Descubre la Fascinante Historia y el Encanto Único de Hacienda San Nicolás de las Fuentes en Teuchitlánpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
771 715 4434

El hotel Hacienda San Nicolás de las Fuentes es un espacio con mucho encanto ubicado en el pueblo de Teuchitlán, en las faldas del Cerro de Tequila. Se presta para ser la sede de bodas románticas y eventos especiales. La hacienda ofrece vistas espectaculares del Valle de Ameca con unos atardeceres que les quitarán el aliento. Además de la renta del espacio, Hacienda San Nicolás de las Fuentes cuenta con servicio de hospedaje, 10 cómodas habitaciones con capacidad de 37 adultos y 9 menores de 0-4 años. También contarán con mobiliario, decoración, banquete y atención personalizada para lograr que su evento sea inolvidable. Se adapta a las necesidades y gusto de cada cliente.

En Hacienda San Nicolás de las Fuentes se pueden encontrar menús de boda con un costo por invitado desde $450 hasta $850. Hacienda San Nicolás de las Fuentes ofrece sus servicios de banquete de boda para un mínimo de 50 invitados y puede dar servicio hasta un máximo de 250 invitados.

Teuchitlán y sus Atractivos

En este municipio se encuentra el sitio arqueológico más visitado de Jalisco, los Guachimontones. Sus peculiares pirámides circulares son vestigios de una cultura prehispánica del período clásico que tuvo su máximo esplendor entre los años 200 y 400 DC.

Este lugar es considerado “lugar dedicado a la divinidad” por el enigma, magia, cultura, leyenda, tradiciones y costumbres que lo rodean.

¿Dónde comer? ¿Dónde hospedarse?

Lea también: El sabor único de la Crema de Sotol

  • Hacienda Labor de Rivera
  • Hacienda San Nicolás de las Fuentes
  • Hotel Teuchitlán

Historia y Recursos Forestales

Los bosques, montes y pastizales, con los muy diversos recursos que comprenden, fueron fundamentales en la vida de los pueblos, haciendas y fábricas desde tempranas épocas de la era colonial. A lo largo de siglos, cuantiosas leyes, así como normas consuetudinarias, trataron de ir reglando los variados derechos de acceso, uso, posesión y propiedad, lo que frecuentemente derivó en contradicciones y vacíos legales. Aun cuando hubo conflictos numerosos y diversos, las siguientes páginas únicamente explorarán las tensiones entre haciendas y pueblos, no solo porque fueron decisivas para conformar los territorios forestales, sino también porque permiten asomarnos a la historia social y económica de los habitantes humildes, principalmente de aquellas comunidades que poseían recursos forestales.

Lógicamente, hubo enormes variaciones en cada rincón de un país tan extenso y diverso como México, por lo que, para lograr la concreción debida, este artículo se limita al estudio de una zona con densos bosques en el suroeste de la ciudad de México, localizada en la serranía del Ajusco en Tlalpan -donde nace el río Eslava-, así como en la serranía de las Cruces en la cuenca del río Magdalena.

Un primer hilo conductor de este trabajo propuso que, si bien durante los primeros 90 años del México independiente (1820-1910) en esta región se experimentaron transformaciones considerables que tendieron a la privatización y a una utilización más intensiva e industrial de los recursos, los usos y derechos del bosque no fueron trastocados de manera radical. Claro que hubo tensiones persistentes entre los actores sociales y los privados, muchas de las cuales se evidencian en el material de archivo. Sin embargo, hasta el estallido de la revolución mexicana de 1910, no se advierten alteraciones extremadamente radicales, ni en los conflictos respecto a la leña, la madera, el carbón, el pastoreo y los parajes que se abrían al cultivo, ni en las formas como actores individuales, actores sociales y autoridades buscaban solucionar, o sobrellevar, las querellas.

La revolución de 1910 -la primera revolución social moderna de occidente- cambió, a veces de manera drástica, los derechos sobre los bienes naturales. Los dramáticos acontecimientos que se vivieron en esta región durante los primeros años revolucionarios pusieron al desnudo cómo el statu quo solo conformaba un equilibrio inestable, una calma tensa susceptible de quebrarse. Así, una segunda hipótesis que complementa la primera, la que resalta la notable continuidad en los nexos entre haciendas y pueblos, es que, por debajo de las aguas plácidas del statu quo, había corrientes subterráneas de conflictividad que salieron a flote cuando la revolución rompió las compuertas del orden establecido.

