Descubre Cuándo y Cómo las Mujeres Revolucionaron el Trabajo Asalariado: ¡Una Historia que Cambió el Mundo!post-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Introducción

Así, históricamente, la mujer tuvo un rol estrechamente relacionado al ámbito doméstico-familiar, en rigor al espacio privado, mientras que la responsabilidad de proveer los medios de subsistencia y representar a la familia en el espacio público se atribuyó a los hombres. Esto ha condicionado y minimizado la participación de las mujeres en el mercado laboral, ya que la realización de actividades asalariadas era o bien inexistente, o bien escasa, en sectores inestables, con malas condiciones y salarios bajos, y además siempre acompañada de responsabilidades domésticas. La invisibilización de la mujer se basaba -principalmente- en estereotipos convertidos en hechos irrefutables construidos a partir de cualidades físicas y biológicas de las mujeres, lo que permitió edificar un sistema de creencias que despreciaban su capacidad como trabajadoras óptimas. A lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX se evidenció el paso de las mujeres del espacio privado al público, pero este fenómeno estuvo teñido por una fuerte opresión de la mujer en el espacio doméstico y laboral, en tanto que ambos se construyen como espacios en que las desigualdades y las relaciones de poder entre ambos sexos cobran especial visibilidad y relevancia.

La histórica marginalidad de las mujeres en el espacio laboral

La imagen asumida en las sociedades occidentales del hombre proveedor de la familia y la mujer dedicada al hogar y los hijos, que tanto la teoría económica como la tradición les atribuían, fue uno de los primeros retos que asumió la historia de las mujeres. Cuando las tareas domésticas y productivas se realizaban en el mismo espacio o mundo doméstico, la división sexual del trabajo entre marido-mujer, hermanos varones y hermanas, no se percibía como una desigualdad, ni se desvalorizaban las tareas domésticas. Al definirse estos dos espacios, público y privado y monetarizarse más la economía, el trabajo asalariado del hombre, el que gana el dinero, adquiere mayor importancia que el trabajo no remunerado de la mujer, aunque evite gastar. La relación entre ambos cónyuges se desnivela, pasando el hombre a tener un poder diferente sobre la mujer, ya no asentado en la tradición y en las costumbres de los estereotipos femenino y masculino, sino más ligado a una identificación con la jerarquía en la fábrica. La división del trabajo según el sexo se va a dar en función de una supuesta condición femenina biológica, que le otorgaría habilidades para realizar tareas que serían una prolongación de las que realizaba en el ámbito hogareño. Los argumentos de su escasa cualificación o su falta de formación en capital humano del trabajo femenino, trataron de justificar los bajos salarios y la asignación de tareas consideradas de menor estatus. La economía política fue uno de los espacios clave en que se originó dicho discurso, bajo la afirmación de que los salarios de los hombres debían ser superiores y suficientes para mantener a sus familias.

En sí, la Revolución Industrial favoreció la inserción de las mujeres en empleos remunerados. A finales del siglo XVIII, con la Revolución Industrial, las mujeres empezaron a incorporarse en el mundo laboral. Si bien la Revolución Industrial requirió de la incorporación de la mujer a la producción fabril, una suerte de división secreta del trabajo liberó al hombre para la actividad pública mientras recluía a la mayoría del sexo femenino dentro de límites análogos a los del espacio privado. No es casual que las mujeres fueran llevadas a incorporarse a la industria textil y sus derivados, a la industria alimenticia y farmacéutica, y a los servicios como maestras, enfermeras, secretarias, ascensoristas, telefonistas y sirvientas. El que la mujer saliese de su casa para incorporarse al mercado de trabajo, dependía de la situación económica familiar. Es decir, las familias más pobres eran las que necesitaban sobre todo, que la mujer aportara un jornal. En las ciudades su principal destino era el servicio doméstico, por ejemplo, en Barcelona en 1856, el 40% de las trabajadoras eran sirvientas y en Francia el 28%.

