La figura de Victoriano Huerta es central para entender uno de los periodos más turbulentos de la historia de México, marcado por su ascenso al poder, su gobierno dictatorial y la férrea oposición que finalmente lo derrocó.
Orígenes y Carrera Militar Temprana
Victoriano Huerta nace en Colotlán, Jalisco, el 23 de marzo de 1854, según el general historiador Luis Garfias o el 22 de diciembre de 1850, según su municipio natal. Estudia en Guadalajara las primeras letras y en 1869 se ofrece como voluntario cuando pasa por su pueblo natal el general Donato Guerra, a quien sirve como secretario. En 1871 solicita a Benito Juárez, como “hijo del pueblo”, la oportunidad de ingresar al Colegio Militar. Así se convierte en uno de los mejores alumnos de su generación, se dice que merece el elogio de Juárez.
Al egresar, su carrera corre paralela al gobierno de Porfirio Díaz y se inicia como teniente de la Plana Mayor Facultativa de Ingenieros. Por sus altas calificaciones obtiene una beca para estudiar en Alemania, pero motivos familiares le impiden disfrutarla. Trabaja como ingeniero en las reparaciones del Castillo de San Juan de Ulúa. En 1879 participa en la campaña de Occidente a las órdenes de Manuel González, durante la cual puso en práctica algunas mejoras, como reducir la impedimenta de la infantería y regularizar el pago de los elementos para evitar insurrecciones. En la campaña contra Manuel Lozada, “el tigre de Alica”, traba amistad con el general Bernardo Reyes.
Es ascendido a teniente coronel en 1884 y a coronel en 1890. Desempeña varias comisiones no de armas en los estados de Puebla, Veracruz y Chihuahua. En Guerrero combate con mano dura a los rebeldes, sin tomar prisioneros ni respetar a los pueblos. Conoce entonces al Dr. Aureliano Urritia, quien sería su médico a partir de entonces y ya como presidente espurio, su secretario de Gobernación. En 1901 es adscrito a la Plana Mayor del ejército y es enviado a combatir la rebelión de Rafael del Castillo Calderón nuevamente en el estado de Guerrero. “La mezcla de violencia, brutalidad y traiciones con que se empleó en las campañas contra los indígenas dan la medida del talante autoritario y mezquino del futuro presidente usurpador de México [...] ”.
La Decena Trágica y el Ascenso al Poder
Al estallar la revolución, Victoriano Huerta vuelve al servicio activo. Triunfante el maderismo en 1911, Huerta escolta al exdictador a Veracruz al iniciar su exilio. En 1912, ante la derrota del ejército federal en Rellano, infligida por Pascual Orozco, el presidente Madero le encomienda el combate contra los sublevados. Huerta crea la División del Norte, derrota la rebelión orozquista en Chihuahua y asciende a divisionario. Fomentada por la prensa reaccionaria, su popularidad crece al grado de que tiene que regresar a México para aclarar rumores de su posible traición y es relevado del mando de la División del Norte. Entonces comienza a ser identificado por los exporfiristas como el único capaz de derrocar a Madero.
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El 9 de febrero de 1913, ante la rebelión de Bernardo Reyes y Félix Díaz, Madero lo nombra comandante militar de la capital en sustitución del general Villar que resultó herido. Huerta hace contacto con los sublevados mediante su compadre Enrique Cepeda. En este puesto, durante diez días (la “decena trágica”), Huerta es “incapaz” de tomar la Ciudadela, donde resisten los sublevados Díaz y Mondragón; tampoco hace nada para cortarles los suministros. Al contrario, manda a corporaciones maderistas a atacar frontalmente a los alzados, para así enviarlos a una muerte segura.
Simultáneamente, Huerta acuerda con los sublevados, con un grupo de senadores encabezados por Guillermo Obregón y De la Barra, y con el embajador norteamericano Henry Lane Wilson, el Pacto de la Embajada para sustituir a Madero y convocar a elecciones. Un día antes de consumarse la traición, Huerta es llevado por la fuerza ante Madero por su hermano Gustavo y Jesús Urueta, acusado de conspiración; pero el presidente no encuentra evidencias y lo libera. El 18 de febrero, se realiza la aprehensión de Madero y Pino Suárez en el Palacio Nacional. Al día siguiente, 19 de febrero, Madero y Pino Suárez son obligados a renunciar. Pedro Lascuráin, secretario de Relaciones Exteriores, presenta las renuncias a la Cámara de Diputados, que las admite por una aplastante mayoría y sólo con el voto en contra de unos cuantos diputados; en sesión, la Cámara toma la protesta de ley como presidente interino a Lascuráin, quien en los siguientes cuarenta y cinco minutos, nombra a Huerta secretario de Gobernación y renuncia a favor de Huerta. El 22 de febrero siguiente, Huerta, Félix Díaz, Mondragón y Blanquet deciden ordenar el asesinato de Madero y Pino Suárez.
