Descubre Cómo la Conciencia Moral Define la Dignidad Humana y Transforma tu Vidapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La conciencia moral es aquella voz en nuestro interior que nos orienta en torno a lo que podemos y no podemos hacer, lo que está bien y lo que está mal. Por un lado, la conciencia moral te indica antes de actuar qué está bien y qué está mal; y una vez realizado un acto, te avisa si actuaste correctamente o no. En los dibujos animados, cuando un personaje debe tomar una decisión que podría ser incorrecta, suelen aparecer un ángel y un diablito sobre cada hombro, recomendándole actuar bien o mal.

En los libros de Ética y en el lenguaje común se habla de conciencia moral en dos sentidos diferentes, uno amplio y otro estricto, que llamaremos respectivamente conciencia habitual y conciencia actual. Con la expresión “conciencia habitual” se designa la autocomprensión moral de la persona en toda su generalidad. Así entendida, la conciencia no sólo es un tema importantísimo, sino que es en la práctica toda la moral, vista desde el punto de vista del conocimiento que la persona tiene de ella. En su acepción estricta, la conciencia moral designa un acto concreto de la razón práctica, a saber, el juicio acerca de la bondad o malicia moral de una acción singular que nos proponemos realizar o que hemos realizado ya, considerada con todas sus circunstancias concretas.

La palabra “conciencia” tiene muchas connotaciones en filosofía y se presta por ello mismo a equívocos. En términos latos, “conciencia” expresa la capacidad de percatarnos o saber de algo; en el caso de la conciencia moral sería precisamente darnos cuenta cotidianamente de lo bueno y lo malo, de lo correcto y lo incorrecto, de lo justo y lo injusto. Todo ser humano tiene este tipo de experiencias sin necesidad de ninguna instrucción especial; nuestro abuelo o nuestra vecina tienen tanta conciencia moral como el más reconocido especialista en filosofía moral de una universidad. Todos son capaces de sentirse ofendidos frente a la injusticia o la humillación de otras personas, así como de aprobar que se ayude a quien lo necesite.

El Desarrollo de la Conciencia Moral

Esta conciencia moral no es una propiedad innata de los seres humanos, sino un proceso que se da de manera simultánea con el desarrollo de los individuos dentro de un determinado contexto cultural. Pensadores como Sigmund Freud, Lawrence Kohlberg, Jean Piaget, Jürgen Habermas o Paul Ricoeur, entre otros, se han ocupado del tema.

Teorías sobre el Origen y Desarrollo

  • Para Freud, la conciencia moral inicia con el sentimiento de culpa que surge en el niño al no actuar como sus padres desean. La aprobación o desaprobación de ellos marca el primer sentido de lo bueno y lo malo en el niño. Este proceso incluye, más adelante, la internalización de las normas morales vigentes en su contexto cultural, en donde la figura del padre es sustituida por las autoridades institucionales y las costumbres.
  • Sociólogos como Émile Durkheim o psicólogos como Jean Piaget han propuesto otras teorías sobre el tema. Por ejemplo, Piaget planteó que el niño desarrolla su conciencia moral a partir de la aceptación de reglas de conducta que implican una adecuada interacción con los demás. Estas reglas van desde la acción individual hasta la que implica la cooperación normativa con otros niños. Por ello llama a su propuesta “evolutiva”: se parte de una concepción puramente egoísta de la acción hasta llegar a una solidaria que se refleja en la aceptación de reglas a seguir para poder jugar juntos.
  • Quizá la teoría más importante al respecto es la que han desarrollado Kohlberg y Habermas, quienes plantean que el desarrollo de la conciencia moral se define ante todo por ser de carácter evolutivo y cognitivo, es decir, es un proceso por el cual todos los seres humanos vamos ganando capacidad para comprender valores, reglas, normas y prohibiciones, así como para tolerar y solidarizarnos con personas distintas a nosotros. Según Kohlberg y Habermas, el juicio moral es un proceso cognitivo que se inicia con los estímulos más básicos de la recompensa y el castigo, y termina con la capacidad de conducirnos según principios universales que aplicamos a los casos y contextos particulares.

