Descubre Cómo David Venció a Goliat: La Increíble Lección de Fe que Cambió la Historiapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Corre el año 1020 a.C. En el valle de Elah, a 25 kilómetros al suroeste de Jerusalén, están alineados, frente a frente, los ejércitos de los filisteos y los israelitas. Durante cuarenta días, el más temible guerrero filisteo, el gigante Goliat, se ha adelantado a sus tropas y, luciendo su imponente armamento de bronce -yelmo, coraza, grebas y lanza-, ha retado a los israelitas a que presenten un campeón que luche contra él en duelo singular.

«Escogeos un hombre y que baje a mí», grita Goliat a los batallones de Israel. «Si peleando conmigo, me vence y me mata, seremos vuestros siervos, y si le venzo yo, seréis nuestros siervos». Pero un día tras otro, el temor se apodera de los israelitas, y nadie se ofrece voluntario para esa tarea. Mientras el desánimo cunde entre sus filas, la soberbia se apodera de los filisteos.

Los Orígenes del Conflicto: Israelitas y Filisteos

Para comprender cómo ambos pueblos llegaron a esta confrontación, debemos remontarnos a unos trescientos años atrás, cuando los israelitas ocuparon Palestina.

El Largo Camino de los Israelitas

Según el relato histórico-mítico de la Biblia, los israelitas habían permanecido cautivos en Egipto hasta que salieron de este país guiados por Moisés, quien los llevó a las puertas de Palestina, la tierra cuyo dominio les había prometido su dios, Yahvé. Dirigidos por el sucesor de Moisés, Josué, arrebataron este territorio a los pueblos que vivían allí. De acuerdo con el libro bíblico de Josué, en esta época, que deberíamos situar en el siglo XIII a.C., Israel no era más que una confederación de tribus repartidas por el territorio, unidas por un presunto origen común y por ciertas señas de identidad que las distinguían de los demás pueblos.

El libro de los Jueces nos retrata una época posterior, entre 1200 y 1020 a.C., en la que estas tribus combatían a pueblos vecinos que amenazaban su existencia. En momentos de crisis, surgía un juez o sofet que unía a las tribus, vencía al enemigo y salvaba a Israel. Sin embargo, en cierto momento, entre 1050 y 1020 a.C., y tras algunas duras derrotas, las tribus se unieron bajo un único rey, Saúl, para hacer frente a una amenaza que excedía las posibilidades de cualquier tribu por separado: los filisteos.

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La Llegada de los Filisteos

Según el libro bíblico del Génesis, los filisteos son descendientes de Cam -el hijo de Noé considerado padre de los pueblos del África negra-. Un hijo de Cam, Mizraim (es decir, Egipto), engendró a varios pueblos, entre ellos «los kaftoríes, de donde procedieron los filisteos». Para los redactores bíblicos no hay contradicción: estos filisteos «proceden» de Kaftor, pero son un pueblo vecino a Israel que habita en una franja de la costa mediterránea que se correspondería aproximadamente con la actual Gaza.

Dicha región estaba gobernada por cinco «príncipes» filisteos, cada uno de ellos con sede en una capital: Gaza, Ashdod, Ascalón, Gat y Ekrón. Se ha propuesto que uno de los Pueblos del Mar mencionados en los textos egipcios, los peleset, podrían ser los filisteos del relato bíblico; hipótesis que descansa en la semejanza fonética entre ambos nombres, pero que no es aceptada por todos los historiadores. Y allí, en la región de Gaza, chocaron filisteos e israelitas.

Guerra en Palestina

En el reparto de la Tierra Prometida entre las tribus israelitas, a la de Dan le había correspondido una pequeña extensión con salida al mar, justo al norte del país de los filisteos; de hecho, la Biblia dice que Ekrón pertenecía a Dan (Josué 19, 40-46). Así, pues, en el origen del conflicto encontramos a dos grupos étnicos diferentes que reclaman un mismo territorio.

Al principio, los filisteos aparecen como enemigos de Sansón, juez de la tribu de Dan que forja su fama derrotándolos en incontables ocasiones y que cae víctima de Dalila, una prostituta que vivía en la ciudad filistea de Gaza. En este punto, la Biblia nos ofrece cierta información sobre los filisteos: no se circuncidan, lo que significa que no son judíos ni están emparentados con otros muchos pueblos de la zona que seguían la misma práctica, como los egipcios, los moabitas y, probablemente, los fenicios. Se nos dice también que «en aquella época los filisteos dominaban a Israel» (Jueces 14, 4), una superioridad basada en la posesión de armas de hierro y la existencia de artífices que las fabricaban, algo de lo que carecían las tribus de Israel (1 Samuel 13, 19-20).

