Descubre la Fascinante Historia de Hacienda San Carlos Chacuaco y el Impresionante Acueducto de Yautepecpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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En Morelos, un tráiler dañó parte del acueducto de San Carlos, el cual data del siglo XVII en Yautepec y es considerado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) como un monumento histórico.

El Incidente del Tráiler y los Daños al Acueducto

Durante la noche del miércoles, un tráiler que trasladaba tubos de cemento derribó parte de la estructura del arco de San Carlos, en Yautepec. Según testigos, el operador del vehículo quiso pasar por debajo del histórico acueducto, pero no calculó y pasó a traerse parte del mismo, dado que la altura máxima es de 4.20 metros.

De acuerdo con el reporte dado a conocer por el municipio de Yautepec, fue cerca de las 8:30 de la noche de este miércoles cuando un tráiler de la empresa Tubocreto, con piezas de tubería de concreto, chocó con la parte alta de los arcos del acueducto de la Ex Hacienda de San Carlos, en el municipio de Yautepec, considerado monumento histórico por el INAH.

El impacto causó severos daños a la estructura del arco y ocasionó que una parte de las paredes del acueducto cayera.

El director de Protección Civil y Bomberos de Yautepec, Octavio Rojas Montaño, informó que se acordonó la zona y se suspendió la vialidad en los carriles centrales para evitar un accidente mayor.

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Importancia del Arco de San Carlos en Yautepec

El arco es considerado un monumento histórico por parte del INAH pues el casco era original del siglo XVII.

El estado de Morelos ha jugado un papel muy importante en la historia económica y política de México.

Sus famosas ruinas arqueológicas nos hablan de la existencia de avanzadas culturas prehispánicas, y sabemos que sus manantiales y exuberante vegetación atrajeron a los emperadores mexicas que, en lugares como Oaxtepec, establecieron centros de retiro y de esparcimiento; sus aguas termales, con abundante contenido de minerales y rodeadas de frondosos amates, formaban un estanque natural de ricas propiedades curativas.

En la época colonial, esta región fue uno de los principales centros desde donde los frailes franciscanos, dominicos y agustinos llevaron a cabo su labor de evangelización hacia el resto de la Nueva España.

En el mismo poblado de Oaxtepec fundaron el Hospital de la Santa Cruz, uno de los primeros en América, y al que, por su fama, acudían enfermos desde lejanas tierras, como Guatemala y Perú.

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Las tierras morelenses también atrajeron a Hernán Cortés, quien obtuvo grandes extensiones como parte del marquesado que la Corona le otorgó.

En lo que hoy se conoce como la Hacienda de Cortés (antigua Hacienda de Atlacomulco), el capitán español instaló, en 1535, el primer ingenio de Morelos, iniciando así el cultivo de lo que después se conocería como el “oro blanco”, que pronto se extendió a todo el estado.

De este modo surgieron haciendas tan importantes como la de San José de Vista Hermosa, San Carlos Borromeo, Chiconcuac, Santa Inés y San Gabriel de las Palmas, entre otras, que proveyeron a la Corona, así como a sus dueños, de cuantiosas riquezas.

Estas haciendas, alrededor de las cuales fueron creciendo poblaciones cada vez mayores, generalmente contaban con la llamada “casa grande”, ricamente decorada, donde se desenvolvía la vida familiar y social de sus dueños; su iglesia o capilla, su trapiche, su chacuaco y su tienda de raya.

También durante la revolución de 1910 tocó a los pueblos de Morelos jugar un papel protagónico.

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En el poblado de Anenecuilco, donde ahora se encuentra un pequeño museo, nació Emiliano Zapata, el famoso “Caudillo de la Revolución del Sur”.

Artículos sobre las Haciendas Azucareras Morelos

El artículo muestra cómo las labores realizadas por algunos ingenieros, administradores y otro tipo de personal capacitado incidieron en la buena marcha de las haciendas azucareras de los hermanos García Icazbalceta.

La presencia de trabajadores calificados también constituye un testimonio de la modernización llevada a cabo en estas fincas en buena parte del último cuarto del siglo XIX.

La presencia de algunos prácticos y profesionistas en las haciendas de los hermanos García Icazbalceta fue una constante e incidió en su modernización y buena marcha.

Si bien el trabajo de las haciendas recaía en una gran variedad de operarios, maestros, peones, albañiles, etcétera, supervisados por el administrador y dirigidos por el hacendado mismo, este artículo refiere diversas actividades que desempeñaron en particular algunos prácticos y profesionistas, varios de ellos extranjeros, en las fincas azucareras morelenses propiedad de la compañía García Icazbalceta Hermanos, en el periodo de 1877 a 1894.