Entre las raíces del descontento destacan dos, perfectamente entrelazadas en el tiempo: los derechos diversos por los recursos del bosque, así como los agravios morales y de justicia, en especial el trato que leñadores, carboneros, pastores y otras gentes del común recibían de quienes ejercían su autoridad sobre ellos.

Lea también: Patrimonio en la Sierra Gorda: Hotel Misión Hacienda Concá

El Papel del Administrador de Hacienda

Es posible que la historiografía mexicanista no le haya concedido la trascendencia debida a un personaje cuya importancia queda en manifiesta mediante esta investigación: el administrador de hacienda, nexo fundamental entre pueblos y fincas, que regía buena parte del trato diario con los del pueblo, así como las mil aristas de los derechos al bosque. Tal y como sucedía desde hacía siglos, el roce de leñadores, pastores, carboneros y otros se escenificaba, no tanto con los dueños, sino con los diversos encargados del mando social.

Conviene hacer aquí una breve introducción al tipo de poderes que podían ejercer los administradores sobre los habitantes de la región, ya que dieron pie a numerosas querellas desde la era colonial y hasta el siglo XX. Estos personajes actuaban, con frecuencia, en colusión con autoridades menores, como jueces locales y corregidores de policía. Entre sus prerrogativas sobresalía el emitir los “boletos” con que los pobladores pagaban sus derechos en torno a la leña, madera, carbón y pastos, lo que daba pie a conflictos y arreglos sobre el precio y la adquisición de dichos vales.

Los administradores también eran fundamentales para amonestar y detener a los infractores -reales o supuestos- de los reglamentos y costumbres en torno al bosque, monte y pastizales. A los del pueblo les resultaba especialmente gravoso tener que pagar las multas para que se les devolvieran sus animales e instrumentos de trabajo y, en especial, que se les hiciese prisioneros en las propias haciendas o se les entregara a las autoridades. Además, solían representar jurídicamente a las haciendas y encabezar sus litigios y querellas judiciales.

Un ejemplo típico de estas tensiones, que se expondrá con detalle, tuvo lugar en 1872, cuando el pueblo de San Nicolás Totolapan acusó al administrador de la hacienda San Nicolás Eslava de malos tratos y exigió que respetase sus “propiedades y posesión”; que permitiese a sus habitantes sacar madera y leña de los montes; que ya no los detuviese arbitrariamente, y que dejase de obstaculizar el nombramiento de representante del pueblo que habían decidido.

Quienes mandaban en la vida cotidiana de las haciendas ejercían un control profundo sobre sus trabajadores permanentes y temporales, mismos que solían ser de los pueblos contiguos; determinaban un sinnumero de aspectos sobre sus condiciones de vida, sus labores y prestaciones, así como el orden y “respeto” que debían profesar a la finca. Dada la posición clave que desempeñaban, no extraña que en los papeles viejos con que tejemos la historia se apiñaran, a lo largo de siglos, las quejas en su contra.

Lea también: Detalles del proceso de estadidad en Baja California

Los Bosques de las Cuencas de los Ríos Magdalena y Eslava

Los bosques de las cuencas de los ríos Magdalena y Eslava son, aún hoy, a principios del siglo XXI, trascendentes por su valor ambiental, su alta biodiversidad y por ser la principal fuente de agua superficial de la ciudad de México. Hoy, estas serranías arboladas se localizan, mayoritariamente, en la cañada de Contreras, lo mismo que en la serranía volcánica y accidentada del Ajusco en Tlalpan.

La zona fue poblada desde inicios de la era cristiana; hacia el siglo XIV hubo asentamientos mexicas -todavía hoy hay hablantes de náhuatl- así como de tepanecas que acabaron dominados por los primeros, a quienes debieron pagar tributo. De hecho, desde entonces, Totolapan pagaba con madera dichas cargas tributarias. La guerra fue una constante: aquí se escenificaron batallas de cierto peso durante la conquista española. La población indígena dominó, y para fines del siglo XVIII, 84% de los habitantes eran así considerados.

Dadas las condiciones del terreno, estos pueblos estaban habitados por madereros, carboneros, leñadores, pastores y algunos campesinos, además de obreros de las fábricas del textil y del papel asentadas sobre el río Magdalena. Trabajadores fabriles y los del campo solían provenir de las mismas familias y pueblos.

