¡Impactante! Las Condesas Acusadas de Brujería en la Edad Media Revelan Secretos Oscurospost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La magia, la brujería y en general la invocación de fuerzas y seres sobrenaturales para obtener determinados resultados, está presente en la cultura humana desde sus mismos inicios y aún sigue presente en prácticamente todas las culturas actuales. Desde muy antiguo las diversas culturas establecieron castigos para las personas a las que se atribuía causar daños mediante la invocación de fuerzas y seres sobrenaturales, como sucedía con la llamada magia negra. Tanto en el Código de Hammurabi de Babilonia como en el Antiguo Egipto se castigaba a los magos malignos. Muchas culturas, tanto antiguas como modernas, han reaccionado de forma puntual a las acusaciones de brujería con miedo supersticioso o religioso, y han castigado, o incluso asesinado, a los presuntos practicantes. En algunas de estas culturas toda desgracia, enfermedad o muerte es atribuida a los dioses, al diablo, a los demonios, o al mal causado por un tercero.

La Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, prohíbe la magia y la adivinación: «No realizaréis adivinación ni magia» (Levítico 19:26) y establece la pena de muerte para los magos: «Los magos no los dejarás vivir» (Éxodo 22:18). Esta formulación fue traducida en género femenino por Lutero, de forma gramaticalmente correcta, como «Las magas no las dejarás vivir». Los magos, nigromantes y brujos habían existido en toda Europa, Asia y África sin ser perseguidos. Su magia era considerada magia blanca y no una herejía. El Código Teodosiano promulgó, por primera vez, una ley en contra del ejercicio de la magia, en 429. En 534, el segundo Código de Justiniano prohibió consultar a los astrólogos y adivinos por ser una «profesión depravada». El Concilio de Ancira o Concilio de Elvira, en 306, declaró que matar a través de un conjuro es un pecado y la obra del demonio. En Hungría, a principios de la Baja Edad Media, el rey Colomán (1095-1116) sancionó un artículo que rezaba: "De strigis vero, quae non sunt, nulla quaestio fiat" ("Sobre las brujas, ya que éstas no existen, no se harán pesquisas indagando por ellas"). En Alemania se encuentran las constancias más antiguas de la aparición de la palabra "bruja" (hexe). En Suiza, la palabra “bruja” aparece en los Frevelbücher (Libros de delitos) de la ciudad de Schaffhausen a finales del siglo XIV (1368/87).

La Figura de la Bruja: Mujeres Sabias y la Misoginia

Para entender el significado de la caza de brujas, no es suficiente la explicación de la competencia de las sanadoras, la profesionalización de la medicina o la institucionalización y control de la ciencia por parte del poder establecido. Una renovada misoginia tomó fuerza a partir del siglo XIV. Esta renovada misoginia iría acompañada, a inicios de la Edad Moderna, de un retroceso para las mujeres en todos los aspectos de su vida, coincidiendo con el Renacimiento.

Las mujeres habían ejercido como sanadoras desde hacía siglos, existiendo una larga genealogía de mujeres sanadoras que se transmitía de madres a hijas. Eran las primeras farmacólogas de la historia de Occidente, con sus cultivos y recolección de plantas medicinales. Por esta causa eran conocidas por la comunidad como “mujeres sabias”. Mezclaban sus prácticas curativas con viejos ritos paganos anteriores al cristianismo. El conocimiento de las plantas y la elaboración de cremas y ungüentos parece derivar de estos viejos ritos religiosos. Este fue uno de los factores que contribuyó a considerar la existencia de una especial relación entre estas mujeres y el cuerpo, con el sanar del cuerpo pero también con la relación entre cuerpo y mente. Por ejemplo, ayudaban en los partos, a pesar de la postura contraria de la Iglesia, por la cual a causa del pecado original las mujeres debían parir con dolor. Usaron la belladona para parar las contracciones de la matriz en caso de posible aborto y algunas fuentes apuntan a una bruja inglesa como descubridora de la digitalina, que se utiliza actualmente para tratar las enfermedades coronarias. Las mujeres sabias también aconsejaban a mujeres sobre métodos anticonceptivos y practicaban abortos.

Muchas brujas eran mujeres que tenían o actuaban con independencia, que estaban dispuestas a replicar y a defenderse. Las brujas eran en muchos casos mujeres de extracción campesina y pobre. Esto es cierto para la mayoría de las sanadoras, aunque también las había con una situación social acomodada. Otro sector que padeció la persecución durante la caza de brujas fueron las comadronas. Las acusadas de brujería eran en muchos casos comadronas.

