Descubre las Sorprendentes Características de las Haciendas en la Colonia que Cambiaron la Historiapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
771 715 4434

El objetivo de este artículo es reconstruir las formas de obrar, pensar y de sentir de los hacendados asociados a su posición social, es decir, su habitus, que hace que personas de un entorno social homogéneo tiendan a compartir estilos de vida parecidos. Se trata de explicar qué distinguió a los hacendados del resto de los actores sociales y cómo fueron vistos o percibidos por los otros, cuáles fueron las representaciones sociales que los caracterizaron y los definieron en el espacio social, y cómo se adaptaron a los cambios en ese espacio.

Por habitus, Pierre Bourdieu entiende el conjunto de esquemas generativos a partir de los cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él. Estos esquemas generativos están socialmente estructurados, han sido conformados a lo largo de la historia de cada sujeto y suponen la interiorización de la estructura social, del campo concreto de relaciones sociales en el que el agente social se conformó como tal. Pero al mismo tiempo son las estructuras a partir de las cuales se producen los pensamientos, percepciones y acciones del agente. El habitus se aprende mediante un proceso de familiarización práctica; a cada posición social distinta le corresponden distintos universos de experiencias, ámbitos de prácticas, categorías de percepción y de apreciación. Cada posición social tiene su propio habitus, creándose así un marco para cada posición social.

Este artículo es una pequeña contribución a la nueva historia cultural que abarca la historia de la cultura material y la del mundo de las emociones, los sentimientos y lo imaginario, así como el ámbito de las representaciones e imágenes mentales, la de la cultura de la élite y la de la cultura popular, la de la mente humana como producto social e histórico y la de los sistemas de significados compartidos, el lenguaje y las formaciones discursivas creadoras de sujetos y realidades sociales. De ahí el interés de estudiar al hacendado desde esta perspectiva.

Para ello es necesario volver la mirada hacia los siglos anteriores, ya que su habitus se encuentra referido a coordenadas sociales específicas en las que cobra sentido y dirección; son constructos históricos definidos y definibles a partir del entendimiento de su inserción en contextos sociales e históricos particulares. Cabe hacer notar que un problema que resalta al estudiar la manera de pensar, obrar y de sentir de los hacendados es el relativo a las fuentes. No son numerosas las memorias o escritos de hacendados, así como los libros de correspondencia de las haciendas que se conserva; sin embargo, nos ofrecen la posibilidad de conocer la manera de pensar y actuar del hacendado; otras fuentes, como la literatura y el cine, nos dan la oportunidad de conocer cómo eran percibidos o vistos los hacendados, pero la visión del trabajo sobre el hacendado se desconoce, por lo que se presenta sólo una dimensión del habitus del hacendado y no la totalidad de lo acontecido.

La Hacienda y sus Dueños

Si bien el término "hacienda" fue usado por los españoles poco después de su llegada para aludir a la acumulación de tierras y bienes que poseía una persona, evidentemente no coincide con lo que se entendió después con ese nombre. Lo que definió como hacienda a una propiedad agrícola fue el sistema de producción que se llevó a cabo en ella, que tenía que ver con el número de trabajadores, su jerarquía y especialización, la finalidad de la producción y sus encadenamientos con el mercado local o regional, es decir, la compleja organización del trabajo con que contaba una unidad productiva. Pero además de ser una unidad económica, la hacienda fue una institución social jerárquica.

Lea también: Toluca: Colonia Las Haciendas

Si bien existieron diversos propietarios de haciendas durante los siglos XVI y hasta la primera mitad del siglo XIX, la gran mayoría de ellos se definieron como labradores, pese a que sus propiedades eran unidades productivas y sociales que reunían las características antes mencionadas. No fue sino hasta las cuatro últimas décadas del siglo XIX, con la puesta en práctica del proyecto liberal de la individualización y desamortización de tierras, que los hacendados se definieron como tales, pese a que los labradores obtuvieron posesiones de tierras cuando la Corona Española les concedió mercedes de tierras, como premio por su acción realizada durante la conquista, o bien porque los peninsulares las adquirieron por diversos mecanismos, ya sea la compra o enajenación de tierras a otros españoles o a los indígenas, con el propósito de ampliar sus propiedades.