La mejor manera de entender esta propuesta es mirar nuestro desarrollo moral. Sin duda, cuando éramos niños creíamos que lo correcto y lo incorrecto era lo que nuestros padres decían que era así. Conforme crecemos esto cambia: lo importante ya no es tanto lo que decían nuestros padres, sino lo que en mi comunidad se plantea como correcto o incorrecto, hasta llegar finalmente a emitir juicios morales de carácter universal. Para Habermas la conciencia moral se desarrolla en tres etapas: preconvencional, convencional y posconvencional.

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Si entendemos por convencional aquello que todos aceptan como válido y correcto en una cultura histórica determinada, hay que señalar, en primer lugar, que un niño pequeño asume las normas morales de una manera puramente instintiva o pasiva. Por ejemplo, sabe que no debe tocar la estufa no porque comprenda que puede quemarse, sino porque su madre lo regaña o le da un golpe en la mano cuando la acerca al fuego; de la misma manera que puede asumir que es bueno comer toda la sopa porque, cuando la termina, le dan un pastel o dulces. Se trata de un esquema recompensa-castigo basado en una figura de autoridad. En la etapa convencional, el individuo se identifica con un grupo social, mantiene lazos efectivos con su familia y su entorno cumpliendo con su deber y actuando correctamente.

Finalmente, quizá la etapa posconvencional sea la más importante, porque muestra la capacidad que tiene la conciencia moral de superar las determinaciones impuestas por los contextos culturales. Aquí es donde adquiere un mayor valor la idea de legalidad y justicia como algo que todos, independientemente de su cultura o clase social, deben poder gozar. Esta capacidad para valorar sólo la puede tener un ser autoconsciente y crítico que actúa guiado por normas universales. En su libro Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Kant expresó esto con la tesis del imperativo categórico: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal”.

La Conciencia Moral en la Tradición Judeocristiana y su Dignidad

La terminología de origen cristiano era desconocida por el pensamiento greco-romano. Se suele añadir que también es ajeno a la literatura del Antiguo Testamento. Sin embargo, en el texto griego como en el original hebreo el término "conciencia" es frecuente, en otros términos y bajo otros conceptos. El Antiguo Testamento se refiere a las relaciones con Dios o trata de juzgar su comportamiento con los demás. La ética teológica atribuye a la "conciencia" el Antiguo y el Nuevo Testamento.

En el Antiguo Testamento, la Biblia considera el "corazón" como la sede de los grandes sentimientos. La interioridad del hombre tiene su sede en el corazón. A nuestro tema, en el corazón repercuten el bien y el mal morales. El pecado está grabado en las tablas del corazón (Jer 17,I). Dios "escudriña nuestros corazones" (Rom 8,27; 1 Tes 2,4). Se debe "conocer la llaga del propio corazón" y Dios no desprecia "un corazón contrito y humillado" (Sal 51,19).

La enseñanza neotestamentaria expresa el mundo moral en la intimidad del hombre, también en el corazón. Las mismas enseñanzas se repiten en el Nuevo Testamento. El corazón da testimonio del mal que has hecho a mi padre (1 Re 2,44). Job afirma de sí mismo: "mi corazón no me condena" (Job 27,6). Si nuestro corazón no nos arguye, podemos acudir confiados a Dios (1 Jn 3,21). San Pablo recoge en tres textos el término griego "Syneidesis". En las lenguas modernas se denomina con este vocablo. En Rom 2,14 ss. describe ambas acepciones de la conciencia. Asimismo, la conciencia puede estar "libre de pecado" (Heb 10,2).

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En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se encuentra a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella. Es la conciencia la que de manera admirable le da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo.

Con estas palabras el Concilio Vaticano II, en el número 16 de la Constitución pastoral Gaudium et spes, ponía fin de manera oficial a una concepción legalista de la conciencia que, vinculada casi siempre al problema del pecado y a la manera de evitarlo, marcó toda la teología moral surgida de Trento y las disputas casuistas entre unos sistemas morales en litigio entre el rigorismo y el laxismo. El Concilio ponía la conciencia de las personas en un puesto privilegiado del desarrollo moral. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad.

El Cardenal Newman afirmaba: “Caso de verme obligado a hablar de religión en un brindis de sobremesa (lo que en verdad no me parece de lo más apropiado), brindaré por el Papa, con mucho gusto; pero primero ¡Por la Conciencia! y después ¡Por el Papa!”. Tales palabras nos indican ya la importancia de la conciencia para el santo inglés y, de igual forma, para toda la humanidad. Porque hablar de conciencia, en el fondo, es hablar de la persona misma y de lo más íntimo de su ser. Juan Pablo II en Veritatis splendor afirmaba que la conciencia es la “norma próxima de moral”.

