La historiografía mexicana en torno a las haciendas tiene sucesivas etapas en las que intervienen enfoques teóricos y sustentos archivísticos. Desde los análisis de la historia macroeconómica y social, como los de Francoise Chevalier, Enrique Florescano y Andrés Molina Enríquez, hasta los estudios regionales o tipológicos de David Brading, Gisela Von Webeser, Herbert Nickel, y los estilísticos y artísticos de arquitectos e historiadores de arte; todos los cuales son de consulta obligada para acercarse a estas unidades de producción.
Si bien esa extensa bibliografía ha desplegado un cúmulo de definiciones y conceptos, una considerable parte de estos escritos ha coincidido en definir las haciendas como una unidad de producción autónoma y compleja sustentada en un sistema de explotación fundamentalmente agropecuario que tuvo distintos orígenes y, por ende, diversas fisonomías en torno a las cuales se estructuró la vida rural y semirrural de México.
Orígenes y Evolución de las Haciendas
El antecedente de la hacienda se localiza en la encomienda, especie de retribución real española que consistió en beneficiar al conquistador con un espacio de tierra e ingresos de capital exentos de costo de producción, así como con mano de obra indígena a cambio de su evangelización. La nomenclatura que se estudia para definir el tipo, calidad, destino y extensión de los terrenos otorgados procede del uso castellano aplicado en España durante la reconquista; las labores fueron unidades empleadas para los cultivos agrícolas y se midieron por caballerías, estancias y peonías.
La asignación de la mano de obra conocida como repartimiento -que decayó propiamente hacia 1632- fue otro de los orígenes de la hacienda, así como las congregaciones y las composiciones. El complejo hacendario no surgió en un momento dado o fecha específica a partir de una vertiente jurídica; al contrario, algunas ocupaciones ilegales o sujetas a usos y costumbres locales tuvieron después que "componerse o legalizarse" por medio de acuerdos reales emitidos durante diversas épocas posteriores a su aparición.
Su acción básica centrada en el sector agrario se extendió después a la ganadería, la extracción minera, la manufactura de diferentes artefactos, la producción de materias primas y el comercio avalado por la entrada del ferrocarril, convirtiéndose en cuna también de muchas innovaciones tecnológicas. El surgimiento de las haciendas transcurrió entre fines del siglo XVI y el ocaso de la etapa colonial, pues durante ese tiempo una parte significativa de la organización económica giró en torno suyo.
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Las haciendas ocuparían colosales extensiones de terreno en virtud de que con frecuencia nacían como una mediana propiedad y al pasar los años iban allegándose pequeñas o asequibles propiedades vecinas, lo cual dio origen a los grandiosos latifundios del México decimonónico. Las más grandes fueron las ganaderas y las orientadas a beneficiar los metales en los llamados patios de beneficio.
En las zonas del centro y sur de México crecieron las haciendas azucareras, muchas de las cuales pertenecían a las órdenes religiosas. También fueron muy importantes las haciendas pulqueras, todas con inmensos tinacales y trojes para almacenar cargas de cebada, maíz y pastura, con agostaderos para el ganado menor, vacuno y caballar. Por su parte, las cafetaleras compaginaron su especialidad primordial con el cultivo de árboles frutales.
El Casco de la Hacienda: Centro de la Vida Hacendaria
El casco estaba compuesto por una serie de construcciones con destinos disímiles y tamaños variados; los más tempranos se construyeron en las haciendas azucareras de fines del siglo XVI, pero fue a mediados del siglo siguiente cuando se convertirían en un elemento organizador del espacio, y en el siglo XIX llegarían a su esplendor. Aun cuando, en la mayoría de las veces, en el casco se realizaba una parte del proceso productivo, constituía el eje de la hacienda porque ahí también se concentraban la residencia del dueño y de los trabajadores, las funciones administrativas y de servicio, así como el almacenamiento de las cosechas, los implementos para la producción y los animales de trabajo.
