La lista de escritores estigmatizados por culpa de ciertas conductas, ideologías e incluso opiniones, es considerable. Un escritor no solo puede ser juzgado y denostado a partir de quien es como persona, sino además de como muestra ser a través de lo que escribe.
Conductas personales controvertidas y su impacto en la obra
Algunos autores han enfrentado graves acusaciones relacionadas con su comportamiento personal, generando debates sobre la separación entre la vida del artista y su creación.
Acusaciones de pederastia y abandono familiar
- Michel Foucault, ha sido acusado de perpetrar presuntos actos de pederastia en Túnez.
- Otros padres negligentes fueron: Rousseau que paradójicamente a pesar de ser uno de los primeros pensadores en escribir sobre la pedagogía y la instrucción infantil, dejo a sus cuatro hijos al cuidado de una institución de caridad.
- De golpe ¿Qué dirían -por ejemplo- de un poeta que canta al amor, la belleza y la bondad, pero abandona a su pequeña hija de dos años junto a su madre a razón de no tolerar ser testigo de su hidrocefalia?
- En los últimos años, se han destapado, o se han puesto sobre la mesa, los casos de varios escritores reconocidos de las letras hispanas, y que han sido violadores.
- El primer caso que quiero exponer es el de Pablo Neruda (1904-1973). En 1974 se publicaron sus memorias tituladas «Confieso que he vivido». Por supuesto, en ese momento nadie hizo valoración alguna sobre un episodio en el que relataba cómo había violado a una sirvienta cuando él era diplomático en Ceilán.
- El segundo caso se ha destapado recientemente, y se refiere al protagonizado por el escritor mexicano Juan José Arreola (1918-2001), quien violó, dejó embarazada y abandonó (a ella y a su propio hijo) a la también escritora Elena Poniatowska (n. 1932). Esto no lo dejó escrito en sus memorias, ha sido la propia escritora quien, tras sesenta años de lo ocurrido decidió contarlo en su libro recién editado «El amante polaco».
- William Burroughs, otro a quien la infamia lo seguía de cerquita, basta leer los alcances a los que llegó a causa de su adicción a las drogas y su gusto por un estilo de vida errático, al menos durante su juventud y parte de la adultez. Por citar una anécdota, durante esos años asesinó por accidente a su esposa de un balazo en la cabeza mientras jugaban a Guillermo Tell.
- Donatien Alphonse François de Sade, el Marqués de Sade, pasó la mayor parte de su vida encerrado en cárceles y manicomios. Producto de su conducta escandalosa, amoral y en ocasiones criminal. Su figura todavía hoy genera cierta polémica, tiene tantos detractores como admiradores.
Ideologías y simpatías políticas repudiables
Nazis, fascistas y antisemitas no escatiman entre los convocados en este grupo donde coinciden lo sublime y lo deshonroso.
- Tal fue lo que ocurrió a uno de los poetas más grandes de la llamada “Lost Generation”, Ezra Pound. Su entusiasmo por el creciente fascismo italiano, le valió la repudia a él y a sus trabajos. Preso por esto, fue liberado gracias a la intervención de otros escritores y personalidades del momento quienes apelaron a su presunto desajuste mental para que fuese liberado y pasara 12 años en un manicomio.
- Por ejemplo, entre las figuras que defendieron a Pound se encontraba un colega suyo, el nobel de literatura T. S. Elliot con quien además de tener en común una obra vanguardista, compartía también su poca simpatía hacia los judíos.
- El antisemitismo no es cosa apenas de literatos del siglo XX. Un gran admirador suyo, conocido por su sátira corrosiva y por descreer y atacar muchas tradiciones religiosas, fue Voltaire, que si bien fue un antirreligioso declarado, parece ser antisemita antes que nada, sobre todo por el número de referentes en su obra donde se descarga con virulencia hacia el pueblo hebreo. Muestra de esto es su Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de los pueblos (1756). En la parte que toca a los judíos, se ensaña con más sevicia contra ellos que hacia los musulmanes o los cristianos. En su Diccionario filosófico (1764) en varias de sus entradas se refiere a ellos de forma despectiva.
- Antes de Voltaire y 400 años antes que Hitler, Martin Lutero en Sobre los judíos y sus mentiras (1737) ya estaba dando luces para una “solución final”. No en vano durante los juicios de Nuremberg, salió a relucir este título como una de las influencias que propició las políticas del holocausto. Por ende suele dejar cierto sin sabor, reconocer algunas plumas insignes como simpatizantes de esta escuela del odio.