Hablar de discernimiento o hablar del primado de la conciencia, es también reconocer la grandeza de un ser humano a imagen y semejanza de Dios, y en donde más que la imposición sería bueno caminar hacia la propuesta y la formación, hacia el desarrollo de virtudes morales.

Naturaleza y Características de la Conciencia Moral

La conciencia moral es la norma próxima de la moralidad personal, contra la cual nunca es moralmente posible obrar. La conciencia moral es para la persona una norma ineludible, no porque sea la norma suprema o más alta, sino porque es la comprensión última y más próxima al sujeto de la moralidad de la acción.

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Syndéresis

La conciencia moral actual se distingue de la sindéresis, de la ley natural y de la ciencia moral. La sindéresis no puede errar, tampoco puede pecar. Su oficio consiste en protestar contra el mal e inclinar al bien. La conciencia moral es un juicio que aplica la obligación o exención de la ley a los casos concretos. Es la sindéresis cuyo oficio consiste en protestar contra el mal e inclinar al bien.

Condiciones para una Conciencia Recta

Que uno actúe en conciencia no implica que necesariamente esté actuando bien, en el completo sentido de ese término. De ahí que digamos que normalmente la conciencia, para convertirse en norma, debe cumplir una serie de condiciones que la teología moral suele sintetizar en tres:

Condición Descripción
Rectitud El sentir interno de que «mi corazón no me condena» (Job 27, 6), actuando con autenticidad y deseo de hacer el bien.
Veracidad La verdad en la memoria originaria del bien (anamnesis) y en el juicio práctico de la conciencia.
Certeza La exclusión razonable de dudas mediante el esfuerzo por discernir el camino del bien.

La rectitud podemos describirla, acudiendo a Job 27, 6, como el sentir interno de que «mi corazón no me condena». Es el paso previo y necesario para que la conciencia aspire al bien. En el fondo, la rectitud se refiere a la exigencia de actuar con autenticidad y proceder honestamente, es decir, con el deseo de hacer el bien, algo que evidentemente no puede estar al margen de las demás condiciones. La rectitud, junto a la certeza apuntalan la coherencia y la integridad moral.

La certeza le llega a la conciencia cuando ha excluido razonablemente las dudas mediante el esfuerzo por discernir el camino del bien que corresponde con la voluntad divina en la concreción histórica del sujeto de la acción que ha de elegir. No se trata de alcanzar una certeza absoluta antes de hacer la elección. Lo que de fondo se afirma poniendo a la certeza como condición para el buen funcionamiento de la conciencia es la convicción de que se puede crecer en el conocimiento del Dios verdadero y de su voluntad práctica para la persona en la multiplicidad y contingencia de las situaciones concretas de la vida. Se puede crecer en la posesión cada vez más plena de la libertad para el bien, sostenida por la confirmación de Dios a través de las mociones internas que siente el sujeto y que se plasma en actos, actitudes y opciones de vida cada vez más coherentes. Por ello la ley de la gradualidad es tan relevante en la vida humana.

La verdad como condición para que la conciencia pueda ser norma subjetiva de moralidad supone, sin embargo, un paso bastante más complejo de dar. Referida a la conciencia, la verdad debemos ponerla tanto en la memoria originaria que es la anamnesis del bien como en el juicio práctico que hace la conciencia. Tener esto en cuenta es evitar convertir al sujeto en criterio decisivo de la verdad. La conciencia no solo no se opone a la autoridad, sino que, como sostenía Newman, está íntimamente unida a ella por el lazo de la verdad.

La Conciencia Errónea y su Dignidad

En este punto cabe decir que puede darse el caso en el que la conciencia puede caer en el error y esa caída pueda ser o no culpable. La tradición moral cristiana siempre ha manifestado que hay ocasiones en que la conciencia errónea es invenciblemente culpable y otras, sin embargo, en que es venciblemente culpable o errónea. No rara vez ocurre que yerre la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien, y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado.