Con el auge de la industria, las mujeres se vieron obligadas a integrarse poco a poco en la fábrica, convirtiéndose en figuras demandadas, entre otras razones, por el bajo costo que importaba su contratación. Debido a la mayor demanda de mano de obra femenina, la mujer fue saliendo poco a poco, llegando a desempeñar una doble tarea: dentro y fuera del hogar, por lo que el trabajo industrial de las mujeres era visto como una amenaza contra la estructura familiar. Lo que en esa época pareció no advertirse, fue que las mujeres que se incorporaron al trabajo fabril, seguían garantizando la reproducción familiar. El peso de las tareas domésticas, la administración de la casa y la crianza de los hijos, continuó bajo la órbita femenina. No hubo sustitución de una función por otra, sino una doble función. Las consecuencias para las mujeres en términos de salud, libertad y desarrollo laboral, han sido muy importantes, negativas y sentidas hasta en la actualidad. Este hecho permitió desarrollar en las mujeres una conciencia de clase, pero también de género, antecedente de los posteriores movimientos feministas.

A fines del siglo XIX las mujeres no eran contratadas en determinados sectores, tal como precisan Sidney y Beatrice Webb: "en la extracción de carbón o en la fabricación de motores, en la construcción de barcos o de casas, en el servicio de ferrocarril o en la marina mercante, nunca se le ha ocurrido ni al empleador más económico sustituir hombres por mujeres". Así entonces, "[l]a radical prohibición del trabajo de mujeres en las minas subterráneas no fue una demanda sindical, porque los mineros entonces estaban desorganizados. Fue fruto de la presión de los filántropos por razones de moralidad". La intensidad del rechazo de la mujer en el lugar de trabajo alcanzaba no solo a las clases conservadoras, sino también al artesano en tanto veía como un peligro para su nivel de vida el hecho de que los empleadores especularan con la sustitución de hombres por mujeres atendiendo a su bajo salario en virtud de su escaso "estándar de confort", y además considerando que a menudo estas son "mantenidas gracias a otras fuentes". Los empleadores, por su parte, utilizaban la mano de obra de las mujeres pagando salarios muy por debajo del estándar, de manera de romper la posición salarial de los hombres en desmedro de estos, o incluso utilizaban trabajadoras mujeres como esquiroles o rompehuelgas, lo que da cuenta de su marginalidad. El trabajo de las mujeres era particularmente resistido y descalificado en las épocas en las que escaseaba el trabajo. En La Protesta, en 1919, "…Existen a millares los hombres sin ocupación alguna y se habla del trabajo de la mujer…No somos enemigos de la emancipación moral de nuestras compañeras, las colocamos en el mismo nivel ético e intelectual del hombre, pero somos enemigos de aquellas que blasonando de modernistas y liberales encuentran la emancipación de la mujer en el taller o en el voto". La descalificación hacia la mujer trabajadora era el reverso de la moneda de la idealización de las cualidades femeninas en tanto permaneciera en un único rol, aunque adquiriese derechos jurídicos y cívicos.

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Esta falta de presencia en el mercado laboral importaba una escasa y casi nula participación en la vida sindical, cuestión que puede ser explicada -como ya se indicó- por la expectativa que se imponía a la mujer de dedicarse al cuidado del hogar y la reproducción o crianza. Precisa Stiepovich: "Las mujeres son educadas en la ambigüedad, para ser individuos dependientes de sus cónyuges e independientes para enfrentar momentos difíciles. No se favorece su ambición, o se la favorece mientras sea compatible con su rol futuro de madre y esposa". El advenimiento del modelo de trabajo fordista -contrato fijo, a tiempo pleno, con salario familiar y protección social- contribuyó a consolidar los viejos prejuicios sobre los sexos en el terreno laboral, ya que la participación laboral era fundamentalmente masculina. Pues bien, esta escasa y precaria participación de la mujer en el trabajo visible para desempeñar un papel auxiliar ocurre a cambio de un sacrificio que es convenientemente silenciado: el no abandono del trabajo doméstico, invisible y aparentemente carente de valor. En efecto, esta "segunda jornada" continúa siendo considerada como una tarea que carga exclusivamente la mujer. Esto impacta negativamente de varias maneras ya que: por un lado, se niega el valor económico de los trabajos que generalmente la mujer ha realizado; y, por otro, se reafirma que la mujer nace con rasgos físicos y espirituales que la destinan por naturaleza a cumplir determinado tipo de labores. En definitiva, queda expuesta la falta de poder de las mujeres y su ubicación en la economía como agentes marginales y no competitivos, asignadas no al mundo de los valores, sino al de los intercambios simbólicos no mercantiles y las actividades familiares: lo doméstico y lo comunitario.

