Descubre el Impactante Análisis Cronológico de «El Gigante Egoísta» de Oscar Wilde que Todos Deben Leerpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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«El gigante egoísta», de Oscar Wilde -parte del libro de historias cortas El Príncipe Feliz y otros cuentos-, es una conmovedora historia sobre un gigante que posee un hermoso jardín pero que, siendo egoísta, prohíbe a los niños jugar en él. Publicado en 1888 como parte de su colección El príncipe feliz y otros cuentos, refleja el contexto social y cultural de la Inglaterra victoriana. Este periodo se caracterizó por una importante estratificación social, la industrialización y un énfasis en los valores morales y la caridad, influidos por las enseñanzas cristianas. Wilde, conocido por su agudo ingenio y sus críticas a la sociedad victoriana, utiliza el cuento para criticar sutilmente el egoísmo y el materialismo imperantes entre las clases altas. El énfasis del cuento en el poder transformador de la bondad y la redención del gigante egoísta puede verse como un llamamiento a una mayor responsabilidad social y empatía. Además, la alegoría cristiana de la historia, con la figura del niño como la de Cristo, se alinea con el énfasis de la época en la moralidad religiosa y el ideal de la abnegación por el bien común.

El Jardín Idílico y la Alegría Infantil

Era un jardín grande y hermoso, cubierto de flores y árboles frutales. Era un gran jardín solitario, con un suave y verde césped.

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Allí disfrutan de fruta fresca, hermosas flores y el dulce canto de los pájaros, así como de un cómodo espacio abierto para sus juegos. -¡Qué dichosos somos aquí!

El Retorno del Gigante y la Expulsión de los Niños

Un día el gigante regresó. Había estado siete años de viaje. Un día volvió el gigante a su casa. Sin embargo, su idílico tiempo de juego no dura: el Gigante regresa a casa tras siete años de ausencia y, conmocionado e indignado por encontrar intrusos en su jardín, echa a los niños.

-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria-. No quiero que nadie entre en mi jardín. Los niños se asustaron y salieron corriendo.

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-Mi jardín es para mí solo -prosiguió el gigante-. De manera egoísta, proclama que la única persona que debe jugar en su jardín es él mismo, y se impone con un alto muro de ladrillo alrededor de su propiedad.

El Invierno Perpetuo en el Jardín

Los niños, abatidos, intentan jugar en la calle, pero no lo consiguen. Se sienten continuamente atraídos por el jardín donde solían jugar, y se pasan las tardes simplemente merodeando alrededor de los muros, deseando poder volver a ser como antes.

El Gigante, mientras tanto, también se siente desdichado, porque su propiedad está encerrada en un invierno perpetuo. Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de flores y pajaritos cantando. Solo en el jardín del gigante continuaba el invierno.

La primavera, el verano y el otoño, disgustados por el egoísmo del Gigante, se retiran por completo del jardín, dejando que las fuerzas del invierno construyan su nuevo patio de recreo. El viento del Norte aceptó y vino. Estaba envuelto en pieles y rompió muchas pizarras. El gigante asomaba a la ventana y veía su jardín blanco y frío.

El Despertar y la Redención del Gigante

Al cabo de un año de este terrible invierno, el Gigante se despierta al oír cantar a un pardillo junto a su ventana. Una mañana el gigante, acostado en su lecho, pero despierto ya, oyó una música deliciosa. Era un jilguero que cantaba ante su ventana.

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Entonces el granizo dejó de bailar sobre su cabeza y el viento del Norte de rugir. Y saltando del lecho se asomó a la ventana y miró. Y, al mirar al exterior, vio su jardín cubierto de flores y los árboles llenos de fruta. Se asoma y ve que los niños han vuelto al jardín, colándose por un agujero en la pared. Por una hueco abierta en el muro los niños habían entrado en el jardín, habían subido a los árboles y estaban comiendo manzanas, melocotones y naranjas.

El gigante comprendió que la primavera no había venido a su jardín por su egoísmo. «¡Qué egoísta he sido! -pensó-. Ya sé por qué la primavera no ha querido venir aquí.» Conmovido por esta visión, el Gigante se da cuenta de su error y desea enmendarse con los niños.

En un rincón vio a un niño pequeño que estaba llorando porque no podía subir a los árboles. Ve a un pobre niño en el rincón más alejado del jardín, llorando al no poder trepar al árbol que hay allí. La miseria del niño es tan intensa que permanece en invierno en esa pequeña parte del jardín.

El gigante salió y, al verlo, todos los niños salieron corriendo muy asustados, excepto el niño pequeño al que sus lágrimas le impidieron ver al gigante acercarse. El Gigante, con el corazón compadecido, se acerca, ahuyentando sin querer a los demás niños, que aún le temen, y coloca al niño en las altas ramas del árbol. En cuanto lo hace, el árbol florece y el niño besa cariñosamente al Gigante.

-A partir de ahora podéis venir a jugar a mi jardín cuando queráis. Os pido perdón porque he sido muy egoísta y he recibido mi castigo. Y el gigante derribó el muro para que los niños pudiesen entrar en su jardín todos los días. El Gigante derriba el muro que rodeaba su jardín y, a partir de entonces, su propiedad queda abierta a los niños del vecindario.

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La Transformación Duradera del Gigante

Con el tiempo, el Gigante llega a apreciar a los niños mucho más que cualquier cosa que posea, incluso su jardín. Se ha beneficiado de su amistad, y en su vejez no encuentra mayor placer que verlos jugar desde la comodidad de su sillón. Pasaron los años y el gigante envejeció y fue debilitándose.

Sin embargo, nunca deja de preguntarse qué fue de su primer amiguito, el niño que le abrazó y le besó. -Pero ¿dónde está vuestro compañerito? -les preguntó-. Y el gigante se quedó muy triste. -¡Cómo me gustaría verle!

La Visita Final y la Promesa del Paraíso

El Gigante recibe por fin la respuesta cuando, una mañana, vuelve a ver al niño junto al árbol de su jardín: evidentemente, el niño no es mayor que antes, y el árbol se ha transformado en oro y plata. Realmente era una visión maravillosa, con flores blancas.

Las manos y los pies del niño han sido heridos con clavos y, tras un momento inicial de confusión, el Gigante se da cuenta de que no se trata de un niño corriente, sino del Niño Jesús. El gigante se precipitó por las escaleras lleno de alegría y entró en el jardín y se acercó al niño. -¿Quién se ha atrevido a herirte? -gritó el gigante- Dímelo. -¿Y quién es ése? -Me dejaste jugar una vez en tu jardín.

Cristo elogia al Gigante por su bondad de años atrás y por la vida de bondad que ha llevado desde entonces. Como recompensa, le da la bienvenida al Paraíso.

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