Descubre las Impresionantes Haciendas Coloniales Mexicanas: Historia y Arquitectura que Te Sorprenderánpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
771 715 4434

Descubre la rica historia y arquitectura de las Haciendas Coloniales Mexicanas, que surgieron en el siglo XVI tras la conquista española en 1521. Estas propiedades agrícolas y ganaderas, originadas a partir de las “encomiendas”, reflejan una fusión cultural única entre Europa e indígenas.

Orígenes y Evolución de las Haciendas

Las Haciendas coloniales mexicanas surgieron en el siglo XVI después de la conquista española en 1521. El antecedente de la hacienda se localiza en la encomienda, especie de retribución real española que consistió en beneficiar al conquistador con un espacio de tierra e ingresos de capital exentos de costo de producción, así como con mano de obra indígena a cambio de su evangelización. En el siglo XVII, estas haciendas se consolidaron y establecieron el concepto de “hacienda clásica”. Algunas adoptaron tecnologías y métodos de cultivo modernos, especializándose en productos de exportación como la caña de azúcar y el pulque.

La nomenclatura que se estudia para definir el tipo, calidad, destino y extensión de los terrenos otorgados procede del uso castellano aplicado en España durante la reconquista; las labores fueron unidades empleadas para los cultivos agrícolas y se midieron por caballerías, estancias y peonías. La asignación de la mano de obra conocida como repartimiento -que decayó propiamente hacia 1632- fue otro de los orígenes de la hacienda, así como las congregaciones y las composiciones.

El complejo hacendario no surgió en un momento dado o fecha específica a partir de una vertiente jurídica; al contrario, algunas ocupaciones ilegales o sujetas a usos y costumbres locales tuvieron después que "componerse o legalizarse" por medio de acuerdos reales emitidos durante diversas épocas posteriores a su aparición.

El surgimiento de las haciendas transcurrió entre fines del siglo XVI y el ocaso de la etapa colonial, pues durante ese tiempo una parte significativa de la organización económica giró en torno suyo. Las haciendas ocuparían colosales extensiones de terreno en virtud de que con frecuencia nacían como una mediana propiedad y al pasar los años iban allegándose pequeñas o asequibles propiedades vecinas, lo cual dio origen a los grandiosos latifundios del México decimonónico.

Lea también: Explora las Haciendas Yucatecas

Cabe señalar que la hacienda, como sistema de producción, sobrevivió a la Independencia de México; e incluso se fortaleció, tanto en el siglo XIX y hasta el XX. Seguidamente, en el porfiriato, gracias a los ferrocarriles y el crecimiento económico del país, las haciendas, sobre todo las pulqueras, azucareras, henequeneras de Yucatán y las algodoneras de Coahuila, experimentaron un gran auge.

Tipos de Haciendas

Las más grandes fueron las ganaderas y las orientadas a beneficiar los metales en los llamados patios de beneficio. En las zonas del centro y sur de México crecieron las haciendas azucareras, muchas de las cuales pertenecían a las órdenes religiosas. También fueron muy importantes las haciendas pulqueras, todas con inmensos tinacales y trojes para almacenar cargas de cebada, maíz y pastura, con agostaderos para el ganado menor, vacuno y caballar. Por su parte, las cafetaleras compaginaron su especialidad primordial con el cultivo de árboles frutales.

Arquitectura y Distribución de las Haciendas

Las haciendas coloniales dejaron una huella distintiva en la arquitectura mexicana, fusionando culturas y estilos para crear un diseño único. El casco estaba compuesto por una serie de construcciones con destinos disímiles y tamaños variados; los más tempranos se construyeron en las haciendas azucareras de fines del siglo XVI, pero fue a mediados del siglo siguiente cuando se convertirían en un elemento organizador del espacio, y en el siglo XIX llegarían a su esplendor.

Aun cuando, en la mayoría de las veces, en el casco se realizaba una parte del proceso productivo, constituía el eje de la hacienda porque ahí también se concentraban la residencia del dueño y de los trabajadores, las funciones administrativas y de servicio, así como el almacenamiento de las cosechas, los implementos para la producción y los animales de trabajo. En esta área se situaba la casa grande que funcionaba como residencia del dueño de la hacienda, su familia y sus invitados, aunque, en general, era habitada por el administrador, quien se encargaba de la hacienda en ausencia de los dueños, los cuales viajaban con regularidad a las ciudades capitales en las que conformaban su radio de negociaciones.

