Celebramos hoy, 12 de diciembre, la fiesta de la Virgen de Guadalupe mejicana, advocación estrechamente vinculada a otra con el mismo nombre pero española: la de la Virgen de Guadalupe de la extremeña ciudad de Guadalupe, patrona de Extremadura, cuya festividad se celebra el 8 de septiembre.
En 1531 la Bienaventurada María Virgen de Guadalupe apareció a Juan Diego, un azteca convertido al cristianismo. En aquel periodo México estaba envuelto por violencias y, sobre todo, por continuas violaciones de la dignidad humana. Quienes sufrían graves discriminaciones eran, en particular, las poblaciones indígenas. Las apariciones marianas sellan el encuentro entre los nativos y Cristo. María se presenta como la “Madre del verdadero Dios”. La Bienaventurada Virgen elige a Juan Diego como su mensajero.
El Origen de la Devoción: Las Apariciones y el Nican Mopohua
EL NICAN MOPOHUA: Es el relato de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe al Beato Juan Diego, indígena azteca, ocurridas del 9 al 12 de diciembre de 1531. Escrito originalmente en la lengua náhuatl, todavía en uso en varias regiones de México. Las dos palabras iniciales Nican Mopohua se han usado por antonomasia para identificar este relato, aunque muchos documentos indígenas comienzan igual. El título completo es: "Aquí se cuenta se ordena como hace poco milagrosamente se apareció la Perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, nuestra Reina; allá en el Tepeyac, de renombre Guadalupe". Es la principal fuente de nuestro conocimiento del Mensaje de la Sma. Virgen al Beato Juan Diego, a México y al Mundo.
EL AUTOR: Se atribuye a Don Antonio Valeriano (1520?-1605?) sabio indígena aventajado discípulo de Fr. Bernardino de Sahagún. Don Antonio recibió la historia de labios del vidente, muerto en 1548.
EL ARGUMENTO: Se narra la Evangelización de una cultura por la intervención de Dios y de la Santísima Virgen. Leyendo entre líneas y más, desde la óptica náhuatl, se percata uno de cómo esta Evangelización empapó hasta las más íntimas fibras de la cultura pre-hispánica. Se lleva a cabo la unión de dos pueblos irreconciliables. En la plenitud de los tiempos para América aparece María Santísima portadora de Cristo. Hay una identificación de lo esencial de la Biblia: Cristo, centro de la Historia- (Juan 3,14-16) con lo esencial del Nican Mopohua (vv.26-27) y con lo esencial del mensaje glífico de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe: el Niño Sol que lleva en su vientre Santísimo.
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LOS PROTAGONISTAS: La Virgen que pide un templo para manifestar a su Hijo. El Beato Juan Diego, vidente y confidente de la Sma. Virgen. El Obispo Fr. Juan de Zumárraga a cuya Autoridad se confía el asunto. El Tío del Beato Juan Diego, sanado milagrosamente. Los criados del Obispo que siguen al Beato Juan Diego. Lo espían. La ciudad entera que reconoce lo sobrenatural de la imagen y entrega su corazón a la Sma. Virgen.
Relato de las Apariciones según el Nican Mopohua
Primera Aparición
Era sábado muy de madrugada cuando Juan Diego venía en pos del culto divino y de sus mandatos a Tlatilolco. Al llegar junto al cerrito llamado Tepeyacac, amanecía; y oyó cantar arriba del cerro; semejaba canto de varios pájaros; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitoso, sobrepasaba al del coyoltótotl y del tzinizcan y de otros pájaros lindos que cantan. Se paró Juan Diego para ver y dijo para sí: "¿Por ventura soy digno de lo que oigo?, ¿Quizás sueño?, ¿Me levanto de dormir?, ¡Dónde estoy?, ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores?, ¿Acaso ya en el cielo?". Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo, de donde procedía el precioso canto celestial. Y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrito y le decían: "Juanito, Juan Dieguito."