La mayoría de esos hacendados, en especial los del norte del reino de la Nueva España, debido a sus características geográficas e históricas (lejanía del centro, escasa población, tierras de frontera e indígenas menos civilizados), lograron hacerse de inmensas extensiones de tierra y adoptaron esa actitud tan característica del gran hacendado y que lo identificó durante mucho tiempo: dominaron y sojuzgaron en sus propiedades con rasgos patriarcales. A fines del siglo XIX algunos hacendados de Yucatán, pertenecientes a la casta divina, tuvieron esa misma característica: señorearon en sus dominios. Actitudes específicas y diferentes comportamientos contribuyeron a diferenciar a los hacendados, por lo que podemos establecer diversos tipos: los que obtuvieron títulos por sus hazañas; los que se relacionaron a gran escala con diversos sectores de la economía (minas, agricultura, comercio) y que debido a ello obtuvieron títulos de nobleza, como el marqués de Jaral del Berrio durante el siglo XVIII, con intereses fuera de sus provincias y que residieron en la capital del virreinato; una categoría intermedia, de una estrategia económica aún insuficientemente definida, y que experimentó dificultades pasajeras; y por último, los hacendados de menor envergadura y de estatura local, que si bien llevaron un estilo de vida señorial, no obtuvieron la estabilidad de su patrimonio y éste con frecuencia estuvo altamente hipotecado, además de que por regulaciones jurídicas como la consolidación de vales de 1804, se vieron afectados considerablemente.

Si tenemos presente que el habitus sufre transformaciones con el tiempo y el espacio, que no representa permanencias inamovibles sino procesos cambiantes, podemos comprender que hubo hacendados que combinaron su actividad económica con la minería, las finanzas y el comercio; tales fueron los casos de Miguel del Berrio en el siglo XVIII y Planearte en Zamora durante el XIX. Además, los hacendados no fueron de un solo tipo. A lo largo de más de tres siglos hubo entre ellos nobles y plebeyos, aristócratas y burgueses, clérigos y laicos, mineros y comerciantes, esclavistas y empresarios, hombres de campo y advenedizos, modernos y tradicionales, exploradores y filántropos, extranjeros y mexicanos, hombres y mujeres. Pero además se diferenciaron los del norte, sur y centro de la República, aunque participaron de algunas características comunes.

La Hacienda como Estructura Social y Económica

Podemos adentrarnos en la manera de pensar, ser y quehacer del hacendado si consideramos que la hacienda fue una institución económica, pero también una institución social jerárquica. Esa jerarquía establecía el conjunto de la vida, y señalaba a cada cual su lugar, implantando deberes y derechos recíprocos: La hacienda era una forma de vida: un orden [...] era una célula del poder social, económico, político y militar, era el núcleo de una sólida estructura de vínculos familiares, que encarnaba un modelo de autoridad y un modelo cultural. Pero no a la manera de un feudo, cerrado y autárquico; la hacienda era un nexo entre el mundo urbano y el mundo rural, y una pieza insustituible del orden agrario.

A pesar de la gran diversidad de haciendas que hubo en nuestro país por las variantes de espacio, tiempo y tipo productivo, se puede hablar de la hacienda mexicana en general, en la medida en que todas y cada una de ellas, tenía una matriz básica, constante, pero no necesariamente imperecedera. La hacienda era un sistema económico y social, al igual que los pueblos, fundamentado en los derechos de uso de la tierra y el agua, cuyo objetivo era la explotación de los recursos naturales por medio del cultivo y/o el arrendamiento. Este objetivo se conseguía a través de la organización del trabajo, así como la provisión de las empresas con las instalaciones necesarias para el sustento.

Lea también: Análisis de Haciendas

Esta unidad socio-económica se sustentaba en una fuerza de trabajo numerosa, cuya organización laboral era muy compleja. Si bien existían diferencias en su estructura laboral, dependiendo del tamaño, localización geográfica y producción, una jerarquía claramente definida incorporaba a la totalidad de los miembros de la fuerza de trabajo de la hacienda, que iba desde las categorías más bajas que ocupaban los "muchachos" hasta el administrador.

Jerarquía Laboral en las Haciendas

La jerarquía laboral estaba integrada por diferentes grupos de trabajadores que se distinguían por su función en el trabajo, las raciones recibidas, el ingreso, las prestaciones otorgadas, etcétera. Mientras más alto era el rango de una ocupación, más elevado era el ingreso, mayores eran las prestaciones, como por ejemplo los créditos, las concesiones de tierra, etcétera. Con base en estos elementos, a grandes rasgos se pueden destacar cinco categorías de trabajadores en una escala descendente.

