Descubre la Fascinante Historia de Bartolomé Rodríguez Palma, el Minero Portugués que Transformó la Nueva Galicia del Siglo XVIIpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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El presente artículo pretende dar a conocer por primera vez la historia de un portugués que durante 23 años vivió en diferentes poblaciones de la Nueva Galicia y que logró convertirse en el minero más importante de la región de Guadalajara en el último tercio del siglo XVII. Su nombre era Bartolomé Rodríguez Palma, un clérigo presbítero originario de San Antonio de Ameisal, lugar cercano a la villa de Loulé en la región del Algarve, Portugal.

La exhaustiva revisión bibliográfica y el trabajo de campo en diferentes archivos nos permite constatar que en el reino de la Nueva Galicia, a lo largo de los siglos XVI y XVII, vivieron al menos 47 portugueses. No es mucho lo que se sabe de sus vidas pues los cronistas, autoridades de la época o historiadores contemporáneos los mencionan someramente debido quizá a que no eran parte esencial de su objeto de estudio.

En la siguiente centuria el número de portugueses fue aumentando en aquel reino, sobre todo en los reales de minas ubicados en la zona fronteriza norteña como Sombrerete, Fresnillo y Zacatecas. El único autor que ha registrado la presencia de portugueses en la ciudad de Guadalajara a mediados del siglo XVII es Thomas Calvo. De hecho, Calvo menciona al personaje que aquí se estudiará, aunque no profundiza en su historia.

Para lograr comprobarla es importante esbozar primero los espacios de la Nueva Galicia donde Bartolomé Rodríguez Palma desarrolló sus actividades empresariales en el último tercio del siglo XVII. En primer lugar estaba la ciudad de Guadalajara que era capital de reino, sede de Audiencia, de Episcopado, de Caja Real y por lo tanto el centro económico, político y administrativo desde el cual se definió el rumbo de los negocios de este personaje. Ahí estableció una sólida red de contactos y amistades que le sirvieron para obtener la concesión de sus minas, los préstamos para iniciar los trabajos de explotación y los mandamientos para obtener mano de obra indígena asalariada. En esa ciudad legalizó la compra de todas sus propiedades, obtuvo mediante subasta el derecho a arrendar los diezmos de algunos curatos, se desahogaron sus pleitos legales ya fuera en el ámbito civil o en el eclesiástico, pero sobre todo, fue el lugar que más se benefició de las limosnas y donaciones que hizo para construir iglesias, conventos y una escuela.

Guadalajara vivía en la segunda mitad del siglo XVII un periodo de consolidación económica gracias a la influencia comercial de sus mercaderes, que la habían convertido en un espacio concentrador y redistribuidor de mercancías para abastecer a la mayor parte del reino y a las provincias de Sinaloa, Sonora y la Nueva Vizcaya. Ese comercio generó riquezas que sus poseedores utilizaron en parte para financiar a la industria minera en varias regiones del reino, impactando además de manera directa en el desarrollo agrícola y ganadero, lo que dio lugar a la aparición de importantes complejos productivos (haciendas y ranchos) que con el tiempo rompieron su dependencia con la minería, lograron conquistar otros mercados consumidores para sus productos y potenciaron el desarrollo económico regional.

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Bartolomé Rodríguez Palma llegó al reino de la Nueva Galicia en 1676 con los grados de bachiller y clérigo presbítero, aunque nunca ejerció su ministerio, al menos en esas tierras, pues se dedicó en exclusiva a la explotación de minas. Lo cierto es que desde su llegada se enfocó con ahínco a la búsqueda de yacimientos de plata, y los encontró en el real de San Antonio de Jolapa, jurisdicción de Guachinango, que se encontraba desde hacía mucho tiempo abandonado debido a que sus minas estaban inundadas. Después de denunciarlas y obtener la propiedad de ellas, logró en 1678 que el rico comerciante de Guadalajara, Miguel de Siordia, le proporcionara los avíos necesarios para trabajarlas.

Aplicó en ellas una técnica muy costosa y arriesgada, que era poco utilizada por los mineros, pues requería además avanzados conocimientos de geometría subterránea (esto nos da una idea de lo leído y preparado que era). Ésta consistía en perforar un socavón por la ladera del cerro, el cual terminaba justo por debajo del nivel de las aguas y entonces, por simple efecto de gravedad, el agua salía por dicho túnel dejando las minas listas para explotarlas. Las vetas que encontró contenían plata de mucha ley que le generaron ganancias de inmediato, mismas que comenzó a reinvertir estratégicamente.

