La hacienda, como sistema de producción, sobrevivió a la Independencia de México e incluso se fortaleció, tanto en el siglo XIX como hasta el XX. Seguidamente, en el porfiriato, gracias a los ferrocarriles y el crecimiento económico del país, las haciendas, sobre todo las pulqueras, azucareras, henequeneras de Yucatán y las algodoneras de Coahuila, experimentaron un gran auge.
Características de las Haciendas
En primer lugar, estas fincas eran instituciones sociales jerárquicas, con una sólida estructura de vínculos familiares y una fuerza de trabajo numerosa. De igual forma, las habitaciones se edificaban alrededor de un patio central interior rodeado por columnas y vigas. Las fachadas, en estilo colonial, eran simples y rodeadas de jardines.
Las Tiendas de Raya
Las tiendas de raya fueron establecimientos de abastecimiento que existían en la época de la Revolución Mexicana. Dichas tiendas se encontraban dentro de las haciendas o fábricas, y era el lugar donde por obligación los obreros y campesinos debían hacer sus compras. Las tiendas de raya surgieron durante el siglo XIX y tuvieron su época de plenitud con el gobierno de Porfirio Díaz, cuando los sectores empresariales fueron favorecidos para explotar los yacimientos naturales y para tener mano de obra barata.
Entonces, los obreros y campesinos eran pagados a través de fichas y vales, mismos que intercambiaban en las tiendas de raya por todo tipo de productos como semillas, ropa, comida, etcétera. Los vales y fichas eran acuñados por la compañía patronal por lo que un trabajador no podía comprar en otro lugar, con lo que se limitaba la libertad de consumo del empleado y se generaba un negocio circular. Al final, el patrón recuperaba gran parte de los sueldos, pues aseguraba que los mismos fueran gastados en su propio negocio, donde vendía productos que le generaban plusvalía. Las tiendas de raya imitaban el sistema implementado en Estados Unidos, Inglaterra y Francia.
La estrategia de negocio no terminaba ahí, ya que debido a los sueldos precarios, los obreros y campesinos no siempre podían comprar los productos de contado, por lo que adquiría una deuda con intereses que podía ser heredada. Un trabajador no podía renunciar a una fábrica o hacienda donde tuviera deuda, lo que en muchos casos ató a los trabajadores y a sus familias de por vida. Si alguien escapaba era perseguido por las fuerzas del orden, lo que generaba una situación de semiesclavitud. A lo anterior se sumaban robos y abusos por parte de las tiendas de raya, pues la mayoría de los trabajadores no sabían leer ni escribir.
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El anhelo de justicia contra las tiendas de raya hizo que se volvieran uno de los primeros objetivos de los revolucionarios, quienes contaron con el apoyo del Partido Liberal Mexicano. Al coraje contra los usureros, se le sumaba el resentimiento por las largas jornadas laborales (12 horas como mínimo) a cambio de salarios míseros. Al no tener instituciones que protegieran sus derechos, los trabajadores eran constantemente maltratados y vivían en condiciones de precariedad, siendo víctimas de enfermedades, mala alimentación, accidentes y muerte. Fue entonces cuando comenzaron a surgir los primeros levantamientos obreros, como la huelga de Cananea y Río Blanco, que abrirían paso a la revolución de 1910.
Administración de Haciendas Durante la Revolución
El artículo analiza cómo la Revolución Mexicana afectó la vida de tres haciendas en la zona central del país -Tlaxcala y Estado de México-, y de qué manera se sortearon las dificultades para continuar la producción y la comercialización de lo producido en estas fincas. Asedio, requisa de bienes e invasión a las haciendas -por parte de las fuerzas revolucionarias- son algunos de los problemas que se viven durante los años de 1911 a 1918; pero también nuevos gravámenes y préstamos forzosos impuestos por las diversas autoridades a nivel estatal y federal con el propósito de hacerse de recursos para sostener su lucha. Se examina además cómo el apoderado de las tres fincas encara las demandas de aumento salarial y mejores condiciones de trabajo por parte de los peones, así como las estrategias políticas y administrativas de los hacendados a nivel individual y colectivo.
