El presente artículo es un esfuerzo para visualizar la relación entre la arquitectura y el territorio, para entender el fenómeno como totalidad. Usual y erróneamente se estudia al espacio arquitectónico como objeto y no como proceso.
Territorio y Ecogénesis
La definición popular dicta que el territorio es una extensión de tierra dividida políticamente, su etimología revela más que eso: tierra y pertenencia. Raffestin expresa que es “la Tierra en la que se constituye las bases de nuestra vida y en la que las civilizaciones arraigaron sus mitos”. Es el uso del territorio, y no el territorio en sí mismo, lo que lo hace objeto de análisis social. Se trata de una forma impura, un híbrido, una noción que, por ello, requiere constante revisión histórica. Lo que tiene de permanente es ser nuestro cuadro de vida.
Independientemente de la configuración territorial que adoptó en distintas épocas, que sin duda se derivaba de las modalidades específicas en que se daban las relaciones entre sus distintos grupos, el área mesoamericana ha sido dividida en varias regiones, cada una de las cuales corresponde a un espacio en el que se desarrollaron culturas con rasgos particulares, si bien éste no es el único criterio utilizado en la regionalización, pues se consideran además otros factores, principalmente la asociación con condiciones geográficas determinadas.
Es pertinente hablar de la ecogénesis territorial en los asentamientos precolombinos debido a una carga simbólica que atribuían a todos los elementos de la naturaleza como principio regulador y organizador de la vida diaria en los pueblos mesoamericanos, la semiósfera jugó un papel esencial en la producción territorial (Raffestin, 1986) que marca los arreglos en el territorio.
La metodología aplicada para este estudio desde la arquitectura, presenta un rasgo exploratorio basado en la observación y trabajo de campo complementado con actividades de búsqueda de información documental y fuentes de archivo que combina aspectos empíricos de las unidades de análisis.
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Oaxaca: Territorio y Tradición
Oaxaca es uno de los treinta y dos estados de México y se encuentra localizado hacia el sur del país. Tiene la mayor cantidad de municipios; 570 de los cuales 418 se rigen por el sistema de organización política no impuesto por el Estado, autogobierno llamado ‘usos y costumbres’ que es un modo de reproducción de la organización social y política (Canedo, 2008). El territorio comunal implica la comunidad territorial. Más aún, se considera que el territorio es la madre tierra del pueblo o la comunidad que se habita, ya que es el espacio de reproducción de los mitos (cosmovisión), donde se vive en comunalidad, donde todo se realiza en común.
Oaxaca posee diferentes divisiones territoriales, una de las características más sobresalientes del territorio oaxaqueño es su herencia físico-territorial que ha sido determinante para dividir el estado en regiones. Álvarez (1994) indica que la subdivisión de Oaxaca por regiones ha tenido modificaciones pues alrededor de 1930 se hacía referencia a siete regiones y hacia 1970 se actualizó a ocho regiones: Cañada, Costa, Istmo, Mixteca, Papaloapam, Sierra norte, Sierra sur y Valles centrales (figura 1) que obedecen principalmente al reconocimiento de la diversidad geográfica y cultural, considera las diferencias etnográficas, lenguajes, actividades productivas, formas de producción y temperamento de los habitantes que se ven impactados por las características heterogéneas, físicas y ambientales de cada región.
La Arquitectura Colonial en Oaxaca
El territorio oaxaqueño es caracterizado por su diversidad cultural, variedad de etnias y lenguas que dominan el estado. Es ciudad colonial de México y de acuerdo con Vargaslugo (2008), la arquitectura colonial de Oaxaca conforma uno de los conjuntos más ricos, originales y notables del tesoro artístico del país, lo que da cuenta de una influencia histórica y cultural de los tiempos de la invasión española. Formó parte del marquesado del Valle de Oaxaca como un momento importante en la historia de México que duró tres siglos, desde 1521 con la invasión española hasta el comienzo de la época independiente en 1821.
Haciendas: Auge y Transformación
Cabe señalar que la hacienda, como sistema de producción, sobrevivió a la Independencia de México; e incluso se fortaleció, tanto en el siglo XIX y hasta el XX. Seguidamente, en el porfiriato, gracias a los ferrocarriles y el crecimiento económico del país, las haciendas, sobre todo las pulqueras, azucareras, henequeneras de Yucatán y las algodoneras de Coahuila, experimentaron un gran auge. En primer lugar, estas fincas eran instituciones sociales jerárquicas, con una sólida estructura de vínculos familiares y una fuerza de trabajo numerosa.
Las grandes haciendas contaban con tiendas en las que se vendía de fiado a los trabajadores todo tipo de mercancías; se les llamaba “de raya” porque se marcaba con ese símbolo las deudas que se iban adquiriendo. Las haciendas operaban con diferentes tipos de trabajadores. En primer lugar, estaban los peones o trabajadores permanentes, por lo general, de origen indígena, que vivían con sus familias en casas especialmente construidas para ellos dentro de la hacienda; se dedicaban sobre todo a las labores agrícolas, y el pago de sus salarios se hacía en dinero, en especie o en una combinación de ambos; también podían recibir una parcela para sembrar y complementar sus ingresos.
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De igual forma, las habitaciones se edificaban alrededor de un patio central interior rodeado por columnas y vigas. Las fachadas, en estilo colonial, eran simples y rodeadas de jardines.
Impacto de la Introducción de Especies
Imagina el paisaje de lo que hoy es México antes de la llegada de los españoles: piensa que en América no había especies animales como caballos, cerdos, ovejas, cabras o gallinas; tampoco había cultivos de trigo, cebada, arroz o caña de azúcar. La introducción de especies animales y vegetales que tuvo lugar entre los siglos XV y XVI se produjo en dos sentidos: de Europa hacia América y viceversa.
Con la llegada de los españoles, la producción agrícola sufrió una enorme transformación, no sólo por la introducción de estos productos, sino también por el desarrollo de nuevas formas de trabajo y técnicas para la siembra, como la yunta, el arado y otros aperos de labranza.
Gracias a la enorme extensión territorial de la Nueva España, los productos tradicionales mesoamericanos se cultivaron a la par de los introducidos por los europeos. También se desarrollaron cultivos tropicales, como el plátano y la caña de azúcar en las zonas cálidas de sierras y costas.
La introducción de estas especies permitió el desarrollo de la ganadería, gracias a la cual se transformaron la agricultura, la alimentación y los medios de trasporte. Las principales zonas ganaderas novohispanas se concentraron en el centro y norte de la Nueva España. Debido a que el pastoreo y el cultivo de productos como el trigo, base de la alimentación española, requerían de grandes extensiones de tierra, fue común la práctica de apropiación de territorios pertenecientes a comunidades indígenas.
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Como explica el Dr. Bernardo García Martínez, la grana cochinilla se situó como la exportación más valiosa de la Nueva España después de la plata e hizo la riqueza de muchos comerciantes e intermediarios.
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