El Gobierno de Victoriano Huerta: Alianzas y Represión
Al asumir la presidencia, Huerta forma gobierno con casi todos los grupos antimaderistas, desde los ex"científicos" hasta los orozquistas que había derrotado. Cuenta con todos los generales, jefes y oficiales del ejército federal -Felipe Ángeles será el único general que más tarde se unirá al constitucionalismo-, y tiene el apoyo de la mayoría de las clases poseedoras y de sus políticos, temerosos de la rebelión campesina desatada por Madero. La mayoría de diputados y senadores aprueban inicialmente su nombramiento y todos los gobernadores, con excepción de los de los estados de Coahuila, Venustiano Carranza, y Sonora, José María Maytorena, reconocen su gobierno.
Los extranjeros residentes en la capital, la mayoría antiguos miembros del "Círculo de Amigos del General Díaz", aplauden el cuartelazo, al grado de que empresas extranjeras tales como la tabacalera El Buen Tono, de Ernesto Pugibet, lanza nuevas cajetillas con fotografía y servil dedicatoria con los rostros de los generales Huerta, Félix Díaz y Mondragón, y la Casa Wagner y Levien Sucrs, al expresar su incondicionalidad al nuevo gobierno, le ofrece sus tambores y cornetas. De igual modo, algunas empresas japoneses le expresan su disposición a venderle pertrechos de guerra. También cuenta con el apoyo de la Iglesia Católica, especialmente de José Francisco Ponciano de Jesús Orozco y Jiménez, trigésimo tercer obispo de Chiapas y quinto arzobispo de Guadalajara, a quien recibe en Palacio Nacional, y arrodillado besa su anillo pastoral al inicio y al final de la entrevista.
Huerta inicia un gobierno dictatorial y tan sanguinario como lo había sido antes en sus campañas contra los indígenas. Madero y Pino Suárez son sus primeras víctimas, le siguen Belisario Domínguez, Serapio Rendón y muchos más, entre ellos los también diputados Adolfo C, Gurrión, Edmundo Pastelín y Néstor Monroy. Deja crecer la corrupción en todos los ámbitos: en las arcas y obras públicas, en los suministros del ejército, en los nombramientos de funcionarios. El 11 de octubre de 1913, Huerta disolvió las Cámaras por considerar que se habían vuelto un foco de rebeldía. Era, según sus propias palabras, una operación de salud pública que se aliviaría con nuevas elecciones.
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Para asegurar la fidelidad de sus aliados en el golpe de Estado de febrero de 1913, Huerta los premió con ascensos en las filas del generalato. La fragilidad de las lealtades lo persuadió a mejorar la situación del ejército federal, al que incrementó salarios y otorgó ascensos.
