Descubre Cómo la Enajenación del Trabajo y la Mercancía Transforman la Sociedad Según Marxpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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El concepto de enajenación es clave para comprender tanto la dialéctica materialista de Marx como su concepción materialista de la historia. Sin embargo, también es un concepto que muchas veces resulta complicado de entender. La enajenación, como su nombre lo indica, describe un proceso por el que algo se vuelve ajeno. El término se utiliza comúnmente para describir la venta, la cesión o la desposesión de algo, lo cual, una vez enajenado, ya no le pertenece a quien le ha sido enajenado o a quien se lo ha enajenado por sí mismo. Lo enajenado puede ser un objeto que vendo, que dono, que transfiero a alguien más de tal modo que deja de ser mío.

Cuando hablamos de enajenación (o alienación) nos estamos refiriendo a la acción o efecto de perder el control sobre alguna creación nuestra. Así, decimos que algo se enajena cuando se vuelve distinto y extraño, es decir, cuando se vuelve ajeno. El creador puede ser cualquier persona o cualquier grupo de personas y la creación puede ser también cualquier creación, ya sea el producto del trabajo, una relación social o una idea.

Orígenes Filosóficos del Concepto de Enajenación

La enajenación es algo en lo que se piensa desde la antigüedad, pero hay que esperar hasta el siglo XIX para encontrar en Alemania una reflexión filosófica sistemática sobre el fenómeno. La teoría marxista de la alienación (en alemán: Entfremdung) es la interpretación antropológica del concepto psicológico y sociológico de alienación. Marx hereda el concepto de enajenación de la filosofía alemana, especialmente del idealismo de Hegel y del materialismo de Feuerbach.

En la obra de Hegel, el concepto de enajenación aparece como parte de un análisis mucho más amplio. Este análisis considera que el ser humano se encuentra en una relación muy estrecha con la naturaleza, porque es parte de ella, y es esta misma naturaleza la que lo determina en un primer momento. Después, en un momento posterior, el ser humano va desarrollando su propia conciencia, en otras palabras, se apropia (hace subjetiva) la realidad que lo determina. Esto hace que se vuelva un agente activo, capaz de producir cosas nuevas, de crear y de innovar. Este mundo nuevo, construido por el ser humano, es el mundo de la cultura. Usando lenguaje filosófico, diríamos que ahora es el ser humano el que se objetiva a sí mismo. Ahora es él quien realiza su propia subjetividad y conciencia, produciendo cosas que antes no existían. Pero este es solo otro momento del desarrollo. Después viene la enajenación. Es en este otro momento donde aquello que el ser humano produjo queda fuera de su control. El objeto se vuelve ajeno a su creador y lo somete. Aquí, la cultura producida por las personas se vuelve una segunda naturaleza. Sin embargo, después de esta enajenación viene un momento más, el de la superación de esta enajenación.

Marx está de acuerdo con Hegel en muchas cosas, pero también tiene discrepancias. Según Marx, Hegel considera que la suma de todos los momentos señalados es una evolución guiada por una suerte de Espíritu ideal. En esto consistiría el idealismo de Hegel. No obstante, fue Feuerbach el primero en hacer esta crítica. Desde la perspectiva de Feuerbach, todas las ideas que las personas pueden llegar a tener son, en realidad, productos de la actividad humana y, por tanto, no tienen realidad propia e independiente. Cuando le atribuimos esta existencia independiente a cualquiera de nuestras ideas, lo que estamos haciendo es caer en una nueva forma de enajenación. Con su crítica, Feuerbach da el paso definitivo para pasar del idealismo al materialismo. Filosóficamente, la teoría de Entfremdung se basa en La esencia del cristianismo (1841) de Ludwig Feuerbach, que afirma que la idea de un dios sobrenatural ha enajenado las características naturales del ser humano. Además, Max Stirner amplió el análisis de Feuerbach en El único y su propiedad (1845) de que incluso la idea de "humanidad" es un concepto alienante para que los individuos lo consideren intelectualmente en toda su implicación filosófica.

