Descubre Hacienda Los Pozos: El Paraíso Secreto en la Carretera a Chapala Que No Querrás Perdertepost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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En Hacienda Los Pozos, ubicada en la carretera a Chapala antes del aeropuerto, encontrarás todo lo que esperabas para una boda de ensueño. Este lugar les promete largas horas de diversión contando con todas las comodidades que su boda puede necesitar.

La combinación de espacios convierte a la quinta en un lugar a tener muy en cuenta para este festejo tan especial. Sus jardines y salones interiores recrean perfectamente todo lo que una boda como la que quieren celebrar.

Espacios y Capacidades

Con su aforo desde 100 personas, y hasta más de 1,800 invitados, esta quinta les brinda la opción de crear cualquier tipo de boda y ambiente en el que hayan pensado. Además, cuentan con salones cerrados si lo prefieren.

Servicios y Costos

En Hacienda Los Pozos se pueden encontrar menús de boda con un costo por invitado desde $800 hasta $32,500. Hacienda Los Pozos ofrece sus servicios de banquete de boda para un mínimo de 100 invitados y puede dar servicio hasta un máximo de 2500 invitados.

Recomendaciones

A Hacienda Los Pozos lo recomienda el 97% de las parejas que ya disfrutó de sus servicios. Su puntuación global es de 4.8 sobre 5 que se desglosa del siguiente modo:

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  • 4.9 en flexibilidad
  • 4.9 en relación calidad/precio
  • 4.8 en calidad del servicio
  • 4.8 en tiempo de respuesta
  • 4.8 en profesionalismo

Actualmente Hacienda Los Pozos dispone de 1 promoción de descuento exclusivo y 1 promoción de regalo para los servicios de boda.

Historia de la Región de la Ciénaga de Chapala

La región de la Ciénaga de Chapala de Michoacán de Ocampo, desde la época prehispánica hasta la actualidad, ha sido sometida a cambios sociales drásticos impulsados desde el centro del país y auspiciados por los grupos hegemónicos de la región.

En el porfiriato se dio una de las transformaciones más radicales para la región, puesto que se desecaron cerca de 70,000 hectáreas del lago de Chapala, principal vaso regulador de la zona, cuyas tierras se utilizaron para la siembra de cultivos básicos como maíz, frijol, garbanzo y trigo.

Otro momento importante en la historia de la Ciénaga de Chapala es el ejercicio de gobierno de Lázaro Cárdenas, pues, la ejecución de su proyecto de gobierno contó con una amplia política social que transformó las condiciones socioeconómicas de la región.

Después del gobierno cardenista (1934-1940) y hasta la década de los setenta, se modificaron sustancialmente las relaciones sociales, económicas y políticas, puesto que los ejidatarios recibieron crédito para la siembra exclusiva de algunos cultivos, como sorgo, maíz y trigo.

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Sin embargo, a la par de este proceso comenzó la formación de grupos de poder conformados por dirigentes ejidatarios, caciques y funcionarios del gobierno, lo que al paso del tiempo provocó la entrega selectiva de créditos.

Con el establecimiento del modelo neoliberal y la debacle del Estado de bienestar en los ochenta, la región empezó a resentir cambios en la actividad económica causada por el desmantelamiento de la planta productiva nacional y local a partir de los privilegios que el Estado otorgó a la inversión extranjera especulativa.

El Concepto de Región

Para abordar los procesos de cambio en la Ciénaga consideramos necesario hacer un ejercicio básico de aproximación al concepto de región, que como categoría de análisis ha pasado por un sinnúmero de debates que han dado como resultado una caracterización heterogénea del concepto.

Entre ellas destaca "La teoría de los lugares centrales" de W Christaller; la de "Los espacios económicos" de Jaques Boudiville; y la de "Polos de crecimiento" de Perroux Francois. El concepto es polisémico, derivado de la diversidad de corrientes, escuelas y estudiosos (Sandoval 2012).

En esta diversidad interpretativa destacan las geográficas e históricas porque permitieron "la localización del objeto en el espacio y en el tiempo y su distinción de otros objetos con una misma característica" (Boehm 1997, 17).

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Para fines analíticos, aquí retomamos la interpretación de Juan José Palacios, quien considera a la región como una "noción abstracta de un ámbito en cuyo interior se cumplen ciertos requisitos de semejanza u homogeneidad, ya sea que éste se conciba en el mundo material que conocemos o hasta en cualquier lugar del universo" (Ávila 1993, 104).

