Descubre cómo la Medicina y los Médicos Transformaron el Régimen de Porfirio Díazpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Durante el gobierno de José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, quien se desempeñó como presidente de México en varias ocasiones desde el 28 de noviembre de 1876 hasta el 25 de mayo de 1911, se produjeron significativos cambios económicos y sociales en el país. El periodo conocido como el Porfiriato (1876-1910) fue crucial para la transformación de la medicina mexicana, pasando de un enfoque basado en dogmas religiosos a una disciplina organizada y fundamentada en los avances científicos del positivismo europeo de finales del siglo XIX.

Antecedentes de la Salud Pública en México

Desde la culminación de la campaña de conquista del actual territorio mexicano, la procuración del bienestar de la población novohispana fue una necesidad reconocida y atendida por las autoridades españolas, que pretendió incluir a la población más desprotegida, con diferentes grados de efectividad, dependiendo de la testa del gobierno virreinal en turno. Desde 1371, el Protomedicato fue la institución encargada de normar y regular todo lo relativo a los aspectos sanitarios y médicos en España. Durante la colonización, se adaptó la legislación vigente, y en 1527, el Ayuntamiento de la Ciudad de México nombró como protomédico a Don Pedro López, facultándolo para que examinara no solo a los médicos, sino también a "físicos, especieros, herbolarios, oculistas, ensambladores y maestros de curar roturas o curar bubas, o de enfermos de lepra".

Posterior a estas acciones normativas, y desde una perspectiva que contemplaba la interacción con la ciudad, se fundó en 1628 en la Ciudad de México el Real Protomedicato de Nueva España. Se le encargó vigilar no solo el ejercicio y la enseñanza de la medicina, sino también cuidar de la higiene y la salubridad públicas. Posterior al periodo colonial, -salvo el correspondiente al Segundo Imperio Mexicano-, la institución del Protomedicato fue sustituida por el Consejo Superior de Salubridad, un organismo eminentemente laico y ligado íntimamente a las esferas del poder gubernamental. En extensión a las atribuciones del Protomedicato, no solo colaboró, sino que ejerció una tutela en la instrucción de los profesionales de la salud, instituyendo el antecedente a lo que hoy se conoce como exámenes profesionales.

Una de las medidas implementadas para mejorar la salud de los mexicanos fue la creación del Consejo de Salubridad en 1841, aunque su funcionamiento fue irregular hasta que se reorganizó bajo la Junta Directiva de Beneficencia Pública en 1871. A partir de entonces, el consejo adquirió nuevas responsabilidades en ingeniería sanitaria, higiene alimentaria e industrial, así como del trabajo. Junto con la promulgación de las Leyes de Reforma, y al decretarse la secularización de los bienes eclesiásticos mediante la Ley de Nacionalización de Bienes Eclesiásticos, se creó el 2 de febrero de 1861 la Beneficencia Pública, para centralizar bajo el control del Estado la organización, la dirección, el sostenimiento y el buen funcionamiento de todos los hospitales y establecimientos de beneficencia.

La Era Porfiriana: Instituciones y Legislación Sanitaria

Durante el Porfiriato, la infraestructura de salud en México experimentó un crecimiento considerable. En 1910, existían 213 hospitales que permitían atender a una población de 15 millones de habitantes en la República Mexicana. Un ejemplo destacado de la intervención estatal en la salud fue la creación del Código Sanitario de los Estados Unidos Mexicanos en 1891. Iniciado bajo la presidencia de Manuel González en la década de 1880, el proyecto del código fue solicitado por primera vez en 1888 y promulgado el 15 de julio de 1891.

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El Código Sanitario fue una de las principales contribuciones del Consejo Superior de Salubridad. Este texto mantenía un enfoque federalista que animaba a cada estado a desarrollar sus propias normativas adaptadas a sus circunstancias locales. La estructura del código se dividió en tres libros principales:

  • El primer libro estableció la “Política sanitaria federal” y normas para sanidad marítima, puertos, lazaretos, sanidad en poblaciones fronterizas, sanidad en los estados y estadística médica.
  • El segundo libro detalló la “Administración sanitaria local a cargo del Ejecutivo de la Unión” para la Ciudad de México, Tepic y Baja California, regulando espacios públicos, habitaciones, escuelas, alimentos, bebidas, templos, teatros, fábricas, talleres y mercados.
  • El tercer libro diferenció entre faltas y penas, asignando las primeras a autoridades administrativas y las segundas a tribunales.

Desafíos de Salud Pública y la Respuesta Médica

Para el gobierno de Porfirio Díaz, la propagación de una epidemia en la Ciudad de México no solo se vislumbraba como un problema de salud pública sino, además, se consideraba una amenaza a los intereses políticos, económicos y sociales de México. En este contexto, problemas como las inadecuadas prácticas funerarias, los malos olores, la falta de ventilación, amplitud, limpieza y orden en los diversos cementerios, fueron motivo de una enorme consternación en la población en general y, concretamente, entre los médicos e higienistas. Estos profesionales, a partir de la década de 1870, revelaron su preocupación e interés por estudiar y explicar esos tópicos mediante tesis, memorias y artículos de revistas científicas.

