Descubre Cómo la Ideología Positivista Transformó México: Origen, Características y Su Impacto Clavepost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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En la serie de los “ismos” con que el pensamiento crítico pretendió nombrar diversas presencias de lo ideológico, “positivismo” constituyó un término recurrente en los textos de las ciencias y el pensamiento social a lo largo del siglo XX. El positivismo es una corriente filosófica que plantea que la reflexión sobre la realidad del hombre debe estar vinculada a la aplicación de la metodología científica para que sus conclusiones sean válidas. Esta corriente de pensamiento se desarrolló en el siglo XIX, cuando las ciencias experimentales -separadas ya de la filosofía- habían alcanzado un desarrollo antes no imaginado. Para muchos de los filósofos e intelectuales del siglo XIX, la física newtoniana era la forma definitiva de la ciencia y, por eso, la imagen verdadera del mundo.

El término “positivo” tiene distintas acepciones. Significa lo que tiene su origen en un acto institucional, divino o humano, que ha sido establecido; se opone, por tanto, a natural, estable o eterno y, en este sentido, se habla, por ejemplo, de derecho positivo, o de religión positiva. Según otra acepción, que sigue más de cerca la etimología (positum = “lo dado”, “el dato”), significa lo dado en la experiencia y, en consecuencia, lo directamente accesible a todos. En una tercera acepción, positivo significa también “fecundo”, “eficaz”, “útil”. Este significado es aceptado también por Comte: positivo es lo útil, lo utilizable en beneficio del hombre, sobre todo, a través del dominio de la naturaleza.

Suelen distinguirse el positivismo científico y el filosófico. El primero sería un modo de entender la ciencia, que se limita a afirmar que el conocimiento científico debe atenerse exclusivamente a los “hechos” o fenómenos observables, a su descripción y a la formulación de las leyes que los relacionan. Esta modalidad del positivismo no niega la metafísica, al menos explícitamente. Esta versión se centra principalmente en la doctrina de Comte, que marca el inicio de lo que propiamente se entiende por positivismo: el sistema que considera objeto de conocimiento únicamente los hechos de experiencia y sus conexiones.

Fundamentos y Autores Clave del Positivismo

La historia del positivismo se remonta a finales del siglo XVIII y principios del XIX con Auguste Comte como principal exponente, aunque no se puede obviar a otros autores, como Henri de Saint-Simon. A mediados del siglo XIX destacaron también las aportaciones en esta materia de Charles Darwin o, entrados en el XX, las de Theodor Ziehen, por mencionar solo algunos de ellos. El pensamiento de su fundador, Auguste Comte, influyó en gran medida en la visión del mundo que prevaleció en las naciones industrializadas y desarrolladas en buena parte del siglo XIX y, desde ellas, se extendió a otros países.

Auguste Comte (Montpellier, 1798- París, 1857) es considerado el fundador de la corriente positivista. Comte señala que el hombre ha ido pasando por diferentes fases a la hora de desarrollar y configurar su línea de pensamiento, las cuales se pueden resumir en:

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  1. La teológica, que se servía de la mitología y las creencias para explicar la realidad.
  2. La filosófica, en la que el hombre se empezó a preguntar por la razón primera de las cosas.
  3. La positiva, en la que cada realidad necesita de un estudio científico que compruebe la premisa abordada.

Para Comte, no hay más conocimiento que el científico-positivo. La especulación positiva no pretende ser contemplación de la verdad, visión de las cosas, sino posesión de la ley de sucesión de los fenómenos para dominar el curso de los acontecimientos naturales. El único valor de la ciencia consiste, entonces, en proporcionar la base teórica para la acción del hombre sobre las cosas. Comte entendió la nueva ciencia como la forma más prometedora de acceso a la realidad y como la mejor apuesta a favor del progreso humano. En la visión comtiana, el hombre queda reducido a un ser natural, que responde a las leyes universales en gran parte previsibles.