Evolución de la población en Argentina (1895-1947)

Año del Censo Población Total Población Argentina (%) Población Extranjera (%)
1895 4.044.911 70% 30%
1914 7.903.662 65% 35%
1947 15.893.811 85% 15%

Me pregunto qué había detrás de ese interés por preservar la maternidad, la función reproductiva y la crianza de niños que serían los ciudadanos del futuro, a la medida de los intereses de los diferentes grupos?. La lucha por el poder, el temor del hombre obrero a perder puestos de trabajo en manos de las mujeres, su autoridad indiscutida en el hogar, esa autoridad que tiene quien provee el sustento a otro que al no poder hacerse cargo de sí mismo, queda en situación de dependencia. La alteración de un orden familiar y social que planteaba un escenario desconocido para el hombre, quien debe haberse sentido muy amenazado porque lo que se le planteaba era una pérdida sin ninguna adquisición. Frente a la heterogeneidad, qué mejor escudo que la homogeneidad de la familia nuclear, tal como se conocía? Además, esta postura contaba con todo el aval y la prédica de la Iglesia Católica.

Hacia la visibilización de la mujer en el espacio laboral

Así pues, poco a poco el mundo del trabajo se feminizó fuertemente ya a finales del siglo XIX, aunque este fenómeno tardaría aún varias décadas en consolidarse. Un aspecto social importante del inicio de la industria en Chile, fue el aumento de la participación de las mujeres en este sector económico desde fines del siglo XIX. El trabajo femenino, realizado tanto en establecimientos fabriles como en domicilio, empleó entre uno y dos tercios de las mujeres activas mayores de 12 años. Según datos estadísticos, hacia 1907 las mujeres constituían casi un tercio de la población económicamente activa, conformando la mayor parte de la fuerza de trabajo de esas ramas económicas. La clásica identificación del trabajo remunerado con los hombres y el cuidado del hogar con las mujeres, se vio desafiada por la creciente participación femenina en el mercado laboral urbano.

Será durante el siglo XIX cuando comiencen a surgir movimientos sufragistas vinculados inicialmente al naciente movimiento socialista y comunista. Es el caso de Flora Tristán, una de las primeras feministas socialistas, y que vinculó la lucha por la emancipación de la mujer con la lucha de la clase trabajadora. Es a partir del siglo XX cuando el movimiento feminista se desarrolla con más fuerza. En marzo de 1908, 15.000 obreras textiles marcharon por la ciudad de Nueva York exigiendo mejores salarios, la reducción de la jornada laboral, y el derecho al voto. Las mujeres ocupaban el 60% de los puestos de trabajo en las diferentes subcontratas, cobrando entre 3 y 4 dólares a la semana frente a los entre 7 y 12 que cobraban los hombres en las industrias principales. La huelga tuvo que enfrentarse al comienzo no solo con la represión de empresarios y autoridades, sino con la oposición de los principales dirigentes sindicales de la AFL (Federación Americana del Trabajo), que menospreciaban el trabajo de las mujeres, rechazando la igualdad salarial y que se equipararán los salarios entre hombres y mujeres. Esta lucha supuso un fuerte impulso en la lucha de las trabajadoras y los trabajadores por mejores condiciones de vida, extendiéndose durante los siguientes 5 años en otros sectores y fábricas.