  1. El grupo de los "meseros": Se les llamaba así porque recibían su pago cada mes, complementado con una ración semanaria de semilla y una cantidad de dinero en efectivo. En esta categoría podemos distinguir dos subgrupos: los que se ocupaban de las labores de la administración de la hacienda, los cuales tenían cierta especialización laboral, como el administrador, el escribiente, los mayordomos y, en algunas ocasiones, un maestro de escuela y a veces hasta un médico. Todos éstos eran los trabajadores de confianza del hacendado, y como tales recibían los mayores salarios en monetario y en especie. Los meseros "no administrativos" eran los trabajadores que se ocupaban de las labores menos especializadas: artesanos, carreros, milperos, pastores, y otros.
  2. El grupo de los peones o acasillados: Eran la mano de obra más numerosa que vivía en la hacienda. Al ser contratados, antes de principiar el año agrícola, se les hacía entrega de un anticipo o avío, y de la raya de la Semana Santa. Recibían un jornal diario, raciones de maíz por cada día trabajado, la concesión de un minifundio de la hacienda, el suministro de semillas para la siembra "a cuenta" y la facilidad de adquirir maíz, también "a cuenta" del ingreso acumulativo anual; estos beneficios les permitían un sustento de mínimo bienestar y seguridad. Realizaban los trabajos necesarios indispensables para la producción de los cultivos en la hacienda: como la siembra, la escarda, la cosecha, etcétera.
  3. El grupo de los semaneros: Quienes generalmente vivían en los pueblos de los alrededores de las haciendas, y trabajaban en ellas por un periodo determinado para la siembra o la cosecha. Eran la mano de obra eventual, a la que se le pagaba en efectivo semanalmente. Recibían salarios más altos que los peones, pero generalmente no gozaban de las prestaciones de los mismos.
  4. El grupo de los arrendatarios o aparceros: Quienes podían alquilar tierras de cultivo o de pastoreo, pequeñas o grandes, dependiendo de sus recursos y de la disponibilidad de tierra de la hacienda. Las podían trabajar con sus propias herramientas o alquilándoselas al propietario de la finca, y la paga podía ser en efectivo o en especie, es decir, entregando a la hacienda una parte del fruto de sus cosechas. No se les cobraba el lugar en donde tenían su casa, y no gozaban de las prestaciones que el hacendado otorgaba a otro tipo de trabajadores.

El casco de la hacienda era un espacio donde, además de trabajar y vivir, sus habitantes realizaban la mayoría de las actividades propias de la convivencia, el descanso y las diversiones; esto es, todo aquello que el tiempo de ocio les permitía hacer; por supuesto a unos mucho más que a otros: El casco era el sitio donde se concentraban numerosas actividades que daban cohesión e identidad a todas las personas que vivían en la hacienda, reproducían sus valores y costumbres, daban sustento y forma a su comunidad, un pequeño pueblo, un microcosmos rural con su propia dinámica, esporádicamente afectada por lo que se vivía a extramuros.

Originalmente, el término "hacienda" se refería a un "conjunto de bienes", por eso, durante los primeros años de la época colonial las ahora llamadas haciendas eran más bien estancias asignadas a los encomenderos españoles. En el transcurso del siglo XVII las estancias fueron creciendo en extensión y número, y se situaron en regiones cada vez más apartadas de las poblaciones importantes; pero su actividad primordial siguió siendo la producción de ganado.

Durante el siglo XIX muchas de las haciendas maicero-ganaderas, especialmente las de Mérida, se transformaron en henequeneras. El henequén creó un escenario completamente nuevo que abarcaba el paisaje y los edificios de la hacienda, incluyendo las viviendas de los trabajadores. La casa principal expresaba la presencia del hacendado; la casa de máquinas, concebida muchas veces como un verdadero templo o palacio del trabajo; la iglesia o capilla como parte de la casa principal; las casas de los trabajadores, modernas también, de mampostería y teja ubicaban al peón en el nuevo mundo apropiado por el hacendado, que abarcaba todo el territorio visible.

