¡No Caigas en Errores! Aprende Cuándo "Declarar" y "Decretar" se Vuelven Mala Teologíapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Es común escuchar a líderes religiosos y creyentes en general usar las expresiones “yo declaro” o “yo decreto” en sus “oraciones”. Muchos de ellos afirman que nuestras palabras tienen el poder de crear cosas materiales y hacer que los sucesos ocurran. Por ejemplo: “Declaramos bendición en el nombre de Jesús” o “declaro prosperidad sobre esta ciudad” o “declaramos que tú lo harás, Señor”. Cuando las personas usan la palabra “declarar” así, están afirmando que así va a suceder, que lo que están diciendo se va a convertir en realidad. La están usando como un sinónimo de “decretar” que significa “decidir u ordenar algo”. La cuestión fundamental es si esta práctica se alinea con la enseñanza bíblica y la naturaleza de Dios.

La Falta de Fundamento Bíblico en la Práctica de "Declarar"

En primer lugar, debemos notar que de los cientos de oraciones registradas en la Biblia no se encuentra ni siquiera una vez una oración así. Ni en ninguna de las 150 oraciones inspiradas en el libro de Salmos. Ni en ninguna de las oraciones de los profetas. Ni en ninguna de las oraciones de Jesús. Ni en ninguna de las oraciones de Pablo.

La palabra “declarar” puede ser un sinónimo de la palabra “proclamar” o de la frase “hacer público”. No habría nada malo en usar la palabra de esta manera, por ejemplo: “Dios, declaramos Tu grandeza”. Hay oraciones en los Salmos dónde encontramos una frase como “proclamaré Tu grandeza”, que es básicamente lo mismo. Sin embargo, en este caso no se está usando la palabra con el sentido de “decretar”. Una cosa es orar diciendo: “Declaramos que eres el Dios proveedor” y otra es decir: “Declaramos provisión”. La primera oración se conforma a la Biblia, pero la segunda no. En la primera el que habla está dando a conocer a Dios, pero en la segunda el que habla se está poniendo en el lugar que solo le pertenece a Dios. Al leer la Biblia descubrimos que solo Dios es el que decreta las cosas. Así que cuando la gente dice “declaro esto o aquello” realmente no están orando sino mandando. Aunque muchos lo hayan hecho por ignorancia y con las mejores intenciones, eso no cambia la realidad: Declarar es querer darle órdenes a Dios. Debemos arrepentirnos de tal presunción y auto-exaltación.

Interpretaciones Erradas de las Escrituras

Hay varios pasajes que las personas usan para justificar la práctica de “declarar”, pero en todos los casos son versículos sacados de su contexto original y que realmente no tienen nada que ver con esta corriente.

