Conocida también como la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial fue uno de los conflictos más letales de la historia, un enfrentamiento que se extendió por tierra, mar y aire y que abarcó prácticamente la totalidad del Viejo Continente. En tan solo cuatro años, desde el 28 de julio de 1914 al 11 de noviembre de 1918, la guerra dejó tras de sí más de 10 millones de militares muertos y más de 6 millones de víctimas civiles. La mayoría de los historiadores actuales coinciden en que la Primera Guerra Mundial no la empezó una sola nación, sino que, en última instancia, todos los participantes tuvieron su parte de responsabilidad.
Aunque el imperialismo que venían desarrollando desde hacía décadas las potencias involucradas fue la principal causa subyacente, el detonante del conflicto se produjo el 28 de junio de 1914 en Sarajevo (Bosnia) con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria. Este suceso desató una crisis diplomática cuando Austria-Hungría dio un ultimátum al Reino de Serbia y se invocaron las distintas alianzas internacionales forjadas a lo largo de las décadas anteriores. Este conflicto, de dimensiones geográficas, políticas, económicas y sociológicas sin precedentes, tuvo raíces profundas en la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX.
El Ascenso de Alemania y el Imperialismo
La unificación de Alemania en el año 1871 la había convertido en una gran potencia que amenazaba de manera directa los intereses económicos tanto de Francia como del Reino Unido. La Alemania unificada tenía un Ejército grande, disciplinado y muy bien entrenado, además de una Armada en crecimiento (para 1914 sería la segunda más grande de Europa detrás de la británica), una base económica potente (de hecho, la economía en mayor crecimiento de Europa) y una población en auge que aumentó de 49 a 66 millones entre 1890 y 1914.
La política alemana estuvo inicialmente dominada por su primer canciller, Otto von Bismarck (1815-1898), que estuvo en el poder de 1871 a 1890. El enfoque de Bismarck en cuanto a la política exterior consistió en asegurarles a las demás potencias que Alemania estaba satisfecha con su posición y estatus en Europa en ese momento. Sin embargo, el káiser Guillermo II (1859-1941), que ascendió al poder en 1888, presionó por una mayor expansión territorial y militar para garantizar los recursos naturales que exigía la economía en auge de Alemania. Esta nueva política se conoció como Weltpolitik o «Política mundial». Puede que Bismarck buscara la paz a través de la diplomacia, pero a partir de 1890 sus sucesores estaban dispuestos a probar medidas más drásticas para aumentar el poder de Alemania.
Desde alrededor de 1880 hasta 1914 varias potencias europeas se apoderaron de todos los territorios que pudieron en África, un proceso de colonización conocido como el «Reparto de África». Para principios del siglo XX, el 90% del continente estaba bajo algún tipo de control europeo. Tanto Francia como el Reino Unido eran dueños de amplias posesiones por todo el mundo, mientras que Alemania se hallaba en plena búsqueda de nuevos mercados y pretendía ampliar su imperio colonial, todo lo cual ya había provocado tensiones, puesto que el reparto que habían diseñado Francia y Gran Bretaña distaba mucho de las pretensiones que tenía Alemania en aquellos momentos.
Lea también: Ejemplos de Causas Externas de la Inflación
La Carrera Armamentista y el Sistema de Alianzas
Durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, las potencias europeas habían configurado una política de alianzas que dio lugar a la aparición de dos bloques antagónicos. Este sistema, ideado por el canciller alemán Otto von Bismarck, prometía ser una alianza entre las monarquías de Austria-Hungría, Rusia y Alemania, aunque finalmente fracasó por la falta de acuerdo entre Austria-Hungría y Rusia sobre la política a seguir en los Balcanes.
Las principales alianzas pre-guerra fueron:
| Alianza | Miembros Principales | Formación Clave |
|---|---|---|
| Triple Alianza | Imperio alemán, Imperio austrohúngaro, Italia | 1882 |
| Triple Entente | Reino Unido, Francia, Imperio ruso | 1907 (consolidación) |
En 1882, la recién unificada Alemania firmó un tratado de colaboración militar con su aliado tradicional, el Imperio Austro-Húngaro, para aislar a su gran enemiga: Francia. A este acuerdo se uniría más adelante Italia, por lo que el pacto pasó a conocerse como Triple Alianza. Ante la perspectiva de quedar aislada diplomáticamente, Francia buscó la amistad del imperio Ruso, que rivalizaba con Alemania y Austria por el control del este de Europa. Así, en 1894, firmaron un pacto secreto conocido como Alianza Franco-Rusa. El miedo al poderío militar de los imperios centrales también era compartido por el Reino Unido. Así Francia y Gran Bretaña firmaron en 1907 la Entente Cordiale, un tratado de no agresión que ponía fin a las disputas coloniales de estos dos enemigos tradicionales. Por tanto, poco a poco, las tres grandes potencias del Reino Unido, Francia y Rusia, a menudo llamadas la Triple Entente, estaban haciendo maniobras para presentar un único frente contra Alemania.
