Fraccionamiento Hacienda del Bosque es un pueblo que ha cambiado de nombre recientemente. Este pueblo puedes encontrarlo a 1.5 kilómetros, en dirección Sur, de la localidad de Ojo de Agua, la cual tiene la mayor población dentro del municipio.
Con respecto a Tecámac de Felipe Villanueva, que es la capital del municipio, se localiza en dirección Sudeste, a 6.7 kilómetros. Existen espectaculares mapas GPS satelitales de Fraccionamiento Hacienda del Bosque, para ver desde el espacio este bello pueblo, así como el entorno del municipio de Tecámac.
En Fraccionamiento Hacienda del Bosque hay una estructura de edades de los habitantes muy característica, que puedes observar en la siguiente pirámide de población, con datos de 2005. Para que puedas disfrutar de la naturaleza alrededor de Fraccionamiento Hacienda del Bosque, existe una colección de fotografías de paisajes y monumentos de la localidad y cercanos a ella.
Orígenes y Fundación de Saltillo
La ciudad de Saltillo fue fundada como un enclave que sirviese de conexión con las minas de Zacatecas, como puesto de avanzada hacia el norte y como centro de abastecimiento de mano de obra esclava y de alimento. Por lo que, desde su nacimiento, el puesto se caracterizaría por una intensa actividad esclavista y por la fundación de haciendas para satisfacer el objetivo minero.
Las tierras que fueron repartidas entre los conquistadores se dividieron entre la parte norte y sur, donde se comenzaron a construir las incipientes haciendas. Debido a la geografía de Saltillo, la parte del norte fue comúnmente llamada “la de abajo”, mientras que la del sur, por sus lomas, “la de arriba”.
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Los fundadores de Saltillo y sus descendientes abrieron el camino para una posterior expansión hacia el norte: Alberto del Canto, Santos Rojo, Ginés Hernández, Cristóbal Pérez, Ubaldo Cortés, Juan Alonso, Francisco de Urdiñola y Diego de Montemayor expandieron su influencia hacia otras regiones, creando caminos y haciendas. Se crearon así las haciendas de San Juan Bautista y de Bonanza en el sur de la villa por Alberto del Canto, aunque sus tierras pasarían posteriormente a Francisco de Urdiñola alrededor de 1600, creando así el primer latifundio de la región juntando estas haciendas con las de Santa Elena, San Francisco de Patos y Parras, por nombrar algunas.
Al expandirse los fundadores y sus descendientes se crearían nuevas haciendas en los caminos a Mazapil y Bonanza, como las haciendas de Agua Nueva o San Juan de la Vaquería, llamada así por su producción de ganado. Las haciendas siguieron fungiendo en su actividad comercial, que giraba principalmente en la plantación de trigo y ganado mular, aunque también las hubieron dedicadas al ganado caprino y lanar.
En el siglo XVII llegaron nuevos personajes a la villa que contribuyeron igualmente al crecimiento con la construcción hacendaria, así encontramos a los hermanos Aguirre y a Fernando del Bosque quien fundaría San José de los Bosques al norte de la villa. Del Bosque sería incluso alférez del capitán Antonio Barcárcel en la fundación de lo que sería la provincia de Nueva Extremadura o Coahuila. La familia Aguirre, por su parte, acumuló un poder político y económico muy importante en la villa, aunque por poco tiempo, fundando así la hacienda de Santa María del Rosario.
Las haciendas se caracterizaron entonces por ser frontera en el crecimiento de la ciudad y encontrarse en los caminos como punto fundamental de los viajeros. Mesillas y Anhelo fungieron durante algún tiempo como frontera de Saltillo camino a Monclova, capital de la provincia de Coahuila, o la Encarnación al sur de la ciudad.