Luego se atrevió a ir a donde le llamaban. No se sobresaltó un punto, al contrario, muy contento, fue subiendo el cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara. Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas; y relumbraba la tierra como el arco iris. Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro. Se inclinó delante de ella y oyó su palabra, muy suave y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le dijo: "¿Juanito, el mas pequeño de mis hijos, dónde vas?". Él respondió: Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor".
Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad. Le dijo: "Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive: del Creador cabe quien está todo: Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mi confíen; oír allí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores. Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del Obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que deseo, que aquí me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por seguro que te lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato hijo mío el mas pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo." Juan Diego contestó: Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo." Luego bajó, para ir a hacer su mandato; y salió a la calzada que viene en línea recta a México."
Segunda Aparición
Habiendo entrado sin delación en la ciudad, Juan Diego se fue en derechura al palacio del obispo que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba Fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. Apenas llegó trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle. Y pasado un buen rato, vinieron a llamarle, que había mandado el señor Obispo que entrara. Luego que entró, en seguida le dio el recado de la Señora del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito. El Obispo le respondió; "Otra vez vendrás, hijo mío, y te oiré más despacio; lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido."
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Juan Diego salió y se vino triste, porque de ninguna manera se realizó su mensaje. En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrito, y acertó con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde le vio la primera vez: "Señora, la mas pequeña de mis hijas. Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandato, le vi y le expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, apareció que no lo tuvo por cierto. Me dijo: Otra vez vendrás, te oiré mas despacio, veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido. Comprendí perfectamente en la manera que me respondió que piensa que es quizás invención mía que tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido y respetado y estimado, le encargues que lleve tu mensaje, para que le crean; porque yo soy solo un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y tú, Niña mía, la mas pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro. Perdóname que te cause pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía."
Le respondió la Santísima Virgen: "Oye, hijo mío el mas pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tu mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te ruego, hijo mío el mas pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad: que tiene que poner por obra el templo que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía." Respondió Juan Diego: "Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandato; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad, pero acaso no seré oído con agrado; o si fuese oído, quizás no me creerá. Mañana en la tarde cuando se ponga el sol vendré a dar razón de tu mensaje, con lo que responda el prelado. ya me despido, Hija mía, la mas pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entretanto". Luego se fue él a descansar a su casa.
Tercera Aparición
Al día siguiente, domingo muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco a instruirse de las cosas divinas y estar presente en la cuenta para ver en seguida al prelado. casi a las diez, se aprestó, después de que se oyó Misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor Obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño para verle: otra vez con mucha dificultad le vio; se arrodilló a sus pies; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora del Cielo, que ojalá que creyera su mensaje y la voluntad de la Inmaculada de erigirle su templo donde manifestó que lo quería. El señor Obispo, para cerciorarse le preguntó muchas cosas, donde la vio y cómo era; y el refirió todo perfectamente al señor Obispo. Más aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, el (Obispo) no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del cielo. Así que lo oyó dijo Juan Diego al Obispo: "Señor, mira cual ha de ser la señal que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envió acá." Viendo el Obispo que ratificaba todo sin dudar ni retractar nada, le despidió.
Mandó inmediatamente unas gentes de su casa, en quienes podía confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando mucho a dónde iba y a quién veía y hablaba. Así se hizo. Juan Diego se vino derecho y caminó la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente del Tepeyacac, le perdieron; y aunque más buscaran por todas partes, en ninguna le vieron. Así es que se regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y les dio enojo. Eso fueron a informar al señor Obispo, inclinándose a que no le creyera: le dijeron que nomás le engañaba; que nomás forjaba lo que venía a decir, o que únicamente soñaba lo que decía y pedía; y en suma discurrieron que si otra vez volvía le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más mintiera y engañara. Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor Obispo; la que oída por la Señora le dijo: "Bien está hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido; con esto te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará; y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora, que mañana aquí te aguardo."
Cuarta Aparición
Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió. Porque cuando llegó a su casa, a un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave. Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera y viniera a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría. El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyacac, hacia el poniente por donde tenía costumbre de pasar, dijo: "Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que lleve la señal al prelado, según me previno; que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo de prisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando."
