'Los Miserables', escrita por Víctor Hugo y publicada por primera vez en 1862, es considerada una de las mejores novelas del siglo 19. Es una historia profundamente conmovedora que trata sobre una de las tribulaciones más relevantes de la humanidad. De todos los temas que se encuentran en este increíble trabajo, hay uno que le hace frente a una pregunta que todo el que aspira a vivir la vida de forma honesta y ética debe enfrentar. Jean Valjean y el Inspector Javert, los dos protagonistas principales de ‘Los Miserables’, están encerrados en una batalla de por vida. De acuerdo a la ley, Jean Valjean, el héroe, es un criminal: Robó una rodaja de pan para alimentar a su hambrienta familia. Su némesis, el Inspector Javert, es el ostensible defensor de la ley y el orden.
Javert: El Guardián Inflexible de la Ley
El Inspector Javert, a menudo percibido como el antagonista, es una figura definida por una adhesión inquebrantable a la ley. Es destacable que Javert no tiene nombre de pila. Un nombre de pila es personal, nos define como individuos, nos concede la singularidad, y es la clave para nuestra amistad y cercanía con los demás. Pero Javert es demasiado frio, demasiado formal, demasiado oficioso para ser reconocido con un nombre de pila. El inspector Javert es ley sin sentimiento; sólo busca la justicia ciega.
Tanto en el libro como en el musical, su personaje está definido por la ley, una ley pensada para controlar el vicio y el desorden diseminados por personas tales como el estafador Thénardier y sus secuaces, e incluso por los propios padres de Javert. Se considera como alguien que se ha arrastrado desde el fango del pecado dentro del que nació hasta un nivel en el que se mantiene el orden, una civilización que se agita encima de sus sucias alcantarillas. En el musical, Javert canta en cuartas y quintas perfectas, intervalos fijos sin posibilidad de modulación. Cree en una verdad tan firme y absoluta como las estrellas “que llenan la oscuridad con orden y luz”. Se rehúsa a admitir la posibilidad del arrepentimiento. Le obsesiona volver a arrestar a Jean Valjean a pesar de su absoluta rehabilitación. Se ve a sí mismo como un santo porque dedica su vida a castigar a los pecadores.
Su compromiso con este ideal trasciende sus propios intereses: en determinado momento en el libro se entrega por haber cometido una infracción contra su promesa de cumplir la ley. Él declara su inquebrantable lógica: “En mi vida a menudo he sido severo con otros. Era lo justo. Era lo correcto. Si ahora no fuera severo conmigo, todo lo que he hecho justamente se volvería una injusticia. ¿Debo perdonarme más que a otros? No. ¡Ya lo ven! Si solo hubiera estado deseoso de castigar a otros y no a mí, ¡eso hubiera sido despreciable!... Esa es, en efecto, la dificultad.”
Valjean y la Transformación a Través de la Gracia
La persecución implacable de Javert a Jean Valjean tiene sus raíces en una profunda convicción de que la naturaleza de un criminal es inmutable. Inicialmente, Valjean, un hombre encarcelado por robar pan, experimenta una singular muestra de misericordia de un obispo. Es la única mentira que el santo obispo jamás contó, entregando a Jean Valjean la plata con la que lo encontraron, la plata que todo el mundo allí sabe perfectamente que Valjean robó. Una vez consolidada la historia y persuadida a retirarse la policía, el obispo declara su verdadero propósito: “Pero recuerda esto, hermano mío. Ve un plan superior en esto. Debes usar esta plata preciosa para volverte un hombre honesto”, continúa. “Dios te ha levantado de la oscuridad. Y yo he comprado tu alma para Dios”.
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Cuando queda solo, Valjean confronta quién era él y lo que pensaba que sabía ―“Pues a odiar el mundo había venido. ¡El mundo que siempre me había odiado!― con esta nueva revelación: “Él me dijo que un alma tengo. ¿Cómo puede saberlo? ¿Qué espíritu viene a mover mi vida? ¿Acaso hay otro camino?”. Pero en lugar de entrar de lleno, es atrapado por la misericordia y lanzado de nuevo hacia Dios. Esta conversión impulsa el resto de la acción. Valjean desaparece como tal y bajo otros nombres dedica su vida a los demás. Reconstruye una ciudad en apuros, da mucha limosna, salva a un hombre herido, muestra compasión a una mujer desamparada y rescata a su pequeña hija.