Dan acaba cediendo, y el conflicto se extiende a las tribus vecinas de Efraín, Benjamín y Judá, pues los filisteos presionan en dirección este, hacia el centro montañoso del país. Los enfrentamientos -y las derrotas, en especial la batalla de Eben Ezer, que acaba con el Arca de la Alianza en poder de los filisteos durante siete meses (1 Samuel 5, 1-7)- se prolongan toda la época de los Jueces hasta el reinado de Saúl, que muere a causa de una derrota contra los filisteos (2 Samuel 31).

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El Desafío de Goliat en el Valle de Elah

Regresemos ahora al valle de Elah, con el gigante Goliat buscando un rival. Los filisteos juntaron sus ejércitos para la guerra, y se congregaron en Soco, que es de Judá, y acamparon entre Soco y Azeca, en Efes-damim. También Saúl y los hombres de Israel se juntaron, y acamparon en el valle de Ela, y se pusieron en orden de batalla contra los filisteos. Y los filisteos estaban sobre un monte a un lado, e Israel estaba sobre otro monte al otro lado, y el valle entre ellos.

Salió entonces del campamento de los filisteos un paladín, el cual se llamaba Goliat, de Gat. Un guerrero gigante llamado Goliat se acercó para burlarse de los israelitas y los desafió a luchar contra él. No es de extrañar: ¡Goliat era enorme! La Biblia dice que medía casi tres metros (diez pies) de altura.

Este reto no es un caso único. En las guerras del mundo antiguo, como sabemos a través del mundo griego, era habitual el combate entre campeones para evitar matanzas inútiles. De hecho, todo el episodio de David y Goliat desprende un curioso aroma a epopeya homérica. Basta comparar, por ejemplo el desafío bíblico de Goliat (1 Samuel 17, 3-11) con el de Alejandro y Menelao o el de Aquiles y Héctor en la Ilíada de Homero.

La Imponente Presencia de Goliat

Goliat lucía un imponente armamento y tenía las siguientes características:

  • Altura: Seis codos y un palmo (aproximadamente 2.90 metros o diez pies).
  • Casco: De bronce en su cabeza.
  • Cota de malla: Llevaba una cota de malla; y era el peso de la cota cinco mil siclos de bronce.
  • Grebas: De bronce sobre sus piernas.
  • Jabalina: De bronce entre sus hombros.
  • Asta de su lanza: Era como un rodillo de telar.
  • Hierro de su lanza: Seiscientos siclos de hierro.

Iba su escudero delante de él. Y se paró y dio voces a los escuadrones de Israel, diciéndoles: ¿Para qué os habéis puesto en orden de batalla? ¿No soy yo el filisteo, y vosotros los siervos de Saúl? Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí. Hoy yo he desafiado al campamento de Israel; dadme un hombre que pelee conmigo. Oyendo Saúl y todo Israel estas palabras del filisteo, se turbaron y tuvieron gran miedo.

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David: El Pastor Ungido

Y David era hijo de aquel hombre efrateo de Belén de Judá, cuyo nombre era Isaí, el cual tenía ocho hijos; y en el tiempo de Saúl este hombre era viejo y de gran edad entre los hombres. Y David era el menor. Siguieron, pues, los tres mayores a Saúl. Pero David había ido y vuelto, dejando a Saúl, para apacentar las ovejas de su padre en Belén.

David es un héroe de origen humilde, un pastor de Belén que se acerca al campamento israelita donde se encuentran sus hermanos sirviendo como soldados del rey Saúl. A diferencia del resto de grandes figuras bíblicas elegidas por Yahvé (Abraham, Josué, Moisés, etc.) contamos con una pequeña descripción física de David, «rubio, de hermosos ojos y grato aspecto» (1 Samuel 16, 12), un detalle que, de nuevo, lo acerca más al modelo de héroe homérico «semejante a un dios» que al de patriarca bíblico. Más adelante sabremos también de la especial amistad que unió a David con Jonatás, hijo del rey Saúl, y del profundo duelo que guardó David tras la muerte de su compañero, otro rasgo singular que nos recuerda la estrecha relación de Aquiles y Patroclo en la Ilíada.