Esta expansión permitió que otras familias saltillenses captaran nuevos espacios en el norte. Los casos más importantes que construyeron incluso latifundios enteros fueron los Urdiñola y los Sánchez Navarro, que conjuntamente abarcaron un territorio que ocupaba buena parte de la provincia de Coahuila, y algunas porciones de Nueva Vizcaya y del Nuevo Reino de León. Sin embargo, también existieron otras familias saltillenses importantes durante el siglo XVIII como los Garza Falcón quienes fundaron haciendas alrededor del río Sabinas dedicadas a la caña de azúcar como Nuestra Señora de los Dolores o Palau; y los Vásquez Borrego quienes fundaron las Encinas y el Álamo, dedicadas al algodón.
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Por otro lado, una de las haciendas más prósperas de la villa era precisamente Santa María del Rosario, que para el siglo XIX pertenecería a una de las familias más influyentes de Saltillo, los Ramos Arizpe. En este sentido, el siglo XIX conoció un crecimiento demográfico, por lo que el proyecto nacional fue el de construir municipios agrupando cierto número de haciendas. Así se constituirían los municipios de Ramos Arizpe en 1850 con jurisdicción en diversas haciendas como Santa María, Bosques y Anhelo, por ejemplo.
No obstante, el viaje de las haciendas no fue siempre un camino de bonanza económica, al contrario, conocería fuertes crisis sobre todo en el siglo XVII. La crisis comenzó con la actividad minera en Zacatecas, por lo que afectó directamente la economía y la demografía de Saltillo. Es decir, el mito de una hacienda próspera, grande, de tipo neofeudal, monopólica y monolítica, fue creada para el centro de México.
Algunos investigadores colocaron al norte de Nueva España y México en este mito fabricado, aunque con error. El historiador José Cuello puntualiza que, en general, el norte no gozó de este tipo de haciendas clásicas, sino que más bien se trató de una economía local basada en ranchos o granjas, además que las propiedades se vieron fracturadas debido a los testamentos, es decir, se dividieron las tierras entre los familiares, lo que provocaría igualmente un declive económico.
En este contexto, no sorprende entonces que las haciendas y sus tierras cambiaran constantemente de propietarios. Con esto, podemos decir que el estudio de la hacienda en Saltillo y en el norte en general, aún se encuentra en ciernes, esperando a ser estudiado sistemáticamente.
Bosques, Haciendas y Pueblos
Los bosques, montes y pastizales, con los muy diversos recursos que comprenden, fueron fundamentales en la vida de los pueblos, haciendas y fábricas desde tempranas épocas de la era colonial. A lo largo de siglos, cuantiosas leyes, así como normas consuetudinarias, trataron de ir reglando los variados derechos de acceso, uso, posesión y propiedad, lo que frecuentemente derivó en contradicciones y vacíos legales.
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Aun cuando hubo conflictos numerosos y diversos, las tensiones entre haciendas y pueblos fueron decisivas para conformar los territorios forestales, y permiten asomarnos a la historia social y económica de los habitantes humildes, principalmente de aquellas comunidades que poseían recursos forestales. Lógicamente, hubo enormes variaciones en cada rincón de un país tan extenso y diverso como México.
Durante los primeros 90 años del México independiente (1820-1910) en esta región se experimentaron transformaciones considerables que tendieron a la privatización y a una utilización más intensiva e industrial de los recursos, los usos y derechos del bosque no fueron trastocados de manera radical. Claro que hubo tensiones persistentes entre los actores sociales y los privados, muchas de las cuales se evidencian en el material de archivo.
Sin embargo, hasta el estallido de la revolución mexicana de 1910, no se advierten alteraciones extremadamente radicales, ni en los conflictos respecto a la leña, la madera, el carbón, el pastoreo y los parajes que se abrían al cultivo, ni en las formas como actores individuales, actores sociales y autoridades buscaban solucionar, o sobrellevar, las querellas. De hecho, en una primera versión de este trabajo, que tomó como límite temporal el porfiriato (1876-1911), presenté como idea central las notables persistencias en las facultades de propiedad, posesión y usufructo, así como de acceso y tránsito que hacía mucho tenían quienes habitaban estos pueblos, a pesar del ambiente más hostil a los usos tradicionales del bosque.