En ausencia de los dueños, los administradores se hacían cargo de los peones, tlachiqueros o sirvientes, que se concentraban en las habitaciones llamadas curaterías, las que, de acuerdo con las zonas, se construían con materiales sencillos como cañas, pencas, varas, barro, palma y adobe, razón por la cual en nuestra época quedan pocos signos visibles de ellas. Si bien al principio estas habitaciones eran altos galerones, después surgieron las calpanerías -nombre que proviene del náhuatl calpan, calli, casa, y el sufijo castellano -ería, que señala local donde se ejerce un oficio; así, significa "lugar de casas o caserío"- en las que rara vez habitaban familias completas, pues en general había rotación de mano de obra.

Lea también: Descubre las Haciendas de Tlaxcala

El área obligada, tanto por iniciativa del propio dueño como por el antiguo deber de adoctrinamiento, fue la capilla u oratorio pequeño -que en general se construía en el interior de la casa-. Estas capillas derivaron en monumentales templos donde se ofrecían los recursos litúrgicos a toda la comunidad de los alrededores. Las parroquias y los obispos descansaron en ellas las funciones que desde lejos no podían hacer: la colecta de las limosnas, el adoctrinamiento de los indígenas, la difusión de las artes sacras y hasta la erección de conventos u otras instancias religiosas que no podían ser supervisadas por los organismos centrales.

Tras estos espacios básicos surgieron otros que eran necesarios para la producción, sustentados en la infraestructura hidráulica y de comunicación: todas aquellas construcciones cuya intención era facilitar al conjunto los instrumentos de la producción: abrevaderos, acequias, acueductos, agüajes, aljibes, aventaderos, bodegas, cajas de agua, canales, diques, eras, espigueros, fuentes naturales de agua, gallineros, palomares, graneros, malacates, molinos, norias, pajares, piletas, pozos, presas, receptáculos, silos, tanques, trapiches, trojes, zahúrdas o pocilgas para los cerdos, zanjas, etcétera.

De acuerdo con su especialización, también albergaron aserraderos, las forestales; desfibradoras y asoleaderos, las henequeneras; despepitaderos, las algodoneras; establos, caballerizas, macheros y corrales, las ganaderas; ingenios, las azucareras; patios de beneficio y hornos de fundición, las mineras; tinacales, las pulqueras; zonas para asolear, secar y empapar, las agrícolas.

La oficina o despacho para el administrador de la finca se instaló dentro del casco, casi siempre a la entrada de la casa grande, con su propio acceso desde el zaguán o desde el patio interior central. Por regla general, un mostrador enrejado separaba la oficina en dos partes: la más amplia, donde trabajaba el administrador, el contador o el escribiente y tal vez algún secretario, y otra muy reducida, en la que se atendía a los trabajadores por una pequeña ventanilla. Junto a ella se encontraba la tienda, es decir, un espacio destinado a la venta, donde había un mostrador para atender a los compradores, varios estantes de madera de piso a techo y numerosas divisiones, cajones para exhibir y guardar mercancías, una báscula y varios recipientes y cucharones de madera y latón para pesar y medir productos diversos, barriles y costales para depositar granos y líquidos, así como una buena cantidad de ganchos y mecates distribuidos en puertas y paredes para colgar infinidad de objetos. Muchas tiendas también tenían una habitación contigua o trastienda donde almacenaban mercancías en reserva. Ambas habitaciones se encontraban resguardadas por fuertes portones con candados.

En primer lugar, estas fincas eran instituciones sociales jerárquicas, con una sólida estructura de vínculos familiares y una fuerza de trabajo numerosa. De igual forma, las habitaciones se edificaban alrededor de un patio central interior rodeado por columnas y vigas. Las fachadas, en estilo colonial, eran simples y rodeadas de jardines.

Lea también: Descubre las Haciendas Mexicanas

El Caso de la Hacienda de Pacho, Veracruz

A lo largo de la historia de México, en específico del estado de Veracruz, diversos acontecimientos históricos, políticos y económicos marcaron los patrones territoriales que en la actualidad son características de las haciendas. Las haciendas fueron un sistema económico que, a principios del siglo XX, surgen como parte del Movimiento Agrario, lo cual llevó a la parcelación y repartición de tierra para trabajadores y pobladores de las comunidades aledañas.

Este inmueble fue construido en 1592 por encargo de Don Juan de Quiroz y Don Sebastián Díaz, con la finalidad de sembrar y moler caña de azúcar en una propiedad del señor Quiroz, denominada Nexapa. La hacienda fue adquirida en el siglo XVII por el Sr. Don Luis Pacho y Mexía, de donde retoma el nombre de Hacienda de Pacho, quien administró la propiedad hasta su muerte. Posteriormente en el siglo XVIII, fue administrada por Jesuitas, que a fin de siglo la convirtieron en una de las haciendas más extensas de la región con casi 1 200 hectáreas de superficie. A mediados del siglo XIX es comprada por el Señor José Julián Gutiérrez y Fernández, amigo muy cercano del presidente Antonio López de Santa Anna. La familia Gutiérrez es, desde entonces, propietaria de la hacienda, sin embargo, a partir del reparto agrario la propiedad perdió una superficie de 712 hectáreas, pero conservó el casco histórico y espacios arquitectónicos importantes que hacen que su funcionalidad esté vigente.

