Al finalizar su periodo constitucional en 1865, Gabriel García Moreno propuso como sucesor al rico cacaotero guayaquileño José María Caamaño. Veía en él al continuador del proyecto modernizador que había esbozado durante su primera administración, al tiempo que introducía un costero capaz de controlar una región vital del país que le había sido particularmente hostil.
Pronto comprendió que no era el hombre adecuado. Cuando clausuró la Sociedad Republicana de Quito por oponérsele y promover la candidatura de Manuel Gómez de la Torre, Caamaño renunció por ética a la postulación. En palabras de García, cometió una "sandez supina", declaración poco afortunada con la que logró sumar un enemigo más al incipiente círculo opositor que se desgajaba del inicial consenso de elites que lo rodeó durante su primera presidencia (1861-1865).
En las elecciones de 1865, calificadas como "una farsa" digitada por el ejecutivo, el caudillo propuso un nuevo candidato, el lojano Jerónimo Carrión, comprometido con la modernización católica. No logró un apoyo unánime a la candidatura, ni el mismo García estaba convencido de la fidelidad que le guardaría.
Si bien es cierto que el cuatrienio denominado Interregno, periodo entre la primera y la segunda administraciones garcianas, supuso una continuidad de los proyectos iniciados entre 1861 y 1865 -escuelas, obras públicas y alianza Iglesia-Estado consagrada en un concordato promulgado en 1866-, algo nuevo flotaba en el aire.
La llegada de Carrión al gobierno supuso una apertura y un tono diferente del que privó en la administración garciana, signada por sangrientos episodios. Juan Montalvo comenzó a publicar El Cosmopolita en enero de 1866; la libertad de prensa permitió que las imprentas sacaran a la luz folletos de crítica al gobierno anterior, así como las réplicas de sus defensores.
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Las amnistías beneficiaron a los exiliados; Manuel Bustamante, suegro de Carrión y encarnizado enemigo de García Moreno, llegó al Ministerio del Interior y Relaciones Exteriores y en el Congreso del año los liberales obtuvieron la mayoría. Aunque el gobierno buscaba recomponer y prescindir de la represión el ministro Bustamante era confrontativo e intentaba un corte radical con su predecesor.
Pagaría un alto costo por esta osadía y Carrión debería renunciar al cargo en noviembre de 1867, a mitad de su periodo. Así llegó Javier Espinosa a la presidencia para cubrir el tramo restante. También fue un candidato a modo de García Moreno. Sin embargo, su actuación demostró que el cambio en el estilo de hacer política que había dejado entrever el gobierno de Carrión no respondía a la circunstancia fortuita de su personalidad ni la de su primer ministro.
Parecía más bien una necesidad de las elites: un intento quizá de retrotraer el debate político a los modos del periodo pregarciano. Espinosa buscó desesperadamente el centro y apostó al apego a la legalidad para construir su legitimidad. Tampoco logró recomponer ni moderar el debate porque, desde 1865, las tendencias habían logrado otro grado de definición.
El artículo busca el "tiempo de la política" y lo encuentra en la coyuntura electoral que inicia en 1868, durante la administración de Espinosa. El año condensa la emergencia de varias novedades. Entre ellas un proyecto alternativo sustentado en una alianza interregional que dio origen a un agolpamiento político civilista y tercerista que alcanzaría trascendencia posterior.
Vio también poner en operación un banco emisor que preludiaba una recomposición de las elites guayaquileñas. Fue también pródigo en conflictos con las gubernaturas provinciales y continuación de la eclosión editorial iniciada en el primer año del Interregno.
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Un nuevo Ecuador parecía emerger, una especie de tránsito se esbozaba y prometía barrer el proyecto centralista. Se alzaba la promesa de un país católico y modernizante fincado en bases más civilistas y menos represivas.
Con el gobierno en disputa en medio de una intensa lucha electoral, el año se convierte en un momento privilegiado para observar la política y sus prácticas. A partir de epistolarios, folletos y hemerografía el artículo se aproxima al estudio del año de mayor potencial del cuatrienio.
