Descubre Bendita Hacienda Rompiendo Cadenas: La Revolución Literaria que Cambió Méxicopost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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El fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo el 19 de junio de 1867 puso fin a un periodo de doce años de guerra civil cuyos prolegómenos comenzaron en 1855, con el inicio de la promulgación de las Leyes de Reforma (1855, 1856, 1857, 1859).

El espíritu de dicha legislación, fiel a la ortodoxia liberal mestiza, concebía la secularización de la vida nacional como la condición esencial a partir de la cual podrían trascenderse los lastres socioeconómicos y culturales del antiguo régimen colonial y alcanzarse la modernidad decimonónica material y humana tan deseada, pues los hombres compartirían un solo proyecto y perspectiva de vida, sin estar escindidos entre la visión del mundo corporativista y ultraterrena de la Iglesia y el punto de vista progresista e individualista del siglo.

Por ello, la caída del Segundo Imperio supuso también la definitiva legitimación histórica y moral del liberalismo mexicano, el cual, encarnado en la figura de Benito Juárez y su gabinete, se dio a la tarea eufórica, genésica casi, de transformar al país, el cual, entendían los demócratas, había tenido solo una independencia política con respecto de España durante sus primeros cuarenta y seis años de vida, pues consideraban que continuaba habiendo una dependencia mental, cultural, con la antigua metrópoli, como testimoniaba el sostenimiento de los valores, usos y costumbres que los trescientos años de coloniaje habían interiorizado en la colectividad (Kollonitz, 1866; Ramírez, 1865; Martínez, 1955).

Junto con esas disposiciones y decretos oficiales, se articularon otros proyectos culturales y artísticos con los cuales “una generación de intelectuales y artistas colaboran íntimamente con el incipiente Estado para promover un vigoroso nacionalismo cultural estrechamente ligado al plan político nacional de desarrollo y la ideología principal del grupo dominante” (Maciel, 1984, p. 96).

De esta manera se impulsó la pintura, la música, la arqueología y la historia nacional durante esos años, contexto en el cual hay que entender el sentido y la función de las composiciones musicales de Melesio Morales como las tituladas “Dios salve a la patria”, “Sinfonía vapor”, “Nezahualcóyotl” y “Anita”; de la obra pictórica de José Agustín Arrieta, Manuel Serrano, Miguel Mata, Santiago Rebull, Félix Parra, Juan Cordero y José María Velasco; de los historiadores Vicente Riva Palacio, Eufemio Mendoza, Alfredo Chavero, Juan de Dios Arias, Julio Zárate y José María Vigil, entre otros.

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La novela es indudablemente la producción literaria que se ve con más gusto por el público, y cuya lectura se hace hoy más popular. Pudiérase decir que es el género de literatura más cultivado en el siglo XIX y el artificio con que los hombres pensadores de nuestra época han logrado hacer descender á las masas doctrinas y opiniones que de otro modo habría sido difícil hacer que aceptasen.

La novela hoy no es solamente un estúpido cuento, forjado por una imaginación desordenada que no respeta límites en sus creaciones, con el solo objeto de proporcionar recreo y solaz á los espíritus ociosos, como las absurdas leyendas caballerescas a que vino á dar fin el famosísimo libro de Cervantes. No: la novela hoy ocupa un rango superior, y aunque revestida con las galas y atractivos de la fantasía, es necesario no confundirla con la leyenda antigua, es necesario apartar sus disfraces y buscar en el fondo de ella el hecho histórico, el estudio moral, la doctrina política, el estudio social, la predicación de un partido ó de una secta religiosa: en fin, una función profundamente filosófica y trascendental en las sociedades modernas (Altamirano, 1868, pp.

El pueblo tenía necesidad de una lectura cualquiera, en que se hubiesen compaginado los hechos memorables que acaban de tener lugar [la Intervención francesa y el Segundo Imperio]; el pueblo deseaba saber lo que había pasado en todos los ámbitos de la República, quería conocer personalmente a sus defensores y a sus enemigos, sus glorias y sus infortunios.

El novelista que forjó la novela nacional entre 1868 y 1889 aproximadamente [como Juan Antonio Mateos o Vicente Riva Palacio] resolvió proveer a esta necesidad por medio de una lectura romanesca, en que a la fábula de su invención estuviesen mezclados los relatos de los principales acontecimientos del drama mexicano. No creyó hacer la historia, sino formar un bosquejo; no fue su intención dirigirse a los pensadores que recogen datos para escribir la historia del mundo, sino dirigirse a las masas del pueblo para coordinar sus recuerdos y sus indagaciones; de modo que su obra es una lectura popular y nada más.

El amor allí es casi un episodio; es la cadena que une las fechas históricas, es el camino de flores o de espinas que va conduciendo a todos los lugares consagrados por la gloria o por la desgracia, y que comienza en México en 1863 y concluye en Querétaro en 1867 (Altamirano, 1868, pp.

