Descubre la Fascinante Historia y Arquitectura de las Casas Hacienda de Guadalupepost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
771 715 4434

Dada su cercanía con la Ciudad de México, esta zona fue una de las primeras en ser tomadas en cuenta para el proceso de evangelización cristiana. Así las cosas, en 1531, cuando apenas había iniciado el proceso de conquista-colonización-evangelización, se produjo en el cerro que da nombre a la región, el “milagro guadalupano”, portento que transformó la vida de la zona que, a partir de aquellas apariciones, se desarrolló en torno a la imagen plasmada en la tilma de Juan Diego.

Este acontecimiento provocó que en 1533 se fundara el pueblo de Guadalupe, que con el tiempo fue reconocido como cabecera de Santiago Atzacoalco, San Pedro Zacatenco, Santa Isabel Tola y San Juan Ixhuatepec. Administrativamente, las cédulas reales de 1733 y 1748 elevaron al pueblo de Guadalupe a categoría de villa; se encontraba habitada por 97 familias indígenas empleadas en las salinas de Tlatelolco y la hacienda de Santa Ana, o como pescadores en el lago de Texcoco. En 1743 se inició la construcción del acueducto de 2 310 arcos y una extensión de doce kilómetros, que corría desde el nacimiento del río Tlalnepantla hasta la fuente que estaba frente al santuario de Guadalupe, con varias tomas intermedias.

Fue a finales de ese siglo tan pródigo en acontecimientos cuando en 1791 se inauguró la iglesia del Pocito, obra del afamado arquitecto Francisco Guerrero y Torres, así como la calzada de Guadalupe, que facilitaba el traslado de los devotos. Resulta evidente que estas obras públicas obedecían al aumento del culto en torno a la imagen guadalupana. Esta explosión del guadalupanismo novohispano propició que los virreyes, antes de entrar a la capital que sería la sede de su mandato, pasaran ante la imagen de la Virgen de Guadalupe a implorar la protección de su patrocinio.

Una vez consumada la independencia, la llegada de la nueva realeza criolla al poder encontró, desde que se instaló la Junta Provisional Gubernativa en 1822, un símbolo más para exaltar su fe, merced a la instauración de la Orden Imperial de Guadalupe, máxima insignia con la que se premiaba a todos aquellos cuyo valor los había caracterizado en la defensa de la patria. En el clima político en que se desarrolló la mayor parte del siglo XIX mexicano, en el cual los diferentes bandos políticos se disputaban el poder a base de golpes de Estado o “pronunciamientos” -como se les llamaba entonces-, pocas fueron las mejoras materiales que tuvo el Distrito Federal.

Sin embargo, un suceso relevante transformó la vida de aquella pequeña ciudad a los pies del cerro del Tepeyac: la llegada del ferrocarril a la Villa de Guadalupe, cuya inauguración a cargo del presidente Ignacio Comonfort se llevó a cabo el 4 de julio de 1857. Con las Leyes de Reforma que tanto afectaron las prácticas religiosas en el país, pocas fueron las costumbres piadosas que sobrevivieron. Con el afán de mejorar el gobierno interno de la capital, el 4 de mayo de 1861 un decreto, también de don Benito Juárez, dividió al Distrito Federal en la municipalidad de México y cuatro partidos: Guadalupe Hidalgo, Tlalpan, Xochimilco y Tacubaya. Al partido de Guadalupe se le incluyeron dos municipios: Villa de Guadalupe Hidalgo y Azcapotzalco.

Lea también: Venta de casas en Atizapán

El 11 de junio de 1864 hicieron su entrada triunfal Maximiliano y Carlota en lo que sería la primera recepción oficial antes de llegar a la capital de su efímero imperio. Desde las once de la mañana una serie de carruajes los esperaban en los llanos de Aragón. Por la tarde se cantó el Domine salvum fac Imperatorem al interior de la basílica; posteriormente, en la sala capitular los futuros soberanos recibieron la bienvenida del arzobispo de México, del alto clero, del cuerpo municipal, del ministro de Francia y de los generales Bazaine y Neigre.