Se trata de una coyuntura historiográficamente postergada y comprimida entre los dos tramos de los gobiernos de García Moreno. No puede decirse propiamente que no ha tenido consideración en los grandes estudios sobre el garcianismo, sin embargo su significación se ha visto aminorada no sólo por su condición de interludio sino por la omnipresencia de García ganando la escena.
El periodo tuvo una consideración en la literatura política de la época y en los tratamientos ensayísticos e historiográficos cuencanos. Estos estudios privilegiaron el análisis del "liberalismo católico" azuayo en función de la actuación destacada de esta corriente en el periodo.
Antonio Borrero, en su Refutación a la obra del padre Berthe, le dedicó un amplio tratamiento que constituye una fuente insoslayable. Jijón y Caamaño lo considera en su Política conservadora. La historia del padre Le Gouhir y la del padre Berthe le prestan consideración y todas las grandes biografías clásicas sobre García Moreno contienen datos imprescindibles para el conocimiento del periodo. Lo mismo ocurre con los estudios regionales sobre el Azuay y sus personalidades destacadas.
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Recientemente la corriente "progresista" ha sido abordada desde la Universidad de Cuenca por María Cristina Cárdenas Reyes en obras ampliamente documentadas. La aparición de un proyecto alternativo en Cuenca es una de las novedades más atractivas del momento político. Pero no es el centro de este tratamiento.
Tampoco lo es García Moreno, aunque resulte imposible deshacerse de él. El artículo busca la dinámica política en la forma de manejar la lucha por el poder, en el uso de las influencias y las redes de amistad que se configuran y reconfiguran en la coyuntura electoral.
Nos preocupa observar cómo se fabrican las candidaturas, cómo se coquetea con el poder, cómo se manipulan los procesos electorales, cómo se mueven los hombres entre las tendencias y aun dentro de una misma; las formas que utilizan para ganar legitimidad o para prescindir de ella.
Un solo año es quizá un tiempo demasiado breve para obtener conclusiones definitivas en torno a estas manifestaciones de las culturas políticas del XIX ecuatoriano. Los objetivos y las fuentes manejadas impiden abarcar a profundidad el conjunto de problemas que ocupan a la nueva historia política: el ancho campo de estudios relativos a la formación de la ciudadanía, la participación, el asociacionismo, la representación y las reformas electorales.
Este estudio no es más que la instantánea de un momento. Y si bien ese momento es una coyuntura electoral, la mirada no sobrepasa el ámbito de las prácticas y el instante concreto del estado de la opinión pública, el horizonte que alcanzamos desde el punto de observación en que estamos situados. El artículo revalora también la historia de la presidencia de Javier Espinosa, una figura historiográficamente disminuida.
Los garcianos insistieron tanto en su debilidad que los historiadores terminaron por creerles. Proponemos en cambio que Espinosa fue un decidido impulsor del sentido, quizá mayoritario, que las elites deseaban imprimir al país. Sin embargo, la encrucijada era adversa a este y otros propósitos.
1867: Un año difícil
Las elecciones de 1865, las primeras presidenciales que se hacían con un sistema electoral de plena elección popular y con un electorado relativamente extendido, evidenciaron un clima diferente. El enfrentamiento entre los "gomistas", es decir los partidarios de Gómez de la Torre, y los "garcistas" promotores de los sucesivos candidatos garcianos (Caamaño-Carrión), había activado los ánimos al grado de que se conformaron clubes, que no eran partidos sino agrupamientos de connotación electoral.
Se enfrentaban "el partido del orden y la religión" y los "rojos", en el lenguaje de los conservadores. El club Republicano de Quito asignó el mote de "terroristas" a los partidarios de García.
Instalado el nuevo gobierno, el "Gran Elector" en el que se había convertido García Moreno manifestó muy pronto discrepancias con la política del presidente. Existió, sin embargo, un cierto impasse inicial motivado tanto por las circunstancias personales del caudillo como por el hecho de haber aceptado fugazmente el cargo de encargado de Negocios y ministro plenipotenciarios de Ecuador en Chile.