Mediante estas actividades puede observarse que una de las principales preocupaciones de los propietarios de dichas haciendas fue mejorar e incrementar año con año la producción de azúcar, mieles, aguardiente y demás productos, pero también algo muy importante: reducir los costos de producción.

Tales indicios bien pueden caracterizar a estas haciendas como "modernas", en un sentido amplio del término.

Antes de entrar en el tema relativo a los prácticos y profesionistas que prestaron sus servicios en las haciendas de la compañía García Icazbalceta Hermanos durante el periodo señalado, es importante tener presente el contexto general de la época, que varios estudiosos de la industria azucarera mexicana han señalado como el de la "modernización tecnológica".

Algunos autores coinciden en señalar que este proceso inició fundamentalmente a partir de la década de 1880 y continuó a lo largo de la siguiente.

Durante estos años de régimen porfirista maduraron las condiciones políticas y económicas para lograr una importante expansión de los campos cañeros, gracias a los cambios en la infraestructura hidráulica, es decir a la ampliación y modernización del sistema de irrigación, punto fundamental para el aumento de la producción de caña.

Un ejemplo es la hacienda de Tenango, en donde se construyeron los canales del río del mismo nombre, los cuales llegaron a tener 52 km de extensión, 11 túneles y dos acueductos; esto permitió que la hacienda pudiera "incrementar [en] 450 hectáreas la zona de riego" y dotar de agua a esta importante finca.

Las obras hidráulicas se vieron acompañadas de la introducción del ferrocarril y el cambio de sistemas tradicionales de tracción animal por los de vapor, fundamental en dicha modernización.

Por su parte, Joaquín García Icazbalceta, principal responsable de las haciendas en cuestión, preocupado por aumentar la producción, reducir costos, mejorar la calidad de sus productos y ampliar sus mercados, echó mano de sus amplios conocimientos en cuestiones mercantiles, de la búsqueda de información diaria en los periódicos de la época, así como de su red de corresponsales, para adquirir maquinaria, realizar obras de construcción, documentarse sobre temas agrícolas y estar al tanto de las novedades tecnológicas relativas al cultivo de la caña y la elaboración del dulce, mieles y aguardiente.

Todas las obras realizadas, la aplicación de mejores técnicas, la renovación de maquinaria y el empleo de personal capacitado y experimentado en sus haciendas, además de una eficiente administración y supervisión constante, le permitió a la compañía García Icazbalceta Hermanos distinguirse entre los productores de azúcar del estado de Morelos.

Así entonces, una aproximación a los distintos casos de prácticos y profesionistas empleados, además de dar cuenta de las estrategias de estos hacendados para lograr sus metas, también nos acerca a la vida cotidiana y a las labores agrícolas de las fincas azucareras de la compañía citada; lo mismo que a las relaciones familiares de sus dueños, al trato de éstos con sus empleados, a la convivencia de las haciendas con los pueblos de la región, al problema del agua entre ambos y algunos otros aspectos en donde se muestra que la presencia de estos prácticos y profesionistas -entre los que encontramos carpinteros, cobreros, herreros, ingenieros, abogados, médicos, preceptores, administradores y más- fue fundamental para la marcha de las haciendas.

Para este artículo utilizamos como fuente principal un grupo de 333 cartas personales que hemos denominado "Cartas de las haciendas", escritas por Joaquín García Icazbalceta a su hijo Luis García Pimentel, entre 1877 y 1894, años de trabajo muy intenso y previos a su retiro al frente de las fincas azucareras.

Estas misivas tenían como objetivo mantener informado a su hijo sobre el complejo manejo de sus haciendas llamadas Santa Ana Tenango, Santa Clara de Montefalco y San Ignacio Urbieta con sus anexos, las tres ubicadas en la jurisdicción de Jonacatepec, al oriente del actual estado de Morelos, y prepararlo para asumir su dirección llegado el momento.

Así, estas cartas hoy bien pueden ser consideradas un manual de enseñanza y aprendizaje para la administración de dichas haciendas y, particularmente, permiten tener una aproximación a la actuación del bibliógrafo e historiador Joaquín García Icazbalceta en su papel de hacendado, aspecto hasta ahora poco abordado.