Ciertamente hay que decir que la conciencia invenciblemente errónea, cuando no se convierte en un mecanismo de desculpabilización, siguen teniendo derechos, siempre y cuando permanezca el compromiso con la búsqueda de la verdad, el bien común, etc. Hay pecado, también para quien no tiene fe, cuando se va contra la conciencia. Escucharla y obedecerla significa, de hecho, decidirse frente a lo que se percibe como bueno o como malo.

El tema moral de la conciencia errónea se ventiló en una disputa. La respuesta de Santo Tomás es afirmativa: el hombre peca si no la obedece. En el caso de la ignorancia invenciblemente errónea, se supone que tal ignorancia no es culpable. La conciencia invenciblemente errónea obliga moralmente, y no es lícito actuar contra ella. Esto no supone la pérdida de su dignidad. Sin embargo, si tal ignorancia es culpable, también incurre en pecado, tal como afirma Santo Tomás. La conciencia errónea es aquella en la que un acto no concuerda con la realidad objetiva. La conciencia es errónea cuando una acción la considera buena, siendo en sí mala o al contrario. No cabe decir más con el vituperio de llamarle "hombre de conciencia depravada".

El obrar moral, al final, se ventila en la intimidad de la recta conciencia. La conciencia es el baluarte de la moral. Por eso la afirmación de la autonomía moral tan reclamada.

Conciencia Moral, Prudencia y Normas Éticas

La conciencia forma parte, junto con la virtud de la prudencia, de lo que se puede llamar conocimiento moral particular. La conciencia moral no es la visión de los primeros principios, ni tampoco la operación discursiva de la razón práctica encaminada a la obtención de nuevos conocimientos acerca de las exigencias del bien de la persona y de las virtudes. Todo esto es presupuesto por la conciencia, y por ello se suele decir que sin ciencia no hay conciencia. La conciencia no es, pues, el vehículo ni el método para el desarrollo de la ciencia moral.

La ética de la ley ha quedado condicionada por el contexto voluntarista en el que vio la luz durante el siglo XIV. La vida moral se ve como la respuesta de la libertad humana a la ley divina, siendo esta última la expresión de los decretos de la libertad de Dios. La ley es un límite de la libertad, y se entiende por ello que la conciencia trate de ampliar el campo de la libertad y de restringir el de la ley.

En nuestro planteamiento, la conciencia moral es la norma próxima de la moralidad personal, contra la cual nunca es moralmente posible obrar. La conciencia moral y las normas éticas están en el mismo plano de la razón práctica refleja, y por eso la conciencia moral es un juicio sobre una acción concreta fundamentado inmediatamente sobre las normas éticas. La conciencia moral juzga sobre la base de la ciencia moral; la prudencia, en cambio, “no consiste sólo en la consideración, sino en la aplicación a la acción, que es el fin de la razón práctica; el defecto en la aplicación se opone a la prudencia”.

La conciencia moral juzga las acciones singulares a la luz de las normas morales. Este juicio no es una deducción mecánica, completamente previsible, pasiva y en el fondo banal. El juicio de conciencia es un acto de discernimiento intelectual extremamente complejo. Sus diversos elementos, como el saber moral, el conocimiento de la acción y de sus circunstancias, la experiencia del pasado y la previsión del futuro, las condiciones afectivas del sujeto, etc. deben coordinarse y corregirse mutuamente en orden a la obtención de la verdad.

El juicio de conciencia se realiza sobre el fundamento de un saber moral poseído previamente por la persona. Esto significa que la conciencia presupone no sólo el hábito de los primeros principios morales (sindéresis), y con él el conocimiento natural de los fines virtuosos, sino también la formulación o explicitación refleja de esos fines bajo la forma de normas éticas o de leyes civiles.

Tipos de Normas y su Aplicación

Al estudiar la aplicación de las normas éticas que tiene lugar en el juicio de conciencia es preciso tener en cuenta la distinción entre “normas legales” y “normas morales”.