Pese a ello, 1867 se presentaba con otra fisonomía. Ecuador vivía los efectos de la guerra hispanoamericana en el Pacífico. Había abandonado la actitud de neutralidad del periodo anterior y se había plegado finalmente a la Unión Americana conformada por Perú, Chile y Bolivia. El alineamiento contra España, el principal comprador de la agroexportación cacaotera, llevó los precios del cacao a su mínima expresión. Ecuador fue así el país más afectado en lo económico de entre los involucrados en el conflicto.
Carrión no influyó en las elecciones legislativas para el Congreso del año y los liberales se alzaron con una relativa mayoría, a tal punto que Pedro Carbo, el líder de los liberales moderados de Guayaquil, presidía el Senado. El general Secundino Darquea, incondicional soldado de Garcia Moreno en la costa, fue acusado de fraguar la detención del presidente.
Algunos gobernadores no comulgaban con la tendencia conservadora y García, que atendía los negocios de su hermano en Guayaquil, tenía la sensación de que el complot tomaba proporciones desmesuradas. Real o imaginada, esta sensación se reforzó cuando el Congreso lo rechazó como senador electo por la provincia de Pichincha y reconoció en su lugar a Manuel Angulo, que lo superaba ampliamente en votos.
La baja votación que obtuvo en la elección le permitía comprender que su popularidad se había desgastado en el ejercicio de la presidencia y que el pragmatismo de ciertas elites lo había convertido en un político prescindible, ahora que reinaba una relativa paz.
El gobierno de Carrión enfrentaba también muchos problemas. Entre ellos los desencuentros entre el Estado y la Iglesia. Durante la primera presidencia de García Moreno estos enfrentamientos habían tenido un agitado périplo que reseñaba el dominico Pío David Galindo en un folleto publicado bajo el gobierno de Carrión, amparado en la libertad de imprenta recién establecida.
Se trataba de una denuncia de la represión que don Gabriel había ejercido contra la Iglesia nacional para convertirla en herramienta dócil en apoyo de su proyecto de construcción del Estado nacional. La reforma de los regulares, piedra angular de la reforma religiosa, había quedado inconclusa ante la resistencia de la orden dominica.
Además, el papado se había mostrado partidario de utilizar medios suaves y diferidos para reformar al clero y, en las modificaciones al concordato, García no logró implantar su aspiración de que la Santa Sede dejara el asunto en manos del Estado.
Nuevos visitadores italianos arribaron al país a principios del Interregno decididos a impulsar la reforma de los regulares y su intromisión generó disgusto. Las jerarquías de la orden programaron instalar a los padres italianos en el Convento Máximo, situado en el centro de Quito, y recluir a algunos padres nacionales resistentes en un pequeño conventillo de las afueras de la capital.
El superior Tomás Larco consultó la decisión con las autoridades religiosas, pero no lo hizo con el ministro Bustamante, que era íntimo amigo de los padres nacionales y síndico mayor de la cofradía del Rosario. La adhesión popular hacia los dominicos ecuatorianos y la desconfianza hacia los italianos provocó el estallido de un ruidoso motín el 25 de julio de 1867.
Durante más de cuatro horas las campanas de Santo Domingo sacudieron la capital, pero las autoridades civiles dejaron actuar a los sectores populares. Ante los reclamos del nuncio, Bustamante le respondió en términos duros y descomedidos. La respuesta del ministro evidenciaba no sólo su cercanía y afinidad con los muy politizados y populares padres nacionales sino que la nueva administración estaba determinada a separar su imagen del reformista régimen anterior.
Por supuesto que la reforma debió postergarse para mejores momentos. El motín sentó un nuevo punto de discrepancia con los garcianos y el conflicto con la nunciatura sumó otra desavenencia a las ya existentes. Tampoco Carrión estableció buenas migas con los liberales que dominaban el Congreso. Fue el ...
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