Es importante señalar que si bien la riqueza de esta fuente es indudable para el estudio de muy diversos aspectos de las haciendas, de la industria del azúcar, del comercio y más, en este artículo centramos la atención en aquella información que documenta el trabajo de personal calificado y experimentado en las haciendas, como una estrategia más de los García Icazbalceta en el temprano proceso de modernización tecnológica de sus fincas azucareras.

La compañía García Icazbalceta Hermanos

Brevemente diremos que esta compañía tiene su origen en la hacienda Santa Clara Montefalco, la cual inicialmente heredó y formó parte de la dote de Ana Ramona de Icazbalceta y Musitu al casarse, en 1809, con el comerciante español Eusebio García Monasterio, quien desde entonces tomó la finca a su cargo.

El matrimonio García Icazbalceta tuvo en total once hijos pero sólo sobrevivieron ocho de ellos.

Vivían en la calle de la Merced número 3, en el centro de la ciudad de México, y ahí mismo estableció Eusebio García su "escritorio" o despacho comercial desde donde comercializaba los productos de la hacienda y otras mercancías.

Años más tarde, en 1850, Eusebio García adquirió las dos haciendas que habían pertenecido a sus cuñados Nicolás Fernando y María Josefa de Icazbalceta y Musitu, Santa Ana Tenango y San Ignacio Urbieta, respectivamente.

De esta forma Eusebio García, junto con sus cuatro hijos varones, centró sus actividades en atender las tres haciendas azucareras, además de hacerse cargo de otra hacienda llamada El Mayorazgo, ubicada en el Estado de México, también de su propiedad.

A la muerte de Eusebio García Monasterio, en junio de 1852, cinco de sus hijos - José Mariano, Dolores, Tomás, Lorenzo y Joaquín- decidieron formar la compañía "García Icazbalceta Hermanos" con el propósito de mantener unidas sus propiedades rústicas y así dar viabilidad al "escritorio familiar", desde el cual las administraban y vendían sus productos en la ciudad de México y otras plazas.

Las tres hermanas, ya casadas -Ana María, María Ignacia y María de Jesús-, recibieron su parte de las haciendas y demás propiedades que les correspondían de la herencia materna y paterna en "dinero efectivo a los términos y plazos convenidos".

Durante los años que abarcan las "cartas de las haciendas" (1877-1894), periodo al que se ciñe este artículo, sólo quedaban dos propietarios o socios de la compañía, Lorenzo -a quien sus sobrinos llamaban cariñosamente "Pano"- y su hermano menor, Joaquín, apodado por sus hijos "el Tigre".

Entonces, el escritorio se encontraba en la casa de Lorenzo, ubicada en la calle de San José El Real, número 13 (actualmente Isabel la Católica).

Según el acuerdo al que llegaron los dos hermanos García Icazbalceta para llevar a cabo el manejo de la compañía, Lorenzo debía fungir como el tesorero del escritorio, mientras que Joaquín era el responsable de llevar los diferentes libros de la contabilidad del negocio, lo cual significaba estar en permanente contacto con los administradores de las haciendas.

Además, de acuerdo con el reglamento que tenían establecido, Joaquín, en quien recaía la mayor responsabilidad de la compañía, estaba obligado a realizar cuando menos una visita anual de dos meses a tierra caliente para supervisar los diferentes trabajos agrícolas y de producción de azúcar y sus derivados.

De hecho, la realización de las mencionadas visitas o estancias de Joaquín en las haciendas son el motivo para escribir las cartas a su hijo, quien se quedaba en la ciudad de México auxiliando a su tío en los asuntos relativos al escritorio y así empezar a imponerse de las actividades y obras realizadas en las fincas que un día serían de su propiedad.

Las "obras" en las haciendas

Fue precisamente por los años de 1878 y 1879 que la compañía García Icazbalceta Hermanos llevaría a cabo diversas modificaciones en sus haciendas de Santa Ana Tenango y Santa Clara Montefalco, sobre todo por iniciativa de don Joaquín.

Con el incremento de las tierras irrigadas aumentó la siembra de cañas y, por lo tanto, de las cargas para la molienda.

En esta situación, se vieron en la necesidad de introducir un novedoso sistema de tren de vías móviles, conocido como "Decauville".

Apenas unos cuantos años antes, en 1875, el agricultor francés Paul Decauville puso en práctica un sistema de ferrocarril de vía estrecha, de 60 cm, totalmente desmontable y provisto de unos carros o plataformas generalmente movidos por tracción animal.

Esto permitía transportar más cargas con mayor facilidad y rapidez.

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