Sin embargo, en el libro, luego de que el obispo lo perdona, lo primero que hace Valjean como hombre libre es cometer innecesariamente otro delito. Turbado, pero aún no transformado, y ahora en posesión de más riqueza de la que ha visto en su vida, roba una moneda a un niño pequeño que corretea en el bosque. El niño suplica que se la devuelva, en tanto Valjean se mantiene ahí de pie y echa chispas por los ojos hasta que acaba por atemorizar al niño, que se marcha. En ese momento, tiene su crisis de conciencia. A partir de ese punto, el detective Javert comenzará a rastrearlo de una identidad secreta a otra, convencido de que su vida delictiva no ha terminado.
El Dilema Insuperable de Javert: Justicia vs. Misericordia
La esencia del conflicto de Javert surge cuando su mundo de absolutos choca con la realidad del arrepentimiento y la compasión. Valjean salva la vida de Javert, su enemigo acérrimo, poniéndolo así en un profundo dilema moral. En medio de un tumulto de emociones, la mente de Javert simplemente no puede reconciliar la imagen que tuvo de Valjean durante todo este tiempo - de un brutal ex convicto - con sus actos de bondad en las barricadas. Su compromiso de toda la vida a la justicia estricta no le permite dejar que Valjean salga en libertad, pero sabe que si lo arresta, estaría actuando de manera legal pero inmoral.
Cuando el perdón de Valjean le permite un atisbo de ello, Javert se espanta. Javert jamás había visto lo desconocido salvo lo de abajo. La apertura irregular, inesperada y desordenada del caos, el posible deslizamiento al abismo; todo eso pertenecía a las regiones inferiores, a los rebeldes, los malvados, los miserables. Vacilando ante la posibilidad de que el bien sea tan insondable como el mal, Javert contempla “el vacío de un mundo que no puede sostenerse”, mientras canta en la repetición musical de la canción sobre la conversión de Valjean.
La Disonancia Moral y la Búsqueda del Castigo Personal
La ley, para Javert, debería ser buena si fuera justa. "No he venido a anular la Ley", dijo Jesús; "no he venido a anular, sino a darle cumplimiento" (Mt 5:17). Pero el objetivo de Javert no es Thénardier, sino Valjean; su propia ley inflige injusticia, y la versión de Jesús de cumplimiento es lo que no puede soportar. Javert no pudo hacer las paces con la disonancia entre su compromiso de toda la vida con la ley y su recientemente encontrado entendimiento de la necesidad de la compasión.
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Cuando vuelven a encontrarse fuera de las barricadas, Javert se dispone a arrestar a Valjean, pero finalmente lo deja ir. Parece que Javert también tiene un alma viviente de la cual hasta entonces no había tenido conciencia. Pero en lugar de tomar en cuenta lo que esa alma está intentando decirle o reconciliar la paradoja de todo el asunto, Javert elige la aniquilación. Su visión del mundo, basada en absolutos, se rompe al encontrarse con la misericordia y la capacidad de redención, lo que le exige una rendición que no puede procesar.
Reconciliando Justicia y Piedad: Una Perspectiva Más Amplia
El dilema de Javert refleja una cuestión teológica más profunda sobre los atributos divinos de justicia y misericordia. El primer versículo de la Torá nos dice: "En el comienzo Elokim creó los cielos y la tierra". El nombre Divino que es usado, Elokim, es sinónimo de Dios como legislador. Se refiere al atributo divino de justicia, ‘midat hadin’. Dios exclusivamente como juez es algo imposible. Dios tiene otro nombre. Para tratar con el mundo, también tiene que ser Adokai - el nombre de Dios de cuatro letras conocido como el tetragrama. Ese nombre es la ‘midat ha-rajamim’, el atributo de compasión y misericordia. Elokim gobierna con justicia, Adokai mitiga con misericordia. Esta dualidad de Dios tiene para nosotros una importancia tremenda. Nosotros debemos intentar imitar a Dios; Sus atributos tienen que ser nuestros. La forma en que Él actúa es la forma en que tenemos que actuar nosotros.
La ley judía es un sistema que lucha fuertemente para combinar estos dos atributos divinos. Esto exige mucho de nosotros, pero a la vez también ofrece los medios de arrepentimiento y perdón. El pecado tiene consecuencias y el crimen tiene castigo; pero el arrepentimiento siempre es posible. Aquellos como Jean Valjean no son perseguidos y cazados por crímenes cometidos en un pasado distante, por crímenes que ya hace tiempo han sido expiados. El Inspector Javert es el paradigma de quien pervierte el propósito de la ley, convirtiéndolo de rehabilitación en venganza. Cuán destacable es que ‘Los Miserables’ llegue a la misma conclusión registrada por Rashi en su comentario al primer versículo de la Torá.
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