Lea también: Explora las Haciendas Yucatecas

Aunque menos impresionantes que las inmensas haciendas de opulentos propietarios y corporaciones religiosas, las haciendas de modestas dimensiones y moderados rendimientos fueron más numerosas y ocuparon a gran parte de los indios que les dedicaban su trabajo en exclusiva o como apoyo parcial en temporadas de siembra o recolección. Como en tantos otros temas, la visión tradicional está distorsionada por el recuerdo cercano de las haciendas del siglo XIX y los abusos de las grandes empresas explotadoras. Los propietarios de grandes extensiones podían dedicar solo una parte a los cultivos de mayor demanda, como el trigo y el maíz, alternados con los propios de la región, e incluso dejar amplias zonas sin sembrar. Para los más acaudalados, la tierra tenía un valor propio como garantía de posibles préstamos que se invertirían en el comercio o la minería, mucho más productivos. También las estancias ganaderas ocupaban extensos terrenos con menor número de trabajadores.

Como referencia de la vida en las haciendas contamos con los datos del libro de cuentas de la de Charco de Araujo, cerca del pueblo de Dolores, en el Bajío (en el actual estado de Guanajuato). A fines del siglo XVIII se sembraban maíz, habas, frijol y garbanzo, además de dedicar un amplio terreno a la ganadería de ovejas, cerdos, caballos y reses. Los trabajadores fijos podían residir cerca de la casa del patrón y disponían de crédito en la tienda de raya. En ningún momento las deudas superaron el monto autorizado por la ley y tampoco hubo cuentas que requiriesen pagos proporcionalmente superiores a los ingresos. Sin duda el propietario era cuidadoso de las normas, que prohibían pagar anticipos superiores a dos salarios mensuales, de modo que no quedaría el trabajador amarrado a deudas impagables.

Las haciendas henequeneras yucatecas surgieron en la segunda mitad del siglo XIX por impulso de las antiguas familias que desde la época colonial poseían grandes propiedades territoriales, por la participación de sus herederos y por los nuevos grupos ricos que se habían desarrollado en el comercio. Estas haciendas fueron el resultado de la transformación de las haciendas maicero-ganaderas establecidas por los españoles durante el tiempo de la colonia. Las grandes haciendas henequeneras representaron durante 100 años la base de la economía de Yucatán.

La zona henequenera comprende el noroeste del actual estado de Yucatán. Los hacendados se vieron en la necesidad de trasladarse continuamente entre sus propiedades y Mérida por motivos de negocios y por formar parte de una clase social que se fortalecía entre sí con un gran número de actividades como las efectuadas en los clubes, en paseos como el carnaval, culturales como el teatro, y en general una vida urbana cuyas exigencias transformaron el mundo del hacendado. Los hacendados viajaban frecuentemente a Europa y la mayoría de sus hijos estudiaba en el extranjero. Esta segunda generación de hacendados con grandes pretensiones y posibilidades, entendió su "misión de civilizar" a la europea su tierra, que cincuenta años atrás estuvo amenazada por los mayas sublevados durante la Guerra de Castas.

En general, para realizar las actividades productivas había dos tipos de trabajadores: los acasillados, que residían permanentemente en la hacienda, y los peones, que eran contratados de acuerdo a los requerimientos de la producción y provenían de los poblados vecinos. Para lograr el arraigo de los trabajadores acasillados y aislarlos de los pueblos, el dueño de la hacienda debía proveerlos de condiciones de vida semejantes a la de los poblados. Además de proporcionarles una vivienda, era necesario dotarlos del equipamiento comunitario básico. Dependiendo de las dimensiones de la hacienda, los trabajadores tenían, entre otras cosas: plazas públicas, capilla, escuela, dispensario médico, tienda de raya, cementerio, calabozos y espacios recreativos en las plazas.

Las plazas públicas cumplían una función importante en la organización de la producción. Antes del amanecer sonaba la campana y los trabajadores acudían a la plaza para que se les asignaran sus tareas. También ahí se ejecutaban los castigos, convirtiéndose en espacios cargados con un gran significado. Estos espacios también eran utilizados para actividades religiosas como las festividades del santo patrono de la hacienda, en las que se realizaban desde bailes hasta corridas de toros.