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Luego dio vuelta al cerro; subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo. Pensó que por donde dió la vuelta no podía verle la que está mirando bien a todas partes. La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: "¿Que hay, hijo mío el más pequeño?, ¿a dónde vas?". Se apenó él un poco, o tuvo verguenza, o se asustó. Se inclinó delante de ella y la saludó, diciendo: "Niña mía, la mas pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Como has amanecido?, ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío: le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar a uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos vinimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte. Pero sí voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname, tenme por ahora paciencia; no te engaño. Hija mía la mas pequeña, mañana vendré a toda prisa." Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: "Oye y ten entendido hijo mío el mas pequeño, que es nada lo que te asusta y aflije; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí?, ¿No soy tu Madre?, ¿No estás bajo mi sombra?, ¿No soy yo tu salud?, ¿No estás por ventura en mi regazo?, ¿Qué mas has menester?. No te apenen ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá...
El hombre refiere que la Señora le ha dicho de construir, en aquel lugar, un santuario. El obispo no cree en sus palabras. El 12 de diciembre de 1531 la Señora deja crecer sobre el terreno, en pleno inverno, perfumadas rosas. Juan Diego las recoge en su manto. Cuando lo abre ante el obispo para mostrar las flores, sobre el tejido aparece la imagen de María. Está retratada como una joven india. Por esto, es llamada por los fieles “Virgen morenita”. La tilma es un tejido de fibras de agave, usado en México por los indios para realizar vestidos. La Virgen, de piel oscura, viste una túnica roja. Está rodeada por rayos de sol y bajo la luna, a sus pies, aparece un ángel. En la imagen impresa sobre el manto, los ojos de María presentan ramificaciones venosas del ojo humano. En los párpados aparecen particulares de extraordinaria precisión. Son imágenes tan pequeñas que solo con las técnicas de agrandamiento hasta dos mil veces, ha sido posible localizar. En el ojo derecho aparece un grupo familiar indígena. Son una mujer con un niño en su espalda y un hombre con algo similar a un sombrero que la mira. En el ojo izquierdo aparece un hombre anciano con barba, identificado como el obispo. Esta última es la escena de cuando Juan Diego abre su manto delante del obispo y, por primera vez, se desvela la imagen mariana. La mirada de María se dirige en particular hacia los oprimidos y los sufrientes. Cada año millones de peregrinos visitan el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, donde es conservado el manto (tilmàtli).
El Largo Proceso del Patronazgo y las Declaraciones Papales
La proclamación del patronazgo americano de la Virgen de Guadalupe por el Papa Juan Pablo II no era sino la consumación de un largo proceso con muchos momentos importantes. Un proceso que se inicia en 1754 con el breve “Non est equidem” por el que el Papa Benedicto XIV proclama la festividad de la Virgen de Guadalupe en tal fecha como la de hoy y su patronazgo inicial sobre la nación mejicana. Y si decimos inicial es porque a partir de ese momento, dicho patronazgo no hace otra cosa que crecer, tanto en intensidad como en extensión, a través de una serie de hitos. El primero de ellos, la solicitud del Concilio Plenario Latinoamericano celebrado en 1900 de extender la fiesta de la Virgen de Guadalupe a toda la América hispana.
La Contribución de los Papas Pío
El 24 de agosto de 1910 el Papa Pío X declara a la Virgen de Guadalupe “celestial Patrona de la América Latina”. Un patronazgo que, el 16 de julio de 1935, amplía también a Filipinas el Papa San Pío X.
Jalonando dicho patronazgo se producen dos hechos en paralelo. En primer lugar, la coronación de la Virgen de Guadalupe. En 1895, siendo papa León XIII, la Virgen de Guadalupe es coronada, homenaje que es culminado con la coronación pontificia en Roma por el Papa Pío XI el 10 de diciembre de 1933.
