En abril de 1931, cuando cayó la monarquía de Alfonso XIII, por las calles de las ciudades españolas se cantaban coplas alusivas a sus prácticas corruptas: “¡Alirón, alirón, Alfonsito es un ladrón!”. La imagen de aquel rey se vio salpicada por diversos escándalos, vinculados a sus negocios turbios con empresarios internacionales del juego y la hostelería; y a las concesiones de ferrocarriles y monopolios. Estos asuntos estaban conectados con abusos de poder, sobre todo bajo la dictadura militar que el monarca había respaldado a partir de 1923. Esos escándalos fueron guerras de propaganda encabezadas por personajes que hicieron de antagonistas del soberano -Miguel de Unamuno, Vicente Blasco Ibáñez, Indalecio Prieto-y que construyeron un discurso imbatible: el del pueblo virtuoso, representado por los ideales republicanos, contra la monarquía, autoritaria y corrompida. Esta afirmación, que tachaba de corrupto a don Alfonso, se repitió en los meses siguientes para justificar su destronamiento.
Nacimiento, Familia y Educación del Monarca
Alfonso XIII nació el 17 de mayo de 1886 en el Palacio Real de Madrid. La inesperada muerte de su padre el rey Alfonso XII, acaecida el 25 de noviembre de 1885, provocó una crisis que llevó al Gobierno presidido por Práxedes Mateo Sagasta a paralizar el proceso de sucesión a la Corona a la espera de que la viuda Alfonso XII, María Cristina de Habsburgo, diese a luz, pues estaba embarazada en aquel momento. Como hijo póstumo de Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo-Lorena, su reinado empezó desde su nacimiento; por ello, su madre ejerció como regente, con pulcritud intachable, entre 1885 y 1902. Cinco días después de su nacimiento, el 22 de mayo, en la capilla del mismo palacio, fue bautizado por el cardenal Payá, capellán mayor y arzobispo de Compostela. Desde joven, Alfonso fue educado en la doctrina católica y liberal para ser rey y soldado.
Se casó el 31 de mayo de 1906 con la princesa británica Victoria Eugenia de Battenberg (1887-1969), hija del príncipe Enrique de Battenberg y la princesa Beatriz del Reino Unido. Victoria Eugenia era sobrina del rey Eduardo VII y nieta de la reina Victoria I del Reino Unido. La pareja real tuvo siete hijos nacidos dentro del matrimonio:
- En 1907 nació Alfonso, príncipe de Asturias.
- En 1908 Jaime.
- En 1909 nació Beatriz.
- En el año 1910 nació muerto Fernando.
- En 1911 María Cristina.
- En 1913 Juan, pretendiente al trono desde la muerte de su padre.
- Y finalmente Gonzalo en 1914.
El rey tuvo también cinco hijos extramatrimoniales, entre ellos y con la actriz española Carmen Ruiz Moragas, a María Teresa y su hermano Leandro que fue autorizado por la justicia española a usar el apellido Borbón el 21 de mayo de 2003 como «Leandro Alfonso de Borbón Ruiz».
Los Primeros Años de Reinado y el Cambio de Percepción
Desde 1902, fecha en que había llegado a la mayoría de edad y jurado la Constitución, la imagen de Alfonso XIII había sufrido altibajos, pero hasta por lo menos 1917 los había superado sin demasiados problemas. Tuvo unos comienzos prometedores, en los que el joven monarca se convirtió en emblema de la regeneración nacional tras el desastre de 1898, la derrota en la guerra ultramarina que acabó con el imperio español. Remontó incluso los efectos de la llamada Semana Trágica de 1909, cuando la dura represión de un motín en Barcelona recuperó en todo el mundo la memoria de la Inquisición, gracias a su apuesta por políticas liberales.
Lea también: Aplicación del método de Mejía Fernández
En el contexto del alejamiento entre la España oficial y la España real, los intentos de regenerar España tras el desastre de 1898 y la Constitución de 1876, el rey intervenía en asuntos políticos. Más adelante, la neutralidad española en la Gran Guerra, de 1914 a 1918, le permitió construir un perfil humanitario internacional, levantado sobre la oficina pro cautivos que instaló en palacio para ayudar a prisioneros de ambos bandos. Al principio de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), una lavandera francesa le escribió pidiéndole ayuda para localizar a su esposo, desaparecido en combate. El Rey consiguió encontrarlo y el episodio provocó un aluvión de solicitudes de personas interesadas en conocer el paradero de sus seres queridos. La neutralidad de España durante la I Guerra Mundial abrió mercados y favoreció el crecimiento económico y la agitación social.