  • 2 Corintios 4:13: “Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos”. No obstante, una mirada al contexto de este versículo nos muestra que Pablo no habla de declarar cosas para que pasen, sino de predicar la Palabra de Dios, aunque tengamos dificultades y que el hablar de Cristo es una respuesta natural de creer en Él. Por ejemplo, pensé por muchos años que el texto de 2 Corintios 4:13, que dice «creí por lo cual hablé», era una invitación a declarar las cosas por fe. Pero un cuidadoso examen del texto refutó mi teoría. Porque en el capítulo 4 Pablo está hablando de la fe que los creyentes tienen aun en las dificultades y tribulaciones y para el efecto el apóstol cita el Salmo 116:10.
  • Proverbios 18:21: “Muerte y vida están en poder de la lengua,Y los que la aman comerán su fruto.” Regresando a Proverbios 18 vemos que el contexto hace claro que este pasaje no tiene nada que ver con declarar cosas para formar una nueva realidad. La última frase nos ayuda a entender que se refiere a tener cuidado con lo que decimos. Nuestras palabras sí son poderosas para edificar o dañar a otras personas y son poderosas para influir también en la percepción de otras personas hacia nosotros. El que habla mucho puede meterse en problemas. La NTV lo hace aun más claro, “La lengua puede traer vida o muerte; los que hablan mucho cosecharán las consecuencias.” Lo demás de Proverbios enfatiza la misma enseñanza. Las palabras pueden transmitir imágenes y emociones intensas. Con nuestras palabras podemos perjudicar a nosotros mismos, herir a otros y dejar cicatrices duraderas. Cuida tu lengua y mantén la boca cerrada, y no te meterás en problemas. (Proverbios 21:23 NTV). En las muchas palabras, la transgresión es inevitable, Pero el que refrena sus labios es prudente. (Proverbios 10:19 NBLA). Con la boca el impío destruye a su prójimo, Pero por el conocimiento los justos serán librados. (Proverbios 11:9 NBLA). La suave respuesta aparta el furor, Pero la palabra hiriente hace subir la ira. (Proverbios 15:1 NBLA). La lengua apacible es árbol de vida, Pero la perversidad en ella quebranta el espíritu. (Proverbios 15:4 NBLA). Pero al vivir sabiamente con el temor del Señor, nuestras palabras pueden traer vida y bendición a los demás. Panal de miel son las palabras agradables, Dulces al alma y salud para los huesos. (Proverbios 16:24 NBLA).
  • Mateo 17:20: “… si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a esta montaña: ‘Muévete de aquí hasta allá’, y la montaña se movería. Nada sería imposible”. En el contexto los discípulos de Jesús trataron de expulsar a un demonio de una persona y fracasaron por su poca fe y confianza en que Dios estaba con ellos. Aquí Jesús habla de una fe que confía en Dios en medio de una tarea que Él nos ha encomendado y que está de acuerdo a Su voluntad. Lo que Jesús les dice no significa que todo lo que digamos se realizará.
  • Romanos 4:16b-17: «… es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen». Aquí Pablo habla sobre la promesa que Dios le dio a Abraham. Lo que Dios dice, se hace. Cuando Él llama a las cosas que no son como si fuesen, Él hace que sean. Muchas personas toman este verso y lo tuercen para decir que debemos declarar cosas, llamando las cosas que no son como si fuesen, pero como podemos ver en el mismo versículo, está más claro que el agua que esa interpretación está muy errada.
  • 1 Juan 5:14-15: “Esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho.” “Podemos declarar las cosas porque ya las tenemos” es el argumento, pero nota que este pasaje usa dos veces el verbo “pedir” no el verbo “declarar” y habla de “peticiones” no de “declaraciones”.

Los Orígenes No Bíblicos de la Práctica de "Yo Declaro"

¿De dónde rayos surgió la moda del “yo declaro”? De una corriente filosófica llamada “nuevo pensamiento” inventada por Emanuel Swedenborg y desarrollada por otro llamado Phineas Quimby. Ambos negaban el evangelio. En el siglo XVIII, un filósofo y teólogo herético llamado Emanuel Swedenborg (1688-1772) enseñaba sobre el poder de la mente para crear la realidad. Enseñaba que el mundo físico era una extensión de la mente y que por lo tanto la mente podía formar y dictar cosas materiales. Más tarde en los Estados Unidos, esta idea fue desarrollada por Phineas Quimby (1802-1866), quien se conoce como el padre del “Nuevo Pensamiento”.

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El pastor Edgar Aponte explica cómo esta corriente entró en las iglesias: “Las ideas del “Nuevo Pensamiento” fueron popularizadas por el gurú Ralph Waldo Trine quien publicó un libro en 1897 que vendió millones de copias. Trine decía que lo que uno afirmaba con la mente y con las palabras ocurría; que las razones de las enfermedades en las personas eran porque hablaban o pensaban sobre ellas. Pero las enseñanzas no llegaron claramente a las iglesias de mano de Trine -quien negaba la Biblia y la deidad de Cristo- sino a través del pastor E. W. Kenyon. Kenyon fue compañero de estudio de Trine en la escuela de oratoria Emerson College en Massachusetts. El predicador Kenyon es conocido por su idea del “pensamiento positivo”. Él enseñó que las confesiones positivas eran la clave para una vida próspera. También se le conoce como el padre del “evangelio de la prosperidad”. Kenyon influenció a personas como Kenneth Hagin y Oral Roberts, este último fundador de la universidad que lleva su nombre donde estudió Joel Osteen.”