José Solórzano Mata, propietario de la hacienda de San Nicolás del Moral y del molino del mismo nombre, en Chalco en el Estado de México, y apoderado legal de los bienes de su esposa Josefa Sanz, dueña de las haciendas de la Concepción Mazaquiahuac y Nuestra Señora del Rosario ubicadas en Tlaxco en el estado de Tlaxcala, además de diversas propiedades urbanas que se rentaban en la Ciudad de México, inversiones mineras y bancarias, así como de un capital líquido con el que se efectuaban préstamos personales, murió en los primeros meses de 1911.
Por esa razón, y ante el estallido del movimiento maderista, la viuda y sus ocho hijos decidieron hacer un viaje a Europa por unos meses que se convirtieron en diez años, debido primero al recrudecimiento de la Revolución mexicana, y después a que en Europa se vivió la Primera Guerra Mundial, por lo que las condiciones para hacer la travesía marítima y regresar a México se tornaron más difíciles. Con el propósito de que sus bienes estuvieran bien cuidados durante su ausencia, la viuda Josefa Sanz de Solórzano y José, su hijo mayor, decidieron nombrar como administrador general y apoderado legal de sus bienes al señor Antonio Castro Solórzano, sobrino de su difunto esposo, quien conocía el funcionamiento de las haciendas, además del manejo de sus bienes, por haber aprendido en el despacho de su tío y de su padre, un abogado, todos los aspectos legales y administrativos de los bienes de la familia Solórzano-Sanz.
El propósito de este artículo es mostrar cómo se vieron afectados los bienes de esta familia, principalmente las haciendas, por la Revolución mexicana y cuáles fueron los mecanismos que Castro Solórzano utilizó para sortear estos problemas y lograr que las haciendas siguieran produciendo en medio del movimiento armado. El artículo está dividido en cuatro aspectos estrechamente relacionados: la situación en las haciendas ante la amenaza de las fuerzas revolucionarias, qué cambios hubo en la cuestión laboral durante estos años, las estrategias que se utilizaron para asegurar la producción y comercialización de las fincas, y por último los problemas adicionales causados por el acontecer revolucionario.
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Las fuentes utilizadas fueron la correspondencia semanal que el apoderado general sostuvo con su primo José, mejor conocido como el Chepe, con el objetivo de mantenerlo al tanto de los negocios y de las actividades que se llevaban a cabo en las haciendas, así como de las dificultades que tuvo que sortear debido a las circunstancias políticas, sociales y políticas que vivía el país durante los años 1911 a 1919. Castro Solórzano fue un testigo que perteneció a la clase alta, y desde su posición juzgó el movimiento revolucionario.
Las haciendas de Mazaquiahuac y El Rosario, ubicadas en el estado de Tlaxcala, se dedicaron principalmente a la producción de pulque, además del cultivo de la cebada y maíz, éste último en menor escala con el propósito de satisfacer las necesidades de autoabastecimiento de los trabajadores de las fincas. Por lo que respecta a la hacienda de El Moral, localizada en el estado de México, estuvo dedicada principalmente a la producción de trigo y maíz, y marginalmente a la producción de pulque. La comercialización de los productos de las tres haciendas se efectuaba principalmente en la Ciudad de México y en los alrededores de Tlaxco y Chalco.
La extensión de las tres haciendas era considerable: Mazaquiahuac 4706.90 hectáreas, El Rosario 4236.21 y El Moral 1511.63; en total 10,454.76 hectáreas. Si bien las tres unidades económicas funcionaban de forma independiente, en varias ocasiones parte de la producción de granos de El Moral fue vendida a las fincas de Tlaxcala con el propósito de tener satisfechas las necesidades de los peones de estas haciendas.
Castro Solórzano, siguiendo la costumbre de su tío, sostuvo correspondencia, al menos tres o cuatro veces a la semana, con los administradores de las tres haciendas a fin de estar al tanto de su funcionamiento y lograr el mejor aprovechamiento de sus recursos. El apoderado se encargó de efectuar en las mejores condiciones posibles las transacciones comerciales con las personas o compañías que pagaran los mejores precios de los productos de las fincas, con excepción del pulque, ya que casi toda la producción de éste se comercializaba a través de la Compañía Expendedora de Pulques, de la cual era socia la propietaria de las fincas.