Entre mayo y julio de 1918, Alfonso XIII enfermó de un brote de la gripe que acabó siendo la mayor pandemia del siglo XX. La prensa española, debido a la neutralidad de España en la guerra, no estuvo sujeta a la censura como la prensa de los países beligerantes e informó con mayor libertad sobre la enfermedad. Sin embargo, su injerencia constante en una vida política cada vez más inestable y sus estrechos vínculos con las catastróficas campañas de una nueva empresa colonial, la de Marruecos, además de su deriva antiliberal ante las posibles amenazas revolucionarias de postguerra, le alienaron a porciones crecientes de la opinión. La crisis de 1917 junto al nacionalismo catalán, el sindicalismo militar y las huelgas revolucionarias aumentó la descomposición del régimen político que influyó en el fracaso en 1918 de un gobierno nacional formado por miembros de los dos principales partidos.
La Corrupción y el Desprestigio: De las Veleidades Militares al Casino de Deauville
Los cargos de corrupción se plantearon en un contexto en el cual se atacaba al rey por tomar partido, y emplear sus decisivas atribuciones, en favor de posturas reaccionarias, centralistas y dictatoriales. Es decir, se le señalaba por aprovechar su posición para enriquecerse, a menudo a costa de los intereses del Estado, pero estas incriminaciones solían conectarse con otras más visibles, como las de intervencionismo, militarismo y autoritarismo. En el fondo, su imagen corrupta se proyectaba con eficacia porque encabezaba sistemas políticos percibidos también como corruptos, fuera el clientelar de los años constitucionales, cuando se falseaban por sistema las elecciones parlamentarias; o el primorriverista, ya sin el contrapeso de la prensa libre. Y es que, aunque en teoría la corona española se hallaba por encima de los partidos, acumulaba un poder notable: su titular no desempeñaba tan sólo funciones representativas y simbólicas, sino que, primero en el marco de la Constitución de 1876 y luego durante la etapa dictatorial que la mantuvo parcialmente en suspenso, podía nombrar y despedir con libertad a sus ministros y ejercía además como jefe supremo de las fuerzas armadas. Más aún cuando la sucesión, con un heredero enfermo de gravedad, resultaba incierta.
Alfonso XIII tuvo que afrontar diversos problemas como las guerras de Marruecos, el movimiento obrero y el nacionalismo vasco y catalán. En 1911 el monarca se implicó en el conflicto de la Guerra de Melilla, y a su vuelta, el presidente del Senado Eugenio Montero Ríos le otorgó el sobrenombre de «el Africano». Nadie dudaba de la predilección del monarca por aquella empresa imperial, en la que disponía de hilo directo con los mandos y proyectaba su vocación de soldado y sus afanes nacionalistas. En el verano de 1921, el derrumbamiento de las líneas españolas en Annual, cerca de Melilla, provocó una inmensa masacre -unos diez mil muertos y cientos de prisioneros-e hizo correr rumores sobre las culpas de don Alfonso, que al parecer había animado a un general muy cercano a iniciar el imprudente avance que había conducido a la debacle.
Esta mezcla explosiva de militarismo irresponsable y despreocupación mundana persiguió a Alfonso XIII hasta la tumba. Si Annual simbolizaba el primero, la última se encarnaba en Deauville, un resort internacional en la costa francesa de Normandía, célebre por su casino y sus grandes hoteles: en el verano de 1922, cuando aún la derrota estaba cercana y no se había rescatado a los rehenes tomados en África, don Alfonso se permitía marcharse a alternar a aquella meca del entretenimiento cosmopolita. Una estancia de la que los medios españoles subrayaban la participación del monarca en los partidos de polo o su convivencia con aristócratas y miembros de otras casas reales, del rey de Rumanía al sha de Persia, sin olvidar sus declaraciones sobre las bellas proporciones de las mujeres francesas e italianas; es decir, predominaban en ellos las crónicas de sociedad.
Lea también: Un recorrido por la Hacienda San Alfonso
Pero unos pocos, como la revista España, fueron más allá hasta airear, en tono de sorna, un supuesto contrato firmado por el roi “galantuomo” con el fundador y dueño de las atracciones de Deauville, Eugène Cornuché, para visitarlas y promocionarlas a cambio de 50.000 francos por temporada y un 1% de las ganancias en las apuestas. Así lo aseguraban la prensa francesa y los espectáculos musicales que ridiculizaban en París las andanzas borbónicas. Las caricaturas de la prensa satírica le presentaban arrastrando fichas con su cetro en el famoso casino de Deauville, o sentado en un trono hecho con sacos de dinero. Una revista republicana le llamaba en abril, entre otras lindezas, “Chupóptero de los Monopolios” y “Accionista liberado de todas las malas Compañías”. No en vano se le motejaba, por su afición a los casinos, de Fernando Siete y media, apodo que combinaba el nombre de su antepasado Fernando VII, absolutista a machamartillo, con el de un popular juego de cartas. Al fin y al cabo, decía don Miguel, barajar no era sino un modo de batallar.