En esta área se situaba la casa grande que funcionaba como residencia del dueño de la hacienda, su familia y sus invitados, aunque, en general, era habitada por el administrador, quien se encargaba de la hacienda en ausencia de los dueños, los cuales viajaban con regularidad a las ciudades capitales en las que conformaban su radio de negociaciones. En ausencia de los dueños, los administradores se hacían cargo de los peones, tlachiqueros o sirvientes, que se concentraban en las habitaciones llamadas curaterías, las que, de acuerdo con las zonas, se construían con materiales sencillos como cañas, pencas, varas, barro, palma y adobe, razón por la cual en nuestra época quedan pocos signos visibles de ellas.
Si bien al principio estas habitaciones eran altos galerones, después surgieron las calpanerías -nombre que proviene del náhuatl calpan, calli, casa, y el sufijo castellano -ería, que señala local donde se ejerce un oficio; así, significa "lugar de casas o caserío"- en las que rara vez habitaban familias completas, pues en general había rotación de mano de obra. El área obligada, tanto por iniciativa del propio dueño como por el antiguo deber de adoctrinamiento, fue la capilla u oratorio pequeño -que en general se construía en el interior de la casa-.
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Estas capillas derivaron en monumentales templos donde se ofrecían los recursos litúrgicos a toda la comunidad de los alrededores. Las parroquias y los obispos descansaron en ellas las funciones que desde lejos no podían hacer: la colecta de las limosnas, el adoctrinamiento de los indígenas, la difusión de las artes sacras y hasta la erección de conventos u otras instancias religiosas que no podían ser supervisadas por los organismos centrales.
Tras estos espacios básicos surgieron otros que eran necesarios para la producción, sustentados en la infraestructura hidráulica y de comunicación: todas aquellas construcciones cuya intención era facilitar al conjunto los instrumentos de la producción: abrevaderos, acequias, acueductos, agüajes, aljibes, aventaderos, bodegas, cajas de agua, canales, diques, eras, espigueros, fuentes naturales de agua, gallineros, palomares, graneros, malacates, molinos, norias, pajares, piletas, pozos, presas, receptáculos, silos, tanques, trapiches, trojes, zahúrdas o pocilgas para los cerdos, zanjas, etcétera.
De acuerdo con su especialización, también albergaron aserraderos, las forestales; desfibradoras y asoleaderos, las henequeneras; despepitaderos, las algodoneras; establos, caballerizas, macheros y corrales, las ganaderas; ingenios, las azucareras; patios de beneficio y hornos de fundición, las mineras; tinacales, las pulqueras; zonas para asolear, secar y empapar, las agrícolas.
La oficina o despacho para el administrador de la finca se instaló dentro del casco, casi siempre a la entrada de la casa grande, con su propio acceso desde el zaguán o desde el patio interior central. Por regla general, un mostrador enrejado separaba la oficina en dos partes: la más amplia, donde trabajaba el administrador, el contador o el escribiente y tal vez algún secretario, y otra muy reducida, en la que se atendía a los trabajadores por una pequeña ventanilla. Junto a ella se encontraba la tienda, es decir, un espacio destinado a la venta, donde había un mostrador para atender a los compradores, varios estantes de madera de piso a techo y numerosas divisiones, cajones para exhibir y guardar mercancías, una báscula y varios recipientes y cucharones de madera y latón para pesar y medir productos diversos, barriles y costales para depositar granos y líquidos, así como una buena cantidad de ganchos y mecates distribuidos en puertas y paredes para colgar infinidad de objetos. Muchas tiendas también tenían una habitación contigua o trastienda donde almacenaban mercancías en reserva. Ambas habitaciones se encontraban resguardadas por fuertes portones con candados.
Declive y Rescate de los Cascos Hacendarios
La desaparición violenta de los cascos hacendarios se produjo con el reparto agrario que se efectuó durante el siglo XIX, pero la destrucción paulatina de sus espacios físicos obedeció, primero, al abandono por la urbanización y la entrada del funcionalismo; después, al rechazo ideológico y al prejuicio de guardar para la posteridad estos emblemáticos muros.