El Impacto de la Revolución de 1910
La revolución de 1910 -la primera revolución social moderna de occidente- cambió, a veces de manera drástica, los derechos sobre los bienes naturales. Los dramáticos acontecimientos que se vivieron en esta región durante los primeros años revolucionarios pusieron al desnudo cómo el statu quo solo conformaba un equilibrio inestable, una calma tensa susceptible de quebrarse.
México es, acaso, una excepción porque, con solo un siglo de diferencia, fue sacudido por dos rebeliones sociales. Estas páginas no buscan mostrar las razones de la revolución mexicana en estos territorios, sino llamar la atención sobre cómo agravios antiguos se pudieron expresar con vehemencia y violencia, al romperse los arreglos sociales acostumbrados. Entre las raíces del descontento destacan dos, perfectamente entrelazadas en el tiempo: los derechos diversos por los recursos del bosque, así como los agravios morales y de justicia, en especial el trato que leñadores, carboneros, pastores y otras gentes del común recibían de quienes ejercían su autoridad sobre ellos.
Conviene hacer aquí una breve introducción al tipo de poderes que podían ejercer los administradores sobre los habitantes de la región, ya que dieron pie a numerosas querellas desde la era colonial y hasta el siglo XX. Estos personajes actuaban, con frecuencia, en colusión con autoridades menores, como jueces locales y corregidores de policía. Entre sus prerrogativas sobresalía el emitir los “boletos” con que los pobladores pagaban sus derechos en torno a la leña, madera, carbón y pastos, lo que daba pie a conflictos y arreglos sobre el precio y la adquisición de dichos vales. Además solían determinar cómo, dónde, qué tipos y qué cantidad de recursos podrían extraer. De igual manera, cuántos y con qué árboles se podía elaborar carbón vegetal -el principal energético de la época- que se vendía en los pueblos, cabeceras municipales y mercados del sur de la ciudad de México.
Los administradores también eran fundamentales para amonestar y detener a los infractores -reales o supuestos- de los reglamentos y costumbres en torno al bosque, monte y pastizales. A los del pueblo les resultaba especialmente gravoso tener que pagar las multas para que se les devolvieran sus animales e instrumentos de trabajo y, en especial, que se les hiciese prisioneros en las propias haciendas o se les entregara a las autoridades. Además, solían representar jurídicamente a las haciendas y encabezar sus litigios y querellas judiciales.
Un ejemplo típico de estas tensiones, que se expondrá con detalle, tuvo lugar en 1872, cuando el pueblo de San Nicolás Totolapan acusó al administrador de la hacienda San Nicolás Eslava de malos tratos y exigió que respetase sus “propiedades y posesión”; que permitiese a sus habitantes sacar madera y leña de los montes; que ya no los detuviese arbitrariamente, y que dejase de obstaculizar el nombramiento de representante del pueblo que habían decidido.
Por si fuera poco, quienes mandaban en la vida cotidiana de las haciendas ejercían un control profundo sobre sus trabajadores permanentes y temporales, mismos que solían ser de los pueblos contiguos; determinaban un sinnumero de aspectos sobre sus condiciones de vida, sus labores y prestaciones, así como el orden y “respeto” que debían profesar a la finca. Dada la posición clave que desempeñaban, no extraña que en los papeles viejos con que tejemos la historia se apiñaran, a lo largo de siglos, las quejas en su contra.
Territorio y Población
Los bosques de las cuencas de los ríos Magdalena y Eslava son, aún hoy, a principios del siglo XXI, trascendentes por su valor ambiental, su alta biodiversidad y por ser la principal fuente de agua superficial de la ciudad de México. Hoy, estas serranías arboladas se localizan, mayoritariamente, en la cañada de Contreras, lo mismo que en la serranía volcánica y accidentada del Ajusco en Tlalpan.