Los Antagonistas del Rey: Voces contra la Monarquía Corrupta
Lo llamativo de estos escándalos es que, por lo común, se articularon como choques cuasi-personales con Alfonso XIII de algunos personajes que se erigieron en fiscales en la causa contra la monarquía y desvelaron sus vergüenzas políticas, verdaderos antagonistas del soberano. Tres de ellos sobresalieron sobre los demás: el catedrator Miguel de Unamuno, uno de los intelectuales más respetados y escuchados del país, que hizo de su choque con la familia real una cruzada cívica contra la tiranía; el escritor de éxito y político republicano Vicente Blasco Ibáñez, con un talento insuperable para la propaganda global; y el dirigente socialista Indalecio Prieto, que supo transformar los rumores en un arma política capaz de apuntalar una alianza heterogénea que derrocase al monarca. A través de sus discursos, y de otros secundarios, acabó por hacerse verosímil y convincente en España la contraposición entre dos mundos que había cultivado el republicanismo desde sus orígenes: a un lado, la monarquía autoritaria y corrupta; al otro, la república democrática, comunidad virtuosa de ciudadanos libres.
Miguel de Unamuno: La Cruzada contra el "Habsburgianismo Jesuítico"
Algunas de las acusaciones más graves que se vertieron contra Alfonso XIII tenían su origen en un empeño individual de Miguel de Unamuno, el de mostrar los defectos perniciosos de aquella dinastía. No tanto del régimen monárquico como tal, sino más bien del concepto patrimonial, autoritario e imperialista de la realeza que poseían a su juicio los Austrias, atravesado por actitudes clericales y muy arraigado en España: lo que denominaba “el habsburgianismo jesuítico español”. Según el profesor, el rey había heredado ese concepto de su madre, la regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, y lo ponía en práctica con desenvoltura. Semejante animadversión, que le valió varias condenas judiciales y sus correspondientes indultos por parte del monarca, arrancó de su destitución como rector de la Universidad de Salamanca, en 1914, que achacó a la reina madre, y del silencio de palacio ante su exigencia de explicaciones. Poco a poco, Unamuno fijó los componentes básicos de una imagen estereotipada con mucho futuro: la del rey déspota y corrupto.
En diversos artículos y cartas, también en conferencias, a partir de 1917 elevó el tono para acusar a don Alfonso de escoger tan sólo a gobernantes cortesanos, subordinados a sus deseos y al servicio de los intereses alemanes y austríacos durante la guerra continental. La autoridad de Unamuno lograba amplia audiencia en las zonas progresistas de la escena pública española, pues llegó a presidir grandes mítines aliadófilos, y solía volcarse en la revista España, portavoz de la nueva generación de intelectuales reformistas. Ya en 1920, en sus cartas particulares se hacía eco de habladurías sobre un monarca inconsciente, metido en especulaciones poco claras y amigo de empresarios del juego que le proporcionaban caballos y mujeres. A ojos de Unamuno, despotismo y gusto por el dinero eran inseparables en aquel monarca que se había definido a sí mismo al afirmar que antes sería destronado que tronado (arruinado).
Indalecio Prieto: El Desastre de Annual y las Responsabilidades Reales
La rendición de cuentas por el desastre africano animó la vida parlamentaria española, puesto que el Congreso de los Diputados dedicó intensos debates al asunto y abrió una comisión de investigación para, más allá de los errores militares establecidos en el informe oficial, exigir responsabilidades políticas. En aquellas sesiones sobresalió la palabra del diputado socialista Indalecio Prieto, que, pese a las interrupciones de la presidencia, apuntó directamente al rey como instigador de la desgraciada aventura. Más aún, cuando se conocieron las juergas en Deauville las añadió a su arsenal dialéctico. Sus argumentos coincidían con los de la misión cuasi-quijotesca asumida por Unamuno, que atribuía la debacle marroquí a la camarilla real y pidió que se juzgara a aquel que la Constitución hacía irresponsable. Desde luego, no se dejó arredrar ni por la recogida gubernativa de los periódicos donde aparecían sus textos ni por la audiencia que por fin le concedió el rey en 1922 y que aprovechó para soltarle su parecer cara a cara: un monarca constitucional no debía tomar iniciativa alguna.