En particular, los médicos e higienistas se interesaron en analizar los planteamientos y nociones médicas acerca de prácticas funerarias como la cremación de cadáveres, o bien, la manera de pensar, actuar y opinar de la población ante disposiciones gubernamentales, medidas profilácticas en cementerios y proyectos sanitarios en materia de traslados de cadáveres. Incluso, el propio Porfirio Díaz experimentó de cerca el impacto de las epidemias, ya que a mediados de 1833, una epidemia de cólera morbus en la ciudad de Oaxaca afectó a su padre, José Faustino Díaz, quien se vio infectado.

El Rol de los Médicos en la Industria y las Juntas de Salubridad Locales

Una temática relevante fue la legislación en materia de salud laboral, plasmada en el Código Sanitario de 1891, y la respuesta local en estados con alta concentración de trabajadores. En términos de espacio y condiciones laborales, el artículo 106 del Código Sanitario establecía que los talleres debían tener suficiente ventilación y espacio para evitar la aglomeración de trabajadores. En cuanto a las jornadas laborales, el artículo 117 limitaba la duración del trabajo en fábricas a un máximo de doce horas diarias, incluyendo una hora para comida.

Se conoce muy poco acerca de las leyes locales sanitarias, así como de las actividades de las Juntas de Salubridad creadas en los distintos estados de la república. Hacia finales del siglo XIX, el estado de Hidalgo era predominantemente rural. Su fundación fue promovida porque "en el mes de septiembre, apareció en el Golfo de México, la más aterradora de todas las epidemias: el cólera". La creación de la Junta de Salubridad en Hidalgo en 1892 reflejó un esfuerzo por mejorar la salud pública, enfocándose en la higiene urbana y la prevención de epidemias.

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Entre sus principales actividades estuvieron: la creación de un horno crematorio de animales, la difusión de la vacuna de viruela y su aplicación en diversos municipios del estado, así como la estrecha colaboración con el gobierno estatal para reglamentar la higiene pública, principalmente de los hogares y calles de la ciudad de Pachuca. Sin embargo, esta junta dejó de lado las condiciones específicas de trabajo en las minas, a pesar de que en la zona minera de Real del Monte y Pachuca había un numeroso grupo de trabajadores en espacios fabriles.

Médicos como Gonzalo Castañeda destacaron estas deficiencias al proponer reformas detalladas para mejorar la higiene en las minas, enfrentando resistencia tanto de las empresas como de los propios trabajadores. Aunque la Junta de Salubridad no presentó una propuesta normativa, Gonzalo Castañeda, médico que laboró en la Compañía de Real del Monte y Pachuca, una de las empresas más destacadas, planteó en 1896 una iniciativa de higiene para las minas.

A partir de sus escritos y el análisis de otras fuentes, podemos conocer las condiciones laborales de los operarios en Pachuca y Real del Monte, así como valorar la contribución intelectual del médico en la formulación de normas destinadas a mejorar las condiciones de trabajo en las minas subterráneas hacia finales del siglo XIX. El trabajo minero era extremadamente peligroso; dentro de los socavones, los operarios trabajaban con explosivos y picaban las duras rocas durante largas jornadas laborales. Castañeda redactó 24 disposiciones para mejorar la higiene en las minas de Real del Monte, argumentando que estas propuestas no serían adoptadas por las empresas y que era responsabilidad de los gobiernos velar por la salud pública y el bienestar general de la población.

En el contexto empresarial, la Compañía de Real del Monte estableció un Departamento Médico desde la década de 1870, donde los médicos tenían la responsabilidad de atender a los operarios en caso de accidentes ocurridos en las minas. El médico de empresa desempeñaba un rol administrativo al registrar el ingreso de pacientes, el tipo de lesión, los días estimados de recuperación y determinar el alta médica en caso de mejoría. En la empresa, el médico tenía una función crucial, ya que era el único profesional autorizado para diagnosticar y tratar a los operarios en casos de urgencia como caídas, contusiones, fracturas y quemaduras, que impedían a los trabajadores continuar con sus labores.

Percepción de la Profesión Médica

La actuación de figuras médicas como Castañeda no puede entenderse sin el contexto de la figura médica en el periodo, puesto que, en aquel entonces, la comunidad médica jugaba un papel fundamental al defender sus instituciones, aun en condiciones difíciles. Sin embargo, los médicos eran vistos con desconfianza por la población en general. Con frecuencia, la prensa de la Ciudad de México satirizaba a los médicos, presentándolos como ignorantes, pedantes, astutos y codiciosos. En cambio, la situación era muy diferente para los médicos que trabajaban en empresas, quienes gozaban de una posición más consolidada y respetada dentro de sus ámbitos laborales específicos.

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