Descubre Cómo Las Palabras Transforman Vidas: Ejemplos Poderosos de Elogios y Por Qué Evitar Acusacionespost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Las palabras que elegimos para comunicarnos tienen un poder inmenso, capaces de levantar el ánimo, fomentar la confianza o, por el contrario, desmotivar y denigrar. A todos nos gusta sentirnos valorados, sentir que lo que aporta es significativo. Hasta un encuentro breve se presta para hacer un comentario oportuno, para decirle algo que dé seguridad y que se convierta en un catalizador de crecimiento.

En una ocasión, me fijé en una niña de unos diez u once años en un vuelo. Tenía un enorme cuaderno para colorear y todas sus crayolas desparramadas sobre la mesita, mientras otra niña, de edad similar, la observaba con los ojos. Al rato vi que la niña había arrancado una hoja y se la había entregado a su vecina, además de prestarle sus lápices de cera. Me incliné hacia adelante por el pasillo y le dije a la niña que me parecía muy lindo que hubiese compartido su libro de colorear. Se le iluminó la carita, complacida de que alguien hubiese notado su gesto. No sé qué efecto a largo plazo pueden llegar a tener las pocas palabras que le dije, pero quisiera creer que la próxima vez que esa niña tenga que decidir si prestar o no alguna cosa, se acordará de la señora que se sintió orgullosa de ella porque tomó una decisión acertada.

Podemos preguntarnos: «¿Qué podría decirle a mi hijo o hija que la ayude, que le levante el ánimo, que haga que se sienta halagada, apreciada y valorada?»

El poder de la gratitud y la afirmación

Dios me ha bendecido con 12 hermosos hijos. Son ocho niñas y cuatro muchachos. Su crianza acaparó todo mi tiempo, y apenas tenía ocasión de un respiro. Pero ahora que todos han crecido -el menor tiene 14 años-, dependo enteramente de su apoyo y ayuda. Cierta mañana pasé un buen rato reflexionando en ello y sintiendo una enorme gratitud hacia mis queridos hijos. En esas recibí una llamada de mi tercera hija mayor. Le comenté aquella sensación de agradecimiento. Ella me contesto: «Mamá, tienes que hablarle de esto a tus hijos. Les haría muy feliz saber lo mucho que significan para ti». La misma idea me había cruzado la mente y coincidí con ella. Mis 12 hijos han crecido de un momento a otro en el curso de 34 años. Sé que suena contradictorio, pero es cierto. El paso de los años me ha inculcado la enorme valía de mis hijos. Todo lo que puedo decirles es gracias. Gracias. Gracias.

Les agradezco las numerosas lecciones de vida que me han enseñado, que algunos aún vivan conmigo, y que otros hayan alzado vuelo y ya no residan en mi casa. También valoro las ocasiones en que se acordaron de llamarme, las ocasiones en que me llamaron para hablarme de un problema, y las visitas de mis hijos mayores durante mi recuperación en el hospital. Las lágrimas que derramaron cuando enfermé y las risas que me produjeron cuando necesitaba unas palabras de aliento son invaluables. El pastel que una de mis hijas hornea para celebrar mi cumpleaños y el delicioso almuerzo conmemorativo que preparan, así como las llamadas telefónicas los días previos a mi cumpleaños para preguntarme qué deseo de regalo, son gestos que aprecio profundamente. La impresión de un álbum familiar de fotos que mi hija mayor recopila y me envía al término de cada año, la fidelidad con que cortan la madera para la estufa principal de la casa, y la apreciación de una amplia variedad de personalidades y características, todo suma a mi gratitud. A mis nietos por llamarme abuela y a mis hijos por cuidar tan bien de ellos. También agradezco el tiempo que mis hijos me han dedicado cuando he pasado una temporada difícil. Deseo decirle a cada uno de mis hijos: «Eres necesario. Te doy las gracias. Eres maravilloso». Nuestra mayor fortuna es saber que otros nos necesitan. Pero de no expresarlo en palabras, puede que nunca se llegue a conocer la manera que complementamos la vida de los demás. Ese es el motivo por el que he puesto en palabras lo que siento por mis hijos.