La zona fue poblada desde inicios de la era cristiana; hacia el siglo XIV hubo asentamientos mexicas -todavía hoy hay hablantes de náhuatl- así como de tepanecas que acabaron dominados por los primeros, a quienes debieron pagar tributo. De hecho, desde entonces, Totolapan pagaba con madera dichas cargas tributarias. La guerra fue una constante: aquí se escenificaron batallas de cierto peso durante la conquista española. La población indígena dominó, y para fines del siglo XVIII, 84% de los habitantes eran así considerados.
Dadas las condiciones del terreno, estos pueblos estaban habitados por madereros, carboneros, leñadores, pastores y algunos campesinos, además de obreros de las fábricas del textil y del papel asentadas sobre el río Magdalena. Trabajadores fabriles y los del campo solían provenir de las mismas familias y pueblos.
En cuanto a las fincas privadas, a principios de la era novohispana, algunas eran de españoles y otras de caciques indígenas. El primer dominio privado perteneció originalmente al cacique indígena de Coyoacán. Se le llamó Mipulco o Eslava -en ocasiones anteponiéndoles el nombre de San Nicolás-, y sería la principal hacienda de la región a lo largo de siglos. Al inicio medía cuatro caballerías de tierra (172 ha) y desde la era colonial tuvo como vocación la explotación maderera. Experimentó numerosos cambios de dueño y de nombre.
Disposiciones Novohispanas y Derechos de los Pueblos Indios
Doy vuelta a la página a fin de mencionar algunas disposiciones novohispanas para regular los derechos de los pueblos de indios puesto que, con frecuencia, en el México independiente se mantuvieron vivas y se adaptaron por autoridades, pueblos y hacendados. Como se comprobará, trozos de ellas quedaron en la memoria popular, cuando así convenía, convirtiéndolas en costumbres y fuentes de legitimidad.
Reproduzco por ello algunas disposiciones tendientes a asegurar que los bosques, montes y otros recursos, como el agua, fuesen “comunales” y que los indios accediesen a ellos de manera libre y sin trabas. Desde que se dictaron estos derechos respecto de aguas, tierras, pastos y leña, y como sucedía en otros espacios iberoamericanos, muchos pueblos se ampararon en ellos utilizándolos en los siglos por venir.
Al mismo tiempo, la corona española marcó límites al usufructo que los indios podían hacer para que no lastimasen ni los bienes naturales ni el equilibrio con otros actores sociales. En el siglo XVIII se ratificó su capacidad de entrar en estancias y montes para el “corte de todas aquellas especies de leña y maderas que necesitasen para sus propios usos y el de sus familias, fábricas y reparo de su casa y jacales, como también en el de sus iglesias; bien entendidos de que no por este beneficio había de talar, destruir o destrozar los árboles ni causar ningún perjuicio”.
Es significativo que esta potestad comprendiera solo “lo necesario y preciso a sus propios usos y menesteres” y castigara a quienes “intentasen vender, o utilizarse en otra forma”, pues se buscaba un equilibrio entre pueblos y hacendados y, por mucho tiempo, en ello se ampararon ciertos propietarios para limitar los derechos de las comunidades sobre el bosque.
En esta cuenca del río Magdalena la corona otorgó a los pueblos títulos sobre varios territorios, en especial, en tanto bienes comunales de los que tomaron posesión y que incluían amplias superficies boscosas. Desde temprano, estos actores colectivos buscaron asegurar sus derechos mediante títulos, mapas y lienzos que hasta hoy continúan como los documentos fundamentales con que las comunidades “originarias” -término que ahora se utiliza- han defendido sus tierras, aguas y bosques.
