Descubre la Vida Secreta en las Haciendas Durante el Porfiriato: ¡Impactantes Revelaciones!post-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Una de las etapas históricas con más cambios urbano-arquitectónicos, político-económicos y sociales en México fue la época del porfirismo, denominada así debido al arribo de Porfirio Díaz a la presidencia de la República a finales del siglo XIX y la permanencia de su administración por más de treinta años.

Las Haciendas en el Porfiriato: Orígenes y Expansión

Para poder entender el fenómeno de las haciendas como una de las estrategias claves en el progreso del país en la época del porfirismo, es importante conocer el inicio de éstas. Cerutti y González (2007) mencionan que el origen de la hacienda puede referirse en la institución creada por la Corona española, la encomienda, la cual era una institución de carácter feudal que establecía servidumbre a los señores a cambio de protección para los siervos, sin embargo, esto no implicaba el dominio sobre los nativos. Para el caso mexicano, las haciendas representaron en la colonia un medio por el cual el proceso de conquista se estableció y desarrolló paulatinamente desde el siglo XVI hasta el siglo XIX.

El establecimiento y posterior consolidación de las haciendas fue posible gracias a su estructura espacial, su organización jerárquica y social que se estableció en los pueblos a la llegada de los españoles. Es así como la hacienda se convierte en una institución social y económica, cuya actividad se centró dentro del sector agrario (Franco, s.f.). Esto provocó que el desarrollo de las haciendas afectara principalmente a los grupos nativos, propiciando el triunfo de la economía española sobre la indígena.

La expansión de las haciendas fue un hecho que privó de un modo u otro a las comunidades de sus medios de subsistencia, generando que éstas empezaran a desaparecer, hecho que coadyuvó a que la extensión territorial de las haciendas fuera cada vez más grande (Wobeser, 2019). Para la época del porfirismo, dicha expansión territorial de las haciendas se favorece por los decretos expedidos en ese momento, como el Decreto del Ejecutivo sobre Colonización y Compañías Deslindadoras de 1883 y la Ley de Ocupación y Enajenación de Terrenos Baldíos de 1894, que tenían como objetivo principal facilitar los trámites de adquisición de tierras tanto para nacionales como para extranjeros (Gómez, 2016). En esa época es cuando las haciendas en México viven su mayor esplendor, ya que contaba con el apoyo e impulso del gobierno porfirista (Mendoza, 1989).

Las Haciendas en el Sur de México

En cuanto a la región sur de México, comprendida por los estados de Guerrero, Oaxaca y Chiapas, al inicio del porfirismo estos se encontraban fuera de las acciones implementadas en el centro del país, a pesar de su gran riqueza tanto natural y cultural. Chiapas en esta época, floreció principalmente por su agricultura y el comercio, es entonces que, desde las últimas décadas del siglo XIX figuraba como productor y exportador de materias primas y de artículos agropecuarios. En esta etapa, el estado se había mantenido en un lento, pero constante desarrollo comercial de productos de exportación agrícola, convirtiéndose en el tercer exportador de productos agrícolas después de Veracruz y Yucatán, en donde Comitán, al igual que otras regiones como el Soconusco comenzaron a incorporarse como una de las áreas en trasladar su producción agrícola y ganadera a otros estados (Veneces et al., 2009).

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Desde 1824 y hasta aproximadamente la primera década del inicio del porfirismo, Chiapas y Guatemala mantuvieron conflictos, debido a la anexión del estado chiapaneco a la República Mexicana, no obstante, el gobierno porfirista tomó parte para hallar la solución, puesto que Díaz tenía intereses económicos en juego en esta región. Es entonces que para 1882, se firma el Tratado de Límites entre México y Guatemala, mediante el cual se transfieren los derechos del Soconusco y Chiapas a la nación mexicana, ratificándose como un estado más en la Federación en 1890 (Álvarez et al., 2015). Con este cambio surgiría la necesidad de proporcionar a la nueva capital con servicios de infraestructura urbana básica que correspondieran a su nueva categorización, detonando la transformación urbana de la ciudad y con ello los deseos de embellecimiento.

Es así que a finales del porfirismo, las principales ciudades del estado como Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal de las Casas y Comitán contaban con infraestructura y equipamiento, tales como apertura de nuevos caminos, hospitales, escuelas, edificios de gobierno y espacios de recreación (Veneces et al., 2009).