Además, se ocupaba de revisar la contabilidad remitida por cada uno de los administradores de las fincas y de cotejarla con la que se llevaba en el despacho de la Cuidad de México, para tener un detallado y minucioso conocimiento de la marcha de los negocios a su cargo. Por lo que se refiere a las propiedades urbanas, alrededor de veinte estaban arrendadas a diferentes personas. También se encargaba de efectuar imposiciones y de cobrar los réditos de los diferentes préstamos que se habían hecho a personajes prominentes de la sociedad, como el licenciado Pedro Lascuráin, Francisco Vázquez Gómez, Enrique Creel, Elena Brinque de León de la Barra, Eduardo Cuevas, entre otros.
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El Asedio de las Fuerzas Revolucionarias
Uno de los problemas a los que el apoderado de la familia Solórzano-Sanz tuvo que enfrentarse durante todo el movimiento armado fue el de las fuerzas revolucionarias, primero las Zapatistas y luego indistintamente las villistas y carrancistas, a quienes Castro Solórzano, calificó de bandoleros o gavillas. Estas fuerzas primero merodearon las haciendas, pero finalmente entraron en ellas con el propósito de hacerse de recursos, ya fuera en efectivo o en especie, como caballos y granos, ya que las haciendas representaban una buena fuente de abastecimiento, en la mayor parte de los casos gratuito.
Así le comunicó a su primo un acontecimiento que se iba a repetir con bastante frecuencia: [...] en el Moral [los Zapatistas] sorprendieron a todos profundamente dormidos, incluso los veladores, saltaron la barda frente a la hacienda demoliendo las soleras del pretil y abriendo el zaguán para dar paso a la chusma de a caballo y de a pie. Esto fue como a las dos de la mañana, el ruido despertó a don Higinio [el administrador], se asomó por el balcón y viendo el numeroso grupo que ya estaba forzando el segundo zaguán de la hacienda a hachazos, corrió a despertar al dependiente, así que éstos y las criadas se descolgaron por la parte de atrás como Dios les dio a entender.
En 1911, el apoderado, valiéndose de diferentes estrategias, en un principio logró que el ministro de Guerra, el general José González Salas, autorizara una partida de las fuerzas de Chalco para proteger el rumbo, y que se le facilitara un contingente de diez rurales para proteger la hacienda de El Moral. Posteriormente, algunos propietarios de las fincas aledañas se percataron de que el gobierno no siempre accedía a esta petición, por lo que los hacendados de esa zona, incluida la propietaria de la hacienda de El Moral, resolvieron formar un destacamento armado costeado por ellos mismos, es decir, una especie de guardias blancas.
Además de unirse a esa resolución, dos años más tarde, ante la llegada de los Zapatistas a Tlaxcala y Puebla, Castro Solórzano instruyó a sus administradores para que se defendieran de esos "endemoniados" en Mazaquiahuac; mientras se compraban armas y parque, se iba a hacer uso de los que hubiera, repartiéndoselos entre empleados y mozos de confianza. Esa decisión se tomó porque sus torreones y casa eran magníficas defensas, y porque se tenía la convicción de que era más expuesto "con estos asesinos dejarse; pues después de robar matan con más ganas", además de que si sabían que los propietarios estaban dispuestos a defenderse, lo pensarían dos veces antes de atacar. Si bien el apoderado autorizó esta defensa, advirtió que la voluntad de los propietarios era "que no se expusieran las personas, aun cuando los intereses sufrieran".
En 1914, en la zona de los Llanos de Tlaxcala, los Zapatistas ya habían ocupando más de sesenta fincas. La defensa por parte del aparato gubernamental cada vez era más complicada, por lo que el gobierno expidió una circular para que todos los peones de las haciendas fueran a inscribirse a sus respectivos distritos para formar parte de la guardia nacional, y que los propietarios de las haciendas declararan claramente si estaban dispuestos o no a hacer resistencia a los bandoleros. Los dueños de las fincas que no estuvieran en disposición de defenderse debían entregar las armas y caballos que tuvieran con el propósito de evitar que el armamento y los animales fueran confiscados y utilizados por los rebeldes.
En esas circunstancias, el apoderado dio instrucciones al administrador de El Rosario, para que declarara que en esas fincas no había ninguna existencia de armas y caballos, ya que los asaltantes se habían llevado todo y por lo tanto no estaban en condiciones de presentar ninguna resistencia. Adicionalmente, Castro Solórzano le escribiría una carta al gobernador de Tlaxcala, Manuel Cuéllar, en la que le manifestaba que las haciendas de Mazaquiahuac y El Rosario, estaban en riesgo, ya que "había recibido una carta en la que los pillos, que se titulan los jefes del ejército Constitucionalista e IDEALISTA, amenazaban con arrasar las haciendas".