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La institucionalización de la medicina en las universidades supuso que la obstetricia constituyera la única área relacionada con la medicina y la salud que quedó reservada a las mujeres, hasta que les fue también arrebatada en el siglo XIX. Se vieron entonces que se les prohibía ejercer su trabajo. Era necesario erradicar su influencia en la comunidad, acabar con el respeto del que gozaban entre el pueblo y controlar. Algunos estudios sugieren que la Iglesia tenía, además, otros intereses para limitar el rol de las sanadoras.

No todos los acusados de superstición y brujería eran mujeres, pero se consideraba a la mujer más inclinada al pecado, más receptiva a la influencia del Demonio, y, por tanto, más proclive a convertirse en bruja. De lo mucho que se sabe sobre la mujer en el Medievo, se debe entender que las principales fuentes que la describen son de origen masculino. Para el imaginario religioso, la mujer tenía varios aspectos negativos, desde su género hasta sus pasiones y formas de comportarse. Además, se consideraba que la mujer era el símbolo de seducción, por tanto, los hombres debían cuidarse de ellas, sobre todo los religiosos que habían jurado celibato.

La imagen de la mujer como bruja quedó concretada con la descripción estereotipada que se le dio: una mujer vieja, seca, de ojos rojizos, con una verruga en la nariz, acompañada de un gato negro o un cuervo. Estas mujeres tenían su mayor castigo precisamente en serlo, pues eran vistas por el pensamiento religioso católico como un ser inferior, con las debilidades que el enemigo podía utilizar para atacar a la humanidad y su estabilidad moral.

La Legislación y la Persecución de la Brujería

La «caza de brujas», un término que fue acuñado mucho después, comienza en el siglo XV, más concretamente entre los años 1420-1430. Es en ese momento cuando se extiende la creencia de que ha aparecido un nuevo enemigo de la Cristiandad: la brujería, que se diferencia de la hechicería tradicional por la intervención del diablo. Las brujas fueron el nuevo chivo expiatorio de la Cristiandad, después de los herejes, los leprosos y los judíos. Son la nueva encarnación del mal que hay que extirpar para purificar la Cristiandad. El proceso de caza de brujas más conocido y difundido en la literatura de Occidente es el fenómeno generalizado que ocurrió en la Europa Central a inicios de la Edad Moderna.

Este concepto de brujería se difundió por toda Europa mediante una serie de tratados de demonología y manuales para inquisidores que se publicaron desde finales del siglo XV hasta avanzado el siglo XVII. El primero en alcanzar gran repercusión, gracias a la reciente invención de la imprenta, fue el Malleus Maleficarum ("Martillo de las brujas"), publicado en 1486 por los inquisidores dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger. El libro no solo afirmaba la realidad de la existencia de brujos y brujas, sino que afirmaba que no creer en brujas era un delito equivalente a la herejía: «Hairesis maxima est opera maleficarum non credere» (La mayor herejía es no creer en la obra de las brujas). El Malleus Maleficarum llegaría a ser el manual más utilizado en la caza de brujas en los Estados católicos del Sacro Imperio Romano Germánico. El manual inquisitorial permite conocer cómo en la Edad Media se identificaba a las mujeres practicantes de brujería, las formas más comunes para saber si se estaba bajo un maleficio de alguna de ellas, así como la manera en que debían ser cazadas, interrogadas y, si era necesario, castigadas.

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Con el surgimiento de los Estados modernos durante el siglo XVI, lejos de descartar este tipo de preceptos, se les dio un marco legal, convirtiendo a la brujería en un crimen grave. En 1532, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Carlos V promulgó la Constitutio Criminalis Carolina, que penaba la brujería con la muerte. En la Inglaterra protestante, tres Actas del Parlamento de 1542, 1563 y 1604 legalizaron la persecución y la pena de muerte.

Los procesos inquisitoriales debían tener dos jueces, uno eclesiástico y otro civil. El primero se encargaba de la confesión (si es que la había), mientras que el segundo aplicaba el castigo correspondiente. Las brujas tenían menos derechos que otros reos y los juicios iban prácticamente siempre acompañados de torturas. A cada acusada los inquisidores pedían otro nombre, que iniciaba una cadena de muerte y barbarie. Si era denunciada la primera bruja, se iniciaba la cadena. La persecución fue más dura en los países protestantes. Las condenas por parte de los tribunales civiles fueron mucho más duras e impusieron más penas de muerte que los de la Inquisición. En los países protestantes, hubo muchas más sentencias de muerte que en Italia o en la monarquía hispánica.