- Hasta el sol de hoy sigue resultando un tanto espinoso concebir que Martin Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX, fuese un nazi confeso, que incluso luego de que salieran los horrores del holocausto al descubierto, jamás se pronunció al respecto, bien sea para explicarse o disculparse.
- No había que ser alemán para coquetear con el nazismo o las ideas fascistas. Ahí está Knut Hamsun, nobel de literatura, de quien Thomas Mann diría “Que es un híbrido entre Nietzsche y Dostoyevski” y Hemingway lo consideró “el hombre que lo enseñó a escribir”. Su odio hacia Inglaterra y todo lo que representaba estaba declarado, es más, varios críticos consideran que su fascinación por el nacionalsocialismo de Hitler se debía a la ofensiva de este contra los ingleses.
- Su escritor favorito y a quien no se cansaba de recomendar, Louis Ferdinand Céline, fue también un hombre tan brillante como crápula, autor de una de las cumbres narrativas en lengua francesa, Viaje al final de la noche (1932), libro en que su alter ego, ya hace gala de ser reaccionario, misántropo y pesimista. Este escritor, entre otras cosas médico, dio rienda suelta a la escritura y divulgación de unos panfletos de lo más purulentos y aversivos. Empleando ese lenguaje procaz y provocador que era su estilo, para redactar consignas repugnantes, alabando el proceder nazi en cuanto la eliminación del pueblo judío y su ofensiva contra los comunistas; así como la invitación a los franceses para que colaboraran con los alemanes. Esta actitud y sus actos le valieron el repudio de sus compatriotas, quienes lo tildaron de “deshonra nacional”.
Misoginia y otras actitudes despectivas
- Hoy en día se considera cualquier actitud misógina o despectiva hacia la mujer como una suerte de maltrato, cosa que de haber sido siempre así, tal vez habría condenado al oprobio y el olvido la obra de Schopenhauer, Moliere, Calderón de la Barca, Nietzsche, Strindberg, los ya citados Rousseau, Quevedo, Aristóteles, Voltaire, Bukowski, entre otros.
- Francisco Quevedo a lo mejor con algunos de sus escritos no hubiese sido bien visto en esta época, si bien ya en la suya era bastante cuestionado y atacado a razón de sus opiniones políticas, como por sus poemas satíricos y burlescos, entre los que se pueden rastrear alusiones homofóbicas, misóginas y antisemitas.
- A lo mejor en esta época de la censura, el escarnio mediático y la tiranía hipócrita de lo políticamente correcto, muchos, quizás legiones, escupirían sobre sus poemarios. Otros poetas no tuvieron la misma suerte y en vida les tocó rendir cuentas a los demás mortales a quienes algunas genialidades les son indiferentes cuando sus valores, tradiciones y principios se ven deslucidos.
El "Síndrome de Zuckerman" y la confusión entre autor y obra
Este fenómeno lo llamó el escritor brasilero Ruben Fonseca, en su novela Diario de un escritor (2003) como: síndrome de Zuckerman. Haciendo referencia al alter ego del escritor norteamericano Philip Roth, cuya vida íntima ha sido juzgada por la forma de proceder de su personaje, que se cree es él mismo con pelos y lunares. También a Freud le tocó una suerte de síndrome de Zuckerman como a Roth, Fonseca, Baudelaire, Sade, Miller u Houllebeq, ya que también se le tildó de pornógrafo, pervertido, cocainómano y hasta incluso de incestuoso.
Houllebeq pone a sus protagonistas una voz que canta sobre la miseria sexual, moral, espiritual y afectiva, en la que se encuentra el hombre de occidente. Este escritor de una prosa vivaz y un abordaje temático de lo más actual, desde su primera novela Ampliación de un campo de batalla (1994) hasta su más reciente Serotonina (2019) ha puesto el dedo en la llaga a la sociedad que retrata; esa que le cuesta reconocerse en sus libros y que a modo de resistencia, solo le queda ofenderse y reaccionar con desprecio.
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El plagio y la intertextualidad en la literatura
Desde los inicios de la literatura, la línea entre la inspiración, la intertextualidad y la copia ilícita ha sido difusa, generando numerosas acusaciones a lo largo de la historia.