  • Llamamos “normas legales” a las reglas de comportamiento que son constitutivas de la licitud o ilicitud moral -o al menos jurídica- de las acciones, en orden a la promoción o tutela de un bien o de una situación deseable. Muchas leyes civiles son normas legales. La necesidad de lograr o de defender importantes bienes personales o sociales justifica el establecimiento de una norma según la cual algunas acciones, que independientemente de esa norma carecen de bondad o maldad intrínseca, se convierten en buenas o malas. Un ejemplo de norma legal puede ser el código de la circulación. Pero pueden existir excepciones o epiqueya. Un domingo de un mes de verano, cuando la ciudad está casi vacía, no es una culpa moral pasar con el semáforo en rojo si hay perfecta visibilidad y la completa certeza de no correr ni hacer correr a nadie ningún riesgo. Esto es posible porque pasar con el semáforo en rojo no es un desorden moral intrínseco, sino que constituye una culpa moral sólo en virtud de una norma que es funcional a la obtención de un bien.

  • Las “normas morales” son, en cambio, enunciados normativos cuyo fundamento ontológico es la bondad o malicia intrínseca de la acción que se manda o prohíbe. Por ejemplo, la norma moral que prohíbe el adulterio, el aborto o el estupro. Estas normas no son constitutivas de la malicia moral de esas acciones, sino que, por el contrario, la malicia intrínseca de esas acciones es el fundamento de la norma que las prohíbe. Las normas morales negativas obligan siempre y en cualquier circunstancia o situación. Las normas morales positivas conservan siempre su obligatoriedad, pero no siempre es posible ponerlas en práctica: un hijo siempre está obligado a ayudar económicamente a sus padres necesitados, pero si el hijo no tiene medio económico alguno no puede por el momento cumplir esa obligación.

En el ámbito propiamente moral conviene abandonar el concepto mismo de “excepción”, porque en rigor es impensable. No se puede admitir razonablemente que, de vez en cuando, es moralmente admisible un poco de injusticia, un poco de violencia o un poco de lujuria. La licitud de la legítima defensa no es una excepción a la norma que prohíbe el homicidio, sino que aquélla es una acción diversa de ésta, por lo que no queda bajo la norma que prohíbe el homicidio.

La Educación y Formación de la Conciencia

La conciencia moral no es una voz atemporal y rígida, puede cambiar como cambian continuamente las sociedades y culturas. La conciencia moral se va construyendo y modificando a medida que nos educamos e interactuamos en los distintos niveles de la sociedad. Existe una disposición innata para adquirirlas. Los "medios" para la formación de la conciencia son muy variados. La teología moral actual debe asumir la propuesta del Papa.

El Magisterio está al servicio de la conciencia y de la eclesialidad de la misma, sobre todo en aquellas problemáticas en las que no está en cuestión ningún dogma de fe. La función del Magisterio eclesial no responde a la proposición e imposición autoritaria de una doctrina moral, sino que su función queda relegada a un proceso de comprensión y explicitación de las implicaciones morales más relevantes para la preservación de la libertad y verdad del humano. La verdad moral se consigue a través del diálogo y la deliberación, de modo que la relación entre subjetividad y objetividad pasa por la intersubjetividad. Esto implica la necesidad de un lenguaje no meramente normativo, sino que sea capaz de hacer ver que la moral cristiana, “antes de ser ley vinculante, es una invitación cargada de promesas”.

Ejemplos de Conciencia Moral en Acción

Tener conciencia moral no significa ser rígido o intolerante con las formas de ser y de pensar de los otros. Hay principios y nociones del bien y del mal que nos acompañan desde hace miles de años. La conciencia moral nos lleva a actuar responsablemente y a asumir nuestros errores cuando nos equivocamos o actuamos mal.

  • Justicia y honestidad: César va al mercado y al cancelar la compra le devuelven más cambio del debido. El empleado se equivocó y le dio más dinero del que debía. La conciencia moral le impulsaría a devolverlo.
  • Intervención ante la injusticia: Leonor va por la calle cuando ve a dos policías golpeando a una persona indefensa. Muchas personas pasan a su lado sin hacer nada. Si ves a alguien pegando o maltratando a un niño en la calle, así sean sus padres, si haces caso de tu conciencia moral te verás obligado a intervenir.
  • Solidaridad y no discriminación: Si observas que alguien es maltratado debido a su color, género, nacionalidad o religión, tu conciencia moral te va a impulsar a actuar en defensa del agredido.
  • Objeción de conciencia: En varias grandes guerras del siglo XX muchas personas fueron a la cárcel al negarse a empuñar un arma o por hacer campaña contra la guerra.

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