Estos pastores de falsa doctrina que menciona Apunte han influido muchísimo en América Latina. Las prácticas y enseñanzas de Kenneth Hagin, Oral Roberts, Kenneth Copeland y Joel Osteen (autor del libro “Yo Declaro”) se ven claramente en líderes como Cash Luna, Guillermo Maldonado y Daniel Habif solo para mencionar algunos. El pastor Apunte concluye diciendo que “la idea del ‘yo declaro’ no es más que la representación de las ideas paganas originalmente conocidas como el ‘Nuevo Pensamiento’, que luego popularizaron algunos pastores con el término ‘pensamiento positivo y próspero’.”

Claro que estos maestros siempre van a tener ciertas enseñanzas correctas y por eso las personas pueden quedar muy confundidas. “Es que dice tantas cosas buenas”. Pero eso es parte de la estrategia de Satanás: mezclar la verdad con el error. Si fuera solo error nadie sería engañado, sería evidentemente falso, pero es la mezcla que confunde y luego engaña a las personas.

Por Qué Declarar es Mala Teología: Un Desafío a la Soberanía Divina y la Fe Bíblica

La diferencia entre la fe bíblica y la fe pagana consiste precisamente en reconocer que mi vida está últimamente en las manos de Dios y no en las mías. Intentar asegurar o cambiar mi futuro por medio de afirmaciones mías, aun usando el vocabulario bíblico, es evidencia de falta de fe en Dios, y excesiva confianza en el hombre. TODA la Palabra de Dios nos habla de que Él es soberano, que no somos todopoderosos, que Él escucha las oraciones que son conformes a su voluntad, y más. No importa cuánto declares o confieses positivamente cosas, Dios hará Su voluntad, no la tuya.

Creer a pesar del mundo. La confianza o fe bíblica tiene que ver principalmente con creer en lo que Dios ha prometido en su palabra-y por eso es necesario conocerla seria y profundamente sin torcerla como algunos comerciantes lo hacen para amontonar dinero (2 Cor. 2:17; 4:2). La fe bíblica es confiar a pesar de que el mundo no cambie hoy. Es creer contra la realidad presente aun y principalmente en medio del sufrimiento y aún cuando yo NO alcance a ver en esta vida lo que Dios traerá al final (1 Tes. 3:1-9; Job 19:25). Creer solo en lo que Dios promete. La fe bíblica NO enseña que cualquier cosa que el creyente espere le será concedido si tan solo lo cree convencidamente y ciegamente “lo declare.” La “convicción de lo que se espera” de Hebreos 11:1 no es lo que el creyente se proponga esperar, es más bien lo que Dios nos dice que debemos esperar (Hebreos 10:36-38), es decir la segunda venida de Jesús y su justo juicio para el malvado.

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“Declarar” al estilo de muchos predicadores y cantantes hoy en día es un asalto directo, y sustituto barato, al espíritu de la oración cristiana (Lucas 11:2). En lugar de orar en confianza de que Dios tiene mis necesidades bajo control, y esperar en su voluntad, el “creyente” es motivado a cambiar su realidad vía el optimismo humanista. ¡No se trata de pedirle a Dios “que venga su reino,” según esta distorsión el creyente puede hacer que baje el reino ya con solo mandarlo! Esta práctica de “declarar” es la versión religiosa de la filosofía deconstruccionista secular en la que el mundo es creación del lenguaje humano. La idea a fondo es que si cambias el lenguaje terminarás cambiando la realidad. El feminismo antibíblico que cuestiona incluso la paternidad de Dios y propone una diosa amante del ser humano es el ejemplo más claro. El “declarar” de varios predicadores de la prosperidad es un atentado directo contra el esperar en Dios, es una exhortación a tomar nuestra vida en nuestra manos y afirmar nuestro valor frente al mundo. Esta es una espada de dos filos porque, aunque sea enormemente atractivo para aquellos que sufren de baja autoestima, o para otros que necesitan provisión urgente, también es una fuente de desánimo, depresión y apostasía cuando lo declarado no llega.