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La clave para criar niños felices, bien adaptados y de buen comportamiento es el amor. A los niños les pasa lo que a todos: los elogios y el aprecio los motivan a hacer enormes progresos. Cultiva su autoestima elogiándolos sincera y constantemente por sus buenas cualidades y sus logros. Es más importante y da mucho mejor resultado elogiarlos por su buen comportamiento que regañarlos cuando se portan mal. Si te propones hacer siempre hincapié en lo positivo, tus hijos se sentirán más amados y seguros.

El amor como catalizador y la visión del potencial

El catalizador del amor: El amor no es ciego. Tiene un tercer ojo espiritual que percibe lo bueno y las posibilidades que otros no ven. Si se trata a un hombre como si ya fuera quien puede llegar a ser, se convertirá en quien debe ser. Todo el mundo tiene sus buenas cualidades. Hay características concretas de los demás por las que podemos elogiarlos con generosidad. Si no descubrimos una enseguida, conviene mirar más detenidamente. Pide a Dios que te ayude a ver las cualidades positivas con que ha dotado a cada persona, porque Él ve en todas rasgos dignos de elogio y capaces de suscitar amor en los demás. Cuanto más te cueste descubrir esa cualidad singular, probablemente mayor será la bendición que obtengan esa persona y tú cuando la descubras. Si encuentras aunque solo sea una pequeña veta en alguien y la alumbras con un poco de amor en forma de elogios, te conducirá directamente al filón principal. Tu hijo se te abrirá, y descubrirás que posee numerosas cualidades dignas de admiración.

Todo el mundo mete la pata. Y a veces repetidamente o con consecuencias desastrosas. Por eso, todos somos grabaciones de prueba en las manos de Dios. Hay mucho que Él tiene que arreglar en cada uno, y llevará tiempo. Cuando vemos a los niños de esa forma, no como son sino como serán, todos salimos ganando. Les damos un margen de flexibilidad que no les exige ser perfectos y les permite aprender por experiencia y, por tanto, seguir mejorando.

Tipos de elogios y el impacto de las palabras negativas

A todos nos gustan que nos quieran y si nos lo dicen mejor. Sin embargo, no todo elogio es sincero o vale lo mismo. Hay elogios de compromiso y cortesía. Por ejemplo, cuando se está de invitado no se debe criticar las viandas ofrecidas ni verter críticas negativas al mobiliario o gusto decorativo del anfitrión. En esos casos basta con no utilizar superlativos.

Recuerdo con catorce años cuando fui de viaje a Inglaterra con una familia que no conocía. Lo primero que hicieron fue ofrecerme el almuerzo en su casa, donde ocho pares de ojos miraban ávidamente cuando yo intentaba tragar con menor avidez un horrible puré. La matriarca me preguntó dulcemente si me gustaba, a lo que repuse con ojos congestionados por el trance con una de las pocas frases que por entonces hablaba en inglés: “Yes, I like too much” (¡Me gusta mucho!).

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Recuerdo otra anécdota de la que no estoy orgulloso, pues en cierta ocasión unos vecinos alborozados acababan de ser padres y paseaban en el cochecito al bebé. Al cruzarme de frente no podía ver el rostro de la criatura así que como era la primera vez que lo veía inicié mis palabras festivas anunciando: ¡Vamos a ver la criatura! Y me incline para examinarlo: ¡Pero qué chiquitín mas… -titubeé al percatarme de su fealdad patente- pero que chiquitín mas, mas, mas… ¡interesante!.

Elogios con segundas intenciones y críticas veladas

Hay elogios “envenenados”. Se trata de los que van seguidos de la puñalada trapera o del abuso descarado. Algo así como el bíblico Rey David quien, enamorado de la esposa de su general Urías, se libró de él, diciéndole algo así como: “Tú, Urías, el general hitita mas valiente y experto harás un buen papel en el lugar mas peligroso de la primera línea de la batalla, mostrando a los soldados como dar ejemplo”.