No obstante estos hechos notables, fue hasta la llegada de Porfirio Díaz al poder cuando la Ciudad de Guadalupe Hidalgo comenzó a recibir los beneficios de la modernidad tan en boga entonces. Antes de que terminara el siglo ya se había remozado el antiguo palacio municipal frente al cual se construyó, en 1886, la Plaza Juárez, que ostentaba diversas esculturas y, al centro, la fuente antigua que había sido construida en 1752. Por otro lado, la Compañía de Ferrocarriles del Distrito construyó un mercado al oriente del abigarrado caserío que ya se había consolidado en derredor de la basílica.

En la primera década del siglo XX recibe los primeros servicios públicos de alcantarillado y pavimentación, además de los tranvías eléctricos inaugurados en febrero de 1900. El 28 de agosto de 1928 se re-formó la fracción IV del artículo 73 constitucional, que suprimía el régimen municipal en el Distrito Federal. La Ley Orgánica del Distrito y Territorios Federales, surgida como consecuencia de esta reforma, consideró a la Villa de Guadalupe como delegación política, que tres años más tarde fue denomina-da Gustavo A.

Durante el gobierno del presidente Miguel Alemán se inauguró la modernización de la calzada de Guadalupe, de Peralvillo a la basílica, con lo que se facilitó el caminar de los peregrinos. Entre 1940 y 1960 irrumpió una corriente de urbanismo -sólo en apariencia vanguardista- que juzgó que la traza de la parte vieja de la ciudad no correspondía a las necesidades de la vida moderna. A partir de la década de 1960 la llamada modernidad se asentó en la antigua Villa de Guadalupe. El 12 de diciembre de 1976 se inauguró la nueva Basílica de Guadalupe, obra del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez en colaboración con Alejandro Schoenhofer, fray Gabriel Chávez de la Mora y Javier García Lascuráin. Fue en esa misma época cuando, a costa de la demolición de cuatro manzanas más, se construyó la nueva sede de la Gustavo A. Hoy, integrada del todo a la capital del país, la delegación Gustavo A.

En paralelo a la magna obra, la Universidad coadyuva al proyecto adquiriendo la colonial Hacienda de Guadalupe, ubicada en el kilómetro 8 de la carretera que une la cabecera municipal de Linares con la presa en Cerro Prieto, e instala en ella al personal académico y administrativo de los institutos de Geología y de Silvicultura y Recursos Renovables, acatando el acuerdo del H.

Lea también: Hacienda Las Delicias: Viviendas y Quiebra GEO

Ambos institutos nacen dependientes de la administración central, coordinados en primera instancia por el ingeniero Gregorio Farías Longoria y el médico veterinario Ernesto Salinas Ahumada, hasta alcanzar su evolución como dependencias académicas. El Instituto de Geología se convierte en la Facultad de Ciencias de la Tierra y el de Silvicultura en la Facultad de Silvicultura y Manejo de Recursos Renovables (Facultad de Ciencias Forestales desde 1987), con sede en la Carretera Nacional Linares-Victoria, en el kilómetro 145, a partir de junio de 1983, por acuerdo del H. Consejo Universitario.

Los orígenes de la Hacienda se remontan al Nuevo Reino de León del siglo XVII (1667), cuando el capitán Alonso de Villaseca adquiere en propiedad el gran predio con intenciones de explotación de minerales. Desde entonces muchas voces la han habitado, y muchas personas han tomado decisiones sobre ella. Con la fundación de la Villa de San Felipe de Linares, en 1712, un nuevo orden de posesión de la tierra reconfigura la región. También la llegada de los religiosos jesuitas al Nuevo Reino de León, en 1713, incidirá en la economía de la región y en la educación de los potentados de la Villa de San Felipe.

Las Aguas de San Ignacio, en el Ejido Guadalupe, y la hacienda de San Ignacio, al sur de Linares, son supervivencias de ese periodo histórico. En 1746 comenzó la venta en subasta pública de las haciendas administradas por ellos y su alejamiento definitivo de la región. Durante la gesta revolucionaria fue escenario de guerra, al enfrentase en su casco tropas carrancistas contra villistas; luego, con la nueva Constitución Política de 1917 y la Ley Agraria, el latifundio de más de 30 mil hectáreas se transforma en el Ejido Guadalupe, y en 1942, ante la incertidumbre legal, las 245 hectáreas que quedaron con la casa grande se vendieron a Pablo Bush.