Breve historia y conceptos del plagio
- Fue el original Pablo Picasso quien dijo: «Los grandes artistas copian, los genios roban».
- El plagio, entendido no necesariamente como copia literal sino como glosa o paráfrasis de un texto original, es un concepto que ha existido en la historia de la literatura desde sus comienzos. Una de las primeras referencias aparece en el siglo I d. C. en uno de los epigramas del poeta Marcial.
- Así mismo, el poeta Ausonio había censurado a Virgilio por haber copiado a Homero, algo que desde una perspectiva actual estaría lejos de considerarse plagio. Sin embargo, el término «plagio» no aparece con un significado similar al que tiene hoy en día aproximadamente hasta el siglo XVI.
- En los primeros momentos de la literatura castellana nos movemos por tierras movedizas en lo que respecta al concepto de autoría, lo cual complica aún más la consideración de plagio. Gonzalo de Berceo, que se considera oficialmente como el primer escritor de la literatura castellana, también se puede considerar en el sentido estricto del término el primer plagiario de nuestra literatura. Todas sus obras están basadas en temas y en modelos latinos y Berceo no solo no oculta sus fuentes sino que además es él mismo el que las señala.
- Del mismo modo, el Arcipreste de Hita bebe de las fuentes más diversas ‒o incluso las copia directamente‒ para elaborar ese pastiche que es su Libro del Buen Amor.
- De Don Juan Manuel suele decirse, en cambio, que es el primer escritor moderno de nuestras letras, porque en él aparece ya una conciencia clara de autoría, ese deseo de conservar sus obras.
- Algunos plagios han tenido tanta importancia en la historia de la literatura que sin ellos nada hubiera sido igual en nuestras letras. Garcilaso lo hace con Ovidio, con Sannazaro o con Petrarca y Cervantes lo practica en todas sus obras. De hecho, el Quijote es una amalgama de elementos tomados de todos los géneros existentes en la época. El propio Quijote será víctima de plagio en una segunda parte apócrifa, la del misterioso Avellaneda.
Casos destacados de acusaciones de plagio
- Si damos un salto ya al siglo XIX podremos empezar a hablar de plagio con más propiedad. A Leopoldo Alas Clarín se le acusó en más de una ocasión de haber copiado a Flaubert. Parece que Madame Bovary no solo sirvió de inspiración para La Regenta: se dice que Clarín copió las primeras páginas de la novela de Flaubert para escribir su relato Zurita.
- Es difícil dudar de la originalidad de Valle-Inclán, escritor singular como pocos. Sin embargo, lo cierto es que este bicho raro de las letras hispanas llevaba el plagio en las venas. Además de su alegría para apropiarse de versos ajenos de poetas simbolistas, parece que en sus Sonatas hay algunas páginas de Casanova o de D´Annunzio.
- Una de las enemistades entre poetas más conocidas y bien documentada de las letras hispanas es la que tuvo lugar entre Vicente Huidobro y Pablo Neruda. Huidobro acusó a Neruda de que el poema XVI de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada era la traducción de un poema de Rabindranath Tagore realizada en 1917 por Zenobia Camprubí. La sombra del plagio, ya sea de Tagore o de otros autores, ha planeado sobre Neruda a raíz de otros textos.
- Algunos autores del boom se han visto salpicados por las sospechas del plagio. Miguel Ángel Asturias, que no sentía precisamente aprecio hacia García Márquez, acusó al escritor colombiano de haber copiado un personaje de la Búsqueda del infinito de Balzac en Cien años de soledad. Además, en 2005 el escritor Gregorio Morán declaró en un artículo titulado «La sorda vejez de un escritor» que Memoria de mis putas tristes era una copia de La casa de las doncellas dormidas de Kawabata.
- Algo más de fundamento parecen tener las acusaciones que el escritor mexicano Víctor Celorio lanzó en 1995 contra Carlos Fuentes. Además de personajes muy parecidos, Celorio encontró después de un pormenorizado estudio 110 coincidencias textuales entre su novela El unicornio azul y Diana o la cazadora solitaria de Fuentes.
- Una lista de ilustres plagiarios hispánicos no podría estar completa sin Alfredo Bryce Echenique, acusado de haber copiado textos ajenos sobre todo en artículos de opinión publicados en La vanguardia y en el diario peruano El comercio. En total existen unas 40 acusaciones de plagio, 16 de las cuales han sido confirmadas y han acabado en condenas judiciales que suman multas por valor de unos 42.000 euros.
