. Cada uno presenta características propias, de ahí el interés de adentrarnos en la vida de algunos de ellos.
No está de más mencionar que la mayoría aprovechó en mayor o menor medida la mano de obra indígena: el endeudamiento fue ampliamente utilizado. En ocasiones muy contadas algunos hacían gala de generosidad y perdonaban ya sea toda la deuda o la mitad a sus sirvientes de las haciendas al momento de su muerte. Sin embargo, el contar con una pequeña propiedad y vivir al día no los exceptuaba -sobre todo para aquéllos que sí eran "blancos"- de practicar ese sentimiento de superioridad, que aún ahora prevalece y el despojo de tierras también. Desafortunadamente en los documentos consultados casi nunca aparece la percepción que tenían de los indios.
Para identificar a estos pequeños hacendados, en primer lugar se analizará una serie de testamentos encontrados en el ramo de sucesiones testamentarias y sucesiones intestadas del Archivo de Yucatán. Es un fondo importante pues ademásincluye los inventarios de bienes, aunque sólo se ha trabajado con los que consignan una propiedad rural.
Se trata de diecinueve hacendados, de los cuales tres son mujeres, cuyos testamentos datan de 1790 a 1809. Los datos se han sintetizado en el cuadro 1. Se trata de un periodo importante en la historia de Yucatán, el de la transición entre el viejo sistema basado en el tributo al nuevo de explotación de la tierra, cuando la encomienda pierde fuerza (y finalmente desparece con la independencia) y empieza una nueva e...
La gran hacienda era el sistema dominante de ocupación y uso de la tierra. Después de más de dos siglos de lenta evolución, de integración de los mejores suelos a los procesos productivos y de definición de límites, las haciendas habían adquirido perfiles claros y distintivos. En 1837 se calculó que el departamento de Aguascalientes contaba con 37 haciendas, situadas la mayoría en el partido de la capital, aunque también eran muy importantes las ubicadas en el de Rincón. Las haciendas, en particular, eran todavía focos importantes de concentración de la población. En las más importantes la vida se organizaba como en cualquier pueblo o villa de regular importancia: había iglesia, herrería, molino, tienda de raya, fragua y carpintería. En fin, todo lo indispensable para satisfacer las necesidades de los vecinos.
CUADRO II.3. La mediería, el arrendamiento y el peonaje por deudas eran los sistemas de trabajo imperantes en las grandes haciendas. Normalmente se trabajaban por cuenta del patrón las mejores tierras, aquellas que disponían de agua para el riego. En su beneficio se empleaba tanto el trabajo de peones acasillados o permanentes, como el de eventuales. Estos últimos se contrataban principalmente en la época de las cosechas, cuando era mayor la necesidad de operarios.
A medias se daban por lo general tierras ya abiertas al cultivo, que muchas veces contaban con agua pero que por alguna razón no entraban en los planes de acción directa del hacendado. Por lo demás, el sistema era muy cómodo, pues no sólo obviaba dificultades sino que además suponía para el patrón un ingreso anual fijo. En las tierras de la hacienda de San Jacinto este sistema alcanzó cierta preeminencia, y medieros como Gil Rangel fincaron en él su fortuna.
Finalmente está el arrendamiento, método con el cual los hacendados incorporaron grandes superficies al cultivo. El llano del Tecuán, por ejemplo, perteneciente al mayorazgo Rincón Gallardo, estaba poblado en exclusiva por pequeños y medianos arrendatarios.
Valor de las Haciendas en Yucatán (1790-1803)
| Rango de Valor (Pesos) | Número de Haciendas |
|---|---|
| 300 - 4,000 | 110 |
| 4,000 - 6,000 | 20 |
| 6,000 - 9,000 | 12 |
| Más de 10,000 | 3 |
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