A continuación, se presenta una tabla resumen de los principales hitos papales relacionados con la Virgen de Guadalupe:
| Papa | Fecha | Acontecimiento | Alcance del Reconocimiento |
|---|---|---|---|
| Benedicto XIV | 1754 | Breve “Non est equidem” | Patronazgo inicial sobre la nación mejicana y festividad. |
| León XIII | 1895 | Coronación de la Virgen de Guadalupe | Homenaje y reconocimiento. |
| Pío X | 24 de agosto de 1910 | Declara "celestial Patrona" | América Latina. |
| Pío XI | 10 de diciembre de 1933 | Coronación pontificia en Roma | Reconocimiento universal de su imagen. |
| San Pío X | 16 de julio de 1935 | Amplía patronazgo | Filipinas. |
| Juan Pablo II | 22 de enero de 1999 | Exhortación apostólica Ecclesia in América | Extiende el patronazgo a toda América. |
| Juan Pablo II | 6 de mayo de 1990 | Declara beato a Juan Diego | Proceso de canonización. |
| Juan Pablo II | 31 de julio de 2002 | Canoniza a Juan Diego | Reconocimiento como santo. |
Finalmente, este proceso es el que Juan Pablo II extiende a toda América el 22 de enero de 1999. La declaración del patronazgo de la Virgen de Guadalupe (la mejicana) sobre toda América fue obra del Papa Juan Pablo II, que lo hace con ocasión de su viaje a Méjico de fecha 22 de enero de 1999, mediante su Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in América: “La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el continente. Y América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido «en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, en Santa María de Guadalupe, un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada». Por eso, no sólo en el centro y en el sur, sino también en el norte del continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda América. A lo largo del tiempo ha ido creciendo cada vez más en los pastores y fieles la conciencia del papel desarrollado por la Virgen en la evangelización del continente. En la oración compuesta para la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América, María Santísima de Guadalupe es invocada como «Patrona de toda América y Estrella de la primera y de la nueva evangelización».
En este sentido, acojo gozoso la propuesta de los Padres sinodales de que el día 12 de diciembre se celebre en todo el Continente la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América”. Una exhortación terminada con estas palabras: “¡Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de América, ruega por nosotros!”, que no eran, en modo alguno, nuevas en boca de Juan Pablo II, quien el 27 de enero de 1979, en el que era el primer viaje de los ciento seis que realizaría a lo largo de su largo pontificado, ya había proclamado entusiasta en el mismo Méjico: “¡Salve María! ¡Cuán profundo es mi gozo queridos hermanos en el episcopado y amadísimos hijos!, porque los primeros pasos de mi peregrinación como sucesor de Pablo VI y Juan Pablo I me traen precisamente aquí. Me traen a Ti, María, en este Santuario del Pueblo de México y de toda América Latina, en la que desde hace tantos siglos se ha manifestado tu maternidad”.
La Canonización de Juan Diego
En segundo lugar, la elevación a los altares del indio al que se le apareció la Virgen, Juan Diego Cuauhtlatoatzin, declarado beato por Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990 en la Basílica de Guadalupe, y canonizado por el mismo papa y en la misma basílica el 31 de julio de 2002. Juan Diego ha sido proclamado santo el 31 de julio de 2002 por el Papa Juan Pablo II. Que hagan Vds. "Virgen María de Guadalupe, dulce Señora y Madre nuestra, nos volvemos a ti para agradecerte de todo corazón que hayas querido que la canonización de tu fiel servidor, Juan Diego, "el más pequeño de tus hijos", haya sido aquí, en tu "casita sagrada" del Tepeyac."Madre, te pedimos fervientemente que esta canonización sirva para para impulsar la Nueva Evangelización en toda América y en el mundo entero. Que Juan Diego, a quien podemos ya venerar como santo, sea un verdadero modelo de vida cristiana para "todos los moradores de estas tierras y demás amadores tuyos que invocan tu nombre". Súplica a la Virgen de Guadalupe, pronunciada porel Santo Padre durante la Misa de Canonización de San Juan Diegoel 31 de julio, 2002.