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El problema de Feuerbach, para Marx, es que solo habría empezado a pensar en la enajenación, pero no habría continuado ni profundizado. Él no habría explicado lo que describe, ni conseguido remontar desde los efectos en la religión hasta sus causas en la tierra, en la sociedad y en la economía. Esto último es lo que Marx intentó y logró hacer en sus Cuadernos de París y en sus Manuscritos económico-filosóficos. El error de Stirner, en la opinión de Marx, sería ignorar la enajenación donde opera, constituyendo al yo individual egoísta, y creer descubrirla donde consigue superarse. El error de Hegel sería semejante, pues consistiría en la incapacidad para ver la enajenación donde está presente, en una idealización por la que lo humano verdadero, concreto y material, se enajena, se vuelve ajeno a lo que es, tornándose un espíritu completamente desencarnado, abstracto e ideal.

La Enajenación en el Capitalismo según Karl Marx

Karl Marx, fuertemente influido por el filósofo griego Epicuro, aplicó el término "alienación" al materialismo, en concreto a la explotación del proletariado y a las relaciones de propiedad privada. En su enfoque, denominó alienación a las distorsiones que causaba la estructura de la sociedad capitalista en la naturaleza humana. En los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, Marx expresó la teoría Entfremdung, del alejamiento del yo.

La sociedad y la economía fueron las esferas en las que el joven Marx decidió resituar la enajenación desde un principio, desde 1843, cuando empezó a reflexionar seriamente sobre el fenómeno en la Cuestión Judía. Esta obra distingue la auto-enajenación teórica del ser humano en el cristianismo y su enajenación práctica en el moderno judaísmo: la primera comienza exteriorizando los vínculos sociales y enajenando así al hombre “de sí mismo y de su naturaleza”, mientras que la segunda termina convirtiendo esos vínculos en relaciones económicas, “enajenando al hombre enajenado y a la naturaleza enajenada”, transmutándolos en “cosas venales, objetos entregados a la servidumbre de la necesidad egoísta, al tráfico y la usura”, y a la venta en general como “práctica de la enajenación”.

El aspecto socioeconómico de la enajenación humana será minuciosamente descrito y explicado por Marx, en el año de 1844, a través de sus Cuadernos de París y sus Manuscritos económico-filosóficos. Estas notas contienen la mayor parte de las reflexiones de Marx en torno a la enajenación. El fenómeno encuentra su fundamentación y explicación en el trabajo de los obreros en el sistema capitalista. Para Marx y Engels, la característica principal de la naturaleza humana es la transformación de la naturaleza, el trabajo. “El trabajo es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza”. Al actuar sobre la naturaleza, el hombre la modifica y se modifica a sí mismo. Esto implica una facultad de representación por parte de las personas en su trabajo.

La Enajenación del Trabajador

Dicha interpretación considera que el trabajador, desde el punto de vista capitalista, no es una persona en sí misma sino una mercancía -llamada fuerza de trabajo- que puede representarse en su equivalente dinerario, es decir, el trabajador es una determinada cantidad de dinero utilizable, como mano de obra, para la multiplicación del mismo. Para Marx, el capitalista compra con dinero el trabajo de los demás y los obreros cambian la fuerza de trabajo, es decir, su mercancía, por la mercancía del capitalista, es decir, la paga o salario. La fuerza de trabajo para el obrero es su actividad vital que le asegura los medios necesarios para subsistir. El obrero es libre de cambiar de capitalista, es libre de trabajar, pero no puede desprenderse de la clase de los capitalistas, a quienes se ha alquilado, sin renunciar a su existencia misma.