Comitán y sus Haciendas

En cuanto a Comitán, remitiéndose al siglo XVII, ya era muy importante por la producción agrícola y ganadera de sus haciendas, lo que incentivó el traslado de españoles dueños de éstas que vivían en Ciudad Real hoy San Cristóbal de las Casas a residir en el poblado. Las ciudades principales del estado como Tapachula, San Cristóbal de las Casas, Tuxtla Gutiérrez y Comitán mantuvieron nexos que contribuyeron al crecimiento y desarrollo tanto de las ciudades, como de las haciendas. Por tanto, se reconoce que en las principales ciudades del estado de Chiapas una de las conexiones más evidentes fue la relación comercial activa de la ciudad con su entorno productivo, pues la producción que generaban las haciendas servían para proveer a los habitantes de estos centros de población, provocando que estas dos partes se complementaran y se necesitaran mutuamente, lo que para el caso de Comitán no fue la excepción (Veneces et al., 2009).

Las haciendas de Comitán además de suministrar a la población de la ciudad de alimentos y animales de carga, también encaminaban su mercancía hacia el país vecino de Guatemala, dando a estos espacios para la producción una importancia dentro del estado. Dichas haciendas de acuerdo a Mota, Márquez y Martínez (2015), mantenían una división de sus tierras en tres sectores principales: un área para la explotación directa para la producción de autoconsumo y comercial; un sector de pastoreo para el ganado; y finalmente una parte de reserva que se conservaba improductivo.

A raíz de que las haciendas suministraban de productos a la ciudad de Comitán, a su vez ésta se convertía en un punto de intercambio mercantil, ya que la mercancía de las haciendas era vendida sobre la plaza principal de Comitán, propiciando una relación económica entre los espacios para la producción y este centro urbano. Esta relación se hizo más fuerte a la llegada de Emilio Rabasa en 1891 como gobernador del estado, pues debido a la influencia porfirista por la modernización de Chiapas, Rabasa puso en marcha una serie de reformas fiscales con las que logró aumentar el ingreso estatal y llevar a cabo importantes obras de infraestructura en los primeros años de su administración en las principales ciudades del estado (Contreras, 2000).

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Lo anterior contribuyó al desarrollo de las actividades comerciales, agrícolas y empresariales, generando que las haciendas pudieran tener un mayor radio de distribución de sus productos no solo a la ciudad de Comitán, sino también a los poblados cercanos a ella. En solo veinte años (1890-1910) Chiapas creó una infraestructura impresionante de comunicaciones y de transporte, ninguno de los cuales existía con anterioridad. Una buena carretera estatal atravesaba el estado de la estación del ferrocarril Panamericano en Arriaga pasando por los valles de Jiquipilas y Cintalapa, hacia Tuxtla Gutiérrez; atravesaba el río Grijalva a Chiapa de Corzo siguiendo a San Cristóbal y Comitán (Benjamin, 1995, p.

Los buenos resultados que tuvieron estos caminos y carreteras despertaron el interés de hacendados y autoridades de otras localidades como la de Chilón y Palenque, quienes empezaron a gestionar sus caminos con el fin de conectarse a la ruta que partía de Comitán a Salto de Agua. Con este nuevo trayecto se favorecería la vinculación entre la región fronteriza y el centro del estado de Chiapas, así los comerciantes y hacendados de Comitán tendrían una vía más corta y barata, contribuyendo a la importación y exportación de sus productos agrícolas y mercantiles (Contreras, 2000).

Transformaciones en la Configuración Territorial

A partir de la importancia que adquieren las haciendas comitecas en el porfirismo y la estrecha relación que se empieza a observar entre éstas y la ciudad, se identifican las transformaciones en la configuración territorial como menciona Santos(1996), en el espacio urbano-arquitectónico y en el ámbito socio-económico de la región, los cuales fueron identificados a partir de la metodología que ofrece Díaz Terreno(2017) a través de los tres niveles de análisis que presenta para la lectura del territorio, la interacción del espacio urbano y rural, las incidencias en el medio, identificación de los núcleos productivos (haciendas) y los vínculos interregionales, es decir la relación de Comitán con otras poblaciones cercanas, con la intención de comprender el diálogo del ser humano con el espacio, complementándose como ya se mencionó al inicio de este texto, con las variables de la lectura del espacio urbano-arquitectónico que menciona el equipo coordinado por Chanfón Olmos (2001) estableciendo elementos para la interpretación de la estructura y morfología de los asentamientos humanos. De tal modo que con ello se comprenda el impacto que tuvo el florecimiento de las haciendas en el territorio y la ciudad de Comitán.

