Surgido en el primer tercio del siglo XVI como pueblo de indios y doctrina franciscana, para mediados del XVII Querétaro había alcanzado un floreciente crecimiento económico y se había convertido en pujante vecindario de españoles. La rectoría social y política -y hasta cierto punto económica- que desde el principio ejercieron ahí los frailes, fue disputada y a la postre ganada por una nueva y poderosa oligarquía local que, además, trocó el estatus del pueblo por el de ciudad y la dotó de cabildo formal. Es propósito de este texto dar cuenta de tal proceso.
Evolución de una doctrina de indios
En el tránsito entre los años 30 y 40 del XVI, a instancias del encomendero Hernán Pérez Bocanegra, el cacique-comerciante Conni organizó una congregación otomí a unas 35 o 40 leguas al norte de México y sobre un disperso asentamiento de chichimecas denominado Tlachco; tal fue la semilla del futuro pueblo de Querétaro. A la vuelta de unos siete u ocho años, el lugar se había convertido en visita de los franciscanos de Acámbaro y Jilotepec y, transcurrido un lustro más, la apertura del Camino Real de Tierra Adentro, o ruta a las minas de plata del norte, atrajo a alguna población española que se dedicó a la ganadería, a la agricultura y al comercio, gente que hizo crecer moderadamente el núcleo autóctono original.
Desde entonces se empezaron a mercedar tierras en la comarca y los españoles tomaron solares para sus casas en el centro mismo del pueblo. Por no poder atender bien esta doctrina, los frailes del Santo Evangelio de México optaron por cederla hacia 1567 o 1568 a sus hermanos de la recién fundada provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán. Pero viendo sus nuevos dueños que la casa y el templo eran de carcomidos adobes y techos pajizos, decidieron mejorar las instalaciones y para el efecto recurrieron a la ayuda del viejo cacique Conni, ahora conocido como don Fernando de Tapia.
Éste empezó a levantar un convento "suntuoso y con huerta", y fue él mismo quien también a su costa mandó poner en la iglesia "un muy buen retablo", que ya estaba colocado antes de su muerte, acaecida a finales de 1571. Presumiblemente, las obras y arreglos del convento se extendieron a lo largo de poco más de una década, quizá de 1570 a 1582, puesto que en este último año se asienta que estaba "...acabado, con su iglesia, claustro, dormitorios y huerta, tiene buen edificio de cal y canto y es capaz de muchos religiosos".
Importancia de la Casa de Querétaro
En poco tiempo, la flamante casa de Querétaro cobró la suficiente importancia para figurar, entre un total de 22, como la segunda de la provincia franciscana de Michoacán, sólo después de la de Valladolid. Tanto así que la Relación de Querétaro (1582) manifiesta que ahí vivían de ordinario cinco o seis frailes, no obstante que "podrían se sustentar en él, muy bien, veinte y más, porque les hacen muchas limosnas los naturales y españoles." Lo que corrobora dos bienios más adelante el informe de un visitador de la orden, en el sentido de que los moradores eran ya quince: una docena de estudiantes de hábito, más un maestro de "artes y teología" y dos predicadores.
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Para entonces, la casa había adoptado el apelativo del apóstol Santiago y, según se advierte, también tenía un noviciado, aun cuando no funcionara de modo permanente. De este mismo periodo data la fundación de la primera institución que vinculaba a los seglares con el templo de los religiosos, ésta fue la cofradía del Santísimo Sacramento, a la que se afiliaron prácticamente todos los vecinos que tenían algún caudal, como lo avalan diversos testamentos.
Crecimiento y Autonomía de Querétaro
A unas tres décadas de su fundación, hacia 1578, Querétaro había logrado desprenderse de la tutela judicial de Jilotepec y tenía un alcalde mayor propio: Bernardino de Santoyo. En 1586, los españoles del pueblo sumaban algo más de 70 -habrá de entenderse "vecinos", o cabezas de familia con residencia fija en el lugar-, casi todos criadores de ganado y cultivadores de granos. Estos pocos más de 200 habitantes blancos disponían de casas y calles "bien trazadas y concertadas" y recibían, al igual que los naturales otomíes, mexicanos y tarascos, la atención espiritual de los frailes, puesto que no había en la comarca "clérigo ninguno ni otro ministro de doctrina."