En 1907 diferentes revolucionarias socialistas fundan e impulsan la Internacional Socialista de Mujeres, y posteriormente, en 1910 en Copenhague, Clara Zetkin propone al Congreso de dicha Internacional que se establezca el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en homenaje a todas las mujeres que dieron su vida en la lucha contra la explotación capitalista, y por la plena igualdad y el sufragio universal para todas las mujeres. Finalmente en 1911 se celebra por primera vez el día de la Mujer Trabajadora en Austria, Alemania, Suiza y Dinamarca, con mítines de masas, llegándose a concentrar un millón de personas. Durante la Primera Guerra Mundial la celebración se centra en exigir la paz y denunciar la carnicería imperialista, destacando especialmente el ejemplo de Rosa Luxemburgo, encarcelada en 1916 por oponerse públicamente a la guerra y por difundir propaganda contra la misma. Finalmente, en febrero de 1917, en medio de una tremenda hambruna, estalla la revolución en Rusia. La carestía de la vida, tal y como ocurrió 100 años antes con la revolución francesa, lleva a las obreras de Petrogrado a la huelga, exigiendo pan y paz, y sorprendiendo tanto al régimen zarista como a las propias organizaciones socialistas. Dicho levantamiento provocará poco después la caída del Zar, y meses después el triunfo de los Bolcheviques. Una vez tomado el poder por los trabajadores, se conforma el primer Gobierno Soviético, donde por primera vez en la historia habrá una mujer, Alexandra Kollontai, designada Comisaria del Pueblo de Asistencia Pública. Se declaró el 8 de marzo como día festivo, la mujer conquistó el derecho al voto, la igualdad plena en el seno del matrimonio, así como el divorcio y el aborto gratuito. Se impulsaron los servicios sociales, comedores, guarderías, para tratar de liberar a la mujer de la pesada carga del hogar. A mediados del siglo pasado, cada vez trabajaban más mujeres en las fábricas, sobre todo a causa de los conflictos bélicos. En 1977 la Asamblea General de la ONU estableció el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, excluyendo el término de Trabajadora, con el objetivo de descafeinar el contenido de clase revolucionario que dio origen a esta celebración.

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En efecto, el ingreso masivo de la mujer al mercado de trabajo se dio hacia la década de 1970, lo que supuso un cambio notable en la composición de este y a la vez trajo consigo una modificación de la estructura familiar, y especialmente, de los roles sociales tradicionales. Este incremento tiene múltiples hitos que resultan indicadores del fenómeno, algunos de índole económica, atendiendo a la constricción del ingreso familiar con motivo de crisis, lo que generó la necesidad de complementar el ingreso del hombre; otros refieren al incremento en los niveles de educación y formativos de las mujeres, o incluso al proceso acelerado de urbanización. Los factores de modernización que propician la presencia de las mujeres en actividades extradomésticas y remuneradas son varios: la creciente urbanización vinculada con la consolidación del proceso de industrialización; la expansión y diversificación del terciario; la reducción de la mano de obra agrícola; y la creación de empleo en los sectores modernos. Estos factores han conducido a cambios en la composición del mercado del trabajo, con enormes consecuencias para las mujeres, en tanto han animado un proceso de feminización de la mano de obra, no solo porque aceleran la entrada de las mujeres a la actividad económica, sino porque las formas de ocupación más frecuentes corresponden cada vez más a aquellos tipos de empleo, ingresos y falta de seguridad laboral que tradicionalmente han distinguido a la ocupación femenina.

En este escenario, gracias a las fuerzas de los feminismos, que desde fines del siglo pasado y con más fuerza en la actualidad impulsaron una profunda transformación cultural, se ha alcanzado el reconocimiento de los derechos de las mujeres, lo que ha producido un cambio en el ámbito laboral, en donde el trabajo femenino ha conquistado más espacios de relevancia, de forma de terminar con la hegemonía masculina, blanca y burguesa dominante. Precisamente, a partir de la década de 1990 se avanzó hacia la construcción de derechos a favor de la inclusión de las mujeres, reconociéndose a través de normativas internas, por ejemplo, aspectos vinculados a la maternidad, la participación sindical y la igualdad salarial, entre otros; como así también a nivel internacional, ratificándose diversos tratados internacionales cuya temática central fue la mujer y su protección. En rigor, se visibiliza que la división del trabajo de acuerdo al género no resulta de una diferencia natural e inherente entre hombres y mujeres, sino que se trata de un concepto socialmente determinado. El género se crea activamente a través de diversas formas de autoexpresión, comportamientos e incluso acciones inconscientes que se aprenden lentamente a lo largo de la vida siguiendo las pautas de los guiones sociales dominantes. Esta afirmación se condice con lo enunciado por Simone de Beauvoir respecto a que la mujer no nace, se hace.