En muchos rincones novohispanos, entre ellos estas cuencas, surgieron querellas por el haz de derechos sobre bosques y montes. Los hubo entre y dentro de los pueblos, al igual que entre estos y los particulares. Nicole Percheron, en su estudio detallado sobre la serranía del Ajusco, señaló cómo, desde el siglo XVI, las propiedades privadas invadieron recursos comunales, tendencia que sería la base de los conflictos -y sus posibles arreglos- desde la era independiente y hasta la revolucionaria.
En 1529 toda esta serranía había pasado a formar parte del marquesado de Cortés en la jurisdicción de Coyoacán. Las disputas no tardaron en aparecer y algunas comunidades rechazaron la pretensión del conquistador y de sus herederos de considerar sus recursos comunales como parte de su marquesado. Las grandes haciendas -San Nicolás Mipulco (o Eslava), La Cañada, Xoco y El Arenal- buscaron monopolizar recursos forestales.
Cuando México comenzó a forjarse a sí mismo, y hasta entrado el siglo XX, la explotación forestal siguió siendo vital para las comunidades del Ajusco, de la sierra de Las Cruces y de la cañada de Contreras. De ahí sus habitantes obtenían un amplio rango de productos: de comida, medicinales, energéticos, de producción económica, y otros.
Estos pueblos, al igual que otras zonas de montaña, como las del Nevado de Toluca, explotaban diversos tipos de madera para construcción y combustible, producían carbón -la principal fuente de energía en el campo y la ciudad, para su autoconsumo o para vender en mercados locales y en la ciudad de México- y contaban con territorios para pastar, cazar, sembrar, recoger frutos, verduras, tés y hongos, raíz de zacatón que se vendía como materia prima industrial para la fabricación de cepillo, ocochal o paja de monte para la crianza de aves domésticas y utilizada en la fabricación de adobes de barro; tierra de monte para abono; piedras, tezontle, carrizo y hierbas medicinales, “piñas” de ocote para combustible y adornos, así como para “sangrar los árboles”, es decir, extraer su resina.
Durante las primeras décadas después del corte de amarras con España, en estos territorios arbolados se mantuvieron derechos sobre bienes comunales y particulares, bienes notariados como propiedad privada y otros en posesión, así como derechos de acceso y de usufructo que volverían enredado el devenir de los recursos naturales. Y ello, no obstante que la reforma liberal de mediados del siglo XIX en México -como en casi el resto del mundo de occidente- sostuvo leyes y políticas tendientes al “perfeccionamiento” de la propiedad, en especial las multifacéticas Leyes de Reforma.
Datos Demográficos
En Fraccionamiento Hacienda del Bosque, el 31% de la población de más de 12 años está soltera y el 75% de las viviendas dispone de conexión a Internet.
Atractivos Turísticos Cercanos
- Pinturas Rupestres de Camémbaro: Ubicadas al sur de Camémbaro, estas pinturas rupestres representan figuras zoomorfas y antropomorfas.
- La Presa de El Bosque: Construida entre 1948 y 1953, actualmente provee agua para el Sistema Cutzamala y es un centro de recreación y pesca.
- Pinturas Murales del Rancho "Los Arcos": Contempla un antiguo acueducto y la chimenea del "chacuaco".
- El Jardín: Kiosco de madera de 1903 y monumento a don José María Morelos.
- El antiguo molino de trigo del siglo XIX "San Francisco Coatepec".
- Comunidad de El Llano: Vestigios arqueológicos en la Sierra de Zacapendo.
Educación y Salud
La Tenencia posee 5 escuelas jardín de niños, 10 escuelas primarias y 2 telesecundarias. Respecto a la salud, los habitantes, por su cercanía con la cabecera municipal, acuden a las instituciones médicas que se encuentran en la ciudad, fundamentalmente al Hospital Regional y al Centro de Salud, localizado en el INFONAVIT. En el caso de la Encarnación, esta localidad cuenta con su propia clínica.