Muestra de que ya se le consideraba población de cierta monta, fue la solicitud que hizo el virrey Villamanrique ese mismo año para que los vecinos españoles y la república de indios hicieran un "servicio" o préstamo al rey Felipe II, a fin de auxiliarlo en sus gastos de guerra contra la corona británica. Por otro lado, en el ámbito eclesiástico, y luego de un prolongado litigio, por esas fechas el arzobispado de México logró arrebatar definitivamente a Querétaro de la diócesis de Valladolid y adjudicarse sus ricos diezmos que, sobre todo, provenían de la riqueza pecuaria de los propietarios locales.
Tales sucesos demuestran que Querétaro iba adquiriendo mayor prestancia, empero, nada de ello bastó por entonces para que trocara su condición de pueblo por otra de más jerarquía y tampoco para que los frailes franciscos de Michoacán perdiesen la titularidad de la doctrina ni el papel preeminente que desempeñaban allí desde el principio. Muy por el contrario, aun ampliarían y mejorarían sus instalaciones e instituciones, todo con miras al fomento de su relación con la comunidad.
Infraestructura y Población al Final del Siglo XVI
En cuanto a la infraestructura material, la real cédula de 1594 en que el monarca instaba a su virrey don Luis de Velasco a informarle sobre el estado de los conventos franciscanos de la Provincia de Michoacán y la especificación de cuáles necesitaban reparaciones, encontró pronta respuesta desde el de Querétaro, en el sentido de que el claustro y templo locales ya resultaban estrechos para cumplir bien con los fines a los que estaban destinados. Y tanto que en el primero residían 20 frailes, entre sacerdotes, estudiantes y novicios que, en la estación lluviosa, cuando no se visitaban pueblos de doctrina, podían aumentar hasta 25 o 30, pues acogía otros huéspedes religiosos.
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Por lo que toca a la iglesia, los domingos y fiestas de guardar la abarrotaba casi exclusivamente la feligresía española, con lo que los indios -sus usuarios originales- se veían precisados a oír la misa a la intemperie, bajo el sol o la lluvia y apiñados en el atrio. De esta suerte, al año siguiente se iniciaron las diligencias y los informes preliminares que habían de preceder a la autorización para levantar 16 ó 18 nuevas celdas y ampliar la iglesia, o "construir una capilla" para indígenas, según consta en un plano de 1597 que aún se conserva.
Se emprendió luego la erección de nuevo templo y la república de indios también consiguió disponer su propia capilla, la de San José, que quedó adosada a la barda perimetral del conjunto conventual. Como es obvio, el empuje de la población europea no se reducía a los espacios del culto, sino que se manifestaba primordialmente en el propio asentamiento, de donde empezó a desplazar a los naturales, ya mediante la adjudicación de predios vacíos, la compra de solares o los casamientos con indígenas propietarias.
Gradualmente, y sin que el cacicazgo indígena cediera del todo sus posesiones ahí, el corazón del pueblo fue pasando a manos españolas, en tanto que los indios fueron acomodándose en los barrios periféricos: San Francisquito, San Antoñito, el Espíritu Santo, San Agustín del Retablo y San Sebastián, a donde acabó trasladándose el gobernador.
Querétaro al Inicio del Siglo XVII
Querétaro vio nacer el siglo XVII con una población voluminosa e híbrida, compuesta de muchos naturales, quizá más de 2 000 -suma de los que había dentro del poblado y en sus alrededores después de la congregación de 1602 a 1603-, con un número creciente, aunque no precisado, de negros y mestizos, y con dos centenares y medio de vecinos europeos y criollos, cuya cura de almas, sin distingos, siguió encomendada a los religiosos de la casa de Santiago.
Una somera revisión del "libro de españoles" donde constan registros de bautizos y matrimonios, pone de manifiesto cuestiones interesantes ya que permite seguir con bastante detalle la urdimbre de enlaces y parentescos que se tejió entre familias "distinguidas" de terratenientes, ganaderos, dueños de obrajes y tiendas al menudeo del pueblo, como los Caballero, Cárdenas, Colchado, Buenrostro, De la Cruz, Echaide, Galván, Grimaldo, Guerrero, La Rea, Madera, Martín, Medina, Muñoz, Pérez Bocanegra, Rico, Soto, Tovar y otros, que aparecen desde finales del XVI. Algunos de estos apellidos se encontrarán a partir de estos años entre los frailes de Querétaro, de los de otras guardianías e incluso de los titulares del provincialato de Michoacán, lo que apunta a la estrecha interacción entre el vecindario y la comunidad franciscana.