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Como ya lo ha señalado con suficiencia la historia de la literatura y la historia de la cultura literaria, primero con las doce veladas o tertulias organizadas entre noviembre de 1867 y abril de 1868 por Alfredo Chavero y Altamirano, después con los editoriales y las diversas secciones del periódico El Renacimiento (1869), posteriormente con los numerosos prólogos y ensayos del escritor nacido en Tixtla y sus discípulos en las décadas siguientes, también con la institucionalización de las tertulias y publicaciones de otras agrupaciones como las de la segunda época del Liceo Hidalgo (1867-1889), de la Sociedad Nezahualcóyotl (1868-1873), del Liceo Mexicano (1885-1893) o de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (vigente desde 1833), la novela se convierte en el género dominante dentro de la tradición literaria mexicana, a partir del cual se buscaba educar al pueblo.

Uno de esos esfuerzos fue el realizado por La Unión, diario de breve existencia, entre el 10 de julio y el 24 de agosto de 1870. Creado con el propósito de unificar a los mexicanos y olvidar los odios de partido y en el que, en su calidad de redactor principal, impulsó el proyecto de amnistía que buscaba otorgar el perdón a los que apoyaron al imperio, postura que le generó diversos conflictos y acusaciones de subvención (Vieyra y Adame, 2020, p.

A pesar de que los ejemplares del rotativo resguardados en los principales acervos del país (UNAM, UANL, etcétera) están incompletos, referencias indirectas a manera de diversos prólogos y artículos de la época, así como estudios posteriores, permiten reconstruir su derrotero y afirmar que La Unión tuvo un folletín literario editado por Gonzalo Esteva.

Deseosos de dar á nuestro periódico la importancia debida en todas y cada una de sus secciones, no hemos omitido gasto, ni perdonado sacrificio, confiando en la generosa aceptación que esperamos del público para nuestros trabajos; siquiera sea porque el fin y la norma de nuestros esfuerzos, son el amor, la prosperidad y el engrandecimiento de nuestra hermosa y desgraciada patria. Consecuentes, pues, con nuestros propósitos, hemos adquirido de los Sres. Díaz de León y White, la serie de novelas que comenzamos a dar hoy en nuestro folletín (Esteva, 1870, p.

La Unión buscaba editar la obra de los principales narradores mexicanos de la época, con independencia de su filiación ideológica, como expresión del espíritu de conciliación e integración que era la función asignada a la cultura durante la República restaurada, con base en el sustrato positivista del régimen. La suspensión del diario al mes y medio de haber iniciado labores impidió la continuidad del plan editorial: hubiera sido particularmente interesante y revelador ver la nómina y el canon que habría conformado.

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El proyecto dio inicio con la publicación en folletín de la obra narrativa de Roa Bárcena, la cual también fue compendiada en el volumen titulado Novelas de don José María Roa Bárcena. Originales y traducidas, que reunía la obra narrativa que el autor veracruzano había escrito hasta esa fecha (“Una flor en su sepulcro”, “Aminta”, “Buondelmonti”, “La Quinta Modelo” y “Noche al raso”), así como algunas de sus traducciones novelescas del alemán al español (“Primeras impresiones”, de autor anónimo, y “La dicha en el juego”, “Maese Martín y sus obreros” y “Haimatocara”, de E. T. A.

Sin embargo, la inclusión de una de ellas debió de levantar ámpula en el sensible contexto de la República restaurada, me refiero a La Quinta Modelo. Y es que la obra originalmente publicada entre mayo y septiembre de 1857 en el periódico católico y conservador La Cruz, mezclando y confundiendo manidamente los modelos y principios del liberalismo con los del socialismo utópico -aquel basado en el trabajo individual, este en el cooperativismo-, realizó una acerba crítica y deslegitimación del modelo de sociedad que supuestamente buscaban articular la Ley Juárez (1855)5 y la Ley Lerdo (1856),6 primeras expresiones de las Leyes de Reforma, cuyos espíritu y letra recogería la Constitución de 1857, dando una resolución artística al rechazo que en el momento había a esa legislación y que daría origen a la Guerra de Tres Años (1857- 1861), a la Intervención francesa (1863-1867) y al Segundo Imperio mexicano (1864-1867).

Roa publica una fulminante novela, La Quinta Modelo, que intenta demostrar tanto a liberales como a la sociedad mexicana en general, que es imposible progresar y gozar de paz bajo los principios republicanos. En fin, mientras los liberales están buscando una salida a los problemas mediante la reorganización del estado, Roa [y los conservadores ponen sus esperanzas en la monarquía] (1986, p.

