El capitalismo moderno, desde la revolución industrial en el siglo XVIII hasta nuestros días, ha experimentado diversas burbujas seguidas de crisis económicas de diferente magnitud. Las burbujas no son solo momentos de euforia irracional y fenómenos caracterizados por previsiones cuasi-generalizadas de un estado sobrecargado de confianza respecto de la “psicología del mercado”, sino subproductos de las transformaciones que el capitalismo, la producción y las finanzas experimentan a lo largo de los ciclos económicos y de los cambios en el patrón de la acumulación capitalista.
Transición al Capitalismo Monopólico y el Crédito
Uno de los principales cambios en el capitalismo sucedió en la transición del capitalismo competitivo al capitalismo monopólico. En términos organizativos una característica central de esta fase es que la figura del empresario y el propietario se funden en una unidad personal que se encarga de la gestión y las inversiones de la empresa, mientras que el capital dinerario invertido regresa por pleno derecho en la forma de los beneficios obtenidos por la venta de las mercancías. El primero, se caracterizó por la libre competencia de capitales industriales que, en la forma de empresas individuales atomizadas, buscaban controlar nuevos espacios económicos y mercados a través de ingentes inversiones en capital físico y el desarrollo de nuevas técnicas productivas. La competencia entre capitales industriales estaba restringida a los mercados nacionales y sus límites los marcaba la cuantía del capital que poseía cada empresario, lo que obstaculizaba la expansión de las actividades empresariales no sólo en relación con la inversión o la capacidad productiva sino también en cuanto a su potencial comercial para abarcar nuevos mercados. Sin embargo, ello requirió la separación de las funciones de productor y propietario, es decir, el capitalista industrial -empresario en activo- que está al frente de la producción y el capitalista monetario -accionista- que recibe una renta de la parte alícuota de acciones que controla.
La ventaja para los capitalistas monetarios es que mientras en una empresa individual el propietario pone todo el capital y controla íntegramente la empresa, en las sociedades por acciones los capitalistas monetarios solo requieren “una tercera o cuarta parte del capital” para ejercer el control sobre la gestión y las funciones productivas de la empresa. En su versión más refinada, el capitalista monetario -rentista- únicamente aporta capital monetario y en contrapartida recibe intereses. Pero, la nueva forma de organización empresarial requería una institución en la que pudieran negociarse los títulos accionarios, lo que hizo que las Bolsas de Valores se impusieran como mercados para el comercio de títulos. Los cuales no se limitaron a títulos con interés -títulos de renta variable- pues con la colocación de valores gubernamentales en Bolsa los gobiernos también accedieron a capital dinerario- títulos a interés fijo- que se sumó a los fondos públicos.
Aunque el crédito bancario había aparecido varios siglos antes del periodo analizado, la lucha por ensanchar las opciones de intercambio comercial llevó a las empresas a incrementar su producción, lo que requería tamaños de planta y escalas de producción que ya no correspondían a las empresas cuyo espacio de reproducción eran las economías nacionales, por lo que en la transición del capitalismo competitivo al capitalismo monopolista se demandaron montos crecientes de capital dinerario. Estos llegaron con la asociación entre las grandes empresas por acciones y los bancos de inversión que pusieron a disposición de las primeras las sumas de capital monetario que, en la forma de crédito, aceleró la monopolización en la industria y el comercio, y permitió a los agentes vinculados a la banca transmutarse en capitalistas financieros. El crédito jugó un doble papel: permitió aumentar las inversiones de las empresas en activos fijos y/o tecnología al tiempo en favoreció la capitalización empresarial porque las utilidades derivadas de los préstamos pudieron convertirse en emisiones accionarias destinadas a incrementar el capital social de las compañías.
El Crack de 1929: Una Burbuja Financiera
En el primer cuarto del siglo XX, el aumento del comercio, la expansión económica de los países más avanzados (Estados Unidos en América e Inglaterra y Francia en Europa) y la necesidad empresarial de mantener los beneficios extraordinarios crearon el ambiente especulativo propicio para el estallamiento de una burbuja financiera de gran magnitud. No es sólo que la avaricia llevara a una compra de títulos irracional que empuja el precio de las acciones al alza cuando los agentes económicos esperan que la bonanza previa a la crisis continúe, o que los Estados desearan seguir colocando valores gubernamentales en mercados boyantes donde la demanda de títulos supera a la oferta, sino la creación de expectativas de ganancia superiores a las normales. Es decir, cuando la compra de valores de compañías con potencial de negociación, a precios por encima de los valores en libro, envía la señal para mantener rondas consecutivas de adquisiciones con fines especulativos en los mercados de valores. Por una parte, los trust o bancos de inversión promovían el crédito para la inversión en compañías bien asentadas y con historial productivo y comercial.
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A finales de la segunda década del siglo pasado, y apoyados en esos mecanismos, los agentes económicos ávidos de capital dinerario accedieron a una liquidez que canalizada a la compra de acciones generó una burbuja especulativa donde había un “divorcio casi completo entre el volumen de los valores corporativos en circulación y los activos realmente existentes”. Por otra parte, bancos centrales cuya política era básicamente dejar al mercado de valores operar libremente bajo el supuesto de que el ajuste entre la oferta y la demanda de valores aseguraría lo que se consideraba la mejor asignación de recursos entre las diferentes alternativas de inversión.