Durante la Edad Media el cristianismo tenía una muy poderosa influencia no sólo en cuestiones de fe sino también en las decisiones de Estado. La Iglesia se oponía a las brujerías con el poder de la fe, pero los grupos laicos de poder ya habían tomado la ley en sus manos desde mucho antes por motivos políticos. El antropólogo Marvin Harris afirma que todos los males de aquella época eran achacados a las brujas cuando en realidad solían provenir de la voracidad y la ambición desmedidas de príncipes o señores feudales. Ellas fueron el chivo expiatorio. Harris da cifras: el 82% de los condenados en la Edad Media eran mujeres y entre miles hubo un solo caso de un noble que no fue condenado.

Casos Notables y Contexto Geográfico

Algunos estudios cifran en unas 60.000 las mujeres que fueron ejecutadas por supuesta brujería en toda Europa durante la Edad Moderna. G. R. dio ya en 1893 una estimación de 9 millones, estimación que apoyaría Mary Daly. Oficialmente, hubo medio millón de ejecuciones solamente entre los siglos XV y XVII. Ese millón de brujas condenadas a lo largo de dos siglos arroja un promedio de una persona cada dos horas muerta en la hoguera durante ese lapso. No eran sólo mujeres. Los hombres también eran encontrados culpables de brujería y seguían el mismo camino, pero el porcentaje de damas de la escoba fue siempre muy superior.

La Caza de Brujas en España

La persecución fue menos aguda en España que en otros países europeos, dado que la Inquisición española actuó con más precaución en este tipo de procesos. La Inquisición española mantuvo una postura más escéptica con respecto a la brujería. Era necesario tener pruebas y la confesión por sí misma no bastaba, ya que, según la propia Inquisición, la tortura o el miedo a ella, así como las preguntas orientadas podían llevar a declarar lo que nunca había pasado. Sin embargo, el número de ejecuciones se elevó notablemente, aunque sin alcanzar el rigor de otros países. Aunque en algunas regiones de la península parece que se daban más casos de brujería que en otras, podían encontrarse brujas en cualquier parte, especialmente en las zonas rurales. En el País Vasco es donde hubieron más condenas, como el caso de las brujas de Zugarramurdi.

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En noviembre de 1610, se celebró en Logroño el auto de fe inquisitorial contra las brujas de Zugarramurdi, donde más de cincuenta personas fueron procesadas y once sentenciadas a arder en la hoguera. Cinco de ellas fueron quemadas en efigie, ya que habían muerto antes durante los interrogatorios. La histeria colectiva en Zugarramurdi llegó a tal punto que había una persona sospechosa de brujería por cada 4 vecinos y vecinas. Alonso de Salazar y Frías, un inquisidor español, pasó a la historia como el “abogado de las brujas” por su postura contra la condena en el caso de Zugarramurdi. Concluyó que las brujas no existen y que para que las brujas desaparezcan hay que dejar de hablar de ellas.

Durante los años 1629 y 1651, en las localidades aragonesas de Épila y Almonacid se desató una brutal cacería de brujas que se saldó con la tortura y muerte de miles de mujeres. El movimiento de persecución fue promovido por el entonces conde de Aranda, Antonio Ximénez de Urrea, quien incentivó a los pobladores a castigar a varias mujeres. Este pasaje histórico fue recuperado en el libro “Las brujas y la condesa. Caza de mujeres en Épila y Almonacid, y las brujas de Trasmoz” de Carlos Garcés Manau. El libro narra sobre las acusadas falsamente de ser brujas y, por otro lado, menciona a la condesa de Aranda, Luisa de Padilla, esposa del promotor de estos sangrientos juicios y una de las más importantes escritoras del siglo XVII. El libro rescata también la suerte, en 1629, de Isabel Alcaide, cuyo error fue hablar del daño que le habían causado los condes de Aranda al expulsarla de Épila. Murió sin confesar, a pesar de las fuertes torturas. El caso de Ana Marco resultó particular porque, para no volver a ser torturada, se atribuyó estar bajo los influjos de maleficios y comenzó a denunciar a otras mujeres, aunque finalmente fue asesinada a garrote en 1634.