Debido a este amplio universo semántico, el concepto de región puede variar, ya que al provenir de distintas disciplinas, incluso puede contraponerse.

En abono a la conceptualización de Palacios, Guillermo Paleta considera que la región es "una construcción social con referentes espacio-temporales que diseñan las personas que los habitan y viven a partir de la interacción que mantienen con otras regiones y con la cultura nacional" (2012, 41).

Existen algunas visiones convencionales como la de "Los espacios abstractos", propuesta por la Escuela Francesa; la "Región económica", expuesta por la Escuela Alemana; y "La región productiva" sustentada por la doctrina neoclásica inglesa.

Por su parte, la Escuela Argentina propone "La región integral", la cual reconoce que "cada sociedad organiza su espacio y le imprime una forma específica de configuración". Esto significa que, acorde con el modelo nacional imperante, la formación social es un elemento determinante para diferenciarse.

En México, el estudio de la región data de la época colonial desde la geografía, la cual se orientó a estudiar la división de los espacios que el poblamiento europeo generó; en el siglo pasado predominaron los trabajos sobre la ordenación natural de la superficie y la acción del hombre en este espacio.

La historia por su parte aportó la dimensión temporal y "sus concepciones sobre los tiempos históricos y los límites geográficos de sus construcciones socioculturales" (Boehm 1997, 27).

El aporte antropológico se caracterizó por vincular en sus estudios la relación hombre-naturaleza, lo cual permitió abrir nuevos cauces de análisis de la región.

Las regiones, entonces, representan una expresión administrativa territorial que configura "Grandes polos" o "Lugares centrales de desarrollo", cuya delimitación se da a partir de la integración de cuencas hidrológicas, económico-agrícolas, político-administrativas, naturales, geoeconómicas, hasta las de crecimiento hacia afuera que buscaron acortar la brecha de desigualdad entre una región y otra.

En este sentido, podemos sostener que la región es un espacio con características propias y propiedades comunes que sirve para ubicar y designar unidades territoriales que son parte de una entidad.

La Ciénaga Antes y Después de la Conquista Española

Antes de la llegada de los españoles, la agricultura de la Ciénaga era de subsistencia, como en muchas otras regiones del país, lo cual le permitía a los indígenas rotar sus terrenos de cultivo para disminuir el agotamiento de los suelos.

Esta forma de vida no permitía la formación de grandes concentraciones humanas, sólo pequeñas aldeas cercanas a los sitios de trabajo, donde los excedentes de las cosechas eran utilizados para el intercambio de artículos con los pobladores de otras aldeas.

Como podemos observar, la organización comunitaria de los indígenas contrastó con el tipo de organización imperante en Europa, la cual aceleró el intercambio de tecnologías y la explotación de los recursos naturales, con el objetivo de proveer a las grandes ciudades de materiales diversos, así como de alimentos.

Con la llegada de los españoles al continente se propició la conformación de grupos diversos, desde delincuentes que se dedicaron al saqueo, hasta aquellos que deseaban convertirse en señores feudales, por lo que se apropiaron de importantes extensiones de tierra.

La expansión de los españoles y sus ambiciones de riqueza ocasionaron la fragmentación del territorio y la acentuación de los problemas con los indígenas que aún tenían terrenos comunales, los cuales eran utilizados para la agricultura de subsistencia.

Por ejemplo, en el caso de la producción ganadera, el crecimiento de los hatos era tal que los colonialistas presionaron a los gobiernos para que les otorgaran nuevos terrenos de pastoreo, que eran propiedad de los indígenas.

La adquisición de estos terrenos requirió, posteriormente, del establecimiento de mecanismos legales para el reconocimiento de la propiedad privada, lo que permitió que los ganaderos se apropiaran definitivamente de dichos terrenos (Ibid., 91).

En respuesta a dicha expansión, los indígenas incendiaron las estancias, desaparecieron ganado, protegieron las pocas tierras de cultivo que aún tenían y las utilizaron como límites legales para apartar a los criadores y pastores.

Destaca también que en este proceso la estancia fue el principal instrumento administrativo de ordenación y distribución de espacios territoriales que aplicaba los derechos de uso de suelo, del agua y otros recursos naturales; también funcionaba como escuela de trabajo para los indígenas que eran empleados en la ganadería, la construcción, la herrería, la carpintería y la curtiduría.

