Descubre la Verdadera Conexión entre Capital, Propiedad Privada y el Trabajo Asalariadopost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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En el capitalismo, la relación entre capitalistas y trabajadores asalariados se presenta, a primera vista, como un contrato libre entre dos contratantes que manifiestan su voluntad de entrar en una relación. Si un trabajador no se encuentra a gusto en su trabajo, puede renunciar y buscar otro; si no le gustan las condiciones del contrato, puede no firmarlo. El patrón, a su vez, si no está satisfecho con el trabajador, puede despedirlo y buscar otro. Esta es la cruda realidad del capitalismo, natural para todos, aceptada para todos. Es tan natural que no nos damos cuenta que normalizamos algo que no tiene nada de natural: la mayoría de los seres humanos se convierte en una mercancía. Parte sustancial de su ser, su capacidad de trabajar, es un objeto que se vende y se compra en el mercado.

Los trabajadores son aparentemente libres. Por una parte, tienen la libertad de vender su fuerza de trabajo, porque son sus propietarios. Por la otra, están libres de medios de producción, es decir, no tienen dinero, ni tierra, ni herramientas, ni materias primas, ni máquinas para producir. Esta pregunta no se la hacen nunca los economistas ni tampoco la gran mayoría de los trabajadores; lo toman como algo natural. Pero es evidente que la naturaleza no produce por un lado capitalistas y por otro trabajadores asalariados.

La Fuerza de Trabajo como Mercancía y la Aparente Compra de Trabajo

En reacción a afirmaciones de empresarios, Margarita Rosa de Francisco escribió: “Es que son ‘mis’ trabajadores. Son míos, míos, míos y nadie me los puede quitar porque los compro con mi plata, que es mía; por eso tengo derecho sobre ellos”. A primera vista, no es cierto lo que dice. Los capitalistas no compran a los trabajadores, por tanto, no son su propiedad privada. El capitalista compra, aparentemente, el trabajo y no al trabajador. Compra una determinada actividad que debe realizar durante un tiempo determinado dentro de un proceso que se realiza en la empresa del capitalista.

El código del trabajo refleja lo que piensan tanto el capitalista que compra como el trabajador asalariado, que vende: el objeto del cambio es el trabajo. “Lo esencial es que todas las cosas tienen su precio, sean bienes o servicios; e incluso las diferentes clases de trabajo humano tienen precios distintos, llamados salarios”. El trabajo tiene un precio, como cualquier otra mercancía, que se denomina salario. Usualmente es un pago a plazos, es decir, el trabajador realiza primero su trabajo y al terminar un período, un día, una semana o un mes, recibe su salario. Es decir, el trabajador le presta un dinero durante un tiempo al patrón. El trabajador realiza su trabajo y entrega un producto o servicio a su patrón, quien es el dueño de dicho resultado y lo vende; el trabajador asalariado no es dueño del producto de su trabajo, no le pertenece. Todo el producto, y por tanto todo el valor nuevo, es elaborado por los trabajadores (desde el nivel más bajo en la escala jerárquica hasta el gerente).

El Equívoco del Salario y la Explotación

Sin embargo, al hablar del salario como precio del trabajo se esconde un equívoco que es muy conveniente para los capitalistas: el patrón no paga todo el trabajo realizado, solamente paga una parte. Es decir, el trabajador elabora un producto que vale 2 millones de pesos mensuales, pero solo recibe la mitad, 1 millón de pesos mensuales. El patrón se queda con esta parte que es la base de sus ganancias. Este excedente se conoce técnicamente como explotación. Es decir, los trabajadores asalariados elaboran todo el producto, pero se quedan solamente con una parte de él.

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Ocurría lo mismo en la esclavitud y en la servidumbre, pero allí era algo tangible, visible para los esclavos y los siervos. En el capitalismo esto no es visible, no es transparente. Los patronos creen que su ganancia proviene de sus habilidades gerenciales, de su capacidad en la venta, del engaño a los compradores, de ciertas virtudes propias del capital, pero realmente toda su ganancia proviene de esta diferencia entre lo que produce el trabajador y lo que se le paga.