A una escala intermedia, se identifica aquellos elementos en la traza urbana, como el mejoramiento de caminos carreteros existentes y la creación de otros, con el propósito principal de favorecer la conexión de Comitán con ciudades como San Cristóbal de las Casas y el país vecino de Guatemala, así como con pueblos aledaños a Comitán (Sánchez, 2018). Para 1895 se harían los primeros trabajos de rehabilitación al camino viejo de Comitán-San Cristóbal, así como el de Comitán-Guatemala, del mismo modo se mejorarían las vías a los costados oriente y poniente de la ciudad que conectaban principalmente con las haciendas y pueblos cercanos al centro urbano (Contreras, 2000). Esta información se pudo corroborar en un mapa de Comitán del año 1904.

El Habitus del Hacendado

El objetivo de este artículo es reconstruir las formas de obrar, pensar y de sentir de los hacendados asociados a su posición social, es decir, su habitus, que hace que personas de un entorno social homogéneo tiendan a compartir estilos de vida parecidos. Se trata de explicar qué distinguió a los hacendados del resto de los actores sociales y cómo fueron vistos o percibidos por los otros, cuáles fueron las representaciones sociales que los caracterizaron y los definieron en el espacio social, y cómo se adaptaron a los cambios en ese espacio. Por habitus, Pierre Bourdieu entiende el conjunto de esquemas generativos a partir de los cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él. Estos esquemas generativos están socialmente estructurados, han sido conformados a lo largo de la historia de cada sujeto y suponen la interiorización de la estructura social, del campo concreto de relaciones sociales en el que el agente social se conformó como tal.

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Pero al mismo tiempo son las estructuras a partir de las cuales se producen los pensamientos, percepciones y acciones del agente. El habitus se aprende mediante un proceso de familiarización práctica; a cada posición social distinta le corresponden distintos universos de experiencias, ámbitos de prácticas, categorías de percepción y de apreciación. Cada posición social tiene su propio habitus, creándose así un marco para cada posición social. Norbert Elias afirma que para entender una sociedad es necesario verla simultáneamente desde la perspectiva de ellos y desde la del nosotros, sólo asomándonos a sus diferencias será posible comprenderlos.

No son numerosas las memorias o escritos de hacendados, así como los libros de correspondencia de las haciendas que se conserva; sin embargo, nos ofrecen la posibilidad de conocer la manera de pensar y actuar del hacendado; otras fuentes, como la literatura y el cine, nos dan la oportunidad de conocer cómo eran percibidos o vistos los hacendados, pero la visión del trabajo sobre el hacendado se desconoce, por lo que se presenta sólo una dimensión del habitus del hacendado y no la totalidad de lo acontecido.

La Hacienda y sus Dueños

Si bien el término "hacienda" fue usado por los españoles poco después de su llegada para aludir a la acumulación de tierras y bienes que poseía una persona, evidentemente no coincide con lo que se entendió después con ese nombre. Lo que definió como hacienda a una propiedad agrícola fue el sistema de producción que se llevó a cabo en ella, que tenía que ver con el número de trabajadores, su jerarquía y especialización, la finalidad de la producción y sus encadenamientos con el mercado local o regional, es decir, la compleja organización del trabajo con que contaba una unidad productiva. Pero además de ser una unidad económica, la hacienda fue una institución social jerárquica. Si bien existieron diversos propietarios de haciendas durante los siglos XVI y hasta la primera mitad del siglo XIX, la gran mayoría de ellos se definieron como labradores, pese a que sus propiedades eran unidades productivas y sociales que reunían las características antes mencionadas. No fue sino hasta las cuatro últimas décadas del siglo XIX, con la puesta en práctica del proyecto liberal de la individualización y desamortización de tierras, que los hacendados se definieron como tales, pese a que los labradores obtuvieron posesiones de tierras cuando la Corona Española les concedió mercedes de tierras, como premio por su acción realizada durante la conquista, o bien porque los peninsulares las adquirieron por diversos mecanismos, ya sea la compra o enajenación de tierras a otros españoles o a los indígenas, con el propósito de ampliar sus propiedades.