Venía, pues, aquel filisteo por la mañana y por la tarde, y así lo hizo durante cuarenta días. Y dijo Isaí a David su hijo: Toma ahora para tus hermanos un efa de este grano tostado, y estos diez panes, y llévalo pronto al campamento a tus hermanos. Y estos diez quesos de leche los llevarás al jefe de los mil; y mira si tus hermanos están buenos, y toma prendas de ellos. Y Saúl y ellos y todos los de Israel estaban en el valle de Ela, peleando contra los filisteos.

Se levantó, pues, David de mañana, y dejando las ovejas al cuidado de un guarda, se fue con su carga como Isaí le había mandado; y llegó al campamento cuando el ejército salía en orden de batalla, y daba el grito de combate. Se pusieron en orden de batalla Israel y los filisteos, ejército frente a ejército. Entonces David dejó su carga en mano del que guardaba el bagaje, y corrió al ejército; y cuando llegó, preguntó por sus hermanos, si estaban bien. Mientras él hablaba con ellos, he aquí que aquel paladín que se ponía en medio de los dos campamentos, que se llamaba Goliat, el filisteo de Gat, salió de entre las filas de los filisteos y habló las mismas palabras, y las oyó David. Y todos los varones de Israel que veían aquel hombre huían de su presencia, y tenían gran temor.

Y cada uno de los de Israel decía: ¿No habéis visto aquel hombre que ha salido? Él se adelanta para provocar a Israel. Al que le venciere, el rey le enriquecerá con grandes riquezas, y le dará su hija, y eximirá de tributos a la casa de su padre en Israel. Entonces habló David a los que estaban junto a él, diciendo: ¿Qué harán al hombre que venciere a este filisteo, y quitare el oprobio de Israel? Porque ¿quién es este filisteo incircunciso, para que provoque a los escuadrones del Dios viviente? Y el pueblo le respondió las mismas palabras, diciendo: Así se hará al hombre que le venciere.

Y oyéndole hablar Eliab su hermano mayor con aquellos hombres, se encendió en ira contra David y dijo: ¿Para qué has descendido acá? ¿y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido. David respondió: ¿Qué he hecho yo ahora? ¿No es esto mero hablar? Y apartándose de él hacia otros, preguntó de igual manera; y le dio el pueblo la misma respuesta de antes.

Fueron oídas las palabras que David había dicho, y las refirieron delante de Saúl; y él lo hizo venir. Y dijo David a Saúl: No desmaye el corazón de ninguno a causa de él; tu siervo irá y peleará contra este filisteo. Dijo Saúl a David: No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud.

David respondió a Saúl: Tu siervo era pastor de las ovejas de su padre; y cuando venía un león, o un oso, y tomaba algún cordero de la manada, salía yo tras él, y lo hería, y lo libraba de su boca; y si se levantaba contra mí, yo le echaba mano de la quijada, y lo hería y lo mataba. Fuese león, fuese oso, tu siervo lo mataba; y este filisteo incircunciso será como uno de ellos, porque ha provocado al ejército del Dios viviente. Añadió David: Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo. Y dijo Saúl a David: Ve, y Jehová esté contigo.

Y Saúl vistió a David con sus ropas, y puso sobre su cabeza un casco de bronce, y le armó de coraza. Y ciñó David su espada sobre sus vestidos, y probó a andar, porque nunca había hecho la prueba. Y dijo David a Saúl: Yo no puedo andar con esto, porque nunca lo practiqué. Y David echó de sí aquellas cosas. Y tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril, en el zurrón que traía, y tomó su honda en su mano, y se fue hacia el filisteo.

El Duelo Fatal y la Victoria de Israel

Y el filisteo venía andando y acercándose a David, y su escudero delante de él. Y cuando el filisteo miró y vio a David, le tuvo en poco; porque era muchacho, y rubio, y de hermoso parecer. Y dijo el filisteo a David: ¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos? Y maldijo a David por sus dioses. Dijo luego el filisteo a David: Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo.

Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza, y daré hoy los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel. Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos.