De ahí en adelante, voces patronales norteamericanas (Lasiner, Carter, Tsuart) y administradores mexicanos (Garza, Cantú, Guerra) se ocuparon y trabajaron el predio hasta 1976, cuando lo incautó el gobierno federal, lo que facilitó su adquisición para la Universidad Autónoma de Nuevo León en 1980, que dio continuidad a su tradición productiva con un nuevo giro: la enseñanza y la investigación.

El mediodía del 24 de septiembre de 1981, bajo un sol de carga canicular, nos congregamos en el casco de la Hacienda miles de universitarios encabezados por los miembros del H. Consejo Universitario para ser testigos de la ceremonia de inauguración e inicio de las actividades académicas. Fue emocionante y festivo el momento en que descendió el helicóptero y se hicieron presentes el gobernador Alfonso Martínez Domínguez y el rector Alfredo Piñeyro López, para presidir la ceremonia acompañados por el vicerrector David Galván Ancira, el secretario general Orel Darío García y los coordinadores de los institutos.

Lea también: ¿Buscas casa en Texcoco? Analizamos Residencial Bugambilias y Hacienda San Javier

Ese día la Hacienda de Guadalupe se presentaba remozada y limpia ante sus nuevos usuarios. Fiel a sus determinantes regionales, el casco se organiza en dos bloques paralelepípedos, aislados uno del otro, perpendiculares, enmarcando con dos de sus caras un incipiente rectángulo en función de atrio exterior o plazoleta. Durante el siglo XIX y la posesión de los Rojo y los Aguayo, el casco de la hacienda llega a su mayor esplendor.

La primera etapa de construcción de la casa grande incluye la capilla Guadalupana de una nave, trazada en el eje oriente poniente, de 6.00 por 22.00 m, y su sacristía al fondo de 6.00 por 4.00 m, y adosada a ésta, perpendicularmente, el cuerpo masivo de la casa de 46.00 por 6.00 m, subdividido interiormente para formar las habitaciones íntimas, sociales y de trabajo, seccionadas por el zaguán que da paso al patio interior cercado por tapia. El acueducto de perfiles ojivales testimonia la pujanza productiva en tiempos del reyismo en la región.

En 1912, se concluye una intervención importante que le da la imagen que apreciamos a nuestros días, se pavimenta con mortero de arena y cemento la capilla; la casa fue ampliada con las recámaras del segundo piso, la terraza-mirador techada, la escalera que comunica ambas plantas; y se modifica la espadaña sobre el zaguán. En la adecuación de los edificios, para resolver óptimamente las necesidades de sus usuarios en turno, van quedando registros de sus usos y costumbres.

Cuando llegó al sitio la Universidad Autónoma de Nuevo León en 1981, su uso era muy limitado, circunscrito al casco principal; no representaba un factor de desarrollo en la comunidad como en otro tiempo, ni aun con la construcción de la nueva presa que le acerca un lago a sus linderos. A partir de ese año, la vecindad fue testigo y protagonista de los cambios físicos; se renovaron las habilidades de carpintería, ebanistería, albañilería, vigilancia, secretaría y otras.

Cambió el sentido del edificio, las habitaciones se convirtieron en aulas y oficinas; las bodegas, en laboratorios; la capilla fue primero biblioteca y después auditorio; el coro fue taller de dibujo; el patio se convirtió en plaza con facilidades para servir de teatro al aire libre, donde alguna vez la Orquesta Sinfónica de la Universidad ofreció un concierto a toda la comunidad de Linares. También cambiaron los sonidos del quehacer: de los primeros tiempos de la caña de azúcar, del trapiche y del transporte de las cargas de piloncillo al silencio inmediato anterior; y de ahí al hablar de los silvicultores, de los geofísicos, de los paleontólogos, de los lectores de idiomas y de los preparadores de muestras.

Sin pretender sustituir a la Guadalupana, se dio también lugar a Santa Bárbara, patrona de los mineros y de los geólogos, que empezó a festejarse el 4 de diciembre en el Baño de San Ignacio. Todo fue llenándose de nuevos proyectos de vida; en ese entonces, se produjeron las condiciones para que se cumplieran los destinos de personas que vinieron de otros estados, países y continentes, y también de muchos de los vecinos.

tags: #casas #hacienda #guadalupe #historia #arquitectura