Compró la hacienda de ganado mayor nombrada Amasaque en Hostotipaquillo y en 1681 la rica y próspera de Cuisillos, ubicada en Tala a unos 50 kilómetros al noroeste de Guadalajara. La primera se trataba en realidad de una propiedad en la que no sólo se criaba ganado mayor; en sus tierras se ubicaba también una mina de plata llamada Albarradón y una planta de beneficiar metales por el método de azogue construida en las cercanías del río Mochitiltic, de donde se extraía el agua para utilizarla como fuerza motriz. Un detallado inventario realizado en 1686 muestra las enormes inversiones de capital fijo que se habían hecho en ella.

Sus instalaciones incluían un molino con seis mazos y sus ruedas e instrumentos que estaba conectado a un caño o acequia de cal y canto de 78.5 varas de largo y - de ancho (una vara equivalía a 80 centímetros) por el que corría el agua para hacerlo funcionar; también había una presa de cal y canto de 32 varas de largo, cinco de ancho y tres de alto que atravesaba el río. Ésta tenía una compuerta hecha del mismo material, de siete varas de largo, 2.5 de ancho y 3.5 de alto. El agua ahí acumulada era conducida por una acequia de dos pretiles que medían media vara de ancho cada uno y 608 varas de largo hasta la galera donde se encontraban las cuatro ruedas de agua que movían los molinos y los tres lavaderos y atarjeas, donde se lavaba el metal. Esa acequia estaba construida sobre un andén o pared de cal y canto de cuatro varas de alto y de ella salían cuatro atarjeas o caños de dos pretiles para que cayera el agua sobre cada uno de los molinos. Cada una contaba con su propia compuerta para controlar el agua. La galera de los molinos medía 33 varas de largo por 12 de ancho con sus cimientos de piedra. A un lado estaba la casa de lavado que tenía 24 varas de largo con un nuevo lavadero de dos tinas con sus ruedas y una desazoguera. Había un cuarto de 15 por seis varas de adobe y piedra, donde se guardaban los consumibles como sal, maíz, fríjol, cal, dos escaleras de madera, sebo crudo y en velas, el azogue y el magistral. En ese mismo cuarto se encontraba también una fragua con tres pares de fuelles.

En la casa de carpintería había ocho hachas de fierro, cinco barrenas grandes y cuatro pequeñas, dos formones, dos escoplos, un compás de fierro de una tercia de largo, un martillo de oreja, un cepillo para madera, dos escuadras, un compás de palo con punta de hierro, una sierra manera de una vara de largo y otra obrajera. La casa principal contaba con una acequia que conducía el agua para su servicio. Había otras 39 casas -donde vivían la gente de la cuadrilla y los 21 esclavos negros-, un cementerio y una capilla para celebrar misa. La hacienda tenía un rancho que servía para guardar el ganado vacuno y caballar que se utilizaba en las labores cotidianas. Los animales eran una manada de yeguas mansas compuesta de 34 cabezas y su caballo garañón, 52 caballos mansos de rienda, tres mulas y dos machos de carga, 65 reses entre vacas chichihuas y novillos, siete bueyes que servían de cabestros, 96 mulas y machos mansos de recua y otras diez bestias caballares.

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La hacienda de Cuisillos que compró en 1681 fue quizá la más rica e importante en un radio de 60 kilómetros a la redonda de Guadalajara. Ubicada en el valle de Tala, tenía una extensión de 21 sitios de ganado mayor (cada uno equivalía a 1 675 hectáreas) y 13 caballerías (cada una equivalía a 42 hectáreas) con tierras muy fértiles, abundancia de agua y un clima muy propicio para la agricultura y la ganadería. Desde principios del siglo XVII, los cronistas la destacan como la principal productora y abastecedora de trigo y harina de Guadalajara.

Durante el tiempo que Rodríguez Palma la mantuvo en su poder incrementó las inversiones en ella al construir una hacienda de beneficiar plata por azogue, introducir el cultivo de la caña, instalar un trapiche para producir panocha y aumentó el número de animales en ella. Esta hacienda contaba, además, como muchas otras que sembraban trigo, con el privilegio de recibir dos veces al año mano de obra indígena mediante el sistema de repartimiento forzado asalariado para realizar la siembra y cosecha de ese grano. A lo largo del siglo XVII fue la que más indios recibió, con un promedio anual de 180 trabajadores. De hecho, fue la única que gozó con una serie de repartimientos adicionales a los que recibían las demás haciendas. Obtenía muchachos para que hicieran la escarda en los meses previos a la cosecha, indias para trabajar en labores domésticas y se le permitía destinar a los trabajadores a otras faenas agrícolas, a pesar de que estaba prohibido.

