Recordando el nacimiento de Viktor Frankl, comparto mis notas sobre una de sus más célebres obras y uno de mis libros favoritos "El hombre en busca de sentido". Él psiquiatra austriaco sobreviviente del Holocausto, nos cuenta que su espantosa experiencia en Auschwitz le enseñó una de las finalidades primordiales de la vida: la búsqueda de sentido.
Para Frankl, la búsqueda del sentido proviene de tres posibles fuentes: trabajar con un propósito, el amor y la fortaleza cara a la dificultad. Al examinar cómo se "intensifica la vida interior" que ayudó a los prisioneros a mantenerse vivos, considera el poder trascendental del amor.
El Amor como Camino a la Profundidad del Ser
Frankl escribe que el amor es el único camino para arribar a lo más profundo de la personalidad de un hombre. “Nadie es conocedor de la esencia de otro ser humano si no lo ama”. En su concepción, el amor trasciende a la persona física del ser amado y encuentra su sentido más profundo en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo. Que esté o no presente esa persona, que continúe con vida o no, de algún modo pierde su importancia.
Frankl nos relata cómo descubrió el sentido más profundo que le proporcionaba el amor por su esposa, en esos momentos que desconocía si ella seguía con vida o no, pero que lo ayudaron a mantener la esperanza:
Durante kilómetros caminábamos a trompicones, resbalando en el hielo y sosteniéndonos continuamente el uno al otro, sin decir palabra alguna, pero mi compañero y yo sabíamos que ambos pensábamos en nuestras mujeres. Mi mente se aferraba a la imagen de mi esposa, imaginándola con una asombrosa precisión. Me respondía, me sonreía y me miraba con su mirada cálida y franca. Real o irreal, su mirada lucía más que el sol del amanecer.
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En ese estado de embriaguez nostálgica se cruzó por su mente un pensamiento que lo petrificó, pues por primera vez comprendió la sólida verdad dispersa en las canciones de tantos poetas o proclamada en la brillante sabiduría de los pensadores y de los filósofos: el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. Entonces percibió en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del hombre solo es posible en el amor y a través del amor.
La Peculiaridad e Irrepetibilidad del Ser Amado
El amor es la vivencia de otro ser humano, en todo lo que su vida tiene de peculiar y singular. En el amor, el ser amado es concebido como un ser peculiar y singular en su ser-así-y-no-de-otro-modo, es concebido como un tú y acogido como tal por otro yo. Es insustituible e irremplazable para quien le ama sin que por ello necesite hacer nada de su parte. Es apreciado el valor de su personalidad. El amor no es ningún “mérito”, sino sencillamente una “gracia”.
Para el amante, el amor hechiza el mundo, lo transfigura, lo dota de un valor adicional. El amor aumenta y afina en quien ama la resonancia humana para la plenitud de los valores. El cosmos entero gana para él en extensión y en profundidad de valor; resplandece bajo la luz brillante de aquellos valores que sólo el enamorado acierta a ver, pues el amor no hace al hombre ciego, como a veces se piensa, por el contrario, le abre los ojos y le aguza la mirada para percibir los valores.
El amor es un fenómeno específicamente humano, es un acto que caracteriza como humana a la existencia del ser humano; en otras palabras, es un acto existencial. Es el acto co-existencial por excelencia. Se caracteriza por su carácter de encuentro y el encuentro significa siempre que se trata de una relación de persona a persona.
La Estructura Estratificada del Amor
La capacidad de amar es condición y presupuesto para la integración de la sexualidad. El desarrollo y la maduración de la sexualidad parten de un mero impulso sexual que no conoce ni la meta ni el objeto. Posteriormente se forma el instinto sexual en el sentido estricto, que ya tiene una meta: la relación sexual; pero todavía le falta y carece de un objeto al que tender, en el sentido de un auténtico compañero sobre el cual esté concentrado. Esta dirección y ordenación a una persona determinada, a la persona amada, caracteriza la tercera fase del desarrollo y maduración sexual, la tendencia sexual.