Lea también: Lee todo sobre las acusaciones de corrupción contra Alfonso Romo Garza
Vicente Blasco Ibáñez: La Bomba Propagandística desde el Exilio
Las acusaciones de corrupción contra Alfonso XIII no dieron lugar a un verdadero escándalo nacional hasta que el monarca nombró presidente del Consejo de Ministros al general golpista Miguel Primo de Rivera y le permitió suspender la Constitución para instaurar un gobierno militar. Más aún, hubo que esperar a que el dictador intentara perpetuarse en el poder, sin respetar su promesa inicial de ejercer un mandato breve y purificador. Fue entonces, ya a finales de 1924, cuando otro escritor, Vicente Blasco Ibáñez, lanzó desde su exilio en París una bomba propagandística de efectos insólitos. Blasco era un conocido republicano, que había dominado durante años la escena política en la ciudad de Valencia, pero era sobre todo un novelista de fama mundial, el único español que había triunfado en Estados Unidos. Publicó un panfleto en varios idiomas, titulado en francés Alphonse XIII démasqué. La terreur militariste en Espagne, y en castellano Una nación secuestrada (el terror militarista en España). En aquella publicación, Blasco establecía en esencia tres cargos contra el rey.
La Dictadura de Primo de Rivera y el Fin del Reinado
Aquellas sospechas no se improvisaron entonces, sino que se habían decantado y extendido durante los últimos años de la monarquía constitucional y, sobre todo, bajo la dictadura del general Primo de Rivera -entre 1923 y 1930-y en la crisis final del reinado. Se decía, por ejemplo, que había avalado la dictadura para evitar que se investigasen sus veleidades guerreras y también para ganar dinero sin fiscalizaciones de ningún tipo. El golpe militar de Miguel Primo de Rivera de 1923 fue la solución de fuerza que intentaba solucionar la crisis, con la aprobación del rey. En un principio, la dictadura fue bien recibida: en 1925 el desembarco de Alhucemas terminó con la guerra de Marruecos; se restableció el orden social y se produjo un desarrollo de las obras públicas. Sin embargo, los severos límites impuestos por el dictador a la libertad de expresión no redujeron, sino todo lo contrario, el alcance de las denuncias contra el monarca.
En cambio, tras el fracaso de la experiencia primorriverista, el rey intentó en 1930 restaurar el orden constitucional. Dámaso Berenguer fue encargado de esta tarea con la intención de retornar al régimen constitucional. En febrero de 1931 el almirante Juan Bautista Aznar fue designado presidente del consejo por Alfonso XIII. Su gobierno convocó elecciones municipales el 12 de abril de 1931. Pero los partidos republicanos, socialistas y el nacionalismo se unieron contra la Monarquía. Al conocerse en los comicios la victoria en las ciudades de las candidaturas republicanas, el 14 de abril se proclamó la Segunda República. El rey abandonó voluntariamente el país ese mismo día, con el fin de evitar una guerra civil. Nadie impidió que el auténtico monarca abandonase aquella noche el palacio real de Madrid, ni que su familia -protegida por guardias cívicos republicanos-lo hiciera a la mañana siguiente. Las coplas que coreaban los manifestantes no admitían dudas acerca de lo sucedido. El gentío que desbordaba las calles de las ciudades españolas expresaba con rotundidad sus convicciones antimonárquicas. Se destruyeron placas, retratos y estatuas de reyes, se parodiaron entierros de la monarquía y algún imitador del soberano, maletas en ristre, huía jaleado por la multitud. Desaparecieron de comercios, hoteles y teatros las coronas y los rótulos con alusiones dinásticas.
El Gobierno de la recién nacida República abrió investigaciones sobre su enriquecimiento ilícito y, algo más tarde, las Cortes constituyentes crearon una comisión de responsabilidades que incluyó entre sus imputaciones al monarca la de causar perjuicios al Estado “por los actos de inmoralidad administrativa, en los que fue notorio su influjo durante las dictaduras”.
El Exilio y la Muerte
Alfonso XIII vivió en el exilio diez años, hasta su muerte en 1941, en Roma, donde vivió sus últimos años de vida. Al poco tiempo se separó de su esposa, Victoria. El 15 de enero de 1941 renunció a la jefatura de la Casa Real en favor de su hijo Juan (sus dos hijos mayores se habían apartado de la sucesión). Vivió en el exilio diez años hasta su muerte, acaecida el 28 de febrero de 1941 en el Gran Hotel de Roma a causa de una angina de pecho pronunciando “Dios mío, España”. Estuvo enterrado inicialmente en la iglesia de Santa María de Montserrat de los Españoles de la capital italiana hasta que, el 19 de enero de 1980, sus restos fueron trasladados al Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial por orden de su nieto, el rey Juan Carlos I. Alfonso XIII fue un hombre sabedor de la importancia de la educación y la investigación.