- Tampoco podía faltar Camilo José Cela, que fue acusado de plagio en 1995 por la escritora María del Carmen Formoso. Según la demandante había coincidencias en temas, personajes y frases textuales entre su novela Carmen, Carmela. Carmiña y La Cruz de San Andrés de Cela. Aunque había ciertas sospechas que parecían confirmar que Cela había tenido acceso a la obra de Formoso, el veredicto final absolvió al escritor gallego.
- La existencia de las nuevas tecnologías, con programas capaces de hacer análisis textuales comparativos en cuestión de segundos, aparentemente dificultan el plagio, pero aún así continúan apareciendo casos polémicos. El periodista José Calabuig señaló en un reportaje de Interviú la abundancia de versos ajenos en Estación de Infierno de Lucía Etxebarría. Etxebarría negó que existiera el plagio, desacreditó al periodista, y exigió que se hiciera un estudio comparativo serio. Al mismo tiempo, se defendió amparándose en la intertextualidad. En 2005 fue acusada de nuevo por plagio a raíz de su obra Ya no sufro por amor, que según parece contiene párrafos enteros del artículo «Dependencia emocional y violencia doméstica» del psicólogo Jorge Castelló.
- El experimento intertextual extremo lo llevó a cabo Agustín Fernández Mallo en su obra El hacedor (de Borges), Remake, donde el autor se apropia, también a modo de homenaje, de textos borgianos para descolocarlos y cargarlos de nuevos significados.
- Vázquez Montalbán fue acusado judicialmente de apropiarse de la traducción que M. A. Pujante hizo del Julio César de Shakespeare y de presentarla como suya propia. El caso levantó una gran polémica y la traducción fue retirada.
- Luis Racionero, por su parte, copió párrafos y fragmentos del Legado de Grecia de Gilbert Murray para elaborar su libro La Atenas de Pericles.
- Ana Rosa Quintana y de su Sabor a hiel, que contenía párrafos y páginas enteras de numerosas novelas. Acorralada, Ana Rosa Quintana antes de declararse plagiaria prefirió admitir que había usado algún «colaborador» y echó todas las culpas sobre su negro literario.
- El otro plagiario es Jorge Bucay, que admitió que en su libro Shimriti había copiado unas sesenta páginas de La sabiduría recobrada de la filósofa y profesora de la Complutense Mónica Caballé.
- Cuando un libro se convierte en un fenómeno de ventas es bastante habitual que surjan acusaciones de plagio. Lo sabe bien Dan Brown, que se ha enfrentado a varias demandas por incumplimiento de los derechos de autor en obras como el archiconocido El código Da Vinci, sin que haya sido encontrado culpable.
- J. K. Rowling tuvo que enfrentarse a una demanda en la que se le acusaba de haber tomado prestadas ideas del libro infantil Willy el brujo en su Harry Potter y el cáliz de fuego, aunque el caso fue desestimado.
- En Expiación, Ian McEwan utilizaba algunos datos que se encontraban en un libro publicado por Lucilla Andrews y en el que esta autora relataba su experiencia como enfermera en el Londres de la II Guerra Mundial. McEwan reconoció que se inspiró en No time for romance, la obra de Andrews, para modelar a uno de sus personajes y para recrear algunos procedimientos médicos de la época, pero negó el plagio.
Las cláusulas de moralidad y la industria editorial
La era del #MeToo ha transformado el panorama editorial, llevando a la implementación de "cláusulas de moralidad" en los contratos de los autores y redefiniendo las responsabilidades de las editoriales.
El contexto del #MeToo y las acusaciones de indecencia sexual
Nombres de escritores, periodistas, académicos y cineastas fueron revelados en redes sociales después de que Ana González, autora de la revista digital Malvestida, lanzó una historia de violencia de género. La ola de denuncias se desató no sólo en el ámbito de la literatura, sino también de periodistas, académicos y cineastas que fueron “escrachados”. Como ocurrió el año pasado con los novelistas Junot Díaz y Sherman Alexie, las acusaciones de indecencia sexual pueden llevar a retirar libros de las estanterías o de programas docentes.
Cuando los condenan, aluden a que los jueces les tienen manía (argumentación pueril). Y ante la sociedad incluso indican que ellos siempre han sido unos señores y solo galanteaban.
