El registro etnoarqueológico de un patio de mitote cora en el otoño de 2012 resultó de enorme importancia.
Si bien su práctica se da entre los cuatro grupos mencionados, aquí nos centraremos principalmente entre coras y tepehuanes, pues es entre quienes se ha descrito con mayor detalle y porque en ellos persiste su práctica en zonas agrestes alejadas de los asentamientos habitacionales.
E pasando por unas quebradas vi mucha diferencia de figuras e caracteres para dexar en unas peñas blancas y areniscas, y queriendo saber bien lo que eran me dixeron los mismos coras que nos guiaban, que aquel lugar era el que escrivian e pintaban sus pasados […] Eran muchos, e todos diferentes, y entre ellos algunas figuras.
Así, el lugar donde se celebraba la ceremonia tenía una carga simbólica desde tiempo atrás, pero se la preparaba concienzudamente: era una “plaça muy ygual y muy limpia, y barida, adonde abian de baylar su mitote. Tenianla cercada toda de tiendas echas de jacal. Y eran tantas estas tiendas quantos eran los pueblos que avian de venir al baile. Y a cada pueblo competia su tienda, y en el medio estaba la plaça.
El también fraile franciscano, Antonio Arias y Saavedra, quien fue guardián del convento de Acaponeta entre 1657 y 1673, recorrió varias veces la Sierra, por lo que su informe está mejor documentado.
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[…] porque apenas havrá cerro en casi la mitad de la Provincia, que no haya yo corrido por diferentes motivos, y en que no haya tropezado con estas infernales figurillas; unas están como olvidadas, sin ningún reparo, ni aseo sus patios: muchas mui cuidadas, y mui limpios los lugares, en que se veneravan.
[…] para no desfallecer al quebranto de tan larga función. La que principiaban, formando un circulo de hombres, y mujeres, quantos podían ocupar el espacio de tierra que habían barrido a este fin. Uno tras otro ivan bailando, ó dando zapateadas, teniendo en medio al Musico y al Maestro de Capilla, á quien imitaban, cantando en el mismo descompasado tono, que les dava.
Hay cerca de Lajas un llano circular rodeado de encinas que es donde se reúnen para bailar. En el lado que está al oriente, existe un jacal de techo de paja sostenido en desván sobre cuatro postes, y cuyos costados más angostos dan al este y al oeste.
Más aún, en Pueblo Viejo, Durango, una comunidad mexicanera, pudo asistir a una ceremonia en el patio de mitote comunal.
“Los indios estaban agrupados en un prado en torno de muchas fogatas que flameaban entre los árboles”, pero dominaba el fuego que estaba al centro del pequeño claro donde se iba a bailar.
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Si bien describe de forma más o menos detallada la ceremonia, aquí nos limitaremos a destacar los elementos materiales, pues son éstos los que nos pueden auxiliar en la práctica arqueológica.
tapexte con que se ha erigido el altar, pero no se quitan los troncos que han servido para formar la enramada.
Más precisa es su descripción de un patio de mitote cora ubicado en las cercanías de Santa Teresa, Nayarit.
Y concluye: “En el centro del claro se erguía un magnífico árbol”, junto al cual había una piedra donde se sentaba uno de los sacerdotes principales.
En el caso particular de San Francisco, el patio se ubicaba en el cerro Citalpa: “en medio de un campo lleno de enormes rocas.
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[…] se encuentran en pequeños claros enclavados en medio del cerro, rodeados de abundante vegetación, prácticamente escondidos, pues es imposible observarlos, ni siquiera a corta distancia. Los accesos a los patios están marcados de alguna manera, ya sea con troncos que indican la entrada, o con una formación natural de piedras que estrecha el acceso.
El círculo para la danza mide unos 20 m de diámetro aproximadamente y “En el centro hay una fogata con piedras alrededor que forman una circunferencia, dos de ellas puntiagudas, colocadas en el poniente. En torno a la fogata se encuentra, marcado por los pasos de los danzantes, el círculo donde se baila”.
donde se coloca la comida destinada primero a los ancestros y que luego será consumida por los participantes en el mitote.
Entre los tepehuanes es Antonio Reyes quien más ha estudiado los mitotes, particularmente en la comunidad de Santa María Ocotán o Juktir.
xiotalh, como les llaman los o’dam- se realizan en espacios fuera de la población y en medio del bosque, al menos el de Juktɨr, hacia el poniente de la población.
De capital importancia es la descripción que hace Antonio Reyes de uno de esos patios antes de la ceremonia, cuando aún no se han construido los elementos de material perecedero como el altar: “es un espacio más o menos circular, de aproximadamente 10 o 12 metros de diámetro, bordeado en algunos puntos por algunas piedras enterradas.