Marx estudió esta diferencia y planteó entonces que realmente no se paga el trabajo sino el valor de la fuerza de trabajo. La fuerza de trabajo es una propiedad del trabajador. El propietario de la fuerza de trabajo, de la capacidad de trabajar, necesita una cantidad de bienes y servicios para vivir, los cuales suman una determinada cantidad de dinero; por ejemplo, necesita por lo menos 1 millón de pesos mensuales para medio poder sostenerse (pagar arriendo, comprar comida, ropa, muebles, transporte, celular, etc.). El trabajador asalariado, como propietario de la fuerza de trabajo, la vende en el mercado a quien la necesita; los capitalistas la compran para poder producir.

En la práctica, socialmente, los trabajadores le pertenecen a la clase capitalista en su conjunto, son su propiedad. En esta relación desigual el poder lo tienen los capitalistas. Son amos y señores dentro de sus feudos. Deciden sobre la vida de los trabajadores. Y en la medida en que no tengan suficiente resistencia de ellos o control por el Estado, actúan en forma despótica. En las empresas capitalistas no hay democracia: no hay elección por voto de los trabajadores de los directores, no hay división de poderes, no hay libertad de expresión, se cercena el derecho de asociación, etc., etc.

La Determinación del Salario según Marx

Karl Marx, en su folleto de propaganda "Trabajo Asalariado y Capital", analiza el salario y se pregunta: ¿Qué es el salario?, ¿Cómo se determina el salario? Una primera respuesta a estas cuestiones las desarrolla la economía política clásica que habla de compra y venta de trabajo, es decir, el capitalista compra con dinero el trabajo de los obreros y estos últimos a su vez venden por dinero su trabajo. Sin embargo, aquí Marx menciona que esto es solo la apariencia, puesto que, lo que venden en realidad los obreros al capitalista no es su trabajo, sino su fuerza de trabajo.

Con el mismo dinero con el que el capitalista compra la fuerza de trabajo, sea por un día, una semana, un mes, etc., digamos un mes de trabajo por 1’423.000 pesos, el capitalista puede también comprar, por ejemplo, con 1’423.000 pesos, determinada cantidad de azúcar, plátano, papa, cebolla, yuca, entre otras mercancías. Por tanto, la fuerza de trabajo es, asimismo, una mercancía ni más ni menos que el azúcar, el plátano y la yuca. Los obreros cambian su mercancía, la fuerza de trabajo, por la mercancía del capitalista, por el dinero y este cambio se realiza guardándose una determinada proporción: tanto dinero por tantas horas de uso de fuerza de trabajo.

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Esta relación se puede expresar de la siguiente forma:

X TIEMPO DE Ft (Fuerza de Trabajo) = Y DINERO

Ejemplo: 30 días de fuerza de trabajo = 1’423.000 pesos colombianos (SMLV)

De aquí Marx concluye dos cosas; la primera, que el valor de cambio de una mercancía (es decir, esa relación que se desarrolla en el momento del intercambio), expresada en dinero, es precisamente su precio; y, en segundo lugar, que el salario es el precio de la fuerza de trabajo. A su vez, ese salario con el cual el capitalista le paga al obrero su fuerza de trabajo sale de un fondo que este capitalista tiene en reserva, ese fondo de reserva no es más que el capital con el cual se pagan salarios (comprar fuerza de trabajo) y medios de producción (máquinas, materias primas). Es en ese sentido que, el salario no es la parte del obrero en la mercancía por él producida, el salario es la parte de la mercancía ya existente, con la que el capitalista compra una determinada cantidad de fuerza de trabajo productiva. La fuerza de trabajo es, pues, una mercancía que su propietario, el obrero asalariado, vende al capital. ¿Para qué la vende? Para vivir. La fuerza de trabajo es la propia actividad vital del obrero, es la manifestación de la vida, y esa actividad vital la vende a otro para asegurarse los medios de vida necesarios.

Marx también analizó cómo se determina el precio de la fuerza de trabajo en las relaciones de producción en el modo de producción capitalista. En el modo de producción capitalista, el precio de una mercancía se determina principalmente por la competencia entre compradores y vendedores, es decir, por la relación entre oferta y demanda. Sin embargo, estas fluctuaciones de precios no son arbitrarias, sino que giran en torno a un eje central: el costo de producción. Los capitalistas basan sus cálculos en este costo: si el precio de venta supera el costo de producción, obtienen ganancias; si es inferior, incurren en pérdidas.

