Descubre Cómo la Educación Moral Transforma la Persona y Mejora la Convivenciapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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México, al igual que muchas otras naciones en el mundo, ha tenido que afrontar la presencia de actos violentos en la sociedad y, de manera particular, dentro de algunas escuelas. Es por ello que, desde inicios de la segunda década del siglo XXI, se han creado políticas, programas y acciones gubernamentales orientados a la prevención de la violencia escolar, entre ellas, el Programa Nacional de Convivencia Escolar (PNCE), vigente a la fecha, y que tiene como propósito “impulsar ambientes de relación y de convivencia favorables para la enseñanza y el aprendizaje, en las escuelas de educación básica”. Su pertinencia resulta incuestionable, dada la inminente necesidad de fortalecer las relaciones sociales dentro de las comunidades escolares, tomando como base la equidad y el buen trato entre sus miembros, lo cual ofrece posibilidades para fortalecer las relaciones humanas.

La enseñanza de la convivencia debe partir de una formación moral que, basada en principios y valores, fundamente las interacciones con otros, considerándolos como semejantes y merecedores de un trato digno y dignificante, sin el afán de sobreponerse, sin intenciones de lastimar, menospreciar o de ejercer bullying. En este sentido, la educación moral supone una tarea constructiva. Aquí nos aproximaremos a la educación moral en tanto que proceso de construcción o reconstrucción de conocimientos, de valores y de destrezas morales, lo cual contribuye a la configuración de la personalidad moral.

La Construcción de la Personalidad Moral

La educación moral tiene como objetivo prioritario construir personalidades autónomas. La construcción de la personalidad moral es un proceso formativo de complejidad que constituye el nivel regulador de la actividad del sujeto. La personalidad moral no es una fuerza ajena a su conciencia y a su voluntad, sino una construcción que depende de cada sujeto y de los elementos que valora como claves para su adaptación a la sociedad y a sí mismo, según criterios que personalmente se valoran. El sujeto posee la capacidad de criticarse, cambiarse y, en definitiva, construirse creativamente. Esta construcción moral no significa quedar anclados en él, sino que implica una modificación de las prescripciones morales que recibe, sometiéndola a un proceso de reflexión crítica.

El hombre no inventa ni la sociedad ni su moralidad, pero es capaz de seguir su propia decisión según su propio juicio moral, y no de la voluntad ajena. La crítica es una capacidad intersubjetiva que se desarrolla dialogando con los demás y consigo mismo (autorregulación). Esta capacidad que se adquiere a lo largo de su desarrollo, depende también del tono emocional, ya que no sólo razonando: se es crítico razonando y sintiendo. La percepción de algo como moral o de una injusticia no es solo un acto cognitivo, sino también emocional, a veces, una falta de simpatía y de compasión, lo que subraya la importancia del desarrollo paralelo de las capacidades empáticas.

Paradigmas en la Educación Moral

Los paradigmas más representativos de educación moral presentan diversas aproximaciones a esta tarea fundamental. Una de ellas es la educación moral como socialización, que puede llevar a los individuos a la colectividad a la que pertenecen, pero también puede derivar en mecanismos de adaptación heterónoma a las normas sociales, y a la aceptación poco crítica de los valores sociales imperantes.

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Otro enfoque es la educación moral como clarificación de valores, que se limita a un proceso de esclarecimiento personal y a la reflexión de los educandos sobre sus propios valores. Este enfoque, sin embargo, puede derivar en concepciones relativistas de los valores, donde la solución a los problemas morales es un proceso de decisión subjetiva del individuo implicado en ellos, basado en sus procesos personales de valoración, sin ningún otro criterio de orientación moral.