Por tal razón, La Quinta Modelo suele ser entendida como una novela distópica, esto es, como una antiutopía literaria, ya que la descripción y la valoración del orden colectivo y moral objeto de la narración están enfocadas en revelar lo negativo e indeseable que resulta el modelo propuesto,7 lo que la convierte, también, en una novela de tesis.

La Quinta Modelo inicia con el retorno a México de Gaspar Rodríguez, político liberal exiliado cuyo regreso no le conmueve, pues “no le causaba impresión alguna volver á ver las montañas y los edificios del país donde nació” (Roa, 1870, p. 204); anotación no gratuita ni ingenua, pues señala como al paso la falta de patriotismo e identidad del personaje.

A partir de esta vuelta al origen del apátrida Gaspar, la novela articula dos núcleos temáticos y dos espacio-tiempos de la acción: el primero de ellos refiere el supuesto oportunismo y la corrupción política del partido y los personajes liberales, que lo nombran congresista y lo llevan a la Cámara de Diputados, no por sus convicciones y méritos demócratas, sino por sus habilidades retóricas y por su capacidad para asimilarse a los grupos dominantes y defender sus intereses.

En su protagonista Gaspar Rodríguez converge Roa las personalidades de un [Benito] Juárez, de un [Sebastián] Lerdo, de un [Filomeno] Mata, de un [Francisco] Zarco y de otros miembros del Congreso Constituyente del 57. El novelista se mofa de los liberales e intenta demostrar que estos destruyen todo, desde los lazos familiares hasta una nación completa (1986, p.

En el contexto de la enunciación, esto es, 1857 y los años inmediatamente posteriores, en medio de los ríspidos debates entre los que se fueron aprobando las Leyes de Reforma, La Quinta Modelo fue una de las resoluciones discursivas articuladas por el partido conservador para restar sentido histórico e ideológico a los planteamientos y modelos políticos y socioeconómicos del liberalismo.

Como lo sugirieron en su momento Díaz Covarrubias en Gil Gómez el insurgente (1858), Riva Palacio en Calvario y Tabor (1868) o Mateos en El Cerro de las Campanas. Memorias de un guerrillero (1868) o en Sacerdote y caudillo. Memorias de la insurrección (1869), los conservadores conformaron un campo de batalla no solo militar, sino también discursivo, desde donde buscaron deslegitimar las propuestas, modelos y héroes independentistas y liberales (Bobadilla-Encinas, 2011), estrategia discursiva de ataque que les resultó funcional al menos hasta 1867.

Ahora bien, llama particularmente la atención el hecho de que cuando se publicó por segunda ocasión, en 1870, como parte del proyecto literario para el folletín del periódico La Unión, La Quinta Modelo, de José María Roa Bárcena, volvió a levantar escozor histórico e ideológico entre algunos sectores del público lector, los de adscripción liberal sobre todo. Solo a partir de la inferencia de esa reacción, de ese prurito, se entiende que Gonzalo Esteva señalara en la introducción del compendio de Roa Bárcena que en alguna de las novelas editadas está presente una “sana y decorosa crítica de ciertos personajes históricos ó de marcadas tendencias del tiempo en que el autor escribía” (Esteva, 1870, p. 5).

Dichos pruritos y reacciones liberales debieron haber llegado a un grado tal que se acusó al editor de estar subvencionado por alguno de los miembros del partido conservador, quienes, resentidos todavía por su derrota política e ideológica definitiva desde 1867 y simbolizada con el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo, buscaban desacreditar los principios y el modelo socioeconómicos de la República restaurada con la publicación de obras como la de Roa Bárcena.

La acusación a Gonzalo Esteva resulta, por lo menos, sumamente contradictoria, pues, pese a sus orígenes conservadores y su trabajo diplomático durante el Segundo Imperio, el veracruzano estaba ya filiado al corro de letrados que buscaba la conciliación y la integración de los escritores en torno al proyecto de literatura nacional altamiranista, formando parte, además, del grupo de intelectuales que apoyaba la campaña presidencial que llevaría a Juárez a su quinta reelección en 1871.

Seguramente por ello, Roberto Esteva salió al quite aclarando que su hermano no recibía apoyos ni de tirios ni de troyanos, esto es, ni de liberales ni de conservadores (Vieyra y Adame, 2020, p.

La edición de La Quinta Modelo en el folletín de La Unión fue importantísima, como lo revela el hecho de que algunos historiadores de la literatura mexicana de mediados del siglo XX y otros contemporáneos (Brushwood, 1973; Oseguera, 1991; Carballo, 1991; Cortés Hernández, 2011; Gómez Aguado, 2019) asumen la de 1870 como la edición original de la novela.

Sin embargo, más interesante me resultan las reacciones que no necesariamente a manera de polémica o debate frontal tuvo la reedición de La Quinta Modelo, pues el contexto de la República restaurada imponía una tolerancia y respeto políticamente correctos en aras de lograr la integración nacional e impulsar así el progreso del país.

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