Hacia el noroeste está una estructura de madera con techo de cuatro aguas, donde se preparan los alimentos rituales que compartirán al terminar la ceremonia, hay otras dos similares en el lado sureste, las cuales sirven para que pernocten algunos de los participantes del ritual en los días previos al mitote propiamente dicho, es decir, el baile que se celebra en la noche final.
xiotalh anterior a la siembra (que se celebra en abril-mayo). Al terminar la ceremonia, los objetos usados en la cocina se dejan en el mismo patio.
xiotalh de petición de lluvias, celebrado a finales de mayo, se peregrina por los lugares de los antepasados, los cuales están distantes entre 2 y 3 km del patio. En uno de ellos hay una piedra: “[…] con algunas cavidades poco profundas y de forma irregular.
En suma, de acuerdo con las descripciones etnográficas, los patios de mitote se encuentran fuera de las poblaciones, en zonas montuosas o boscosas, generalmente pedregosas, al menos entre los coras; son de uso temporal y el elemento principal es el espacio circular formado por los movimientos de los danzantes y en cuyo centro arde un fuego durante los días de la ceremonia.
Tanto el fuego como el espacio dancístico están muchas veces limitados por piedras y fuera del mismo se levantan las construcciones de material perecedero; el altar siempre al oriente, mientras que la cocina puede estar al poniente o al norte.
Puede haber otras construcciones, pero estas dos son las que no pueden faltar. Los materiales con que se erigió el altar y los utensilios de cocina se dejan en el propio lugar de la ceremonia, los objetos rituales se depositan en cuevas o abrigos un tanto alejados de los patios o bien se quedan bajo el cuidado de un sacerdote o sacerdotisa.
Está dividido en al menos cuatro niveles conformados por sendas terrazas naturales, estando el nivel más bajo al oriente y el más alto en el poniente. Haremos la descripción de los elementos observados comenzando por el círculo dancístico.
El círculo mide aproximadamente 10 m de diámetro y tiene los restos de una gran fogata casi al centro. Al oriente se observan las marcas de cuatro postes, formando un cuadrado de aproximadamente 1 m por lado, detrás hay una piedra con unos pozuelos.
Alrededor de 15 m al norte y al sur se localizan los restos de las hornillas, cerca de ahí todavía permanecían clavados los troncos de una de las mesas. incluso quedó olvidado un metate. tapexte.
Bajo las piedras, en una zona protegida de la lluvia, estaban las varas usadas, presumiblemente en la construcción del altar junto con algunos de los utensilios rotos. Es esta la zona central del espacio ritual, y más vestigios se extienden por los alrededores.
Hacia el sureste hay otras dos áreas donde se llevaron a cabo actividades. Hacia el oeste, un nivel más arriba del gran peñasco que contiene la mayor parte de los utensilios, hay otras dos grandes rocas que fueron acondicionadas como refugios; una de ellas incluso presenta desgaste en la roca y un pozuelo en uno de sus extremos.
Como a 50 m al norte del círculo y del otro lado del arroyo hay una de esas rocas con evidencias de acondicionamiento, pero formando una especie de cama de piedra -¿un altar?- y 20 m al oeste, al pie de una de las grandes piedras que tiene una especie de pileta en la parte alta había una olla fragmentada, 50 m en la misma dirección se encuentra otra piedra con pozuelos o “jícaras pétreas”.
El arroyo fluye hacia el este y a 200 m al noreste del círculo del mitote hay una pequeña poza donde cae el agua filtrada por medio de una hoja de roble.
En el sur de Sinaloa hay varios sitios arqueológicos en zonas, casi siempre cerros, que están alejadas o al menos aisladas de los asentamientos habitacionales. La primera mención de uno de éstos se remonta a 1930 cuando Carl Sauer y Donald Brand visitaron el cerro El Pirame, donde ellos lo llamaban El Pirámide, en la sierra baja de Sinaloa, en el municipio de Concordia.
En los extremos norte y sur hay unas paredes de piedra parcialmente en ruinas, cuya altura llega hasta el pecho de un hombre.
y en su ladera poniente se han registrado tres sitios arqueológicos: Mesa del Muerto, Palos Prietos y La Loma de los Indios. Los vestigios se ubican sobre dos áreas semiplanas y consisten en los cimientos de pequeñas estructuras, en el lado noreste están los de un cuarto de forma cuadrangular de casi 6 m por lado, con un estrecho porche en el oeste y una especie de fogón en su esquina.
En el suroeste hay dos pequeñas plataformas rectangulares gemelas de 8 m de largo por sólo 5 m de ancho; en sus extremos hay dos pequeñas estructuras cuadrangulares de sólo 1 m por lado y entre ambas hay tres círculos de piedra de 1 m de diámetro, al parecer son los restos de fogones.