La mayoría de esos hacendados, en especial los del norte del reino de la Nueva España, debido a sus características geográficas e históricas (lejanía del centro, escasa población, tierras de frontera e indígenas menos civilizados), lograron hacerse de inmensas extensiones de tierra y adoptaron esa actitud tan característica del gran hacendado y que lo identificó durante mucho tiempo: dominaron y sojuzgaron en sus propiedades con rasgos patriarcales. A fines del siglo XIX algunos hacendados de Yucatán, pertenecientes a la casta divina, tuvieron esa misma característica: señorearon en sus dominios.

Si tenemos presente que el habitus sufre transformaciones con el tiempo y el espacio, que no representa permanencias inamovibles sino procesos cambiantes, podemos comprender que hubo hacendados que combinaron su actividad económica con la minería, las finanzas y el comercio. Además, los hacendados no fueron de un solo tipo. A lo largo de más de tres siglos hubo entre ellos nobles y plebeyos, aristócratas y burgueses, clérigos y laicos, mineros y comerciantes, esclavistas y empresarios, hombres de campo y advenedizos, modernos y tradicionales, exploradores y filántropos, extranjeros y mexicanos, hombres y mujeres. Pero además se diferenciaron los del norte, sur y centro de la República, aunque participaron de algunas características comunes.

Podemos adentrarnos en la manera de pensar, ser y quehacer del hacendado si consideramos, como ya se mencionó, que la hacienda fue una institución económica, pero también una institución social jerárquica. Esa jerarquía establecía el conjunto de la vida, y señalaba a cada cual su lugar, implantando deberes y derechos recíprocos.

A pesar de la gran diversidad de haciendas que hubo en nuestro país por las variantes de espacio, tiempo y tipo productivo, se puede hablar de la hacienda mexicana en general, en la medida en que todas y cada una de ellas, tenía una matriz básica, constante, pero no necesariamente imperecedera. La hacienda era un sistema económico y social, al igual que los pueblos, fundamentado en los derechos de uso de la tierra y el agua, cuyo objetivo era la explotación de los recursos naturales por medio del cultivo y/o el arrendamiento. Este objetivo se conseguía a través de la organización del trabajo, así como la provisión de las empresas con las instalaciones necesarias para el sustento.

La Jerarquía Laboral en la Hacienda

Esta unidad socio-económica se sustentaba en una fuerza de trabajo numerosa, cuya organización laboral era muy compleja. Si bien existían diferencias en su estructura laboral, dependiendo del tamaño, localización geográfica y producción, una jerarquía claramente definida incorporaba a la totalidad de los miembros de la fuerza de trabajo de la hacienda, que iba desde las categorías más bajas que ocupaban los "muchachos" hasta el administrador. La jerarquía laboral estaba integrada por diferentes grupos de trabajadores que se distinguían por su función en el trabajo, las raciones recibidas, el ingreso, las prestaciones otorgadas, etcétera. Mientras más alto era el rango de una ocupación, más elevado era el ingreso, mayores eran las prestaciones, como por ejemplo los créditos, las concesiones de tierra, etcétera. Con base en estos elementos, a grandes rasgos se pueden destacar cinco categorías de trabajadores en una escala descendente.

  1. El grupo de los "meseros": Se les llamaba así porque recibían su pago cada mes, complementado con una ración semanaria de semilla y una cantidad de dinero en efectivo.
  2. El grupo de los peones o acasillados: Eran la mano de obra más numerosa que vivía en la hacienda.
  3. El grupo de los semaneros: Quienes generalmente vivían en los pueblos de los alrededores de las haciendas, y trabajaban en ellas por un periodo determinado para la siembra o la cosecha.
  4. El grupo de los arrendatarios o aparceros: Quienes podían alquilar tierras de cultivo o de pastoreo, pequeñas o grandes, dependiendo de sus recursos y de la disponibilidad de tierra de la hacienda.

La Hacienda como Estructura Social y Económica

El casco de la hacienda era un espacio donde, además de trabajar y vivir, sus habitantes realizaban la mayoría de las actividades propias de la convivencia, el descanso y las diversiones; esto es, todo aquello que el tiempo de ocio les permitía hacer; por supuesto a unos mucho más que a otros: El casco era el sitio donde se concentraban numerosas actividades que daban cohesión e identidad a todas las personas que vivían en la hacienda, reproducían sus valores y costumbres, daban sustento y forma a su comunidad, un pequeño pueblo, un microcosmos rural con su propia dinámica, esporádicamente afectada por lo que se vivía a extramuros.

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