Otros autores relevantes para el positivismo incluyen:

  • Henri de Saint-Simon (París, 1760-1825): Coetáneo de Comte, su pensamiento socialista fue clave en la construcción de las líneas de pensamiento positivistas.
  • Charles Darwin (Reino Unido, 1809-1882): La interpretación de los signos del progreso como resultado de una ley natural de la historia general del conocimiento, por la que este superaría los atavismos de periodos necesariamente menos afortunados solo por ser anteriores, fue una de las corrientes intelectuales más extendidas a mediados del siglo.
  • Herbert Spencer: Sus teorías de la evolución social, al equiparar el progreso social con el progreso biológico y extraer deducciones morales de la evolución, entendían el progreso como espontáneo y automático.
  • Émile Littré (1801-1881): Discípulo francés de Comte, que defendió la filosofía "científica" de su maestro sobre la "religiosa".
  • Pierre Laffitte (1825-1903): El más comtiano de los positivistas, dedicado a difundir y defender la doctrina de Comte.
  • Hippolyte Taine (1823-1893): Aplicó los principios y el método positivista al arte, la literatura y las ciencias históricas, considerando toda la vida humana como expresiones de un mecanismo regulado por leyes naturales.

El Positivismo en México y el Porfiriato

Tal vez no exista otro periodo en la historia de América Latina tan marcado por la influencia de una doctrina europea como el de fines del siglo XIX y principios del XX. La base ideológica más importante del porfirismo fue el positivismo, corriente filosófica, sociológica e histórica que surge en el siglo XIX, en Francia con August Comte y Emile Durkheim, en Inglaterra con Herbert Spencer, entre otros. No fue específicamente mexicana o porfirista aquella instrumentación del positivismo como guía doctrinal de las políticas públicas: fue latinoamericana. Los intelectuales porfiristas mexicanos del siglo XIX asumieron como suyos los postulados de la filosofía positiva, pero comprendieron que el éxito de aplicarlos dependía de que pudieran ser adaptados “a realidades estrictamente mexicanas”, como puntualiza Zea en El positivismo en México.

Esta filosofía surgió como reacción contra aquellas posiciones religiosas, filosóficas, políticas e incluso científicas que no fundamentaban sus juicios ni sus conclusiones en datos y constataciones empíricas. “El francés Comte opuso a la ideología revolucionaria de libertad sin límite, la idea de una libertad ordenada, de una libertad que sirviera al orden. A la idea de igualdad opuso la idea de jerarquía social. La sociedad tiene que estar por encima de los intereses de los individuos. En ellas los filósofos y los sabios bien preparados deberán dirigirla dentro del orden más estricto, conduciéndola hacia el progreso más alto.” Este ideal de orden social fue traído a México como una política nacional. El positivismo es una ideología conservadora que tiene como fin el establecimiento de un “orden” en la sociedad.

El positivismo fue introducido en México por Gabino Barreda, Porfirio Parra, Pablo Macedo, Justo Sierra, Joaquín D. Casasús, José Yves Limantour, Emilio Rabasa, entre otros. Los positivistas mexicanos o “científicos” ejercieron una gran influencia en la orientación política y administrativa del gobierno porfirista, ello se debe a que muchos de ellos ascendieron a los más altos niveles de la burocracia y de la escala social y se convirtieron en importantes asesores de Porfirio Díaz. Según el filósofo Leopoldo Zea, la adopción del positivismo significó un rechazo al liberalismo inicial de la burguesía en la medida en que este podía justificar la exigencia de libertades y derechos que se contraponía al orden deseado. La burguesía no necesitaba más una filosofía de combate contra las clases conservadoras, requería de una que legitimara y ayudara al desarrollo del progreso con orden.

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Esto fue precisamente lo que se intentó hacer durante la ‘política científica’ de finales del siglo XIX, que implementó el positivismo y su metodología, basada en fundamentos científicos y técnicos, a las realidades del país para intentar solucionar los problemas nacionales. La incorporación en México de la política positiva, i.e., la mezcla de política y postulados científicos, se debió al periódico La Libertad (1878-1884). Este periódico fue importante porque defendió los derechos de la sociedad, el orden y la paz, y constituyó “el primer órgano del positivismo mexicano que aplicó los principios de dicha filosofía para proponer una serie de medidas políticas”. Además, introdujo la idea de que el bien general y colectivo debía imperar sobre el bien individual, ya que el individuo era parte de una categoría más amplia llamada sociedad, por lo que quedaba subsumido a ésta.