A fines de julio de 1914, tan pronto como supo que los Zapatistas se iban aproximando a la hacienda y al molino de El Moral, el apoderado resolvió junto con el administrador salvar el ganado trasladándolo a la Ciudad de México, donde primero estuvo en unos potreros de San Lázaro, pagando seis centavos por cabeza; pero con el fin de economizar gastos, decidió vender 345 cabezas de ganado caballar, mular y lanar a $3.50 cada animal y quince bueyes viejos a $60 cada uno. Menos de quince días después, unos asaltantes, que posiblemente eran agraristas, pero a quienes Castro Solórzano calificó de: "chusmas Zapatistas se habían robado y destruido todo, robaron harina, trigos, parte de maquinaria y las milpas que iban muy bonitas casi las han destrozado". Finalmente del 2 de agosto de 1914 al 6 de enero de 1916, la hacienda y el molino del Moral estuvieron en poder de los Zapatistas y más tarde de los carrancistas. Al recuperar la finca el apoderado encontró parcialmente destruida la casa, las oficinas y las sementeras.
En diciembre de 1914, en la región de los Llanos de Apam, los carrancistas y las partidas de distintos bandos, así como los constitucionalistas, ya se habían dividido, "cayeron ahí como langosta de aves de rapiña", arrasando las fincas y las poblaciones. "En Mazaquiahuac y Rosario han entrado varias veces llevándose cuanto han podido. En la casa de Mazaquiahuac que encontraron sola porque todos los empleados huyeron, rompieron cómodas, etcétera, llevándose cobertores y cuanta ropa encontraron".
Castro Solórzano, en septiembre de 1914, tenía otro problema igual o más grave: el general Máximo Rojas, el gobernador provisional y comandante militar de Tlaxcala nombrado por el general Pablo González, en nombre de Venustiano Carranza, había decretado préstamos forzosos de 200 cargas de maíz y 200 de cebada para cada finca, y había que entregarlas en un plazo de tres días; de no cumplirse esta disposición se confiscarían las fincas. El gobernador, según palabras del apoderado, era "un cabecilla feroz apellidado Rojas".
Pese a estas disposiciones, las haciendas en esta zona siguieron trabajando, aunque no a toda su capacidad. En ocasiones, como una estrategia del apoderado, se ordenó que las trillas y las pizcas en Mazaquiahuac y El Rosario se suspendieran para evitar que se tuviera existencia de semilla en troje y "se les antoje a los del Gobierno o [a los] antigobiernistas". Si bien las distintas fuerzas siguieron aprovisionándose en esas fincas, hubo casos excepcionales en que las fuerzas que llegaron a las haciendas pagaron lo que consumían. Castro Solórzano le informó a su primo que en El Rosario había entrado una partida como de cien hombres bien montados y armados, que permanecieron unas horas sin causar el menor problema: "todo lo que consumieron y compraron lo pagaron".
El Habitus del Hacendado
El objetivo de este artículo es reconstruir las formas de obrar, pensar y de sentir de los hacendados asociados a su posición social, es decir, su habitus, que hace que personas de un entorno social homogéneo tiendan a compartir estilos de vida parecidos. Se trata de explicar qué distinguió a los hacendados del resto de los actores sociales y cómo fueron vistos o percibidos por los otros, cuáles fueron las representaciones sociales que los caracterizaron y los definieron en el espacio social, y cómo se adaptaron a los cambios en ese espacio.
Por habitus, Pierre Bourdieu entiende el conjunto de esquemas generativos a partir de los cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él. Estos esquemas generativos están socialmente estructurados, han sido conformados a lo largo de la historia de cada sujeto y suponen la interiorización de la estructura social, del campo concreto de relaciones sociales en el que el agente social se conformó como tal. Pero al mismo tiempo son las estructuras a partir de las cuales se producen los pensamientos, percepciones y acciones del agente. El habitus se aprende mediante un proceso de familiarización práctica; a cada posición social distinta le corresponden distintos universos de experiencias, ámbitos de prácticas, categorías de percepción y de apreciación. Cada posición social tiene su propio habitus, creándose así un marco para cada posición social.