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En 1955, con el Pacto de Varsovia, el ICOMOS (Internacional Council of Monuments and Sites o Consejo Internacional de Monumentos y Sitios) fortaleció el concepto de patrimonio, y al de autenticidad agregó los textos doctrinales dirigidos a la salvaguarda del patrimonio tradicional vernáculo rescatando del injusto abandono al que éste había sido reducido frente a la obra de arte culto. A los conceptos de autenticidad, protección del patrimonio y conciencia histórica (los tres eminentemente heredados del racionalismo de la Ilustración) se le añadieron los de identidad, tradición, gusto y cultura.
Hacia los años sesenta del siglo XX, las llamadas de atención de los organismos internacionales alentaron el rescate de los monumentos nacionales. En México, durante los años sesenta y setenta se retornó al enfoque de la arquitectura monumental al servicio del poder. La crisis iniciada en el periodo de Gustavo Díaz Ordaz caracterizó los primeros años del sexenio de Luis Echeverría y se preparó un acercamiento a los grupos sociales de la clase media a partir de la llamada apertura democrática, tratando de extender los beneficios de la inversión estatal a la clase obrera y al campo.
Hubo una reorientación del gasto público a la vivienda, los servicios y la ampliación de los beneficios de la cultura. El Estado apoyó su imagen con magnas obras de servicio (museos, teatros, centros de convenciones, edificios administrativos, universidades y colegios), y la economía mexicana comenzó a apoyarse en la industria del petróleo, así como en la minería y las manufacturas, de las que se desarrolló ampliamente la infraestructura de producción: energía eléctrica, carreteras, sistema de riego, obras de gasto público, educación, seguridad social, salud y recreación.
Para las décadas de los setenta y ochenta se incidió en el aprovechamiento económico de los recursos culturales. A finales de siglo XX, el gobierno mexicano promovió una marcada reforma del reciclaje arquitectónico orientado al turismo cultural. El sector de la hotelería contempló la recuperación de estos conjuntos. En concreto, en los estados de Hidalgo, Morelos, Tlaxcala y Yucatán se generó un mercado amplísimo de plusvalía del producto ofreciéndolo, no sólo a las cadenas hoteleras extranjeras y nacionales, sino también a aquel que pudiera solventar obras de restauración, adecuación y uso privado-comercial de la zona.
El Casco de la Hacienda de Torreón: Un Ejemplo de Transformación
La ciudad tiene su origen más remoto hacia 1850, en el antiguo rancho “del Torreón”, nombre otorgado por una torre de vigilancia levantada en un extremo de la edificación. La hacienda fue comprada y las demás tierras divididas. Mientras tanto, la producción de algodón siguió en aumento y la llegada del tren contribuyó al despunte económico de la región pues rompió el aislamiento de la comarca. De ser un territorio casi deshabitado, se convirtió en una población con los más altos índices de crecimiento de la nación.
En la avenida Juárez y el cruce con 5 de Mayo se localiza el punto primigenio de la ciudad, el antiguo casco de la Hacienda de Torreón, que actualmente es sede del Museo del Algodón. En este museo se cuenta la historia de la ciudad y de la región en general, que va de la mano con la transformación del desierto en tierra fértil, por medio del control del agua. Esto permitió que los pequeños cultivos de algodón a principios del siglo XIX se convirtieran en plantaciones extensivas para mediados de ese siglo.
El Casco de la Hacienda de Coapa: Un Testimonio del Pasado Rural
Si alguna vez has paseado por la Calzada del Hueso en el sur de la Ciudad de México, es posible que hayas pasado de largo el Casco de la Hacienda de Coapa sin darte cuenta de su fascinante historia. La Hacienda de San José de Coapa, fundada en el siglo XVII y consolidada en el XVIII, fue mucho más que un simple rancho. ¡Era toda una capital regional! Cultivaba alfalfa, criaba ganado y abastecía de alimentos a las granjas y ranchos vecinos.