El enfoque cognitivo y evolutivo, basado en el desarrollo del juicio moral, describe la evolución de la persona a través de distintas etapas hacia juicios cada vez más óptimos y valiosos, que son más deseables que los anteriores. Jean Piaget tematizó de forma más amplia este crecimiento o desarrollo, tanto intelectual como moral, describiendo el paso de la moral heterónoma a la moral autónoma. Lawrence Kohlberg, a través de estudios longitudinales y transculturales, estableció estadios de desarrollo moral como más deseables moralmente que los primeros, diferenciando el nivel preconvencional o preconvencional, el nivel convencional y el nivel postconvencional o autónomo. Este proceso busca la autonomía moral, en la que la obligación se basa en relaciones de reciprocidad y en principios básicos y comunes generalizables a los problemas morales y que deberían ser tenidos en cuenta por todos los sujetos afectados.

Finalmente, la educación moral también puede entenderse como construcción de hábitos. Esta perspectiva, inspirada en Aristóteles, adquiere un renovado protagonismo en los debates sobre educación moral, y se refiere a la formación de virtudes. Supone una fuerte presencia y un compromiso por parte del educador en la transmisión de las formas sociales y de los productos culturales que la humanidad ha ido acumulando.

La Convivencia Escolar como Eje para la Formación Moral

Las expertas entrevistadas señalaron que la convivencia escolar constituye un medio para mejorar el ambiente en las aulas y lograr el aprendizaje, pero también refieren que es un fin de la educación, puesto que en la convivencia se practican los valores y se concretan las reglas de comportamiento social. El entorno social es el caldo de cultivo de las formas de convivencia, donde la eticidad, entendida como “el conjunto de ideas de la vida buena” del grupo de referencia, es introyectado como aprendizajes implícitos. La cultura y condiciones sociales posibilitan determinadas formas de vivir que necesariamente implican, determinadas formas de vivir con otros o convivir.

En las sociedades, los sujetos estamos siempre en relación con otros, al vivir junto con otros estamos en permanente necesidad de interactuar con ellos. El concepto de convivencia casi siempre va adjetivado para con ello precisar el tipo de interacciones que se pretende promover. La “convivencia social positiva” se logra cuando las personas experimentan la democracia, la inclusión y la cultura de paz. Las acciones útiles para promover el aprendizaje de la convivencia democrática en las escuelas son el ejercicio de la reflexión y la acción social de manera colaborativa, así como la vinculación con las familias y el entorno, siendo el docente una figura relevante para el logro de este tipo de experiencias.

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De acuerdo con Giménez (2005), la forma de relaciones que se establecen entre las personas genera uno u otro estado o situación-tipo de sociabilidad, dando un carácter dinámico al modelo, en cuanto es posible el tránsito entre estados. En su modelo establece que la convivencia es el estadio ideal, donde se parte de la ineludible y diversa coexistencia con otros, punto intermedio que puede llevar a la convivencia, pero también a la hostilidad. El autor introduce, como elemento caracterizador de esos estados, su aporte a diferentes aproximaciones a la paz, señalando: “en la hostilidad no hay paz, en la coexistencia hay una paz negativa, y en la convivencia una paz positiva”. Esto hace que se visualice a la convivencia como un ideal social, como algo valioso de alcanzar, en contraparte de la hostilidad, que siempre es una situación indeseable, digna de superar.

Situación tipo Características principales
1. Convivencia Las personas se relacionan activamente entre ellas, esa interacción tiene elementos de reciprocidad, aprendizaje mutuo y cooperación. Se comparte el espacio y se respetan y asumen los valores básicos o centrales de la comunidad, así como las normas morales y jurídicas. Distintos intereses son convergentes y se crean vínculos más o menos sólidos entre los sujetos.
2. Coexistencia Se considera un estadio intermedio entre la convivencia y la hostilidad, en el que se establecen fronteras dependiendo de las relaciones. Las personas no se relacionan de forma activa y se vive bastante separados. La relación entre los individuos es de respeto, pero de un respeto más bien pasivo, de dejar hacer, con nulo o poco interés por el otro. Se tiene conciencia de que el otro es diferente y se le deja estar, mientras uno no resulte perjudicado, en cuanto no genere conflictos; apenas hay relaciones intensas y duraderas con quienes se perciben como diferentes.
3. Hostilidad El ambiente es de tensión, de confrontación. Domina la competencia sobre la cooperación; hay propensión al conflicto permanente y frecuentemente desregulado. En las relaciones tiene una alta incidencia la desconfianza generalizada, evitar el contacto físico, el enfrentamiento personal o colectivo, en la pelea, culpabilizar al otro. En los peores momentos, las manifestaciones discrepantes son no verbales, verbales y hasta físicas.