El estallamiento de la burbuja que originó la crisis de 1929 evidenció tres problemas inmediatos: primero, que el alza desordenada de los precios de las acciones bursátiles no tenía relación con la producción, la inversión o los expectativas de beneficios reales de las empresas; segundo, que se requerían enormes inyecciones de liquidez para mantener a flote a empresas y bancos de inversión altamente endeudados y, tercero, que la liquidez no existía porque se había esfumado de los mercados financieros en la especulación previa al deslome del precio de las acciones y el estallamiento de la crisis. Sus secuelas fueron la quiebra masiva de empresas productivas y comerciales, bancos, así como la caída de la inversión y aumento sustancial del desempleo y de la pobreza.
Secuelas de la Crisis y Respuestas Políticas
La drástica reducción de la demanda efectiva afectó también el comercio internacional con lo que la crisis se transfirió al resto del mundo desarrollado. Se impuso la separación de la banca comercial y de la banca de inversión, se volvió más estricta la regulación de las tasas de interés y se creó, lo era visto como una pieza de regulación clave para asegurar la solvencia de las instituciones financieras, el seguro de depósitos. Como describe Mott (2011), parte de la salida a la crisis del 29 llegó con reformas al marco institucional del sistema financiero. Para evitar que se creara un sistema de grandes bancos, con la “Banking Act” o Ley Glass-Steagall de 1933 se limitó la expansión de las instituciones financieras entre los estados de la Unión Americana. El debate económico lo ganaron las políticas keynesianas, o del lado de la demanda, que se impusieron al liberalismo económico hasta entonces dominante. Por lo que para estimular las actividades económicas y revertir la deflación producida después del crack, el Estado asumió el eje de la acumulación capitalista y la ampliación de sus actividades e inversiones (infraestructura, creación de empresas públicas y prestación de bienes y servicios públicos) tuvo un efecto directo en la propensión marginal a consumir que mejoró la demanda efectiva.
Impacto en México
En el caso de México, la gran depresión aceleró la contracción que se venía dando desde 1926 a raíz de la caída del precio internacional de la plata y del petróleo, los dos principales productos de exportación de los que dependían en gran medida las finanzas públicas y la economía en general. El periodo crítico fue el primer semestre de 1932. Hasta antes de la gran depresión, el pensamiento económico imperante fue el clásico-neoclásico: "La generación de economistas que inició su vida profesional en el periodo próximo a la primera guerra mundial se sentía infeliz, y no por poca cosa, al tomar contacto con el estado prevaleciente del análisis económico. El país no debe gastar más de lo que recauda".
En la nota sobre la creación del Banco de México el 1 de septiembre de 1925, se destaca: "La Ley de 25 de agosto concede al Banco de México la facultad exclusiva de emitir billetes que en ningún caso serán de circulación forzosa y establece que la emisión no podrá hacerse nunca por más del doble de la existencia en Caja, en oro acuñado o barras [sic]". En este precepto se encuentra claramente la inserción de México dentro del patrón oro internacional, cuya lógica nace de la teoría clásica.
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Con la destrucción del sistema bancario porfirista durante la Revolución, la polémica ya no se centraba en la conveniencia del monopolio o la libre emisión de moneda, sino en las características que el Banco Único de Emisión debería tener, y cuyo establecimiento se consagró en el artículo 28 de la Carta Magna promulgada en 1917. El establecimiento del Banco de México no se hace realidad hasta 1925, gracias a los esfuerzos presupuestarios y de organización del Secretario de Hacienda, Alberto J. Pani, y al apoyo por parte del Presidente Plutarco Elías Calles. Al recién creado Instituto se le entregó, en exclusiva, la facultad de crear moneda, tanto mediante la acuñación de piezas metálicas como a través de la emisión de billetes.
Gráficas de Interés
GRÁFICA 1 GROSS DOMESTIC PRODUCT (GDP) REAL DE ESTADOS UNIDOS Y TASA DE CRECIMIENTO, 1921-1935.
Del punto de crisis ocurrido en 1929, donde inicia la fase recesiva del ciclo económico, hasta el punto de flexión en 1933, donde termina, la economía estadunidense se contrajo en 26.67%, es decir, poco más de la cuarta parte del tamaño de su economía, el sector industrial fue uno de los mayormente afectados, con una contracción de octubre a diciembre de 1929 del 9.1%, en especial la industria automotriz, que redujo su producción en 71% en tan solo los tres meses posteriores al crack de octubre.
GRÁFICA 3 PIB REAL DE MÉXICO Y TASA DE CRECIMIENTO, 1921-1935.
Tabla comparativa
| País | Contracción Económica (aprox.) |
|---|---|
| Estados Unidos | 28.5% |
| Canadá | 29.5% |
| Francia | 14.6% |
| Argentina | 14% |
| México | 12% |
| Brasil | 6% |
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