El confesar bíblico. El “confesar” que muchos usan como sinónimo del “declarar mágico,” en la Escritura generalmente se da en un contexto de expresar nuestro pecado (Salmo 32:5; 38:18), nuestra conversión (1 Reyes 8:33; 2 Cro. 6:24), nuestra limitación, y confianza en que Dios el Padre, el Hijo y su Espíritu tendrán la última palabra. Lo central de la confesión cristiana no es reconocer mi capacidad para cambiar la realidad. Lo central de la confesión es reconocer que el que decide y manda es “el Señor,” no el creyente (Rom. 10:9). Se nos exhorta a confesar el nombre de Dios, hablar de su grandeza - y no de la nuestra - entre las naciones para que lo busquen y adoren (Nehe. 9:3), aunque los siervos del altísimo sufran el rechazo mientras tanto. La confianza no es que mi palabra cambie mi mundo, si no que el Hijo del Hombre confiese en su venida los nombres de sus santos, haciendo pública así la razón y la dignidad que siempre han tenido, aunque los demás no la hayan reconocido (Lucas 12:8; Apoc. 3:5).

¿Y qué digo de la soberana estupidez del “decretar” del creyente? El soberano es uno sólo, y sólo él tiene derecho a decretar, y así lo ha hecho eternamente. En la Escritura, la única vez en que los humanos decretan algo es el ejemplo de los reyes paganos durante el exilio de Israel en Babilonia. Dios los ocupa porque forman parte de su decreto anticipado y eterno (Daniel 4:17). Todas las otras veces en las que la terminología de “decretar” se usa en la Biblia tiene que ver con obedecer los mandamientos y estatutos escritos que Dios ha entregado a su pueblo. Dios ha decretado que se deba obedecer su palabra solamente, y que se deje de estar buscando y oyendo otro tipo de “decretos.”

“Arrebatar” o “atar” para ordenarle algo a Satanás es una infantil interpretación de los pasajes bíblicos que ocupan esa terminología. Mateo 11:12, por ejemplo, como aparece en Reyna-Valera es ambiguo. Un mejor trabajo lo hace la versión Dios Habla Hoy que traduce: “Desde que vino Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los que usan la fuerza pretenden acabar con él.” Otras versiones que dan más luz son la NBV, NTV, PDT, etc. No podemos basar en este verso la idea de que a los creyentes se les manda “arrebatar” nada, y menos a Satanás. Aunque el pasaje de Mateo 16:19 no es fácil de interpretar -de esto da testimonio la gran mayoría de buenos comentarios bíblicos, lo que sí es claro es que el pasaje no dice nada de ligar o atar a ningún humano o a Satanás. El pasaje se relaciona con la entrada al reino de los cielos, la iglesia es la encargada de abrir la puerta, presentar la entrada al reino de Dios. Todos los que entren por esa puerta del mensaje del evangelio, serán acogidos en los cielos.

Por esto y por mucho más: No “declares,” No “decretes,” No “confieses,” no “arrebates” no “ates o desates”.

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El Verdadero Propósito de la Oración Bíblica

El objetivo principal de la oración es amar al SEÑOR nuestro Dios, con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas (Marcos 12:28-31). Eso significa que la oración se trata en primera instancia de una relación. Dios quiere que hagamos peticiones a Él, pero en primer lugar desea que le conozcamos más como nuestro Rey y amigo fiel (Efesios 1:17; 3:17-19). Al entender que la oración es relacional y no transaccional, nos ayuda aun más a ver la locura de “declarar y decretar”.