Y aconteció que cuando el filisteo se levantó y echó a andar para ir al encuentro de David, David se dio prisa, y corrió a la línea de batalla contra el filisteo. Y metiendo David su mano en la bolsa, tomó de allí una piedra, y la tiró con la honda, e hirió al filisteo en la frente; y la piedra quedó clavada en la frente, y cayó sobre su rostro en tierra. Así venció David al filisteo con honda y piedra; e hirió al filisteo y lo mató, sin tener David espada en su mano.

Entonces corrió David y se puso sobre el filisteo; y tomando la espada de él y sacándola de su vaina, lo acabó de matar, y le cortó con ella la cabeza. Y cuando los filisteos vieron a su paladín muerto, huyeron. Levantándose luego los de Israel y los de Judá, gritaron, y siguieron a los filisteos hasta llegar al valle, y hasta las puertas de Ecrón. Y cayeron los heridos de los filisteos por el camino de Saaraim hasta Gat y Ecrón. Y volvieron los hijos de Israel de seguir tras los filisteos, y saquearon su campamento. Y David tomó la cabeza del filisteo y la trajo a Jerusalén, pero las armas de él las puso en su tienda.

Y cuando Saúl vio a David que salía a encontrarse con el filisteo, dijo a Abner general del ejército: Abner, ¿de quién es hijo ese joven? Y Abner respondió: Vive tu alma, oh rey, que no lo sé. Y el rey dijo: Pregunta de quién es hijo ese joven. Y cuando David volvía de matar al filisteo, Abner lo tomó y lo llevó delante de Saúl, teniendo David la cabeza del filisteo en su mano. Y le dijo Saúl: Muchacho, ¿de quién eres hijo? Y David respondió: Yo soy hijo de tu siervo Isaí de Belén.

Las Repercusiones de la Victoria

La muerte de Goliat marca el inicio de un cambio de tendencia, pero aún ocurrirán muchas cosas antes de la derrota definitiva de los filisteos. Durante los años siguientes, los celos de Saúl obligarán a David a vivir como un forajido, llegando a servir como mercenario de los filisteos (1 Samuel 27). Al morir Saúl, David ascenderá al trono de Israel, desde el cual tanto él como sus sucesores Salomón y Roboam continuarán combatiendo a los filisteos, que irán perdiendo importancia hasta desaparecer de la historia antes del siglo VI a.C.

La importancia de los filisteos posiblemente descansa en que su existencia forzó a las tribus israelitas a unirse, dando lugar al nacimiento del reino de Israel.

David y Goliat: Una Lección para la Vida

En la vida, también nos enfrentamos a “Goliats”. Los Goliats que afrontamos pueden ser muchas pruebas, desafíos y tentaciones. Cuando todos le dijeron a David que no podía pelear contra Goliat, David respondió que ya había peleado contra un león y un oso para salvar las ovejas de su padre. David sabía que el Señor estaría con él.

David enfrenta a Goliat no con armadura humana, sino en el nombre del Señor de los Ejércitos Celestiales. Con solo una piedra y una honda, derrota al gigante, mostrando que la verdadera victoria no depende del tamaño de nuestras armas, sino de la grandeza de nuestro Dios.

Como ha dicho el presidente Russell M. Nelson, cuando nos enfrentamos a nuestros propios Goliats, “si somos dignos tenemos derecho a revelaciones que nos ayuden en nuestros justos esfuerzos. Podemos tomar sobre nosotros el nombre del Señor y podemos hablar en el nombre de Dios”.

En el relato bíblico de 1 Samuel 17, encontramos uno de los relatos más conocidos de la Biblia: David y Goliat. Mientras todo Israel tiembla ante el gigante filisteo, David, aún joven, se ofrece a pelear diciendo: “El mismo Señor que me rescató de las garras del león y del oso me rescatará de este filisteo.” (1 Samuel 17:37, NTV). La historia de David nos recuerda que el poder de la fe y la confianza en lo divino superan cualquier adversidad terrenal.

El salmista concluye su reflexión recordando el poder salvador de Dios. En el verso 14 del Salmo 77, dice: “Tú eres el Dios de grandes maravillas; demostraste tu increíble poder entre las naciones.” Recuerda la liberación en el éxodo, cuando Dios abrió el mar y guió a su pueblo con poder sobrenatural. “Abres camino por el mar, una senda por las aguas impetuosas, una senda que nadie sabía que estaba allí.” (v. 19, NTV) Aunque no siempre vemos el camino, Dios siempre sabe exactamente por dónde nos está guiando. Dios sigue siendo el Dios que salva (Salmo 77:14-20).

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