Con ello se fue incorporando y consolidando la idea de que lo importante era hablar de colectividad (nación) y no tanto de individualidad, porque los grandes motores del progreso nacional no se enfocaban en la realización integral del individuo, sino en el desarrollo económico, en la reorganización administrativa y en el fomento a la educación nacional bajo una perspectiva científica. Para los positivistas el orden social y progreso en México no era posible alcanzarla con un gobierno democrático y protector de las libertades individuales, más bien había que hacerlo por la vía de un gobierno fuerte y autoritario, lo que en realidad sería la dictadura. Esto solo sería posible por el gobierno de un jefe supremo que se convirtiera en el motor del progreso material de la sociedad. Con esta ideología se justificó una dictadura sustentada en una oligarquía o sociedad de privilegios.

Leonardo Lomelí regresa creativamente a este tema clásico de la historiografía mexicana. Su tesis central es persuasiva y consistente: al entrar en contacto con el positivismo, el liberalismo porfirista se volvió oligárquico y llegó a defender la limitación de derechos políticos de la mayoría demográfica del país.

"México: su evolución social" como Expresión del Positivismo

Un ejemplo de las muchas respuestas que se han dado a las preguntas fundamentales de la historiografía es la monumental obra México: su evolución social. Esta obra, pensada como una interpretación del desarrollo histórico de la nación mexicana a partir de las herramientas teóricas y metodológicas de la doctrina positivista, en sus diversas vertientes, bien puede ser considerada la obra cumbre de la historiografía porfirista, y ello tanto por sus postulados como por su consistencia teórica. Fue publicada durante el ‘porfirato’, es decir, durante el periodo de gobierno del presidente Porfirio Díaz (1877-1911) y en el contexto de la llamada ‘política científica’ de corte positivista. Desde su planeación fue pensada como una obra única, por eso fue financiada por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (encabezada en aquel momento por José Yves Limantour) y publicada por el importante editor Santiago Ballescá.

Su objetivo aparece claramente en el contrato entre el editor y la Secretaría de Hacienda: “Dar a conocer en el país y en el extranjero, la importancia de los progresos que México ha conquistado en todos los ramos del saber y de la actividad. […] La obra será publicada con todo el lujo correspondiente a su importancia y en la ilustración se emplearán los procedimientos más modernos y perfectos en la encuadernación y hará grabar el editor Ballescá una plancha de lujo; la obra comprenderá tres ediciones: una en idioma castellano, otra en francés y en inglés la tercera”. Se publicó en la Ciudad de México y fue dividida en dos tomos pero en tres volúmenes. El primer tomo se dividió en dos volúmenes, el primero publicado en 1900 y el segundo en 1902, mientras que el segundo tomo (un único volumen) apareció en 1901. Consta de dieciséis partes temáticas que tratan asuntos tan diversos como el territorio, la ciencia, la evolución mercantil, la literatura o la educación nacional.

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Aunque no hay una estructura clara ni bien definida, pues cada capítulo puede revisarse con independencia del resto, eso no significa que la obra no tenga unidad; de hecho, presenta un sentido de totalidad y eso se debe en gran medida a que fue dirigida por un solo individuo: Justo Sierra. Junto con Sierra colaboraron en el equipo editor catorce personas, aunque los autores de los artículos fueron sólo trece, nacidos todos entre 1839 y 1873 y originarios de distintos estados de la república mexicana, lo que enriqueció la publicación al darle una perspectiva amplia y diversa sobre la realidad nacional. Los trece autores participantes fueron los abogados Manuel Sánchez Mármol, Julio Zárate, Genaro Raigosa, Miguel S. Macedo, Pablo Macedo, Ezequiel A. Chávez, entre otros.

Debemos recordar que México: su evolución social no fue la primera obra de su tipo y, por lo mismo, hubo textos que influyeron decisivamente en su planeación. Algunos de estos fueron:

  1. El Diccionario universal de historia y geografía (1853-1856) en 10 tomos.
  2. Algunas ideas sobre la historia y manera de escribir la de México (1865) de Manuel Larráinzar.
  3. Estudios sobre la historia general de México (1875-1877) de Ignacio Álvarez en 5 volúmenes.
  4. Historia de México (1876-1882) de Niceto de Zamacois en 20 volúmenes.
  5. History of Mexico (1883-1887) de Hubert H. Bancroft en 14 volúmenes.
  6. México a través de los siglos (1884) de Vicente Riva Palacio en 5 tomos.
  7. “México social y político: apuntes para un libro” (1889) de Justo Sierra.