De la antigua “Casa Grande”, que alguna vez simbolizó el poder económico de la hacienda, queda un impresionante arco de piedra sobre la Calzada del Hueso, un testimonio sobreviviente de un tiempo más tranquilo y rural. La Hacienda de Coapa fue propiedad de muchos dueños, entre ellos la familia de Benito Juárez, ¡vaya dato curioso! Sin embargo, con el tiempo, sufrió saqueos durante la Revolución Mexicana y fue dividida en múltiples lotes tras las reformas agrarias.
Si caminas por la calle Santa Rosa, detrás de la fachada de una casa con comercios, todavía puedes encontrar restos de la capilla original de la hacienda. El nombre Coapa proviene del náhuatl Coapan, que se traduce como “río de serpientes”. Actualmente, el arco de la Hacienda de Coapa está en peligro y a la espera de ser restaurado.
El Casco de Santo Tomás: De Hacienda Colonial a Centro Educativo
Durante la época prehispánica, este territorio, ubicado en los límites de las actuales alcaldías Miguel Hidalgo, Cuauhtémoc y Azcapotzalco, pertenecía al señorío de Tacuba. Se le conocía como Tlaxpana, que en náhuatl significa “tierra barrida”. En aquel tiempo, el lugar se caracterizaba por sus acueductos. Tras la conquista, la corona cedió los territorios de Tlaxpana a Hernán Cortés.
Actualmente todavía existe una colonia en la alcaldía Miguel Hidalgo cuyo nombre hace honor a la denominación original del sitio. Cortés fundó en la Tlaxpana una hacienda que nombró en honorSanto Tomás, de quien era devoto. Durante la época colonial allí se retomaron y expandieron los acueductos de la época prehispánica. Esta construcción del siglo XVI formaba parte del acueducto que conectaba un manantial en el antiguo pueblo de Santa Fe hasta el centro de la ciudad. Se caracterizaba por contar con una escultura de un hombre debajo del escudo imperial de la Ciudad de México y acompañado por un águila.
Además de ser una joya arquitectónica, servía como toma de agua para los pueblos aledaños. Sin embargo, fue destruida en 1899 para dar paso a la modernización de la ciudad. La historia del Casco de Santo Tomás volvió a dar un giro tras la Independencia. Todavía durante el siglo XIX se le consideraba un lugar “a las afueras de la ciudad”. Sin embargo, en la década de 1850 este lugar fue el elegido para edificar algunas de las primeras instituciones educativas del México independiente.
Así, comenzó un proceso de expansión de la ciudad hacia Tacuba. Las vías del tren que todavía pasan por el lugar y que se dirigían a Cuernavaca son producto de ello. Años después también se estableció en Santo Tomás el Colegio Militar y la Benemérita Escuela Nacional de Maestros. En 1936 ocurrió uno de los momentos que cambiaron la historia del Casco de Santo Tomás y le dieron su actual identidad: la fundación del Instituto Politécnico Nacional.
Las instalaciones del IPN se construyeron en los antiguos terrenos del Instituto Técnico Industrial. Poco a poco se fueron sumando más unidades, escuelas y complejos hasta conformarse una auténtica ciudad politécnica. Pero además de sus escuelas, el Casco de Santo Tomás cuenta con varias joyas arquitectónicas y obras de arte. En la construcción de sus complejos educativos participaron algunos de los arquitectos más célebres de la época. Por su parte, la Benemérita Escuela Nacional de Maestros cuenta con un foro al aire libre diseñado por Mario Pani. El complejo además está decorado por un mural de José Clemente Orozco.
Es así como, de barrio prehispánico y hacienda colonial, el Casco de Santo Tomás mutó a lo largo de la historia para convertirse en uno de los espacios educativos y culturales más importantes del país.