Ascensos Militares Clave Tras la Decena Trágica
Victoriano Huerta, para consolidar su poder, otorgó importantes ascensos a generales que apoyaron el golpe de estado. La siguiente tabla detalla algunos de los ascensos más notables y las razones aducidas para ellos:
| General | Rango Ascendido | Méritos / Razones del Ascenso (según el gobierno de Huerta) |
|---|---|---|
| Félix Díaz | General de Brigada | Tomó parte activa en la defensa de la Ciudadela, contribuyendo al restablecimiento de la tranquilidad en el país. |
| Manuel Mondragón | General de División | Promotor inicial del derrocamiento de Madero y firme defensor de la Ciudadela. |
| Manuel M. Velásquez | General de Brigada | Prestó importantes servicios en la preparación y ejecución del movimiento armado que tuvo por objeto hacer desaparecer un régimen que acarreaba la perdición de la patria; fue el segundo jefe militar del movimiento, y al iniciarlo por medio de las armas, recibió cuatro heridas. |
| Aureliano Blanquet | General de Brigada y General de División | Por su eficacia en el mandato de las tropas que se pusieron a sus órdenes para la persecución de rebeldes en las campañas del norte y del estado de Morelos; coadyuvó activa y directamente en el restablecimiento de la paz y la tranquilidad de la nación. |
En el Senado las cuatro peticiones de ascenso fueron atendidas y ratificadas en forma positiva, aunque la de Mondragón provocó sumo revuelo. El senador Gutiérrez Zamora se opuso alegando que Mondragón había tomado las armas para derrocar un gobierno legítimo como era el de Madero, razón por la cual había cometido el delito de rebelión y por ende estaba inhabilitado. Para no dejar lugar a dudas, se preguntó: "El gobierno del señor Madero ¿era un gobierno legal? Sí lo era. El que toma las armas para derrocar un gobierno ¿comete un delito? Sí lo comete. Y si ésta acción es la meritoria para ascender, el Senado sancionará un delito ". El senador Castellot intervino afirmando que no había delito porque días antes se había dictado una ley de amnistía que lo exculpaba a él y al resto de los partícipes en el cuartelazo. Para despejar dudas reiteró que en su artículo la citada ley concedía la amnistía por los delitos de rebelión y sedición, y los conexos a ellos, a todos aquellos que hubieran cometido tales delitos antes del 5 de marzo de 1913. En segundo lugar, agregó que la amnistía era válida tanto para civiles como para militares. Por consiguiente, a juicio de Castellot, Mondragón no era reo de delito alguno al recibir su ascenso. La amnistía había borrado todos los elementos delictivos que pudieran achacársele.
Oposición y Resistencia al Gobierno de Huerta
Sin gran capacidad de negociar con los insurrectos, Huerta consideró que no había alternativa más que la de aplastarlos militarmente. Para su fortuna, desde el inicio tuvo el apoyo casi unánime de las fuerzas armadas. Sin embargo, el ejército federal era obsoleto, estaba desorganizado y carecía del empuje necesario para doblegar a sus opositores. Pruebas había más que suficientes: no pudo doblegar al ejército revolucionario que derrocó a Porfirio Díaz ni la rebelión zapatista que cundió en el México central, así como tampoco otros brotes menores como los encabezados por los Vázquez Gómez, sin olvidar la creciente efervescencia social entre los trabajadores textiles, mineros, ferrocarrileros y petroleros, entre otros.
Huerta tiene que combatir en cuatro frentes principales, todos diferentes: En Coahuila con el gobernador Carranza que enarbola la bandera de la legalidad, cuya burocracia aportó a la lucha su legitimación, organización y administración. En Sonora, con un grupo de clase media capaz política y militarmente, -Obregón, Calles y Adolfo de la Huerta- beneficiado por el maderismo, que buscaba conservar y aumentar sus posiciones. En Chihuahua, con el mayor grupo rebelde de origen popular, -desde jornaleros y rancheros, hasta mineros y ferrocarrileros-, encabezado por Villa, de indudable capacidad militar. En el sur, a un paso de la capital de la República, con Zapata, quien sin subordinarse a Carranza, realiza una imbatible guerra de guerrillas que sólo será dispersada con el asesinato a traición de su dirigente. Huerta, con un ejército agarrotado y sin el apoyo de EUA, sólo se mantendrá a la defensiva en las grandes ciudades.
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Para Huerta era vital neutralizar la inseguridad y la violencia en el campo desatada desde meses atrás, que en enero de 1912 llevó a Madero a suspender las garantías individuales por cuatro meses en Morelos, Guerrero, Tlaxcala y trece distritos de Puebla y del Estado de México. Durante sus primeros siete meses de gobierno, el presidente de la República conferenció en Palacio Nacional con los hacendados de casi todo el país, quienes a cambio de combatir a los rebeldes, le ofrecieron apoyo político y económico. El apoyo provino de los hacendados situados en 18 entidades federativas, a saber: Aguascalientes, Colima, Chiapas, Durango, Guanajuato, Jalisco, México, Michoacán, Morelos, Oaxaca, Puebla, San Luis Potosí, Tabasco, Tamaulipas, Tlaxcala, Yucatán, Zacatecas, y por supuesto el Distrito Federal. Sensible a tal apoyo, el gobierno expidió el 23 de junio de 1913 un decreto de seguridad rural mediante el cual se autorizaba a los hacendados e industriales a formar grupos de hombres armados para resguardar a sangre y fuego sus propiedades. Los hacendados podrían formar grupos no menores de 50 hombres, pertenecientes a una o más haciendas contiguas, para repeler los ataques de las fuerzas rebeldes, y el gobierno se comprometía a aportarles parque, fusiles y oficiales para adiestrar a las fuerzas irregulares. Los nuevos grupos armados en las haciendas y las industrias serían reconocidos como auxiliares de la Policía Rural de la Federación, sujetos a sus reglamentos y a la inspección y vigilancia de la Secretaría de Gobernación.