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El precio de la fuerza de trabajo está determinado por el costo de producción, por lo que el precio de la fuerza de trabajo expresado en salario en forma de dinero es el mínimo vital requerido para la producción del obrero, lo necesario para su supervivencia (comida, vivienda) y reproducción (familia), fijado históricamente por la lucha de clases. El salario cubre solo este mínimo, mientras el obrero genera plusvalor al trabajar más horas de las que cuesta mantenerlo, enriqueciendo al capitalista. Así, el sistema no paga el valor total que crea el trabajador, sino solo lo indispensable para que siga siendo explotado.

Marx distingue tres dimensiones del salario:

  1. Salario nominal: La cantidad de dinero que recibe el obrero.
  2. Salario real: Los bienes que puede adquirir con ese dinero.
  3. Salario relativo: La proporción del valor creado por el obrero que este recibe, en comparación con la ganancia del capitalista.

Aunque el salario real pueda aumentar, el salario relativo suele disminuir, pues las ganancias del capital crecen más rápido. Esto profundiza la dependencia del proletariado, desmitificando la idea de la burguesía cuando señala que los intereses de los proletarios y capitalistas son equivalentes o comunes. El capital se concentra en menos manos, intensificando la competencia entre obreros. La mecanización y división del trabajo incrementan la productividad, pero el beneficio lo absorbe el capitalista, no el trabajador. El obrero queda atrapado en un ciclo donde reproduce su propia explotación: su trabajo enriquece al capitalista, quien a su vez controla los medios para emplearlo o desecharlo.

Finalmente, el capitalismo no solo reproduce obreros, sino que constantemente amplía sus filas al arruinar a otras clases. Por ejemplo, los pequeños propietarios parcelarios como los campesinos que pierden sus medios de vida, o la pequeña burguesía quebrada por la competencia, terminan vendiendo su fuerza de trabajo para sobrevivir. Esta proletarización convierte a cada vez más personas en dependientes del trabajo asalariado, expandiendo masivamente la base social del proletariado.

Orígenes Históricos de la Propiedad Privada y el Capitalismo

A propósito de la inviolabilidad de la propiedad privada, cabe preguntarse: ¿Quién expropia a quién en un estado capitalista? Los economistas y referentes de la burguesía han intentado presentar la propiedad privada como un producto natural e inviolable. Esto se debe en cierta manera a dos factores: el primero, la naturalización de la propiedad privada y el propósito de ocultar su verdadero origen: la expropiación de lo público o de la propiedad colectiva. Le correspondió a Marx, en su polémica con Proudhon, desenmascarar no solo a este, sino también a los economistas burgueses.

El primer gran aporte de Marx, para desentrañar las patrañas de la economía política, reside en incorporar el factor histórico en el desarrollo de las fuerzas productivas. Para Marx, al carecer del aspecto histórico: “Los economistas nos explican cómo se produce en esa relación concreta, pero lo que no nos explican es por qué se producen estas relaciones, es decir, el movimiento histórico que originó su nacimiento”. De esta manera, Marx desnaturaliza el carácter de la propiedad privada y al incorporar el factor histórico, puede dar cuenta tanto de su origen como de las particularidades que adquiere la propiedad privada en los diferentes modos de producción: “En cada época histórica la propiedad se ha desarrollado de forma distinta y con una serie de relaciones completamente diferentes”.

La Evolución de la Propiedad y el Rol del Estado

Los padres del Materialismo Dialéctico señalan que “La primera forma de propiedad es la propiedad de la Tribu”, las cuales viven de la pesca, la recolección, la ganadería y en algunos casos la agricultura, con una división de trabajo que solo tenía un alcance familiar. Es aquí donde, con el desarrollo de las fuerzas productivas, crece la productividad del trabajo y la posibilidad de un plusproducto, y se van desarrollando lentamente la diferenciación social y el surgimiento de las clases sociales (esclavitud). La fusión de diferentes tribus, ya sea por asociación o por la conquista, da paso a “la propiedad comunal y estatal”, dando forma a las primeras ciudades. En este tipo de formación social se desarrollan dos tipos de propiedad: la mobiliaria y la inmobiliaria. Es con el desarrollo precisamente de la propiedad inmobiliaria que comienza a surgir una nueva división, entre la administración de la ciudad y la producción agrícola. Como podemos apreciar, la propiedad privada y el surgimiento del Estado van de la mano y junto con ella la explotación y opresión.