El contar con la ventaja de una mano de obra segura temporal le permitió a Rodríguez Palma concentrar a sus trabajadores fijos, entre ellos esclavos negros, en la molienda y beneficio de la plata de los minerales que llegaban de sus minas de Etzatlán. Pero no sólo esos dos grandes complejos desarrolló Bartolomé, aunque sí fueron los más importantes. En el año de 1682 adquirió, por medio de un remate público, dos haciendas que se les habían embargado al contador y tesorero de la caja real de Guadalajara por fraudes que habían cometido. Éstas eran las de San Gaspar de Colotitlán y la de Guejotitán, que se localizaban en la provincia de Autlán, al sur de Guadalajara.

En los años siguientes expandió sus inversiones a los reales de Ostotipac y San Sebastián, siempre en minas abandonadas e inundadas, donde utilizaba su novedosa y arriesgada estrategia de perforar socavones para desaguarlas. En el primero, tuvo éxito con rapidez en una de las minas, pues el túnel que hizo le permitió obtener durante años plata de mucha ley. Para poder realizar estas obras, Rodríguez Palma contó con el apoyo del presidente de la Audiencia de Guadalajara, quien le dotó de trabajadores indígenas en una época en la que los repartimientos eran prácticamente exclusivos para la siembra y cosecha del trigo.

Siempre con la intención de asegurar el abasto de insumos a sus minas, continuó adquiriendo otras propiedades, como la hacienda agrícola y ganadera de Tepusguacán, localizada en Guachinango, y a principios de la última década del siglo XVII compró el derecho a recaudar el diezmo de los curatos de Guachinango y Mascota, donde abundaba la crianza de mulas, por las que pagó 1 439 pesos en efectivo. Para estos años había comenzado a explotar unas minas en el real de Los Reyes, alcanzando en ese momento el punto de mayor expansión de su complejo minero que incluía, entre otros bienes, un número indeterminado de minas en seis reales distintos, once haciendas de beneficiar plata que el mismo había construido y cinco haciendas agrícolas y ganaderas, todo en el lapso de 17 años.

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Su fama y experiencia hicieron que otros mineros lo invitaran a realizar ese tipo de perforaciones en sus minas, ofreciéndole a cambio una parte de las acciones. Así ocurrió en la mina Santa Cruz en Etzatlán a finales de siglo, cuando se inundó y quedó imposibilitada para trabajarse. Después de hacer unas catas sobre la ley de los metales, Bartolomé decidió participar, a cambio de que le donaran la mitad de ella. Una vez aceptadas sus condiciones, perforó un socavón que le costó más de 19 000 pesos. Se ignora cuánto duró la obra, pero al parecer no le llevó mucho.

Es verdad que la exitosa inserción de Rodríguez Palma en la industria minera se sustentó en gran medida en su conocimiento y habilidad para perforar socavones, pero, como todo minero, dependió de los préstamos que logró gestionar para iniciar a laborar, pues sin ellos de nada le servía lo primero. La relación comerciante-minero siempre fue una constante en la que el primero facilitaba los insumos necesarios para que el segundo realizara las explotaciones y beneficiara la plata con la cual pagarle. Mientras ésta fluyera, los convenios de colaboración se mantenían, pero cuando la bonanza se transformaba en borrasca los problemas para el minero comenzaban, pues no tenía fluidez para saldar la deuda y, llegado el caso, sus propiedades le eran embargadas ya fuera de forma temporal o definitiva. Durante más de veinte años el clérigo Bartolomé Rodríguez mantuvo un convenio de financiamiento con el rico comerciante de ...

La hipótesis central de este artículo -respaldada en un análisis hermenéutico- plantea que el gran éxito económico que alcanzó Bartolomé Rodríguez lo enfocó y bifurcó en dos aspectos. El primero consistió en establecer sólidos lazos afectivos con poderosos personajes de la sociedad novohispana, como el arzobispo de México, el obispo de Guadalajara, el presidente de la Audiencia de la Nueva Galicia, el vicario general de los jesuitas en Roma, oficiales de la Real Hacienda, ricos comerciantes y hacendados locales. El segundo y más notable aspecto lo plasmó en la realización de numerosas obras filantrópicas a las cuales destinó considerables sumas de dinero con el claro objetivo de mantener alejado el estigma de português-judaizante tanto para él como para sus familiares y algunos paisanos, que se desempeñaban como sus agentes y socios comerciales, respectivamente.

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