Reconocimiento Internacional y la Postura de Estados Unidos
Una vez instalado en el poder, Huerta buscó el reconocimiento de la comunidad internacional, el cual logró con la notable excepción del gobierno norteamericano. En principio recibió el reconocimiento de Alemania, Austria, Hungría, Bélgica, Colombia, Costa Rica, China, Dinamarca, Ecuador, España, Francia, Guatemala, Haití, Holanda, Honduras, Inglaterra, Italia, Japón, Mónaco, Montenegro, Noruega, Portugal, Rusia, El Salvador, Servia, Suiza, Turquía y Uruguay, pero no el de Estados Unidos. Si bien el presidente William H. Taft vio con simpatía el derrocamiento de Madero, y hasta cierto punto lo alentó, su sucesor Woodrow Wilson, quien lo sustituyó días después de la Decena Trágica, lo condenó. Bajo tales premisas, Huerta quedó entrampado.
En principio confió en los buenos oficios y el talento de sus secretarios de Relaciones Exteriores para ablandar la postura del gobierno norteamericano, y como medida complementaria, coqueteó con los gobiernos europeos que lo reconocieron. Para contrarrestar la indiferencia del gobierno del vecino país del norte, buscó la simpatía de Francia, Inglaterra, Alemania y Japón, entre otros. En represalia por no haberlo reconocido, Huerta agitó dos banderas para provocar a los Estados Unidos: su secretario de Relaciones Exteriores, Federico Gamboa, les espetó que no tenían derecho a entrometerse en los asuntos internos de México, y para demostrarles de lo que era capaz, el gobierno de Huerta jugó una carta inédita para tales años: la amenaza de la expropiación de la industria petrolera.
Al no recibir el beneplácito del gobierno de los Estados Unidos, y extenderse la revolución en forma inexorable, Huerta anunció la necesidad de aumentar el ejército federal a 80 000 hombres. Como su única opción era la militar, Huerta buscó reorganizar al ejército federal tanto en número como en armamento. Con el paso de los días, hizo todo lo posible para formar un ejército federal gigantesco, más del doble de su tamaño original en los primeros meses de gobierno, y en sus momentos de desesperación el quíntuple, y hasta siete veces más, lo cual implicó varias cosas. En primer lugar utilizó mecanismos coercitivos para reclutar a un número creciente de personas y formar la base del ejército, lo que comúnmente se conoce como las infanterías, y en segundo, aceleró la formación de cuadros de mando. El mandatario conformó una nueva división territorial militar e intentó, sin éxito, incrementar los efectivos del ejército federal.
Caída y Exilio
A mediados de julio de 1914 Victoriano Huerta presentó su renuncia como presidente de México y con la firma de los Tratados de Teoloyucan el ejército federal se disolvió. Desde Puerto México (hoy Coatzacoalcos), porque Veracruz continuaba ocupado por la armada de Estados Unidos, el buque Dresdense encargó de poner rumbo al exilio al ex mandatario, su esposa Emilia Aguilar y cuatro de sus hijas (María Elisa, Luz, Elena y María del Carmen). El 17 de julio de 1914 abordaron el barco que los condujo a Kingston, Jamaica. El capitán informó que “Huerta y el general Blanquet estaban abundantemente provistos de dinero para el viaje, lo mismo que las damas con sus joyas. Huerta tenía consigo cerca de medio millón de marcos en oro."
¿Por qué eligió Huerta radicar en España? Es posible esgrimir varias razones: porque los españoles asentados en México le habían demostrado simpatía y apoyo en contra de la revolución constitucionalista, con respaldo económico. Carranza era señalado como el instigador de la destrucción sistemática de la colonia española en nuestro país y de la persecución al clero católico “sin razón alguna”, muchos de cuyos miembros se hallaban en el exilio o en las cárceles. Victoriano se sentía seguro en España porque este país no tenía relaciones diplomáticas con México y cualquier petición de extradición, no prosperaría. Además, el idioma, la religión, la historia, las costumbres lo hacían sentirse menos desgraciado. En sus memorias el exgeneral escribió: “en este Café Colón donde no hay parrandas ni generales ni muchas otras cosas, yo me aburro. Ya sabe el mozo que tomo coñac, pero hasta el sabor es diferente del que tomaba en México." Diversas crónicas refieren el talante taciturno de Huerta, en cuya mente habitaba un pensamiento fijo, volver a México y quizá recuperar el lugar perdido.