En cuanto a las fincas privadas, a principios de la era novohispana, algunas eran de españoles y otras de caciques indígenas. El primer dominio privado perteneció originalmente al cacique indígena de Coyoacán. Se le llamó Mipulco o Eslava -en ocasiones anteponiéndoles el nombre de San Nicolás-, y sería la principal hacienda de la región a lo largo de siglos. Al inicio medía cuatro caballerías de tierra (172 ha) y desde la era colonial tuvo como vocación la explotación maderera. Experimentó numerosos cambios de dueño y de nombre.

Disposiciones Novohispanas y Derechos de los Pueblos de Indios

Reproduzco por ello algunas disposiciones tendientes a asegurar que los bosques, montes y otros recursos, como el agua, fuesen “comunales” y que los indios accediesen a ellos de manera libre y sin trabas. Desde que se dictaron estos derechos respecto de aguas, tierras, pastos y leña, y como sucedía en otros espacios iberoamericanos, muchos pueblos se ampararon en ellos utilizándolos en los siglos por venir.

Al mismo tiempo, la corona española marcó límites al usufructo que los indios podían hacer para que no lastimasen ni los bienes naturales ni el equilibrio con otros actores sociales. En el siglo XVIII se ratificó su capacidad de entrar en estancias y montes para el “corte de todas aquellas especies de leña y maderas que necesitasen para sus propios usos y el de sus familias, fábricas y reparo de su casa y jacales, como también en el de sus iglesias; bien entendidos de que no por este beneficio había de talar, destruir o destrozar los árboles ni causar ningún perjuicio”. Es significativo que esta potestad comprendiera solo “lo necesario y preciso a sus propios usos y menesteres” y castigara a quienes “intentasen vender, o utilizarse en otra forma”, pues se buscaba un equilibrio entre pueblos y hacendados y, por mucho tiempo, en ello se ampararon ciertos propietarios para limitar los derechos de las comunidades sobre el bosque.

En esta cuenca del río Magdalena la corona otorgó a los pueblos títulos sobre varios territorios, en especial, en tanto bienes comunales de los que tomaron posesión y que incluían amplias superficies boscosas. Desde temprano, estos actores colectivos buscaron asegurar sus derechos mediante títulos, mapas y lienzos que hasta hoy continúan como los documentos fundamentales con que las comunidades “originarias” -término que ahora se utiliza- han defendido sus tierras, aguas y bosques.

En muchos rincones novohispanos, entre ellos estas cuencas, surgieron querellas por el haz de derechos sobre bosques y montes. Los hubo entre y dentro de los pueblos, al igual que entre estos y los particulares. Nicole Percheron, en su estudio detallado sobre la serranía del Ajusco, señaló cómo, desde el siglo XVI, las propiedades privadas invadieron recursos comunales, tendencia que sería la base de los conflictos -y sus posibles arreglos- desde la era independiente y hasta la revolucionaria.

En 1529 toda esta serranía había pasado a formar parte del marquesado de Cortés en la jurisdicción de Coyoacán. Las disputas no tardaron en aparecer y algunas comunidades rechazaron la pretensión del conquistador y de sus herederos de considerar sus recursos comunales como parte de su marquesado. Las grandes haciendas -San Nicolás Mipulco (o Eslava), La Cañada, Xoco y El Arenal- buscaron monopolizar recursos forestales.

Cuando México comenzó a forjarse a sí mismo, y hasta entrado el siglo XX, la explotación forestal siguió siendo vital para las comunidades del Ajusco, de la sierra de Las Cruces y de la cañada de Contreras. De ahí sus habitantes obtenían un amplio rango de productos: de comida, medicinales, energéticos, de producción económica, y otros. Estos pueblos, al igual que otras zonas de montaña, como las del Nevado de Toluca, explotaban diversos tipos de madera para construcción y combustible, producían carbón -la principal fuente de energía en el campo y la ciudad, para su autoconsumo o para vender en mercados locales y en la ciudad de México- y contaban con territorios para pastar, cazar, sembrar, recoger frutos, verduras, tés y hongos, raíz de zacatón que se vendía como materia prima industrial para la fabricación de cepillo, ocochal o paja de monte para la crianza de aves domésticas y utilizada en la fabricación de adobes de barro; tierra de monte para abono; piedras, tezontle, carrizo y hierbas medicinales, “piñas” de ocote para combustible y adornos, así como para “sangrar los árboles”, es decir, extraer su resina.

Durante las primeras décadas después del corte de amarras con España, en estos territorios arbolados se mantuvieron derechos sobre bienes comunales y particulares, bienes notariados como propiedad privada y otros en posesión, así como derechos de acceso y de usufructo que volverían enredado el devenir de los recursos naturales.

tags: #hacienda #san #nicolas #de #las #fuentes