No necesito ‘declarar’ cosas porque los planes de Dios son mejores que los míos. El cristianismo no nos promete una vida fácil o millonaria aquí en la tierra (Romanos 8:16-17 es uno de los muchos pasajes que hablan sobre eso). Lo que sí nos promete el cristianismo es vida eterna. Nos promete socorro, nos promete conocer a Dios. Es necesario que nos adentremos en Su Palabra y comprendamos que Él es más soberano que lo que podemos imaginar.

La meta principal de la oración es crecer en nuestra intimidad con Él, alinear nuestro corazón con el Suyo, participar en el avance de Su reino, pedir su perdón, alabarle, darle gracias, y buscar Su ayuda ante nuestras necesidades y luchas. No tenemos que agregar una fórmula humana (como “yo declaro”) para hacer nuestras oraciones más poderosas. Eso es necedad. Al humillarnos ante nuestro Rey, podemos luchar en la oración y acercarnos confiadamente ante el trono del Padre. Podemos rogar con la misma audacia que vemos en los salmos, recordando que tenemos un intercesor fiel y todopoderoso, nuestro Señor Jesucristo. Dios no nos necesita, pero sí nos quiere utilizar, y una de las maneras más eficaces de ser utilizados por Él es sobre nuestras rodillas con palabras en nuestra boca que se alinean con la Palabra de Dios.

El modelo y el mandato bíblico es una oración que se apoya en los méritos de Cristo, que pide a Dios, que depende de la gracia divina, confía en la buena voluntad de Dios y le da gracias. Porque entendemos que Su voluntad es buena, agradable y perfecta. No tenemos que estar decretando ni declarando, ni mucho menos sentirnos mal si luego de orar las cosas no salen como pedimos. Debemos descansar que nuestras vidas están en las manos de un Dios poderoso, sabio, bueno y soberano.

Testimonio Personal y el Redescubrimiento de la Verdad

El Señor me rescató de mis pecados a mediados del 1999. Fue hace unos 17 años cuando Dios me dio vida, me hizo ver mi maldad y la gran necesidad que tenía de él. Su Espíritu me reveló lo grave de mi pecado y también me mostró, qué gran Salvador es Cristo. Pero Dios, hace unos años atrás, también me rescató del error. En referencia a esto debo reconocer la gracia de Dios en dos sentidos: primero por guardarme en sus caminos a pesar del engaño de esos años y segundo porqué Su gracia me permitió ver el error en el que estaba. Es decir, fue Dios en su misericordia, quién encendió la luz para permitirme ver lo que antes no veía. Pero creo que lo más glorioso, fue recibir una comprensión más profunda y precisa de la realidad de la cruz. Esto abrió mis ojos a la verdad bíblica y me ayudó a leer las Escrituras de una manera totalmente diferente. Yo también decretaba, declaraba, arrebataba y ataba. Y creo que son muchos los factores que influyeron para esto.

Primero, porque tenía una noción nada balanceada del carácter de Dios. El concepto que dominaba mi entendimiento del Creador estaba más orientado a su gracia, bondad y misericordia. Afirmaba su santidad y justicia, pero creía que por encima de todo, Dios es más amor que otra cosa. Un Padre amoroso que quiere lo mejor para sus hijos y que les da todo lo que ellos pidan. Y aunque es cierto que Dios es un Padre bueno, que cuida y protege a los suyos, ese énfasis exclusivo en su amor a costa de sus otros atributos, no representa el testimonio de las Escrituras. Una reflexión honesta de la visión que el profeta tuvo del Señor en Isaías 6 y otros textos más, me llevaron a la convicción que la santidad de Dios es la cualidad que se destaca con prominencia en el relato bíblico. Los libros La santidad de Dios de RC Sproul y El conocimiento del Dios Santo de J.I. Packer, me ayudaron a entender mejor las Escrituras a partir de la santidad divina.