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La base teórica de la alienación dentro del modo de producción capitalista es que el trabajador pierde invariablemente la capacidad de determinar la vida y el destino cuando se le priva del derecho a pensar (concebirse) a sí mismo como el director de sus propias acciones; determinar el carácter de dichas acciones; para definir relaciones con otras personas; y poseer esos artículos de valor de bienes y servicios, producidos por su propio trabajo. Si bien el trabajador es un ser humano autónomo y autorrealizado, como entidad económica este trabajador está dirigido a metas y desviado a actividades que son dictadas por la burguesía -dueña de los medios de producción- para extraer del trabajador la máxima cantidad de plusvalía en el curso de la competencia empresarial entre industriales. El trabajador no recoge el valor de lo que produce, es decir, la plusvalía, y esta explotación lo priva de sus herramientas artesanales. La venta es la práctica de la enajenación.

Marx identificó cuatro aspectos fundamentales de la enajenación del trabajador:

  1. La relación del trabajador con el producto del trabajo como con un objeto ajeno y que lo domina. La alienación surge, cuando el producto del trabajo del hombre, en lugar de satisfacer sus necesidades, se vuelve algo ajeno. Es decir, el producto cobra una existencia totalmente independiente del hombre que fue quien la produjo. Una vez que ese producto cobra su independencia, se genera el trabajo alienado, a través del cual el hombre se vuelve esclavo cada vez más y más de las cosas que produce. Es decir, mientras más produce y mayor es su actividad, el trabajador tendrá menos, su vida ya no le pertenecerá a él, sino al objeto, el objeto cobra vida propia y se opone al trabajador de forma autónoma.
  2. La relación del trabajo con el acto de la producción dentro del trabajo. En su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador solo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. El trabajo es externo al trabajador, no es parte de su ser. Durante el trabajo se es miserable, infeliz y se agotan sus energías, el trabajo "mortifica su cuerpo y arruina su mente". El contenido, la dirección y la forma de la producción son impuestos por el capitalista. El obrero está siendo controlado y dicho qué hacer, ya que no poseen los medios de producción que no tienen voz en la producción.
  3. Hace del ser genérico del hombre, tanto de la naturaleza como de sus facultades espirituales genéricas, un ser ajeno para él, un medio de existencia individual. Para Karl Marx, el hombre es un ser natural, es decir, el hombre es un ente que necesita estar en contacto directo con la naturaleza para poder satisfacer sus necesidades. La relación del hombre con la naturaleza es esencial y directa entre ellos, es decir es una relación vital. Pero en el capitalismo, la vida misma, su actividad vital y creadora (el trabajo), aparece solo como un medio para mantenerse con vida. Al enajenarse el trabajo se produce la separación entre sujeto físico y trabajador. “El colmo de esta servidumbre es que ya sólo en cuanto trabajador (el hombre) puede mantenerse como sujeto físico y que sólo como sujeto físico es ya trabajador”. La contradicción que muestra Marx es que la vida misma se vuelve medio de vida, que el ser mismo se vuelve un medio para existir.
  4. Una consecuencia inmediata del hecho de estar enajenado el hombre del producto de su trabajo, de su actividad vital, de su ser genérico, es la enajenación del hombre respecto del hombre. Si el hombre se enfrenta consigo mismo, se enfrenta también al otro. En el capitalismo, el trabajo productivo, poseído por los capitalistas, no les pertenece a los trabajadores, les es ajeno, está enajenado, lo mismo que su producto y derivativamente su propia humanidad y sus relaciones con los demás seres humanos.

El trabajador está alienado de los medios de producción por dos formas: la coerción salarial y el contenido de producción impuesto. El trabajador está limitado al trabajo no deseado como un medio de supervivencia, el trabajo no es “voluntario, sino forzado”, el trabajo en el modo de producción capitalista es trabajo forzado. El trabajador solo puede rechazar la compulsión salarial a expensas de su vida y la de su familia. En un mundo capitalista nuestros medios de supervivencia se basan en el intercambio monetario, por lo tanto no tenemos otra opción que vender nuestra fuerza de trabajo y consecuentemente estar atados a las demandas del capitalista. El trabajador, en consecuencia, se separa de sí mismo, se siente fuera de sí cuando ejecuta su actividad propia, esto es, cuando trabaja. Su propio trabajo ya no es suyo, y el hecho de que el tiempo de trabajo y su producto se conviertan en propiedad de otro acusa una expropiación que toca a su propia esencia humana. Vemos pues que el trabajo se deforma de tal modo que el trabajador sólo puede existir y mantenerse con vida en cuanto sacrifica su ser y lo vende.