Si tenemos presente que el habitus sufre transformaciones con el tiempo y el espacio, que no representa permanencias inamovibles sino procesos cambiantes, podemos comprender que hubo hacendados que combinaron su actividad económica con la minería, las finanzas y el comercio; tales fueron los casos de Miguel del Berrio en el siglo XVIII y Planearte en Zamora durante el XIX. Además, los hacendados no fueron de un solo tipo. A lo largo de más de tres siglos hubo entre ellos nobles y plebeyos, aristócratas y burgueses, clérigos y laicos, mineros y comerciantes, esclavistas y empresarios, hombres de campo y advenedizos, modernos y tradicionales, exploradores y filántropos, extranjeros y mexicanos, hombres y mujeres. Pero además se diferenciaron los del norte, sur y centro de la República, aunque participaron de algunas características comunes.
Podemos adentrarnos en la manera de pensar, ser y quehacer del hacendado si consideramos, como ya se mencionó, que la hacienda fue una institución económica, pero también una institución social jerárquica. Esa jerarquía establecía el conjunto de la vida, y señalaba a cada cual su lugar, implantando deberes y derechos recíprocos: La hacienda era una forma de vida: un orden era una célula del poder social, económico, político y militar, era el núcleo de una sólida estructura de vínculos familiares, que encarnaba un modelo de autoridad y un modelo cultural. Pero no a la manera de un feudo, cerrado y autárquico; la hacienda era un nexo entre el mundo urbano y el mundo rural, y una pieza insustituible del orden agrario.
A pesar de la gran diversidad de haciendas que hubo en nuestro país por las variantes de espacio, tiempo y tipo productivo, se puede hablar de la hacienda mexicana en general, en la medida en que todas y cada una de ellas, tenía una matriz básica, constante, pero no necesariamente imperecedera. La hacienda era un sistema económico y social, al igual que los pueblos, fundamentado en los derechos de uso de la tierra y el agua, cuyo objetivo era la explotación de los recursos naturales por medio del cultivo y/o el arrendamiento. Este objetivo se conseguía a través de la organización del trabajo, así como la provisión de las empresas con las instalaciones necesarias para el sustento.
Esta unidad socio-económica se sustentaba en una fuerza de trabajo numerosa, cuya organización laboral era muy compleja. Si bien existían diferencias en su estructura laboral, dependiendo del tamaño, localización geográfica y producción, una jerarquía claramente definida incorporaba a la totalidad de los miembros de la fuerza de trabajo de la hacienda, que iba desde las categorías más bajas que ocupaban los "muchachos" hasta el administrador.
Jerarquía Laboral
Estaba integrada por diferentes grupos de trabajadores que se distinguían por su función en el trabajo, las raciones recibidas, el ingreso, las prestaciones otorgadas, etcétera. Mientras más alto era el rango de una ocupación, más elevado era el ingreso, mayores eran las prestaciones, como por ejemplo los créditos, las concesiones de tierra, etcétera. Con base en estos elementos, a grandes rasgos se pueden destacar cinco categorías de trabajadores en una escala descendente.
- El grupo de los "meseros";
- El grupo de los peones o acasillados;
- El grupo de los semaneros,
- El grupo de los arrendatarios o aparceros,
Hacienda como Estructura Social y Económica
El casco de la hacienda era un espacio donde, además de trabajar y vivir, sus habitantes realizaban la mayoría de las actividades propias de la convivencia, el descanso y las diversiones; esto es, todo aquello que el tiempo de ocio les permitía hacer; por supuesto a unos mucho más que a otros: El casco era el sitio donde se concentraban numerosas actividades que daban cohesión e identidad a todas las personas que vivían en la hacienda, reproducían sus valores y costumbres, daban sustento y forma a su comunidad, un pequeño pueblo, un microcosmos rural con su propia dinámica, esporádicamente afectada por lo que se vivía a extramuros.
Conviene recordar lo dicho por Accardo relativo a que en la vida social las posiciones y las diferencias de posiciones que fundan el habitus y la identidad existen bajo la forma de distribuciones desiguales de bienes y recursos.
| Hacienda | Extensión (Hectáreas) | Producción Principal |
|---|---|---|
| Mazaquiahuac | 4706.90 | Pulque, cebada, maíz |
| El Rosario | 4236.21 | Pulque, cebada, maíz |
| El Moral | 1511.63 | Trigo, maíz, pulque |
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