Intentos de Regreso y Muerte
Durante el tiempo que vivió en Barcelona pudo constatar que sus movimientos eran seguidos de cerca por espías carrancistas que trataban de indagar sobre sus planes futuros. No obstante, por alguna razón la entrevista con el emisario del servicio de inteligencia alemán, Franz von Rintelen, no fue detectada. La misión de este personaje era realizar operaciones de sabotaje en contra de los envíos de armas estadunidenses a los aliados; procurar una intervención de Estados Unidos en México con el fin de evitar que aquel país ingresara a la primera guerra mundial. Victoriano Huerta parecía ser el hombre ideal para provocar un conflicto como el que estaban planeando y, al devolverle el poder, conseguirían favorecedores acuerdos.
Cuando Rintelen se entrevistó con Huerta en febrero de 1915, le ofreció, a nombre del káiser Guillermo II, todo el apoyo económico necesario para emprender la lucha contrarrevolucionaria en México. El ex mandatario parecía tener al alcance de su mano la posibilidad de regresar al país, vengarse de Carranza y de Estados Unidos a quienes culpaba de su derrota. Mientras se llevaban a cabo las negociaciones con Alemania, hizo su aparición otro mensajero, el exgobernador porfirista, exembajador de México en Estados Unidos, terrateniente y empresario chihuahuense Enrique Creel, quien ofreció, además de un amplio respaldo económico, el contingente necesario para iniciar la contrarrevolución. Fascinado por tan tentadoras ofertas, Huerta aceptó asumir la jefatura, no sin antes confesar a Creel el ofrecimiento alemán. Puestos los conspiradores de acuerdo, Huerta y Creel se embarcaron en el puerto de Cádiz a fines de marzo de 1915 con dirección a Nueva York.
Al llegar a la urbe de hierro comenzó a celebrar reuniones con antiguos miembros de su gabinete y exintegrantes del ejército federal, así como conferencias secretas con personal de la embajada alemana, entre ellos Karl Boy-Ed (agregado naval) y Franz von Papen (agregado militar), encargados de proveer armas y parque a los dirigentes del movimiento. Por su parte, el siempre eficiente servicio de espías carrancistas y estadounidenses mantuvo informado a sus gobiernos acerca de los planes para iniciar una contrarrevolución. De inmediato el secretario de Estado, Robert Lansing, pidió al fiscal general de Estados Unidos, Thomas Watt Gregory, que reuniera las evidencias para acusar a Huerta de violación a las leyes de neutralidad. Huerta fue advertido de no abandonar la ciudad de Nueva York en ninguna circunstancia, pero a pesar de las advertencias, se dirigió al sur para entrevistarse con Pascual Orozco, encuentro que ocurrió en Newman, Nuevo México.
Cuando se supo de su captura, villistas y carrancistas solicitaron la extradición de quien consideraban su mayor enemigo. La petición no les fue concedida, porque el gobierno estadunidense no reconocía todavía a ninguna de las facciones en pugna. Victoriano Huerta y Pascual Orozco rindieron su declaración en la Corte de El Paso, Texas. A su llegada, numerosas personas entre periodistas y curiosos invadieron la entrada del edificio. Ambos aliados quedaron libres gracias al pago de una fianza, pero sujetos a prisión domiciliaria. Una vez más Orozco escapó y poco después fue muerto por rangers texanos, quienes alegaron haber repelido su ataque. Huerta, mientras tanto, fue nuevamente llevado a presidio para evitar su escape. Amenazado de muerte y con un deteriorado estado de salud, el exgeneral demandó protección y trato decoroso en prisión. En octubre de 1915 el gobierno de Estados Unidos reconoció como gobierno de facto a Carranza. Desarticulado el movimiento contrarrevolucionario, Victorino Huerta murió, debido a su mal estado de salud, a los pocos días de habérsele concedido la liberación, en enero de 1916.
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