Así, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, la mayoría de gobiernos hizo grandes inversiones para fortalecer y modernizar sus ejércitos, a los que se dotó de los últimos avances armamentísticos con la excusa de la defensa. El Reino Unido también sospechaba del armamento alemán. En 1905, el general alemán Alfred von Schlieffen (1833-1913) ideó un plan para evitar la lucha en dos frentes que consistía en atacar primero a Francia y luego volverse contra Rusia. Alemania era uno de los países mejor preparados e informados. Con tiempo suficiente había elaborado un minucioso plan que tenía la firma del general Alfredo von Schlieffen y que preveía una guerra relámpago.
Nacionalismo y el Polvorín de los Balcanes
Asimismo, en el ámbito político, la paulatina penetración de idearios nacionalistas en buena parte de Europa contribuyó a la creación de un clima prebélico. Las proclamas nacionalistas incidían en la unión sin reservas de toda la ciudadanía contra la amenaza de un supuesto enemigo exterior. Las minorías que vivían en los Balcanes empezaron a reclamar la creación de un Estado propio, mientras que Serbia y Bulgaria pretendían ampliar sus fronteras para acoger a todas aquellas personas que habían emigrado en el pasado, algo que, por otra parte, chocaba frontalmente con las pretensiones de los Imperios austro-húngaro y otomano. Llegados a este punto, las reivindicaciones de los pueblos eslavos fueron apoyadas por Rusia, que a su vez buscaba una salida geoestratégica al Mediterráneo.
Lea también: Factores Inflacionarios
Entre todas estas ideologías, una de las más destacadas fue el pangermanismo alemán, cuyo fin era volver a reunir en un gran imperio a todos los pueblos de origen germánico, y el paneslavismo serbio (apoyado por sus "hermanos" eslavos rusos), que proponía la unión bajo un mismo Estado de todos los pueblos eslavos. En medio de todo esto, fue a los Balcanes a donde se dirigieron todas las miradas diplomáticas europeas con nerviosismo en 1908. Austria-Hungría, temiendo la creciente influencia de los reformistas, anexionó Bosnia-Herzegovina en octubre de 1908. Esto enfureció al Reino de Serbia y a su protector, el Imperio ruso, que seguía una política basada en el paneslavismo y compartía la religión ortodoxa con sus aliados eslavos. Las maniobras de la diplomacia rusa en los acuerdos de paz provocaron que la región se desestabilizara, lo que sumado a la fractura que ya existía en los Balcanes, hizo que la región fuese conocida como el «polvorín de Europa».
El Tratado de San Stefano de 1878, que concluyó el conflicto en los Balcanes, tuvo varias repercusiones significativas. La debilidad turca hizo que este conglomerado de territorios se sintiera con fuerzas como para luchar por esa independencia. Ya en 1878, Turquía se vio obligada a ceder Bosnia-Herzegovina a Austria, a la vez que, con la firma del Tratado de San Stefano, Bulgaria se convertía en un país prácticamente independiente. Este tratado fue reformulado apenas unos meses después, pero la demostración de que la situación era caótica era más que evidente.
El Detonante: Sarajevo y la Crisis de Julio
El archiduque Francisco Fernando (1863-1914), heredero al trono de los Habsburgo que gobernaba Austria-Hungría, tomó la fatídica decisión de visitar la capital de Bosnia, Sarajevo, el verano de 1914. Imprudentemente, el archiduque decidió recorrer la ciudad en un coche descubierto el 28 de junio. Cuando el coche redujo la velocidad para encontrarse con la multitud, un joven nacionalista serbio bosnio, Gavrilo Princip (1894-1918), se adelantó y mató a tiros tanto al archiduque como a su esposa, la condesa Sophie Chotek. Princip había conseguido el arma de un grupo nacionalista serbio, la Mano Negra.
El asesinato del heredero a la corona imperial fue visto por Austria como una afrenta y una oportunidad. No tardaron en culpar al gobierno serbio del asesinato. Francisco José buscó el respaldo de Alemania para su plan de tomar el control de Serbia; el káiser se lo concedió el 6 de julio en lo que se ha descrito como un «cheque en blanco» de libertad de acción. Finalmente, y con el convencimiento de que funcionarios del Gobierno serbio estaban implicados en el complot para asesinar al archiduque, el 23 de julio de 1914 el Gobierno austrohúngaro dio un ultimátum a Serbia en el que, a sabiendas, le exigía diez demandas imposibles de aceptar y que justificarían una declaración de guerra.