De las ruinas del sistema esclavista surgió la propiedad feudal, donde como clase poseedora figuraban los señores feudales (libres) y los siervos (atados a la tierra y profesión). Las cruzadas tuvieron un punto clave en la reactivación del comercio y un lento desarrollo de las urbes. El resurgimiento del comercio y el paulatino crecimiento de las ciudades, por siervos que huían de la opresión de los señores feudales, fueron posicionando a las ciudades como nuevos centros de producción. En el desarrollo de estas urbes, sostienen Marx y Engels, hay tres aspectos relevantes: la independencia del capital y propiedad sobre la tierra; el surgimiento de corporaciones o gremios medievales y, por último, el de una nueva clase de comerciantes que fomentó el intercambio entre ciudades y una interdependencia entre la producción y el comercio.

Así las cosas, dentro de las amuralladas ciudades medievales, los Burgos, estaban dadas las condiciones para que emergiera una nueva clase social, destinada a sepultar la estructura y superestructura medieval, la burguesía. Marx aborda el origen de la propiedad capitalista en el ya famoso capítulo XXIV de “El Capital”, llamado “La llamada acumulación primitiva”. En dicho capítulo se describe el gen y el desarrollo histórico de la propiedad privada capitalista, la cual no tiene un origen armonioso, producto del esfuerzo y trabajo del burgués, sino que se evidencia en el ADN que acompañará hasta el día de hoy al capitalismo como modo de producción: la expropiación.

El origen de la propiedad capitalista, para Marx, reposa sobre acontecimientos históricos que motivaron el surgimiento de esta. La conquista y colonización de América, permitió que los europeos pudieran acceder a yacimientos de oro y plata, lo cual se sumaba a la conquista y saqueo de la India. Otro acontecimiento, que para comienzos del Siglo XV sumaría su aporte al nacimiento del capitalismo, es la llamada Reforma Protestante. Así, desde la Reforma Protestante hasta las Leyes de Cercamiento de los Campos Comunales, se da un proceso que va despojando y expropiando al campesinado de su tierra, de sus herramientas. Este, desposeído de toda propiedad, se ve obligado a trasladarse a la ciudad y convertirse, en un futuro, en el proletariado industrial. El proceso de transformación del campesinado al proletariado no solo tuvo como resultado el despojo de estos sectores sociales de los medios de producción, sino que, por un lado, condenó a los obreros a vender su fuerza de trabajo al burgués y, por consiguiente, señala Marx, por primera vez en la historia, el productor se ve separado del producto de su trabajo. Dando paso así a la próxima forma de expropiación: la del fruto del trabajo ajeno.

La guerra de conquista, el saqueo, la esclavitud, la expropiación, la explotación del trabajo ajeno no serían posibles, siempre siguiendo a Marx, sin la ayuda del Estado. El cual no solo proporcionó recursos militares y logísticos para la guerra y conquista, sino que ha impulsado diferentes normativas, que van desde la persecución de los campesinos que se resistieron a trabajar para el burgués. Pero el Estado no solo a través de la espada y la ley sembró las bases para la propiedad capitalista, sino además, se valió de recursos financieros, como la deuda pública, que es una de “las palancas más vigorosas de la acumulación originaria”.