En este desarrollo histórico, se precisa que, debido a los cambios generados por los acontecimientos políticos y sociales del país, y en específico de la región en donde se asienta este inmueble, hacia 1770 el trapiche y molienda de la hacienda se habían convertido en rancho de ganado mayor, que fue otro giro productivo al iniciar y se le dio el nombre de San Cayetano Pacho. Durante 60 años hubo una transformación económica debido al auge que le dio nuevamente el cultivo de la caña de azúcar.

La casa y el trapiche estaban distribuidas de manera que albergaban espacios suficientes para el proceso de producción y albergue de personal, entre ellos, dueños y trabajadores, unos en algún tiempo fueron esclavos traídos del extranjero. La distribución de la hacienda la ocupaba una casa de calderas, moliendas, bodegas para guardar azúcar y astillero para la leña, una casa de purga y bodega para maíz unidos por un corredor. Esta hacienda constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura para la producción del periodo virreinal de la región de Xalapa y Coatepec. Gran parte de sus elementos arquitectónicos se encuentran bien conservados, lo que hace destacar su importancia como objeto arquitectónico relevante y como parte de un sistema de haciendas que potenció el desarrollo económico de la época virreinal y de la región de Pacho, donde se asienta.

Con relación a la parte arquitectónica y como se mencionó en el apartado anterior, el análisis realizado hace énfasis en la composición, cuya distribución de la vivienda destaca al conjunto central como espacio primordial. Este conjunto se forma de la casa principal, la casa de servidumbre y la casa antigua, dichos inmuebles contienen corredores porticados que rodean el patio central del complejo resaltando su arquitectura virreinal. Asimismo, el patio central cuenta con una fuente monumental que funciona con el agua que baja desde un manantial, el cual proveía del vital líquido a los habitantes y trabajadores para la realización de las actividades y necesidades de la casa y zona productiva. El acceso al conjunto es un camino empedrado y flanqueado por las casas de los trabajadores.

La casa antigua, construida en 1843, se encuentra en ruinas. Su planta es de una sola crujía y sólo tres espacios frontales que aún cuentan con una cubierta de viguería de madera y pisos de mazarín, que actualmente se usan como bodegas. La fachada, lisa de color blanca, se compone de seis vanos; el vano más grande tiene forma de arco de medio punto y conduce a la parte posterior de las bodegas, que cuentan con tres puertas de acceso.

Esta casa tiene un pasillo que conduce al patio central interior de la misma donde se encuentra la antesala, este es un alto corredor porticado con ocho columnas esbeltas con base y capitel de molduras sencillas. Los espacios del patio interior están dispuestos en torno al jardín y se accede a ellos a través de un corredor que lo rodea. Los muros son de mampostería de piedra, la cubierta inclinada a dos aguas de viguería de madera con mazarán, tablas y tejas y los pisos de mazarín. Hacia el sureste, y a un costado del corredor del acceso principal, se localiza una torrecilla, cuyo uso original es desconocido, no obstante, hoy en día se usa como baño y vestidor de la propietaria.

El pórtico está delimitado por la portada y la escalinata, la fachada muestra una portada exenta rematada por una espadaña y cubierta de viguería de madera y teja. Las columnas que forman la portada son de estilo dórico y sostienen el entablamento sobre el que descansa la espadaña, se compone de un tímpano semicircular con roleos en su parte centro-superior. En el tímpano se tienen tres arcos de medio punto, donde se ubica el espacio que contenía a tres campanas de los años 1777, 1800 y 1797. El cuerpo principal de la capilla se forma por una nave de cuatro tramos y rematada al fondo por un ábside de forma rectangular. Se resguarda por una cubierta inclinada a dos aguas de viguería de madera con tablas, mazarín y teja.

La calpanería funge como antesala de la reja principal de acceso al casco; se encuentra previa a la entrada principal, rumbo al suroeste. Esta unidad se compone de cinco estructuras de mampostería de piedra con aplanado color blanco, techumbre de viguería de madera y teja. Tres inmuebles se ubican al lado izquierdo del camino empedrado que lleva a la reja principal y dos a la derecha. El total del conjunto comprende 22 viviendas, las cuales han sido ocupadas por descendientes de extrabajadores.