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La actitud más primitiva es la que se refiere a la capa externa: la actitud sexual. De la estampa física de una persona emana el encanto sexual que hace nacer el mismo impulso en la otra persona sexualmente predispuesta, afectando por tanto a esta persona en su corporalidad.
La forma inmediatamente superior de posible actitud ante la otra parte es la erótica. Esta forma de actitud ante la otra parte considerada como fase de la relación con ella es la que solemos llamar “enamoramiento”. Las cualidades físicas de la otra parte producen en nosotros una excitación sexual; de sus cualidades anímicas, en cambio, nos “enamoramos”.
El amor, en el sentido estricto de la palabra, es la más alta forma posible de lo erótico. Es la más profunda penetración posible en la textura personal de la otra parte, la vinculación con algo espiritual. La relación directa con lo espiritual en la otra parte, constituye la más alta forma de emparejamiento. Quien ama en ese sentido se ve afectado en lo más hondo de su espíritu por el portador espiritual de lo que en el ser amado hay de corpóreo y de emocional, por su meollo personal. El amor es la orientación directa hacia la personalidad espiritual del ser amado, en cuanto algo único e irrepetible que verdaderamente ama.
El que verdaderamente ama, no ama algo que el ser amado “tiene”, sino lo que “es”. Quien de verdad ama ve, por decirlo así, a través del “ropaje” físico y psíquico de la persona espiritual, para poner los ojos en esta persona. Mientras que las gentes “superficiales” se detienen en la superficie de la persona sin preocuparse de penetrar en su fondo, para las gentes “profundas” la superficie no es más que la simple expresión del “fondo”. Así como para quien verdaderamente ama, el cuerpo del ser amado es la expresión de su persona espiritual, así también el acto sexual es, para el auténtico amor la expresión de una -intentio- espiritual.
El Amor más Fuerte que la Muerte
Hasta la persona de vivencias sencillas se le puede explicar con claridad que el humano, cuando ama verdaderamente busca siempre en el amor lo que en la persona espiritual de su compañero hay de único e irrepetible. Imaginémonos que la persona ama a un determinado ser y que lo pierde, porque muera o se aleje; y que se le ofrece un “doble” del ser amado, es decir, otra persona que se le parezca psicofísicamente. Preguntémosle si podría trasladar su amor a este otro ser, y nos contestará, podemos estar seguros, que jamás sería capaz de hacerlo.
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El acto espiritual en que captamos “intencionalmente” a otra persona espiritual se sobrevive en cierto modo a sí mismo: cuando su contenido tiene verdadera validez, la conserva de una vez para siempre. El amor es algo más que un estado emotivo: un acto “intencional”, tiene en mientes la esencia de esta otra persona, la “esencia” no depende de la “existencia” y se halla consiguientemente, por encima. Así, y solamente así, puede comprenderse que el amor sea capaz de sobreponerse a la muerte del ser amado, de sobrevivir; solo así se comprende que el amor puede ser “más fuerte que la muerte”, es decir que la destrucción de la existencia física del ser amado.
Un relato de una persona recluida en un campo de concentración ilustra esto: “No sabía, sin embargo, si mi madre vivía aún o ya había muerto. Todo el tiempo estuvimos sin noticias el uno del otro. Me di cuenta de que el hecho de ignorar si mi madre vivía o no, no estorbaba en lo más mínimo a aquellas frecuentes pláticas que mantenía en espíritu con ella”.
Amor Superficial vs. Amor Auténtico
La acentuación de la apariencia externa lleva a exagerar, en general, la importancia de la “belleza” física en el campo de lo erótico. A la par con ello, se rebaja en cierta medida el valor de lo humano. Las personas tienden a olvidar cuán relativamente pequeña es la importancia de los atractivos externos y cómo lo que importa en la vida amorosa es, fundamentalmente, la personalidad.