El trabajo a través de plataformas, ¿reproduce la marginalidad femenina?

No obstante, el escenario actual demuestra que aún las mujeres continúan posicionándose en el mercado laboral en forma desventajosa respecto a los hombres. Con mucho esfuerzo y sacrificios hemos obtenido conquistas importantes, pero seguimos padeciendo la misma explotación que impulso en 1910 a las 20.000 camiseteras neoyorkinas: contratos precarios, subcontratación, bajos salarios, etc. La generalización de la precariedad laboral ha terminado por afectar en mayor medida a las mujeres en tanto colectivo más vulnerable; basta un simple análisis de la realidad para evidenciar que las mujeres no gozan del mismo trato cuando solicitan un trabajo, cuando se trata del despido o de la promoción profesional o salarial. Gran parte de estas problemáticas han sido recogidas por instrumentos internacionales, a la vez que las distintas tradiciones jurídicas a nivel interno recogen normas de protección que son parte del reconocimiento de la lucha de las trabajadoras por mejores condiciones de trabajo y una vida digna.

En efecto, este cambio de eje surge en un contexto de transformaciones culturales que propician la inserción de las mujeres en el espacio del trabajo asalariado; sin embargo, no ha cambiado el hecho de que las mujeres sean las principales responsables de las tareas domésticas. Así, la tensión en la relación trabajo doméstico-trabajo asalariado ha estado presente a lo largo de la historia, replicándose hasta nuestros días con una lógica de atemporalidad. La palabra "conciliación" últimamente se ha convertido en el eje central de análisis, informes, discursos y reformas cuando se discute sobre la forma de lograr un equilibrio entre la organización del trabajo asalariado y la vida familiar/personal de los trabajadores en general, pero especialmente de las mujeres trabajadoras. No obstante, cuando se plantea este tema se incide más en el lado familiar que en el laboral, como si este último fuese intocable. Asimismo, supone casi siempre hablar de la mujer como si se estuviera ante un problema individual de las mujeres y no frente a un problema social, colectivo y, por lo tanto, político, debiéndose contribuir por tanto a forzar el cambio de roles y estereotipos en términos de corresponsabilidad.

A principios de este siglo, gracias a las posibilidades ofrecidas por los avances de la tecnología, nace un fenómeno que supone un nuevo modelo de producción con relevantes consecuencias, no solo en cuanto a los modos de producción de bienes y/o servicios, sino también a las formas de trabajo. Al respecto se ha señalado que "[e]l espacio de trabajo se transforma en su interior, se deslocaliza por intermediación tecnológica, se trabaja a distancia y las relaciones se establecen a través de redes. Es notorio el tránsito -en un breve periodo de tiempo- desde una producción de bienes y servicios a través de un modelo fordista, caracterizado por la concentración de un gran número de trabajadores en un centro de trabajo físico, con una estructura organizativa jerarquizada en la que la figura del empleador es fácilmente delimitable, a una segunda etapa, caracterizada por un modelo de empresa descentralizada en la que la mayor parte de sus fases productivas se externalizan a terceros ajenos (ya se trate de otras empresas o de trabajadores autónomos) con el fin declarado de lograr la reducción de costos y la maximización del beneficio; y por último, en la actualidad, nos encontramos en una tercer etapa, el mercado abierto, caracterizado por su deslocalización y por la inmediatez que proporcionan las nuevas tecnologías, lo cual se traduce en precios más bajos, una mayor diversidad de servicios y una mejor adaptación a las demandas de los consumidores. Las ventajas que pueden observarse no esconden una realidad precaria, por cuanto han puesto de manifiesto el surgimiento de un nuevo tipo de trabajador más independiente o autónomo en su gestión, aunque sometido a un "empleador digital" el cual, entre otros aspectos, dirige, controla y evalúa la calidad de sus servicios, y, por tanto, la continuidad de su prestación. En esta ecuación, uno de los colectivos más afectados es el de las trabajadoras.

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