Aparte de los trabajadores que no tienen control sobre el proceso de diseño y producción, la alienación -Entfremdung- describe ampliamente la conversión del trabajo -trabajo como actividad- que se realiza para generar un valor de uso -el producto-, en una mercancía, a la que se puede asignar un valor de cambio. Es decir, el capitalista gana el control de los trabajadores y los beneficios de su trabajo, con un sistema de producción industrial que convierte dicho trabajo en productos concretos -bienes y servicios- que satisfacen la demanda del consumidor. El diseño del producto y cómo se produce no es determinado por los productores -los trabajadores- ni por los consumidores del producto -los compradores-, sino por la clase capitalista que, además de apropiarse de la manufactura, también se apropian del trabajo intelectual del ingeniero y del diseñador industrial que crean el producto, para satisfacer el gusto del consumidor de modo tal que compre bienes y servicios a un precio que garantice un máximo beneficio. La labor del trabajador se reduce a la ejecución de una actividad simple, maquinal, repetitiva. El trabajo deviene en una actividad mecánica, irreflexiva, técnica.

La Propiedad Privada y la Enajenación

Marx relaciona la alienación con la existencia de la propiedad privada y de la división antagónica del trabajo. El trabajo alienado es el resultado de la propiedad privada y la propiedad privada el resultado del trabajo alienado. El concepto de propiedad privada de los medios de producción es una forma de enajenación. Esta forma de propiedad es una relación de exclusión: para que unos sean propietarios, otros necesitan estar desposeídos. Sin embargo, la producción económica no la hacen solo ni mayoritariamente los propietarios. La producción es social. Es el trabajo social el que hace que funcionen los medios de producción.

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La propiedad privada capitalista es la causa inmediata del trabajo enajenado, pero al mismo tiempo, el capital no podría existir sino es sobre la base del trabajo que se arranca, que se enajena. De esta manera, el capital produce el trabajo enajenado, y el trabajo enajenado produce y da vida al capital. La privación y la expropiación inherentes a la propiedad privada están en el origen de la enajenación. Así, cuanto más trabaja el trabajador, cuanto más riqueza produce, más fortalece aquello que lo enajena, lo explota, lo empobrece. El obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en potencia y en volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce.

La relación de intercambio entre el capitalista y el obrero, pues, se convierte en nada más que una apariencia correspondiente al proceso de circulación, en una mera forma que es extraña al contenido mismo y que no hace más que mistificarlo. La compra y venta constantes de la fuerza de trabajo es la forma. El contenido consiste en que el capitalista cambia sin cesar una parte del trabajo ajeno ya objetivado, del que se apropia constantemente sin equivalente, por una cantidad cada vez mayor de trabajo vivo ajeno. El trabajo y su productivo no pertenecen al ser humano que lo crea, sino a quien se ha apropiado de su derecho, al capitalista. El trabajo pertenece a éste porque lo ha comprado, al tiempo que el trabajador vende su trabajo como mercancía y se vende a sí mismo como mercancía.

El Fetichismo de la Mercancía

El fetichismo de la mercancía (en alemán: Warenfetischismus) es un concepto creado por Karl Marx en su obra El Capital (1867) que describe la percepción de ciertas relaciones (especialmente la producción y el intercambio) no como relaciones entre personas, sino como relaciones sociales entre cosas (el dinero y las mercancías intercambiadas en el mercado). En la época de Marx, el término fetiche se usaba principalmente en relación con las religiones animistas. Marx traslada el concepto de fetiche a los fenómenos de la economía política. En este fetichismo de la mercancía, describe Michael Heinrich, son "inversiones que no surgen de la manipulación de la clase dominante, sino de la estructura de la sociedad burguesa y de la actividad que reproduce constantemente esta estructura".