El 25 de julio, Serbia ordenó la movilización general y esa misma noche informó de que aceptaba todos los términos del ultimátum a excepción del artículo sexto, en el que se exigía al Gobierno serbio que aceptase el envío de una delegación austríaca a Sarajevo para participar en las investigaciones del asesinato del archiduque. Como era de esperar, Austria rompió relaciones diplomáticas con Serbia y el día 28 de julio de 1914 el Imperio austrohúngaro declaraba la guerra a Serbia. La decisión de Austria-Hungría de utilizar el crimen como coartada para atacar a Serbia y eliminarla como foco de agitación entre los eslavos del sur activó todos los mecanismos de alianzas fraguados en décadas anteriores que terminaron con las grandes potencias europeas cruzándose declaraciones de guerra mutuas en los días siguientes.
Lea también: Causas de la Inflación en Costa Rica
El 29 de julio de 1914, Rusia acudió en ayuda de Serbia y declaró, de forma unilateral y haciendo caso omiso de los acuerdos militares franco-rusos, la movilización parcial de su ejército contra el Imperio austrohúngaro. El 1 de agosto Alemania ordenó la movilización general de sus tropas y declaró la guerra a Rusia. El 3 de agosto declaró la guerra a Francia y penetró en territorio belga, que era neutral, para cruzar el país en dirección a Francia. Gran Bretaña le informó al gobierno alemán de que una movilización a través de Bélgica provocaría su declaración de guerra a Alemania. El 4 de agosto, el Reino Unido le declaró la guerra a Alemania.
Consecuencias de la Guerra y el Camino al Autoritarismo en Alemania
La agitación social y económica que siguió a la Primera Guerra Mundial desestabilizó fuertemente a la incipiente democracia y dio lugar al surgimiento de muchos partidos de extrema derecha en la Alemania de Weimar. Alemania perdió la Primera Guerra Mundial, y en el Tratado de Versalles de 1919, las potencias vencedoras impusieron a la derrotada Alemania disposiciones punitivas para su territorio, milicia y economía. Las onerosas compensaciones impuestas después de la Primera Guerra Mundial, junto con un período inflacionario general en Europa en la década de 1920, provocó una espiral hiperinflacionaria del Reichsmark alemán en 1923. Semejante caos económico influyó de manera decisiva en el aumento del descontento social y desestabilizó a la frágil República de Weimar.
Muchos alemanes olvidaron que habían aplaudido la caída del káiser, que inicialmente habían recibido con agrado la reforma democrática parlamentaria y que habían celebrado el armisticio. Recordaban solamente que la izquierda alemana -- socialistas, comunistas y judíos, en el imaginario común -- había entregado el honor alemán en favor de una paz ignominiosa cuando ningún ejército extranjero ni siquiera había tocado territorio alemán. Esta Dolchstosslegende (leyenda de la puñalada por la espalda) fue iniciada y propagada por jefes militares alemanes retirados de la época de la guerra quienes, totalmente conscientes de que en 1918 la guerra se había vuelto insostenible para Alemania, le habían aconsejado al Káiser que buscara la paz.
Las promesas de la derecha nacionalista alemana de revisar el Tratado de Versalles por la fuerza, si era necesario, ganaban cada vez más aceptación entre los círculos respetables. Los agitadores de la izquierda política cumplieron duras sentencias en prisión por inspirar el descontento político. Por otro lado, los activistas de extrema derecha como Adolf Hitler, cuyo Partido Nazi había intentado deponer al gobierno de Baviera y comenzar una "revolución nacional" en el Putsch de la cervecería de noviembre de 1923, solo cumplieron nueve meses de una sentencia de cinco años de prisión por traición, que era un delito capital. Las dificultades impuestas por el descontento social y económico tras la Primera Guerra Mundial y sus onerosos términos de paz, así como el miedo irracional que sentían las clases medias alemanas a que los comunistas tomaran el poder, socavaron las soluciones democráticas pluralistas en la Alemania de Weimar.
También aumentaron el anhelo público de una dirección más autoritaria, un tipo de liderazgo que los votantes alemanes finalmente por desgracia encontraron en Adolf Hitler y su Partido Nacionalsocialista. Finalmente, la destrucción y las catastróficas pérdidas de vidas durante la Primera Guerra Mundial condujeron a lo que se podría describir mejor como desesperanza cultural en muchos países que habían combatido en la guerra. La desilusión respecto a la política nacional e internacional y un sentimiento de desconfianza respecto a los líderes políticos y los funcionarios de gobierno impregnaron la conciencia de un público que había sido testigo de los estragos de un devastador conflicto de cuatro años. Para una generación de alemanes, esta alienación social y desilusión política fue captada por el autor alemán Hans Fallada en ¿Y ahora qué? (Kleiner Mann, was nun?), la historia de un alemán común y corriente, que es alcanzado por la agitación de la crisis económica y el desempleo, y es igualmente vulnerable a la atracción peligrosa de la política de extrema derecha y extrema izquierda.
