«Saddam es la mayor bandera roja» se presenta como un recopilatorio de voces iraquíes que reconstruyen, desde la experiencia íntima, la vida bajo el régimen de Saddam Hussein. Publicado por Jummar en junio de 2024, este compendio funciona como una ventana fragmentaria pero elocuente hacia las múltiples formas en que un régimen autoritario transforma los espacios, condiciona las relaciones humanas y deja huellas persistentes en la memoria individual y colectiva. Jummar, plataforma independiente de medios iraquí, impulsa un periodismo creativo y ético centrado en las personas y sus territorios. Su enfoque descentraliza la mirada tradicional sobre Irak, desplazándola desde los grandes centros urbanos hacia comunidades y realidades frecuentemente marginadas.
Desde los inodoros dorados hasta el sabor de los dulces e incluso el amor, los iraquíes están condenados a cargar con los recuerdos de Saddam Hussein y su régimen. Las muestras de cariño hacia Saddam Hussein jamás escasearon. Así como era odiado por parte de su población, también era bastante amado. La historia tiene sus trampas, y una de ellas es villanizar a una persona debido la narrativa imperante. Sin embargo, los crímenes tampoco pueden pasarse por alto. La brutalidad en contra de los mismos ciudadanos era el pan de cada día.
Orígenes y Ascenso de Saddam Hussein al Poder
Saddam Hussein Abd al-Majid at-Tikriti nació el 28 de abril de 1937 en la pequeña aldea iraquí de al-Ajwa (العوجة), un pobre poblado con unas cuantas cabañas de adobe a orillas del río Tigris, como tercer hijo de una muy pobre familia campesina. El padre, Hussein al-Majid, falleció sólo meses antes de nacer el niño. Desde los diez años Saddam quedó al amparo de su tío materno, Jairallah Tulfah, sunní devoto y riguroso oficial del Ejército que en 1941 fue expulsado del mismo y encarcelado por su militancia antibritánica y pronazi. Tras ser liberado en 1946, Tulfah, que era también un anticomunista visceral, se ganó la vida como maestro de escuela en Tikrit. Su padrastro, porque su madre había hallado un nuevo compromiso, lo sometía a constantes maltratos y orquestar diversos delitos para sustentar a la familia. Nunca tuvo educación, pero sí una puntillosa educación a base de palos que lo hizo huir de casa a los 10 años de edad.
El muchacho empezó a recibir la educación primaria a los nueve años. En 1955 se trasladó a Bagdad junto con su familia de adopción para proseguir su formación en el instituto de secundaria Al Jark, foco de un radicalismo estudiantil que se nutría del odio a la monarquía hachemí reinante y a Estados Unidos y el Reino Unido. El contacto con el ambiente político de Bagdad le separó a Saddam de su inicial educación religiosa y tradicional. En 1957, luego de ser rechazado en la Academia Militar por su pobre currículum escolar e influenciado decisivamente por su tío, se incorporó al entonces minúsculo Partido del Renacimiento Árabe Socialista (Baaz), seducido por sus ideales laicos, nacionalistas y revolucionarios.
Joven de físico intimidador, naturaleza violenta y pendenciera, y partidario de la acción directa, los biógrafos no oficiales remontan el primer asesinato político de Saddam, el de un militante comunista de Tikrit y mediante un disparo en la cabeza, a octubre de 1958. Estas mismas fuentes aseguran que dicho crimen, al parecer, instigado o medio ordenado por Jairallah Tulfah, les valió a sobrino y tío compartir celda en la prisión de la ciudad durante medio año. Una vez liberado por falta de pruebas, la dirección del Baaz incluyó a Saddam, entonces valorado únicamente por sus dotes de esbirro, en un comando de diez hombres con la misión de asesinar al primer ministro Abdel Karim Kassem el 7 de octubre de 1959. El atentado cumpliría su cometido, Saddam en un intento desesperado de cumplir el objetivo y adjudicarse el magnicidio abriría fuego a destiempo logrando asesinar al primer ministro, para luego huir con una pierna herida hacia Tikrit. Como ningún médico quería curarle, él mismo se sacó la bala de la pantorrilla con una hoja de afeitar. Consiguió llegar a Tikrit y de ahí partió, a través de Siria, a Egipto, a donde llegó el 21 de febrero de 1960. En Bagdad le aguardaba una sentencia a muerte in absentia.
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Colocado bajo la protección del rais Gamal Abdel Nasser, en El Cairo Saddam retomó la actividad política en el Mando Regional egipcio del Baaz, así como los estudios en la escuela superior Al Qasr An Nil, donde terminó su educación secundaria. En 1962, becado por el Gobierno egipcio, se matriculó en la Facultad de Derecho de la universidad capitalina, donde no pudo terminar la carrera por las circunstancias políticas. De todas formas, en 1971, ya aupado al poder en Irak, Saddam obligó a la Universidad Al Mustansiriya de Bagdad a otorgarle el diploma de jurista, según se asegura, compareciendo a los exámenes vestido de uniforme y -no pudo ser más contundente la intimidación- depositando su pistola sobre el pupitre a la vista de alumnos y profesores.