El valor económico se percibe como algo que surge y reside dentro de las mercancías mismas, y no de la serie de relaciones interpersonales que producen la mercancía y evolucionan su valor de cambio. El resultado es la apariencia de una relación directa entre las cosas y no entre las personas, lo cual significa que las cosas (en este caso, las mercancías) asumirían el papel subjetivo que corresponde a las personas (en este caso, los productores de mercancías) y las personas el de las mercancías (fuerza de trabajo). Los "factores de producción" se "personifican" y las "relaciones de producción" se "cosifican". Dentro de la economía política, la forma (renta, beneficio y salario) y la fuente de los ingresos (tierra, capital y trabajo) "son la expresión más fetichista de las relaciones de producción capitalistas".

Como valores, las mercancías son magnitudes sociales, es decir, algo absolutamente diferente de sus “propiedades” como “cosas”. Como valores, constituyen sólo relaciones de los hombres en su actividad productiva. Es característico del trabajo basado en el intercambio privado que el carácter social del trabajo se “manifiesta” en una forma pervertida, como la “propiedad” de las cosas; que una relación social aparece como una relación entre cosas (entre productos, valores de uso, mercancías). En El Capital, por ejemplo, Marx dice que las personas no alcanzamos a ver que el valor de las mercancías está constituido esencialmente por la fuerza de trabajo. Como no alcanzamos a ver esto, creemos que las mercancías y el dinero tienen valor por sí mismos. Pero el valor no es algo que provenga de las cosas y mucho menos del dinero. El valor es algo que nosotros creamos con nuestro trabajo.

La Enajenación más allá del Trabajo Productivo

La misma enajenación puede ocurrir con mi vida cuando me la dejo arrebatar por otro, por quien me esclaviza o por quien amo, y entonces ya no es mi vida, sino la de aquel otro que la posee. Sucede, finalmente, que lo enajenado no sea mi existencia, mi vida, sino mi persona, mi propio ser. Yo dejo de pertenecerme. No me poseo. Me siento poseído por otro, por mi pasión, por un demonio, por mi locura, por alguno de los roles que desempeño, por lo que debo ser, por las normas, por la cultura, por el sistema. Soy otro que el que soy. No me reconozco. Me siento y me vuelvo ajeno a mí mismo. Aparezco bajo una forma que me es ajena. Me siento enajenado.

Marx plantea la enajenación fuera de la actividad productiva, por ejemplo, en el tiempo libre. El trabajador fuera del trabajo reduce sus actividades vitales a funciones “animales”: reposar, comer, dormir, reproducirse. Por otro lado, tenemos que el capitalista se enajena de sí mismo a través de la simple posesión. La propiedad privada nos ha hecho tan estúpidos y unilaterales que un objeto sólo es nuestro cuando lo tenemos, cuando existe para nosotros como capital o cuando es inmediatamente poseído, comido, vestido, habitado, en resumen, utilizado por nosotros. Vemos pues de qué modo tanto la clase poseedora como los trabajadores representan una misma enajenación bajo formas distintas.

Todo en el sistema capitalista se muestra inhumano, ajeno a lo humano, enajenado con respecto a la humanidad. El concepto humanista de enajenación explica porqué a pesar de vivir en una sociedad cada vez más desarrollada y con más recursos, millones viven en la carestía, la precariedad y el hambre, mientras experimentan una sensación de infelicidad y opresión por fuerzas ajenas que les son extrañas. Nuestra fuerza termina siendo la del poder con el que se nos domina, con el que se nos explota, con el que se nos oprime y reprime, con el que se nos controla y disciplina. La riqueza con la que se nos compra es la misma que nosotros hemos generado. Sea cual sea el producto del trabajo que realizamos, estamos produciendo el valor que no tendremos, el que nos falte, el que sirva para desvalorizar lo que somos. Producimos así nuestra miseria y nuestra desgracia con el mismo trabajo con el que intentamos escapar de nuestra miseria y de nuestra desgracia. Trabajamos en contra de nosotros, a pesar de nosotros, a costa de nosotros.

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