De igual manera, la represa se ubica fuera del casco principal hacia el sureste. El acueducto está hecho de mampostería de piedra y aplanado, se forma por tres arcos: dos de forma ojival y uno de medio punto. A pesar de sus buenas condiciones, no se usa hoy en día.

En los primeros alcances al análisis formal de la hacienda, se determinó que es un conjunto agrupado con una distribución concéntrica radial y que la fuente monumental, al centro del patio, funciona como punto focal y a partir de ella se distribuyen los espacios divididos en cuatro usos principales: la vivienda de los obreros. La vivienda del hacendado, el área productiva y la capilla.

En la figura 13 se observa que el espacio semi-público (rojo) es el vínculo distribuidor entre el espacio público (amarillo) y el espacio privado (verde). Los espacios públicos rodean el conjunto principal sin un orden entre ellos sino subordinados a la distribución interna de la hacienda.

La Capilla de Nuestra Señora de los Remedios cumple con los rasgos arquitectónicos de otras más de la región de Xalapa. El partido arquitectónico es muy similar, nave rasa de carácter austero, más larga que ancha, con un sólo acceso central al frente y cubierta a dos aguas.

El Legado de las Haciendas

Aunque muchas haciendas han experimentado cambios y deterioro con el tiempo, algunas han sido restauradas y preservadas como parte del patrimonio cultural de México. En Jalisco, por ejemplo, existen 420 haciendas, de las cuales solo el 30% ha sido rehabilitado.

La desaparición violenta de los cascos hacendarios se produjo con el reparto agrario que se efectuó durante el siglo XIX, pero la destrucción paulatina de sus espacios físicos obedeció, primero, al abandono por la urbanización y la entrada del funcionalismo; después, al rechazo ideológico y al prejuicio de guardar para la posteridad estos emblemáticos muros.

Así, las haciendas en México constituyen no sólo edificios o monumentos que es preciso conservar, sino también contextos complejos que reúnen en sí un corpus de bienes simbólicos que habrán de ser cuidados y revalorados para beneficio común. Si estos sitios son rescatados sin tomar en cuenta su ecosistema territorial, no cumplen con uno de los requerimientos propuestos, puesto que las ex haciendas son, en conclusión, lugares físicos donde se articulan convenciones simbólicas compartidas, ya por la historia, ya por la tradición, ya por el imaginario colectivo o por los tipos de relaciones que han sido producto de esa heredad histórica.

En este rescate también debe ponderarse el propiciamiento de una cohesión social, en el marco de la calidad de vida, entendida como "un proceso que permite a los humanos realizar su potencial no sólo en el aspecto económico, sino de infraestructura social y pública, mejoramiento del medio ambiente, confianza, autoestima y respeto de las personas y por los demás, relaciones equitativas de género y grupos minoritarios y, finalmente, manejo de los recursos compatible con los valores éticos y culturales de la población".

La hacienda, como ente de desarrollo económico de México, ha permanecido presente como un símbolo de identidad comunitaria por su majestuosidad en la construcción, donde sus espacios y partido arquitectónico integran una composición, cuyo reflejo en la actualidad representa la apropiación de un espacio donde se manifiesta un sistema organizativo de la hacienda que permaneció estable por cerca de 400 años, y representan, desde el medio económico, temporal y cultural de una etapa histórica de México, cuya construcción es el reflejo de un desarrollo socialmente cuestionable, pero de progreso económico del país y de la región en donde se asienta el inmueble.

En la actualidad, la hacienda se emplea para la celebración de fiestas privadas, ya que su construcción se encuentra en sobresaliente estado de conservación con mobiliario original, heredado a través del tiempo por la familia Gutiérrez (camas, cuna, cuadros, pinturas y enceres domésticos). El crecimiento de la zona metropolitana de Xalapa ha consumido el entorno paisajístico del asentamiento y, sin lugar a duda, en unas décadas más será absorbida por la mancha urbana. El vínculo que aún poseen los pobladores de Pacho Nuevo con la hacienda de Nuestra Señora de los Remedios es parte de la cosmovisión local, lo que conlleva a afirmar que no se puede entender la identidad de esta comunidad sin la intervención de este conjunto, como un actante de la vida cotidiana; además de ser el origen de este pequeño poblado que ha soportado el transcurso del tiempo y se ha adaptado a los tiempos actuales sin dejar atrás los elementos funcionales y arquitectónicos que la hacen única en la región.

Sumérgete en la fascinante historia y arquitectura de las Haciendas Coloniales Mexicanas, un legado cultural que perdura hasta nuestros días.

tags: #cascos #de #haciendas #antiguas #historia #y