Segundo, porque tenía un concepto muy elevado del hombre. Tanto del hombre perdido en sus pecados, como también del hombre redimido. Siempre consideraba al hombre como básicamente bueno. Mi comprensión de la naturaleza del pecado y de sus serios efectos en la humanidad eran bastante escasos. No entendía hasta qué punto llega la corrupción y depravación del hombre por su pecado. Pensaba que eso se termina cuando nos convertimos a Cristo. A este respecto la confesión que Pablo hace de su lucha como creyente en Romanos 7, fue de mucha ayuda. Por otra parte reposaba en el hecho de que fuimos creados a imagen de Dios. Mi conclusión lógica fue, por ejemplo, que era como un pequeño dios y que mis palabras tienen tanto poder, cómo las palabras del mismo Dios. Solía hablar del poder creativo de mis palabras.

Tercero, porque ignoraba el concepto bíblico de los decretos. Las palabras decreto y decretar se encuentran casi 70 veces en la biblia y en su gran mayoría en el Antiguo Testamento. Las palabras en hebreo comunican la idea de ‘mandamiento o estatuto’ por un lado y por otro lado comunica la idea de un veredicto (favorable o desfavorable) pronunciado judicialmente. Decreto es la traducción en el Antiguo Testamento de varios términos hebreos y arameos que significan «orden real o proclamación real». Es cierto que las Escrituras advierten al creyente de cuidar lo que dice. Que en nuestra lengua está el poder de la muerte y de la vida; que daremos cuentas por las palabras que decimos; que nuestras palabras deben ser con gracia y que todo lo que digamos debe, en última instancia, glorificar a Dios. Pero nada de esto sugiere que los hombres tenemos poder para crear cosas por solo decirlas, ni muchos menos se nos manda a decretar. Decretar es algo que pertenece al Creador.

La práctica de decretar y declarar, no produce ningún beneficio concreto. Las palabras de los hombres no han producido ni producirán nada en el sentido de cambiar o crear las cosas. Y tampoco será el medio por el que nuestras oraciones serán contestadas. La práctica de decretar y declarar puede provocar serios efectos en los creyentes que las practican. Recuerdo que una sensación de decepción conmigo mismo me embargaba cuando llevaba tiempo decretando algo sin ver resultados. Mi aparente falta de fe al decretar me causaba gran desilusión. En el peor de los casos, el creyente siente que Dios lo ha abandonado. En el otro extremo de los serios efectos de esta practica se encuentra el orgullo que puede generar en los creyentes. Por ejemplo, cuando los creyentes de la iglesia primitiva fueron intimidados por las autoridades del templo para no predicar, ellos oraron unánimes a Dios y le pidieron por valor: Y ahora, Señor, considera sus amenazas, y permite que tus siervos hablen tu palabra con toda confianza, (Hechos 4:29 LBLA). Asimismo, nuestro Señor nos dejó una gran modelo a este respecto y una enseñanza clara acerca de la oración. Cuando agonizaba en Getsemaní antes de su arresto, oró «diciendo: Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. (Lucas 22:42 LBLA).

Ahora no decreto. Esta práctica la abandoné hace unos años. Doy gracias a Dios, porque me ayudó a entender en el error que me encontraba. Gracias a Dios porque me abrió los ojos y me enseñó a entender su verdad, porque mientras estemos en este cuerpo, tendremos la capacidad y necesidad de seguir aprendiendo. Mi oración es que seamos sensibles y honestos en aceptar cuando nos equivocamos y a su vez que seamos humildes para ser enseñados por otros. Creo que en un sentido los creyentes deberíamos ser como Apolos, el gran predicador de Alejandría, quién se dejó instruir por Priscila y Aquila. Estos líderes después de oírlo, «lo llevaron aparte y le explicaron con mayor exactitud el camino de Dios».

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