Con la expansión de la clase ganadera, los grupos indígenas empezaron a decrecer, al grado que se llegó a mencionar sarcásticamente que "las vacas se comieron a los indígenas" (Ibid., 166).

La apropiación de la tierra definió las relaciones sociofamiliares y el proceso de formación de sus dominios en la región y sus alrededores. Esto propició que la estructura de poder regional se articulara a partir de las relaciones que se fueron construyendo con base en actividades realizadas como funcionarios civiles, militares, comerciantes, hacendados y eclesiásticos (Ibid., 134).

Salvo las haciendas de Copándaro y Cuitzián, las de San Simón, San Nicolás, Sindio, San Antonio, Platanal, La Palma y Cojumatlán del Monte, por su cercanía al sistema fluvial lacustre del Lerma-Chapala-Santiago, adquirieron mayor valor y tuvieron una destacada participación en la producción agropecuaria, aunque no alcanzaron el desarrollo que tuvieron las de Guaracha y Buenavista.

Según González (1979), Guaracha fue la hacienda más importante en la Ciénaga de Chapala, debido a que llegó a controlar más de cien mil hectáreas y llegó a ser la más grande del Estado.

Con el dominio español, los poblados de la región pronto fueron sometidos al control de la Colonia y grandes extensiones de tierra de la Ciénaga fueron aprovechadas para agostar el ganado, sobre todo, en la temporada de secas y gozar del servicio personal de los naturales (Ochoa 2003, 47).

Finalmente, las haciendas materializaron las posturas económicas, políticas y sociales de la época, a las cuales acudieron numerosos indígenas en busca de trabajo.

La época de las haciendas continuó sin cambios significativos, hasta que en 1810 comienza la guerra de independencia, la cual tuvo un impacto importante en la región de la Ciénaga debido a que las haciendas fueron los principales blancos de ataque de los independentistas, ya que sus propietarios apoyaron a la Corona española.

En esta época, la producción agroganadera disminuyó significativamente, lo que afectó a toda la población, principalmente a los más pobres.

Al final de la guerra, comenzó a registrarse una recuperación significativa de la producción agroganadera; sin embargo, empezó a vislumbrarse también una cruda realidad para los indígenas y mestizos que participaron en ella, ya que seguían siendo peones de las haciendas, ahora en otras manos.

Con las reformas del gobierno de Benito Juárez, en la Ciénaga de Chapala, disminuyeron considerablemente las grandes propiedades del clero, se privatizaron las tierras, lagunas y ciénagas, las cuales se pusieron en venta y se eliminó la tenencia de los comuneros indígenas.

Durante la época del porfiriato se incrementaron notablemente las vías de comunicación, lo que permitió la expansión del transporte masivo de mercancías, pero también estimuló la expropiación de las tierras que aún estaban en manos de algunos indígenas, argumentando que no tenían documentos probatorios.

Díaz puso al Estado al servicio del capital, convirtiendo nuevamente a la hacienda en la unidad económica de la producción agropecuaria y el centro de la organización socioeconómica y política, con lo cual se transformó en una empresa capitalista.

Por otro lado, el proceso de "modernización" porfirista abonó en la construcción de intermediaciones políticas caciquiles, que sirvieron de base para articular centros económicos y tecnológicos, desde donde se controlaba el mercado, las redes de comercialización y el crédito, así como el asentamiento de la burguesía agraria regional.

Con ello, se construyó una cultura política basada en lealtades patrimoniales, paternalismo y corrupción.

En esta euforia productiva, la Ciénaga resultó atractiva para los grandes terratenientes, como Manuel Cuesta Gallardo, gobernador del estado de Jalisco (1911), quien al vislumbrar el potencial productivo de la zona, le propuso a Porfirio Díaz desecar los terrenos del lado sureste del lago, mediante la construcción de un bordo.

Así, entre 1904 y 1908 se realizó la obra civil del bordo de contención de Maltaraña, para desecar 560 km2 en los límites de Jalisco y Michoacán, y formar lo que hoy se conoce como Ciénaga de Chapala, una planicie de aproximadamente 80,000 hectáreas (Guzmán et al., 2001; Boehm 2002).

La administración y dirección de la desecación fue cedida por el gobierno federal a empresarios de Jalisco y Michoacán ligados a la hacienda de Guaracha, debido a la influencia que los hacendados tenían para controlar los negocios derivados del proyecto modernizador y más de la mitad de la producción agrícola del distrito de Jiquilpan.

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