Lo que se llama el “flirteo” y, en general, las relaciones eróticas superficiales tan comunes en las grandes ciudades, pasan también de largo, de manera inconsciente, por delante de la personalidad espiritual de con quien se relaciona. No ven lo que la personalidad del otro tiene de único, de algo que sólo se da una vez, sencillamente porque no tienen el menor interés en percibirlo y apreciarlo. Huyen de todo lo que tiene de vínculo absorbente el auténtico amor, del sentimiento de verdadera compenetración con la otra parte y de la responsabilidad que los lazos imponen siempre a quien los contrae.
Se evaden hacia lo colectivo: hacia el “tipo” que en cada caso se prefiere. Así, no es una persona determinada y concreta la que se elige, sino un determinado “tipo”. El tipo femenino así preferido es la mujer impersonal, con la que es posible mantener una relación que a nada obliga, la mujer que se puede tener sin necesidad de amarla, una especie de propiedad sin fisonomía propia, sin valor propio.
Hacia lo que es la negación de la persona no cabe sentir amor. Ni tampoco fidelidad, pues a lo que es la negación de la persona corresponde la negación de la fidelidad. En esta clase de relaciones eróticas, la infidelidad, más que posible, es, podríamos decir, necesaria. Donde falta la calidad amorosa tiene que compensarse necesariamente con la cantidad de los placeres sexuales, cuanto menos “feliz” se siente una persona, más necesita su impulso el ser satisfecho.
La existencia, en el lenguaje corriente, de expresiones como “esa mujer ha sido mía”, descubren hasta el fondo de esta forma erótica inferior. Lo que es de uno, lo que se posee, puede cambiarse, canjearse; el hombre puede cambiar, como otro objeto cualquiera, la mujer “poseída” por él, puede incluso, si lo quiere “comprar” otra. Esta categoría “posesiva” de lo erótico se da también por parte de la mujer.
Bajo el horizonte de la “posesión” la mujer tiende, generalmente, a ocultar con todo cuidado cuánto hay en ella de personal para no agobiar con ello al hombre, para no ser para el hombre más que lo que éste busca en ella: el “tipo” por él preferido. La mujer común vive entregada a los cuidados en torno de su figura, su apariencia; se preocupa únicamente de “encontrar” a alguien que se fije en ella, aunque no la tome en serio, aunque no la quiera realmente tal y como es, como un ser único e insustituible, pues esto no le preocupa. Aun a trueque de ser con ello, infiel a sí misma, a su propio yo.
Cuando el hombre la busca aparentemente a ella, buscando en realidad el “tipo” que representa, no se dirige a ella misma. Sumisa a los deseos del hombre, le da lo que él necesita de ella, lo que quiere “poseer”. Ambos salen chasqueados y no puede ser de otro modo. En vez de buscarse el uno al otro, se repelen en realidad, pues para poder encontrarse es necesario que cada cual busque en el otro lo que tiene de único, lo que solo se da una vez en la vida, lo que verdaderamente puede hacer de él un ser digno de ser amado, lo que hace digna de ser amada a la vida propia. La autentica intentio amorosa penetra hasta aquella zona profunda del ser en la que el ser humano no representa ya un “tipo”, sino un individuo único, incomparable e insustituible, dotado con toda la dignidad de lo que es único en el mundo.
El Amor como una de las Vías al Sentido
Lo cierto es que el amor de pareja no es sino una de las tantas posibilidades que al ser humano se le ofrecen para dar un sentido a la vida, y no la más importante de ellas, ni mucho menos. Bien triste sería para nuestra existencia, y bien pobre habría que considerar la vida humana si todo su sentido dependiera de que llegáramos o no a ser afortunados en el amor. No, la vida es muy rica en oportunidades de valor. También quien no sea amado ni se sienta capaz de amar podrá dar a su vida un sentido extraordinariamente grande.