Si el ADN de la propiedad privada capitalista, que no es más que la propiedad privada de los medios de producción, reside en la expropiación, esta no se detiene con expropiar a los campesinos, ni tampoco con la apropiación del trabajo ajeno, sino también con sectores de la misma burguesía. La competencia capitalista, como toda competencia, tiene como correlato, la victoria, el triunfo de unos sobre otros. Así la burguesía que ha logrado acumular mayor cantidad de Capital, se ve en la necesidad de eliminar y expropiar la propiedad de sus competidores, burgueses de sectores medios y bajos: “Pequeños Industriales, pequeños comerciantes y rentistas, artesanos y campesinos, toda la escala inferior de las clases medias de otro tiempo caen en las filas del proletariado, unos porque sus pequeños capitales no les alcanza para la competencia con los capitalistas más fuertes (…)”. La expropiación de la propiedad y del trabajo ajeno no es un fenómeno histórico pasajero que se remonta a los tiempos del nacimiento del capitalismo. En los tiempos actuales, la burguesía se vale de nuevos recursos económicos e ideológicos para poder llevar adelante su permanente y constante apetito de expropiación y concentración de los recursos de la humanidad.

Formas de Explotación Más Allá del Trabajo Asalariado Directo

La producción capitalista se nos presenta en una primera aproximación como producción de mercancías, para mostrarse después como lo que en verdad es: producción de plusvalía. Nos encontramos ante espacios sistémicos paradójicos y fractales donde el capital subsume realmente al trabajo en el modo de no subsumirlo formalmente. Cuando Marx afirma que aun si el capital usurario o el comercial expolian al productor directo, esto no significa que estemos ante un caso de subsunción al capitalismo, ni siquiera formal, está diciendo una verdad si referimos su aserto a tiempos históricos en los que no imperaba el gran dinero. Pero si tomamos como referente a la moderna agricultura campesina y en particular a la pequeña producción por contrato inmersa en un capitalismo global más que maduro, lo que tendremos en esos inicuos intercambios es una variante excéntrica de la explotación capitalista, donde el trato comercial en que se amarra la exacción del excedente no es previo, sino que la compraventa expoliadora es posterior a un proceso productivo que se desarrolló bajo el mando del trabajador directo.

Estamos ante dos formas de explotación distintas que, sin embargo, parten de la misma premisa: el obrero tiene que vender su fuerza de trabajo porque no tiene otra forma de sobrevivir y el campesino tiene que malbaratar su cosecha porque de ese ingreso depende total o parcialmente su sobrevivencia.

La valorización del capital a través de la explotación del obrero tiene dos fases: la compra-venta de fuerza de trabajo como intercambio de equivalentes, que constituye un “preludio”, y el consumo de la fuerza de trabajo como apropiación de plustrabajo, que “da cima” al proceso. La valorización del capital a través de la explotación del campesino también tiene dos fases: un proceso de producción en el que el trabajador directo produce excedentes, que constituye un “preludio”, y la compra-venta de productos como intercambio de no equivalentes, que “da cima” al proceso. En la segunda fase el trabajador y el capital aparecen, respectivamente, no sólo como vendedor y comprador, sino también como explotado y explotador, y lo que distingue al campesino de otros vendedores no es el “específico valor de uso de lo que vende” sino el peculiar valor de cambio de su mercancía.

En el contexto del capitalismo encontramos numerosos procesos de producción específicos que de manera directa e inmediata no están formalmente subsumidos en el capital, pero sí lo están materialmente pues se les ha impuesto el empleo de sus fuerzas productivas. Esclarecer por qué en ciertas esferas de la producción la tecnología y formas de cooperación propias del gran dinero no se imponen plenamente, de modo que en el capitalismo desarrollado pueden existir procesos de trabajo que, estando realmente subsumidos en el capital como un todo, no lo estén bajo la forma de subsunción formal y material directas, y seguidamente mostrar las mediaciones a través de las cuales el trabajo no directamente asalariado que ahí se despliega es explotado y el excedente económico ahí generado se transforma en plusvalía propiamente dicha, da sustento a la tesis de que los campesinos modernos son por derecho propio y para su desgracia una clase del capitalismo.

Silvia Federici y otras feministas sostienen con pertinencia que el capitalismo es “un sistema social que no reconoce la producción y reproducción del trabajo como una actividad socio-económica y como una fuente de acumulación de capital y, en cambio, las mistifica como un recurso natural o un servicio personal, al tiempo que saca provecho de la condición no asalariada del trabajo involucrado”. Mistificación del todo semejante a la que yo he analizado para el mundo agrario y que abarca la mayor parte de la labor que desempeñan las familias campesinas, en particular aquella en la que se emplean trabajo y medios de producción no mercantiles.

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