Las dos últimas obras fueron especialmente influyentes para México: su evolución social. A pesar de no ser la primera obra de su tipo, México: su evolución social superó a las que le antecedieron y se convirtió en la recopilación historiográfica más importante del porfiriato. Por eso el historiador Álvaro Matute ha argumentado que es un documento historiográfico e ideológico invaluable, ya que contiene “el credo fundamental del porfiriato” así como otros elementos influyentes para la Revolución mexicana. La impronta positivista de la obra se manifestó no sólo en el uso e incorporación de categorías positivas, sino también en la pretensión y búsqueda de un saber histórico que teniendo en cuenta el cuerpo social sirviera de orientación al poder. Esta concepción terminó por ser la dominante en el México de finales de siglo, lo que explica por qué México: su evolución social presentó un carácter positivista al concebir, entre otras cosas, un sujeto de la historia no en términos individuales, sino en términos de fuerzas colectivas y grupos organizados.

Método y Concepciones del Positivismo en la Obra

En cuanto al método de investigación empleado en la obra, es palmario que la mayoría de los autores se sirvió de la metodología científica de corte positivista. Ésta era la herramienta en boga, considerada la más eficiente, rigurosa y exacta para estudiar los hechos sociales. El método histórico positivista utilizado tuvo como eje motor dos operaciones propias del positivismo comteano: el “análisis” y la “crítica”. Por medio del ‘análisis’ se examinaron las fuentes en su aspecto externo, precisando fechas, autores, autenticidad de la información, de las fuentes, etc. A través de la ‘crítica’ se estableció una valoración sobre qué partes podían ser utilizadas y cuáles no, para posteriormente implementar clasificaciones y relacionar unos hechos con otros.

En términos generales podemos decir que la forma en la que los autores se acercaron a sus temas fue comparando, comprobando, describiendo y explicando la información recabada, con el propósito último de prever prospectivamente el devenir de los acontecimientos que estudiaban. Esto último, que no era sino un anhelo de progreso, hizo pensar a los autores que los únicos capaces de guiar a la humanidad hacia algo mejor eran aquellos que se servían de la metodología de los planteamientos científicos. En cuanto a las fuentes, todos los autores compartían el afán por documentar, por lo que consideraron imprescindible fundamentar bien sus escritos. En relación a esto, los colaboradores utilizaron básicamente fuentes documentales aunque muchas veces no las citaron expresamente. Pese a esto, es de valorar su honestidad al reconocer sus propias limitaciones, ya que desde el primer volumen, en la página dedicada “Al lector”, admiten que “no osamos suponer que de nuestros estudios puedan inferirse previsiones exactas”.

Pese a lo anterior, en la obra se reprodujo la actitud de los historiadores positivistas, pues mientras unos autores se empeñaron en la precisión y en el principio de la demostración de los hechos, cayendo en el detalle y dejando de lado la búsqueda y formulación de leyes (haciendo por ello estudios puramente monográficos), otros se preocuparon por las relaciones que entretejen y dan sentido a los hechos, encontrando conexiones y regularidades en el proceso histórico. El hecho de que la obra haya sido organizada en partes o capítulos temáticos desarrollados cronológicamente, acorde a las grandes etapas de la historia nacional, refleja el peso de la concepción organicista fruto de la influencia positivista y de las teorías de la evolución social, sobre todo de Herbert Spencer.

La concepción organicista spenceriana permeó sobremanera la configuración y metodología de la obra, al entender a la sociedad, y por ende a la nación, como una especie de “organismo” social, esto es, como un ser vivo, complejo, relacionado entre sí y con su “medio”. Por eso, para estudiar ese organismo (México) había que tener una visión amplia y completa, lo que se lograba articulando temáticamente (orgánicamente) los diversos conocimientos que hasta entonces se tenían. La cita anterior contiene términos como ‘gestación’, ‘organismo’, ‘vitalidad’ y ‘civilización’, lo que pone de manifiesto no sólo la concepción positivista de la obra, sino, sobre todo, su metodología histórico-cientificista.

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