Esta zona está limitada al este y oeste por dos conjuntos de enormes peñascos y unos 100 m al este, tres grandes rocas forman un espacio en forma de U que, aunque es natural, al parecer fue acondicionado.
que corresponden a 33 tepalcates, una lasca de obsidiana gris clara y un fragmento de mano de metate. La mayor parte de los tiestos recuperados (32 de 33) corresponden a fragmentos de ollas o cazuelas del tipo Doméstico granular y Negro pulido de amplia distribución temporal; el restante corresponde a un cajete del tipo Decorado con borde rojo o Tuxpan rojo/naranja, uno de los tipos diagnósticos en el sur de Sinaloa y norte de Nayarit de la ocupación entre el 750 y el 1100 d. C.
Ya en la ladera baja está La Loma de los Indios. Es el asentamiento más grande y complejo de los tres.
La parte central es una zona nivelada artificialmente y limitada al norte por un conjunto de grandes peñascos y al este y suroeste por sendas lomas. No es sin embargo, la parte más compleja del asentamiento.
La loma del lado este presenta una serie de niveles mediante terrazas, formando una especie de cuerpo escalonados hasta llegar a la parta alta, donde hay un par de estructuras, aunque la del lado sur es sólo un afloramiento rocoso al que le quitaron algunas piedras para darle una forma homogénea, en tanto que la estructura del lado norte es una plataforma alargada de 15 metros de largo por 8 metros de ancho, con un pequeño montículo cuadrangular en su extremo oeste de 6 metros por lado y poco más de 2 metros de largo.
Aquí los materiales sí los podemos considerar abundantes, pues se recuperaron más de 300 tepalcates, aunque casi todos en la loma del lado este y asociados a una serie de cimientos de cuartos cuadrangulares de unos cinco metros por lado.
El cerro de las Cabras por su parte está prácticamente a orillas del mar y en la ladera que mira hacia el océano Pacífico hay indicios, registrados bajo el nombre de El Montijo, que señalan que también ahí se realizaban ceremonias rituales.
Al pie del cerro, entre éste y el mar, hay una pequeña laguna de agua dulce, la cual permanece con agua prácticamente todo el año, incluso en la temporada de secas. A la orilla de la laguna se observan los restos de una plaza de aproximadamente 25 metros por lado, la cual presenta una plataforma alargada en su parte norte limitándola; ahí inicia una especie de calzada de más de 6 metros de ancha que se dirige primero en dirección norte en el espacio entre dos pequeños cerros y más o menos a la mitad entre ambos vira y da vuelta hacia el este e inicia su ascenso hacia la cima del cerro del lado este precisamente limitada a ambos lados por muros de piedra de casi 1 metro de ancho y, cada ciertos metros, por unos pequeños montículos de forma cuadrangular de sólo 2.5 metros por lado y apenas 1 metro de altura, quizá altares.
En El Montijo no se recuperaron materiales en superficie; sin embargo, en las marismas que circundan al cerro de las Cabras hay una gran cantidad de concheros y algunas salinas que fueron explotadas en la última etapa de ocupación prehispánica, entre el 1100 y el 1531 d.C.
El registro etnoarqueológico de un patio de mitote complementó sin duda las observaciones derivadas de la práctica etnográfica en la región, lo que nos llevó a una mejor definición de los elementos que conforman este tipo de santuarios entre los grupos indígenas del Gran Nayar y aunque se confirmó la naturaleza efímera de la mayor parte de la infraestructura que se utiliza en puesta en uso de estos espacios rituales; la identificación de la conformación y distribución de sus diversos componentes, no solo el área donde se baila, fue de capital importancia.
Empecemos por la ubicación; con excepción de entre los huicholes, los patios de mitote siempre se construyen fuera de las poblaciones y en el caso de coras y tepehuanos en cerros agrestes y de difícil acceso, y, de preferencia que presenten algunos peñascos, lo cual, dicho sea de paso, no es difícil en la Sierra Madre Occidental.
De tal modo, la comunicación con éstos durante los mitotes es expedita. Por otro lado, no deja de ser sintomático que todos los santuarios prehispánicos serranos se localizan sobre la ladera poniente de los cerros, es decir, al oriente queda la cima de los propios cerros, por donde se asoma el sol todas las mañanas, pero desde ellos, hacia el occidente, se distingue la planicie anegada y el mar donde se oculta el sol. K. T.
Así, podemos considerar a los sitios arqueológicos en los cerros del sur de Sinaloa no solo como centros ceremoniales monteses sino específicamente como patios de mitote. De este modo podemos establecer que su práctica se remonta a por lo menos el periodo que va del 750 al 900 de nuestra era.