Otros procesos relevantes en España son los de Toledo y Granada, donde 31 de las condenadas eran mujeres. Galicia era también considerada territorio de brujas, las meigas. En 1619 fueron condenadas a la horca 300 mujeres.

Los Juicios de Salem en América

Aún en el siglo XVII seguían las ejecuciones y la cosa pasó de Europa a América, donde el caso del pequeño pueblo de Salem es el más famoso. Hacia el año 1620, los primeros colonos procedentes de Inglaterra y los Países Bajos llegaron a las tierras de Nueva Inglaterra. En aquellas tierras se produjeron cerca de una veintena de casos de brujería, aunque el más recordado, cruento e impactante fue el que tuvo lugar en el poblado de Salem, en la colonia inglesa de Massachusetts.

En febrero de 1692, empezaron a sucederse algunos hechos extraños en Salem. Perturbadores testimonios de blasfemias, maldiciones y escandalosas visiones de niñas pusieron a todos los vecinos en estado de alerta. Las adolescentes Betty Parris y Abigail Williams empezaron a sufrir convulsiones, a pronunciar palabras sin sentido y a tener "comportamientos bestiales". Para evitar la horca, las niñas acusaron a Tituba, la esclava de la familia Parris, de iniciarlas en ritos satánicos. En febrero de 1692, se inició el juicio donde los magistrados presionaron a las niñas para que señalaran a los culpables. La primera acusada fue Tituba, quien, para salvarse de las crueles torturas, confesó públicamente que había visto al diablo y nombres de otros vecinos en el "libro del Mal". Tras declararse culpable, Tituba fue condenada a prisión. Sarah Osborne y Sarah Good, que también habían sido acusadas, fueron ahorcadas al no confesar su culpabilidad. Martha Corey siguió la misma suerte y su esposo, Giles Corey, murió en prisión mientras era torturado. El reverendo George Burroughs y otros aldeanos también fueron acusados. El 2 de junio de 1692, el juez William Stauton envió a la horca a Bridget Bishop. Otra mujer, Rebecca Nurse, fue declarada inocente por el juez, pero la oleada de vandalismo y salvajismo entre la población lo obligó a cambiar de opinión y ordenar que la ahorcaran de inmediato.

Pocos años más tarde, los tribunales comenzarían a admitir que los procesos judiciales iniciados en Salem en 1692 habían tenido bastantes irregularidades y, finalmente, en 1703 el tribunal de Massachusetts rechazó casi todas las pruebas presentadas durante los juicios. Tres años más tarde, Ann Putnam, una de las niñas supuestamente embrujadas, pidió perdón a su iglesia y a las familias de los ajusticiados en la horca: "Lo hice engañada por Satanás". No obstante, para la mayoría de los estudiosos, la causa más probable de tan terribles acontecimientos es la histeria colectiva como resultado del asfixiante clima de puritanismo y de la educación represiva que imperaban en aquellos tiempos. En Estados Unidos, en 1692 y 1693, más de doscientas personas fueron acusadas de brujería.

Simbología y Persistencia de la Creencia

Es curioso, pero hace más de cuatro mil años, los egipcios consideraban a los gatos animales decididamente benéficos. En la época medieval, al luchar contra las sectas de herejes, se señaló a este animalito como el compañero ineludible de brujos y brujas. En el año 1566, una mujer llamada Elizabeth Francis fue acusada de brujería. Se la llevó a juicio y, con ella, a su gato manchado que respondía al nombre de Satán. Se acusó al animal de haberle encontrado varios novios a Elizabeth, de colmar mágicamente sus campos de buena siembra y de haberle procurado una cantidad envidiable de ovejas. Final del cuento: fueron a la hoguera los dos, ella y el gato. Desde entonces, ocurrió con todos los felinos de brujas. La historia, la tradición, las costumbres o la tontería humana llevaron esa funesta imagen hasta nuestros días.

Resulta innegable que una buena parte de las supersticiones y creencias en misteriosos seres místicos actuales proceden del oscurantismo medieval. Diablos, brujas y hechiceros eran los que atentaban contra la fe y la ley divina que enarbolaba el cristianismo. Para combatirlos no sólo había que dar por sentada su existencia, sino también explicar su nefasta influencia en la vida diaria, que llegaba hasta provocar la misma muerte. A finales de los años 60 del siglo pasado, dentro del movimiento de liberación de las mujeres, comenzó la reivindicación pública de aquellas mujeres vinculadas a la inmoralidad, el pecado, la maldad y la transgresión.

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