Hay elogios “mercantiles”. Son los que están preñados de descarada adulación. Suelen perseguir captar la benevolencia del elogiado y que “baje la guardia”. Recuerdo hace unos diez años cuando sonó el timbre a media tarde y al abrir la puerta me encontré con una pareja impecablemente vestida y un maletín, que me dedicaron una sonrisa amplísima al unísono; rápidamente intenté cortar el ataque con un “Lo siento, no deseo nada y no tengo tiempo”…, lo que recibió una respuesta “Disculpe señor, será un minuto y se trata de unas preguntas estadísticas de cultura”; ante ese guiño y en la misma puerta -descartadas las ventas- me sometí a sus preguntas; me formularon preguntas del estilo “¿Quién escribió el Quijote?, ¿Le suena la expresión “limpia, fija y da esplendor? y similares preguntas que hubiese acertado cualquier iletrado en estado etílico. A continuación adoptaron expresión solemne mientras yo me apoyaba en el quicio de la puerta y examinaron los resultados con gestos de aprobación y sorpresa. El que llevaba la voz cantante me estrechó la mano, me miró a los ojos, y me dijo: “Señor, estamos impresionados. Usted tiene un nivel cultural elevadísimo y si nos permite quizá es momento de mostrarle las obras culturales que una persona como usted sabrá aprovechar”… A continuación un amplio fascículo con obras literarias.

A veces no todo elogio vale lo mismo ya que “cotizan” mas en el corazón del afectado los que son espontáneos e informales que los premeditados y formalizados. Un ejemplo conocido es el del ingreso de Jesús Aguirre, el que fuere Duque de Alba en la Real Academia de la Lengua y que llevó a que cuando el que fuere secretario de la Real Academia, Alonso Zamora Vicente, hizo pública la votación favorable a su ingreso (mas debida a inconfesables filias y trapicheos que al mérito) lo anunció a la prensa con tan cuidadas palabras: “Jesús Aguirre es un excelente traductor, conocedor de lenguas y un gran teólogo, y en la Academia necesitamos de todo”. ¡Vaya elogio!

Otras formas de elogio y el riesgo de la excesiva familiaridad

Los elogios de enamorado: “Eres lo mejor del mundo”, “Lo dejaría todo por ti”, etc. Las «mentiras de presentación» de las parejas en los primeros encuentros son seguidas por las «mentiras de respeto», en ambos casos aceptables y positivas, que no deben escatimarse por la importancia de ser amable con la pareja.

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Los elogios al enfermo o al que ha sufrido un percance: “¡Estás estupendo!, ¡No se te nota nada!”. Se dice que la cara es el espejo del alma y podríamos decirlo a la inversa, si actuamos sobre el alma con elogios y sacando lo positivo de las personas, posiblemente mejoraremos su cuerpo o talante hacia la vida.

Los elogios para reforzar valores o en encrucijadas críticas: Son elogios que quieren ayudarnos y que encubren profecías para cumplirse. Son las palabras de ánimo para el alumno, para el hijo, para el deportista, para el compañero que se esfuerza en su trabajo. En definitiva, para sacar lo mejor de nosotros.

Los elogios del amigo, del auténtico amigo: Esos son los mejores porque la esencia de la amistad radica en que igual que te elogia, te critica y no te parece mal. Son elogios desinteresados y por eso son tan valiosos. En fin, creo que debemos recibir todos los elogios de buen grado y sin suspicacia. Nos hacen sentir mejor y eso ya cumple un buen fin.

Pero ¿qué hace que los padres regañen machaconamente a sus hijos, los denigren y pierdan la paciencia con ellos? En muchos casos se debe a la excesiva familiaridad. Con el paso del tiempo llegamos a acostumbrarnos tanto a los seres a quienes más queremos que dejamos de valorarlos y tratarlos como debiéramos. El ajetreo y las vicisitudes de la vida cotidiana tienen un efecto erosionante. Así, el lustre de aquellas relaciones que una vez tuvimos por sublimes se va perdiendo. Al vernos continuamente la cara empezamos a percibir defectos e imperfecciones. Lo habitual y corriente se convierte en rutinario y tedioso. Las bendiciones que apreciábamos comienzan a pesarnos. Si te ha pasado algo semejante, es hora de revertir la tendencia. Demandará un esfuerzo de tu parte y puede que no resulte fácil, sobre todo si ese exceso de confianza en el trato es ya una costumbre arraigada, pero es posible. Aprecia más lo que tienes. Considérate afortunado. La forma más rápida y segura de devolver el brillo a una relación opacada es lustrar tu mitad. Empéñate en convertirte en la persona que te propusiste ser en un comienzo, y seguro que la otra hará lo propio sin que se lo señales directamente.

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