Historia de Coatepec
El asentamiento prehispánico más antiguo de Coatepec de Morales se encontraba en tierras de El Llano, paraje ubicado al sur de lo que ahora es la cabecera de la Tenencia. En Camémbaro se localizan las pinturas rupestres que nos proporciona pruebas de que en esta región existió la presencia del hombre desde hace cientos de años.
Después de la conquista, ya en la época colonial, surgió la población de San Francisco Coatepec, cercana al rio San Isidro. En relación a su población, Coatepec, en el año de 1683, contaba entre su población con 152 individuos casados y 2 viudos. En 1765 se consignaba que este pueblo tenia iglesia de mampostería, ornamentos, un vaso sagrado, un incensario, candeleros y cruz de plata.
En el pueblo de San Francisco Coatepec, funcionaba un hospital con el soporte que le daban 180 reses y un molino. Según Martínez de Lejarza, Coatepec en 1822, era un pueblo que se encontraba a 400 varas de distancia de la villa de Zitácuaro y producía maíz y trigo; sus habitantes eran labradores. Su población se componía de 223 personas, de las cuales 105 eran hombres y 118 mujeres.
En el territorio de la tenencia se desarrollaron varias e importantes haciendas: la de El Bosque, La Palma. La Encarnación. De todas, las que más destaco fue la hacienda de La Encarnación, que durante el periodo de 1703 a 1758 fue propiedad del señor Pedro Solís; producía trigo, maíz, frijol, alverjón, piloncillo, miel, becerros y borregos. En 1928 su propietario era el Sr. Francisco Rodríguez Hernández. En este mismo año la hacienda se encontraba a 8 kilómetros de la estación del ferrocarril, con la que se comunicaba a través de una carretera de 8 metros de ancho en muy buenas condiciones, su superficie, junto con la de su anexa de El Bosque, era de 3,050 hectáreas: 1,000 de riego,, 700 de temporal, 1,058 de cerril con pastizales y 300 de monte, constituido principalmente, con madera de encino.
En la hacienda, fundamentalmente, se sembraba trigo de la especie Atlixco de alto rendimiento, tomate, jitomate, y ajo; de estos últimos cultivos se decía que con ellos se podían "hacer grandes sembradíos que rinden fabulosos resultados porque se exportan par los Estados Unidos". El casco de la hacienda contaba con energía eléctrica propia, movida por una rueda Phelton de 18 a 20 caballos de fuerza. La casa principal estaba construida con materiales de primera calidad y contaba con una huerta de árboles frutales. Sus bodegas se encontraban en buen estado y lo suficientemente amplias para almacenar grandes cantidades de trigo y maíz.
De esta hacienda se dotó de tierras a los ejidos de San Miguel Chichimequillas y Coatepec de Morelos.
Llegada del Protestantismo
Alrededor del año de 1880 se generaron las primeras acciones en Coatepec por parte de la iglesia presbiteriana para hacerse de prosélitos a través de uno de sus ministros, el Sr. Hesiquio Forcada. El primer convertido de esta iglesia en San Francisco Coatepec fue el Sr. El templo de Coatepec se comenzó a construir en 1885, en un terreno donado por el Sr. El primer Consejo de Ancianos de la iglesia se constituyo con los señores Benjamín Medina y Gregorio Benítez.
En 1937 el templo se encontraba en buen estado; únicamente se le había cambiado el piso por duela. Los servicios religiosos eran prestados por los ministros que atendían la iglesia de la ciudad de Zitácuaro. Para ese año el Rev. Nicanor Gómez se había radicado en el lugar, con el fin de atender otras poblaciones.
También se consigna que para estos momentos "la Misión Presbiteriana ha establecido ahí escuelas diarias y bíblicas de las cuales han salido alumnos bien preparados para seguir alguna profesión, especialmente el magisterio y algunos el ministerio.
La presencia del presbiterianismo en Coatepec contribuyó, principalmente durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, al progreso moral y material de la sociedad de esa población, la educación fue el medio, ya que a través de sus escuelas contribuía a formar profesores y buenos ciudadanos.
