Te explicamos qué es el sacramento del orden sacerdotal y quiénes pueden recibirlo. El orden sacerdotal es uno de los sacramentos cristianos, esto es, uno de los ritos sagrados mediante los cuales la feligresía cristiana ratifica su relación con Dios.
Según el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, "el sacramento del Orden es aquel mediante el cual, la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles, sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos". Podemos usar una imagen sencilla para entenderlo mejor: Dios quiere estar siempre a nuestro lado con un servicio-entrega absolutamente personalizado. Así, con este sacramento, Jesús garantiza una "asistencia técnica" espiritual para toda nuestra vida. A través de él, Dios nos garantiza una asistencia espiritual de por vida, orientada a nuestra felicidad terrena y, sobre todo, a nuestra salvación eterna.
De hecho, la promesa de Jesús de que "yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo" se concreta, entre otras cosas, en el hecho de que toda nuestra vida transcurre junto a un sacerdote. Desde el sacerdote que nos bautizó, abriendo nuestra entrada a la Iglesia y a la santidad, hasta el que, con suerte, estará a nuestro lado para administrarnos la Unción de los Enfermos poco antes de nuestra partida.
El Orden es el sacramento por el que algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble. Mediante este sacramento, se recibe una marca especial llamada carácter, que une al sacerdote de manera muy intensa con Cristo y lo capacita para actuar en su nombre. Estos ministros son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir.
La ordenación se considera un rito permanente, indeleble, que consagra al candidato al servicio de la voluntad de Jesucristo y lo inviste como su representante terrenal, de modo que aquellos que abandonan el servicio eclesiástico no pierden este carácter religioso.
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¿Quiénes pueden recibir este Sacramento?
El sacramento del orden sacerdotal lo pueden recibir únicamente los fieles cristianos que hayan recibido el llamado de Dios, es decir, que tengan vocación religiosa. El sacerdocio es una vocación, un don de Dios y no una profesión o un derecho, por lo que quien hace el don es quien decide a quién hacerlo.
Para ser ordenado se requiere que el candidato sea varón bautizado. Sólo el varón bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación. Jesucristo escogió sólo a varones para formar el colegio de los doce Apóstoles, y los Apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores que les sucederían en su tarea. La Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión del Señor.
No se rebaja de ningún modo la dignidad de la mujer por el hecho de que no pueda recibir este sacramento. La criatura más excelsa ha sido la Virgen Santísima, y sin embargo Jesús, su Hijo, no le confirió el sacerdocio ministerial.
El sacerdote es un hombre que Dios ha destinado al servicio y a la entrega a los demás, y que en esta tarea encuentra el sentido más profundo de su existencia y una realización personal plena. En la gran mayoría de los casos, junto con el sacramento se impone la obligación del celibato. El celibato es un don de Dios, dado por Él gratuitamente y aceptado libremente por el hombre.
¿Cómo se recibe el Orden Sacerdotal? La Ordenación
Los ritos de ordenación son efectuados por el obispo correspondiente. Generalmente se realiza a través de una imposición de manos sobre el elegido y la recitación de diferentes plegarias. La materia del sacramento del Orden es la imposición de las manos. Puestos de rodillas ante el obispo, éste les impone en silencio las manos en la cabeza. Es un silencio impresionante durante el cual los poderes del Espíritu Santo son comunicados a los elegidos.
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La forma es la oración consagratoria que los libros litúrgicos prescriben para cada grado. Por la ordenación sagrada el sacerdote es constituido ministro de Dios y dispensador de los tesoros divinos (1 Cor 4, 1). Con este sacramento recibe una serie de efectos sobrenaturales que le ayudan a cumplir su misión.
La ordenación es un acto sacramento que va más allá de una simple designación o delegación. No es la comunidad la que «ordena» y la que comunica los poderes sagrados, sino el Obispo por medio de este Sacramento. El sacerdocio solo puede venir de Jesucristo a través de la Iglesia.
Los Tres Grados del Orden Sacerdotal
Por la imposición de las manos, el cristiano puede ser llamado a servir en la Iglesia en tres grados u órdenes distintos: como obispo, como sacerdote o como diácono. El sacramento del Orden tiene tres grados: el episcopal, el presbiteral (sacerdotal) y el diaconal.
Tabla de Grados del Orden Sacerdotal
| Grado | Descripción | Funciones Principales |
|---|---|---|
| Obispo | Es la cumbre del ministerio sagrado. Goza de la plenitud del Sacramento del Orden. Por la Consagración Episcopal, el obispo queda constituido como miembro del colegio episcopal en comunión jerárquica con el Papa y con los demás obispos. |
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| Presbítero (Sacerdote) | Los presbíteros son colaboradores íntimos del obispo que es la cabeza de la diócesis. |
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| Diácono | Asiste al sacerdote en determinados oficios. El diaconado que fue y sigue siendo un escalón al presbiterado, es también ahora un grado permanente y propio de la jerarquía. Los diáconos permanentes son hombres casados que sirven a la Iglesia realizando las funciones propias del diaconado. |
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¿Qué hace un Sacerdote? Un Puente entre Dios y los Hombres
Jesucristo es el Sumo y Eterno Sacerdote; los demás son ministros suyos. Por eso decimos que el sacerdote actúa «en persona de Cristo Cabeza». Los poderes sacerdotales, no son del sacerdote sino de Cristo y los recibe no para sí mismo sino para la santificación de los fieles. Es por eso que el sacerdocio es llamado «Sacramento de servicio». Esta referido a Cristo y a los hombres.
El sacerdote es el hombre que habla de Dios a los hombres y a Dios de los hombres. Como Cristo, en cuyo nombre actúa, es el puente entre Dios y los hombres. El sacramento del Orden está íntimamente ligado a dos realidades fundamentales: la Eucaristía y la predicación de la Palabra de Dios. Los primeros sacerdotes, los apóstoles, fueron constituidos como tales por Jesús en la Última Cena. Fue allí, después de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, cuando Jesús les dijo: "Hagan esto en conmemoración mía".
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Así, la presencia de Jesús en la Comunión es posible gracias a que, a lo largo de los siglos, algunos hombres han recibido el poder del sacramento del Orden. Jesús también unió el sacerdocio estrechamente a la predicación: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio". Cuando un sacerdote proclama y explica la Palabra de Dios, lo hace directamente en nombre de Dios, lo que le confiere un valor especial en la Iglesia.
Además de la Eucaristía, es importante mencionar de forma especial el sacramento de la Confesión o Penitencia. También aquí Jesús fue muy explícito cuando les dijo a los apóstoles: "A quienes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengan, les serán retenidos". De esta manera, hombres con todas sus limitaciones se transforman en dispensadores de la gracia de Dios.
El sacerdote no es un superhéroe. Es un hombre igual que sus hermanos. Tiene la experiencia diaria de sus propias flaquezas, pero también toca a diario la grandeza que Dios derrama sobre todos los hombres y mujeres que se acercan a la gracia divina en los sacramentos. Las palabras de Jesús: "Yo los llamo amigos" (Jn 15,15) no son solo una declaración afectuosa hacia los discípulos, sino una auténtica clave para comprender el ministerio sacerdotal. El sacerdote, en efecto, es un amigo del Señor, llamado a vivir con Él una relación personal y de confianza, alimentada por la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración diaria.
El pueblo cristiano siempre ha estado agradecido con Dios por el don del sacerdocio. La Iglesia nos recuerda las palabras del mismo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote: "La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Lucas 10,2). Dios ha querido darnos este increíble regalo, pero también ha dispuesto que lo pidamos sin descanso.
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