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Por otro lado, en ese mismo libro parroquial puede constatarse que no fue infrecuente que los guardianes o algunos otros ministros conventuales hiciesen las veces de padrinos en los bautismos, circunstancia que establecía parentescos rituales entre la gente y los religiosos. Por si todavía faltaren evidencias de tal maridaje, en el año 1600 se fundó en esa iglesia la cofradía de la Purísima Concepción de la que se hicieron hermanos prácticamente todos los notables del pueblo.
Relación de los Frailes con el Cacicazgo Indígena
Tan buenos como los que tenían con los españoles, eran los lazos de los frailes con el cacicazgo indígena local, toda vez que el hijo y sucesor de don Fernando, Diego de Tapia, no le fue a la zaga al padre en cuanto a beneficiar a la orden. Así, asesorado y auxiliado por el provincial fray Miguel López, don Diego hizo cuantiosa donación para el establecimiento de un convento de monjas clarisas en Querétaro, que fue inaugurado en 1607 y del que su hija Luisa figuró como fundadora y patrona.
Por supuesto, los vecinos españoles también colaboraron económicamente y apoyaron con entusiasmo a la nueva institución, donde al menos una parte de su descendencia femenina encontró un honorable modus vivendi. Con curato, conventos masculino y femenino de su regla en el poblado y varias cofradías, los franciscos se dieron luego a la tarea de elaborar, tomar posesión y promover intensivamente el culto a la reliquia local, la Santa Cruz.
El Culto a la Santa Cruz
Fue ésta una cruz de piedra que se erguía desde el siglo XVI en la loma del Sangremal a la entrada del camino de México y que acaso plantaron ahí muy tempranamente los primeros religiosos del Santo Evangelio o, tal vez, los de Michoacán que los reemplazaron; en tal sitio estuvo muchos años, como humilladero y punto de plegaria de los caminantes. Pero hacia 1603 -según declararían varios testigos unos 45 años más adelante- los vecinos se percataron de que la vieja cruz se "movía" por sí misma. A los pocos días, la justicia ordinaria, acompañada de los religiosos y de un gran concurso de gente, hizo una averiguación que consistió en excavar la tierra que rodeaba la peana; como no encontraran otra cosa que piedra sólida, los frailes dictaminaron que los "temblores" de la cruz únicamente podían obedecer a causas sobrenaturales.
Así que a instancias de ellos se construyó en el punto un cobertizo de carrizo y tejamanil para venerar a la portentosa reliquia que, poco más adelante, también empezó a ser reputada de "milagrosa" por sus poderes curativos. En razón de ello, en 1613, el cobertizo fue sustituido por una pequeña ermita de cal y canto con techumbre de madera, que la orden levantó con las limosnas de los devotos y a donde acudía regularmente a oficiar misa un ministro del convento de Santiago. Además, con los parabienes de los franciscanos y por iniciativa de don Diego de Tapia -aunque éste ya no logró ver el fruto de su esfuerzo, dado que murió un año antes de que se aprobara- se fundó en 1615 la cofradía de la Santa Cruz en Jerusalén, a la que se afilió una gran cantidad de indígenas.
Todos los años, el 3 de mayo, día de la llamada "invención de la santa cruz", bajo el patrocinio de los frailes, los naturales hacían en la loma festejos, danzas y representaciones de moros y cristianos.
Otras Hermandades y el Monopolio Espiritual
A propósito de hermandades, puede decirse que el periodo fue prolífico para los religiosos, porque en 1614 se estableció igualmente en su templo la de las Benditas Ánimas del Purgatorio, año en el que el conjunto conventual ya era reputado de "famoso". Al despuntar el siglo XVII, los franciscanos observantes ejercían en Querétaro un monopolio espiritual pleno e indisputado que, además, defendían celosamente. Así, cuando en 1602 los agustinos de Michoacán intentaron establecer casa en la población, se toparon con la férrea negativa de los franciscos locales, quienes siete años después consiguieron la expedición de una real cédula que cancelaba definitivamente el proyecto.
En contrario, el que en 1613 se hubiera fundado y empezado a construir el convento de San Antonio de Padua, de los llamados "dieguinos" (en realidad, franciscanos descalzos), no fue algo que incomodara en absoluto a sus hermanos, en razón de que ésta no era una orden distinta sino sólo ramificación de su misma familia y de que no tenía doctrinas a su cuidado; a lo sumo y llegado el caso, los dieguinos servían de auxiliares en la pré...