El aprendizaje de la convivencia no se conforma únicamente en los centros educativos, sino que también se aprende a convivir, de una u otra forma, en el grupo de iguales, en la familia y a través de los medios de comunicación. La convivencia es un proceso que se construye continuamente, a partir de la creación de referentes comunes que posibilitan un sentido de identidad en los grupos.

El Diálogo y la Interacción para una Educación Moral Efectiva

Dado que en el centro de la convivencia están las interacciones y que éstas implican procesos de comunicación permanente, la teoría de la acción comunicativa de Habermas (1999) cobra especial relevancia. Esta teoría distingue tres mundos de la vida, desde los cuales los sujetos buscan comunicarse. El mundo objetivo, que tiene como finalidad de la comunicación la eficacia y la verdad; el mundo subjetivo, que se interesa por lograr autenticidad y el entendimiento mutuo, por lo que aquí se ubican las acciones comunicativas; y el mundo social, que pretende la justicia como fin a través de acciones sociales o interacciones entre participantes sin predominancia de uno u otro.

Los procesos de influencia educativa actúan a través de los aspectos tanto discursivos como no discursivos de la actividad conjunta y son sensibles a las características de los contextos educativos en que se llevan a cabo y a la multiplicidad de motivos que guían a los que participan en la actividad conjunta. Es fundamental promover prácticas morales o de valor en las escuelas que, como parte de la vida cotidiana escolar, hagan propicias atmósferas de socialización democrática, y dentro de ellas, la vivencia del respeto, el diálogo, la tolerancia, la comunicación, así como la construcción de esquemas de valores y criterios de juicio moral que posibiliten interiorizar los valores y las formas de convivencia armónicas.

La intervención docente explica cómo, a partir de promover la comprensión de las diferencias personales, se puede observar el desarrollo de empatía, el manejo de emociones y la solidaridad entre el alumnado. Las interacciones de los docentes con sus estudiantes son medios para transmitir valores, para facilitar una convivencia escolar equitativa, respetuosa y solidaria, que ayude a desarrollar habilidades sociomorales tales como la empatía, el diálogo, la autorregulación y el pensamiento crítico, el cual va asociado a la toma de decisiones. Estos esfuerzos de reflexión y acción moral también incluyen el desarrollo de capacidades empáticas, esenciales para la comprensión de las situaciones singulares moralmente relevantes que percibimos. Los resultados de esta construcción moral deben respetar los Derechos Humanos, que consideramos son horizontes normativos deseables.

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Educación Moral en el Preescolar: Forjando la Autonomía

La formación moral debe ser promovida desde los primeros niveles educativos escolares. Considerar la autonomía moral como parte del proceso formativo en el preescolar, lleva a reconocer el papel de la escuela en el desarrollo de la autonomía moral de sus alumnos, en el cuidado de sus emociones y en la apertura de posibilidades para el ejercicio de un comportamiento moral consecuente. Esto estaría contribuyendo a la formación de ciudadanos autónomos.

Las educadoras consideran útiles para promover el desarrollo de la autonomía en educación preescolar estrategias tales como las que propician el trabajo colectivo, el diálogo, el ejercicio de la organización y la posibilidad de elección de los alumnos, cuyas estrategias tienen, como una de sus funciones, la formación de buenos hábitos. La enseñanza de contenidos como el respeto, la justicia, la cooperación, la benevolencia y el amor, que son mutuamente complementarios, no está exenta de componentes cognitivos y reflexivos. En esta etapa, es importante lo que el niño al hacer una acción, y no lo que sabe de la misma, va construyendo paulatinamente a la formación del motivo, propiciando el comportamiento moral. La repetición de determinadas acciones ayuda a interiorizar y almacenar en la experiencia los valores y las formas de convivencia armónicas.

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