La población trabajadora estuvo de manera permanente al servicio de las haciendas, y se procuraba que contrajeran deudas las cuales fueran un sacrificio de su libertad para el resto de sus días. Este régimen de deudas y servidumbre perduro hasta 1914. Los campesinos avecindados en las haciendas no tenían libertad de trabajo. La condicion de los sirvientes acasillados en las haciendas era muy similar a la de los campesinos de la Europa Medieval (servidumbre de gleba), no estaban vinculados al dueño sino a la tierra.

Los sirvientes no eran esclavos, conservaban ciertos derechos civiles; tampoco eran libres, pues estaban arraigados y obligados a prestar servicio sin su voluntad. Sus derechos políticos eran ficticios. No podían separarse de la hacienda, eran reintegrados por la autoridad. El salario no era estipulado por ellos. Por lo que respecta a los derechos de los trabajadores se ha señalado que muchos eran propietarios de diversas clases de animales domésticos y algunos hasta de unas cuantas cabezas de ganado. Tenían derecho a cultivar maíz. Sus deudas se originaban generalmente en préstamos para bodas, bautizos, velorios, fiestas.

El ausentismo del dueño hacía que la autoridad quedara en esas ocasiones en manos del mayordomo. Se azotaba a los peones si salían de la propiedad sin permiso. En la tienda de raya, era donde se endeudaban los peones. Ellos nunca recibían dinero, se encontraban medio muertos de hambre y trabajaban casi hasta morir.

El eclecticismo, fue la expresión arquitectónica del auge henequenero. De este modo, los hacendados yucatecos no se sintieron motivados por esta nueva concepción, y mucho menos la tomaron como modelo a importar, o la adoptaron como filosofía arquitectónica, ya que era contraria a su espíritu ostentoso que requería un mundo de imágenes comprobado y de mayor contenido simbólico lo mas ajeno posible a una arquitectura democrática, descifrable o traducible por el pueblo.

El proyecto económico e ideológico de los hacendados, durante la época de mayor desarrollo, fue congruente con sus manifestaciones arquitectónicas: descontextualizaron las diversas formas expresivas de la historia europea y desvirtuaron su sentido historico, creando una imagen de progreso importado y, un ambiente de fantasía y frivolidad que le imprimieron una fuerza idílica a esa arquitectura ecléctica, en donde se pueden apreciar rasgos de la arquitectura colonial, elementos neo-barrocos,clasisistas, neo-góticos, arquitectura tropical caribeña y hasta referencias de la arquitectura civil medieval.

De acuerdo con el Censo de Población, durante el Porfiriato el número de estos inmuebles superó las 6,000 propiedades, ocupando una extensión de más de 1,000 hectáreas cada una. Durante el transcurso del siglo XIX, una gran cantidad de las haciendas coloniales del país cayó en desuso. Sin embargo, en años recientes algunos arquitectos han apostado por su renovación. Muchos de estos inmuebles han sido intervenidos y renovados para crear espacios que sirvan como hoteles, restaurantes, centros culturales y residencias de gran lujo.

En primer lugar, estas fincas eran instituciones sociales jerárquicas, con una sólida estructura de vínculos familiares y una fuerza de trabajo numerosa. De igual forma, las habitaciones se edificaban alrededor de un patio central interior rodeado por columnas y vigas. Las fachadas, en estilo colonial, eran simples y rodeadas de jardines.

La separación legal, política y religiosa entre indígenas y no indios casi nunca se propuso aislar de manera absoluta a las dos poblaciones; es decir, en Nueva España nunca se quiso establecer un régimen de tipo segregacionista como el que existió en Sudáfrica en el siglo XX. El mejor ejemplo de la relación simbiótica que establecieron los indígenas y los no indios en Nueva España es el vínculo entre haciendas y pueblos.

Trabajar en las haciendas por temporadas no era un mal negocio para los indígenas, aunque los salarios eran muy bajos. pueblos, de las que obtenían los productos para su sustento. En cambio, los indígenas necesitaban dinero en efectivo para el pago del tributo real.

Categoría de Trabajador Forma de Pago Beneficios Adicionales
Meseros Mensual (dinero y especie) Ración semanal de semilla, altos salarios
Peones o acasillados Diario (jornal) Anticipo o avío, raciones de maíz, minifundio, suministro de semillas
Semaneros Semanal (efectivo) Salarios más altos
Arrendatarios o aparceros Efectivo o especie Alquiler de tierras, no pagan por vivienda

tags: #las #haciendas #en #la #colonia #características