La implementación de cláusulas de moralidad
Una respuesta es la cada vez más extendida “cláusula de moralidad”. Durante los últimos años, Simon & Schuster, HarperCollins y Penguin Random House han añadido estas cláusulas a sus contratos estándar de libros. Hachette Book Group está debatiendo ponerla en sus contratos, aunque la editorial no lo ha confirmado. Estas cláusulas liberan a la compañía de la obligación de publicar un libro si, en palabras de Penguin Random House, “conductas del autor, pasadas o futuras, inconsistentes con la reputación del autor en el momento en el que se ejecuta este acuerdo, salen a la luz y resultan en una repulsa pública y sostenida del autor que disminuya sensiblemente el potencial de venta de la obra”.
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Condé Nast puede rescindir el acuerdo si, de acuerdo con el “criterio exclusivo” de la compañía, el escritor “se convierte en objeto de desprestigio, desdén, quejas o escándalos públicos”. Dicho de otro modo, una escritora no tiene por qué haber hecho nada mal; solo necesita ser parte de un escándalo.
Opiniones y consecuencias de estas cláusulas
- Al preguntar a escritores sobre las cláusulas de moralidad, la mayoría de ellos no tenían ni idea de qué les hablaba. Os sorprendería saber cuántos no leen la letra pequeña.
- Una escritora que sí lo hizo fue la novelistas de fantasía y ciencia ficción Ursula K. Le Guin, fallecida el año pasado. Cuando en 2011 descubrió la cláusula de moralidad en su contrato con HarperCollins, publicó en su blog una carta satírica.
- Jeanni Suk Gersen, una profesora de la Harvard Law School que escribe habitualmente para The New Yorker, una revista de Condé Nast, también leyó la letra pequeña y pensó: “En absoluto. No firmaré eso”.
- “Ninguna persona que esté involucrada en una actividad expresiva creativa debería firmar uno de estos”, afirmó la Sra. Gersen.
- Masha Gessen, periodista ruso-americana, publicó columnas en la página web del New Yorker describiendo el movimiento #MeToo como un “pánico moral” fuera de control decidido a vigilar el comportamiento sexual mediante justicia popular.
- Los agentes de las señoras Gersen y Gessen consiguieron que Condé Nast atenuara las formulaciones que les desagradaban, y ahora las escritoras han firmado sus contratos. Según la Sra. Gessen, su agente hizo reconocer a Condé Nast que “he expresado opiniones controvertidas”, y ahora la cláusula de moralidad afirma que no puede ser invocada como “el resultado de mi trabajo profesional”.
- En 2017, Simon & Schuster cancelaron un libro del provocador profesional Milo Yiannopoulos después de que diera una entrevista en la que parecía aprobar la pedofilia. Es sabido que su contrato no incluía ninguna cláusula de moralidad y les demandó, aunque después retiraría la demanda.
Un dilema en constante evolución
Puede que las cláusulas de moralidad sean relativamente nuevas para las editoriales principales, pero tienen una larga historia. La industria del entretenimiento comenzó a redactarlas en 1921. Hoy las cláusulas están extendidas en los deportes, la televisión y la publicidad. Las editoriales religiosas las han usado al menos durante quince años. Las editoriales infantiles han estado incluyendo estas cláusulas durante una década o más.
El problema con dejar que las editoriales rescindan contratos de libros que no son religiosos ni para niños con autores que no son famosos basándose en la inmoralidad es que la inmoralidad es un concepto escurridizo. Las editoriales tienen pocos incentivos para clarificar a qué se refieren con ello y el público es voluble con lo que les ofende.
En 1947, la preocupación era el comunismo, y las cláusulas de moralidad dieron a los estudios una forma de poner en la lista negra a los diez de Hollywood. Los tiempos cambian; las normas cambian con ellos. Las cláusulas de moralidad otorgan el poder de censura a las editoriales, no al gobierno, así que no violan el derecho constitucional a la libertad de expresión. Pero ese poder es aún así peligroso.
Tras nuestra conversación, la Sra. Gersen me envió un correo apuntando una posible consecuencia no intencionada de cláusula de Condé Nast. ¿Cuáles son los grupos sometidos a la mayor reprobación por sus obras publicadas?, preguntó. ¿Quiénes son más viciosamente troleados? Las mujeres y los miembros de minorías. “La cláusula, pone, de manera perversa, un mayor riesgo sobre la carrera de las mujeres y de las minorías que sobre la de hombres blancos”
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