El 8 febrero de 1963 Kassem fue derrocado y ejecutado en un golpe conjunto de baazistas y nasseristas dirigido por el coronel Ahmad Hassán al-Bakr. Sin dilación, Saddam retornó de Egipto junto con otros exiliados para ponerse al servicio de las nuevas autoridades e integrarse en las estructuras del Baaz, donde pasó a desempeñar labores de inteligencia, de seguridad interna del partido y de persecución de enemigos políticos, con los comunistas como víctimas predilectas. En octubre de 1964 Saddam fue arrestado, no sin recibir a tiros a los oficiales que venían a prenderle, bajo la acusación de conspirar contra la vida del jefe del Estado. En julio de 1966 Saddam consiguió evadirse de la cárcel aprovechando su traslado a otro centro. Desde la clandestinidad, Saddam organizó una milicia baazista, el Jihaz Haneen, que iba a jugar un papel decisivo en el golpe de Estado perpetrado por Bakr el 17 de julio de 1968. Aref fue derrocado con suma facilidad, no hubo derramamientos de sangre y el Baaz retornó al poder.
Consolidación del Poder y Características del Régimen
Luego de tomar parte activa en el asalto al poder, concretamente en la captura del palacio presidencial, Saddam recibió de Bakr el encargo de organizar el aparato de seguridad e inteligencia del nuevo régimen. Su primer cometido fue deshacerse, el 30 de julio, de dos altos mandos militares no baazistas. En tanto que hombre de la máxima confianza de Bakr -presidente de la República, presidente del CMR y primer ministro- y cancerbero servil del régimen, Saddam inició un ascenso irresistible a la cúpula del poder político. En noviembre de 1969 se convirtió en vicepresidente de la República. Saddam se encargó de ajustar cuentas con el ex primer ministro nasserista (1965-1966) Abdel Rahmán al-Bazzaz: arrestado, torturado y condenado a 15 años de prisión en octubre de 1969, Bazzaz terminó siendo ejecutado en 1973.
Libre ya de potenciales rivales por la sucesión de Bakr, Saddam se erigió en el indiscutible lugarteniente del presidente y en el principal delegado de la política irakí tanto interior, al coordinar las centrales de inteligencia y la policía secreta, como exterior, al pasar a asumir lo esencial de las misiones de representación diplomática. Saddam jugó también un papel fundamental en la trascendental decisión del régimen, el 1 de junio de 1972, de nacionalizar la Compañía de Petróleos Irakí (IPC), operación que generó un fabuloso incremento de los ingresos petroleros y que a partir de 1976 permitió impulsar los programas de armamento de destrucción masiva, tanto nuclear como químico y bacteriológico, así como el rearme a gran escala en las categorías de armamento convencional.
Poco después, al-Bakr, consciente de ser la sombra de Hussein, renunció y le delegó el cargo el 16 de julio de 1979, desencadenando una época de terror de más de 24 años. El régimen de Saddam Hussein y el partido Ba’ath emprendieron una persecución sistemática en contra de los que no estuvieran alineados con su concepción (panarabista y sunní).
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El Culto a la Personalidad y el Control Social
El culto a la personalidad de Saddam Hussein era una característica definitoria del régimen. Recuerdo que una conocida compartió con orgullo una anécdota en la que contaba cómo el presidente la había salvado de su padre. Escondida entre su ropa interior había una fotografía de ella misma, delicadamente besada con colorete de sus labios y perfumada con “una pizca de jabón”. En 2001, el ayuntamiento de Bagdad presentó el proyecto del Reloj de Saddam Hussein, un centro horario que funcionaba según el horario del presidente. La iniciativa incluía la torre del Reloj del Comandante, un museo que destacaba los supuestos logros del presidente, con jardines que rodeaban la torre y el museo. La filosofía del proyecto era a la vez divertida y absurda. Su objetivo era reformular el concepto mismo del tiempo, ignorando por completo la hora estándar. ¿Cómo? Sustituyendo los números convencionales del reloj por palabras que hacían referencia al nombre del presidente y a sus diversos títulos. En el SST, el horario estándar de Saddam, el día se condensaría en solo 12 horas, lo que determinaría los ritmos de la vida en todo Irak.
Las imágenes de Saddam Hussein servían tanto como medio de supervivencia como de posible sentencia de muerte. Presentaban esta figura divina del Partido Baaz, omnipresente en todas las facetas de la vida. En los años previos a la caída del régimen, el Partido Baaz imprimió camisetas blancas con la imagen de Saddam Hussein y las repartió en las escuelas. En una tranquila tarde sin incidentes, Khalid Shahoud, un taxista, narró cómo el pasajero recogió un billete de 250 dinares, lo miró, luego miró a Khalid y dijo con acento kurdo: “¡Que le den por culo! ¿Quieres decir que le den por culo al presidente?” En un rápido cambio de opinión, Khalid recuperó la factura y la besó juguetonamente, compitiendo con el kurdo en reverencia a Saddam Hussein para evitar posibles repercusiones.
Cuando yo nací, en 1984, habían pasado cinco años desde que Saddam Hussein comenzó su mandato en Irak. Recuerdo las constantes advertencias extremas que solían hacerme mamá y papá cuando era niño. Me advertían que no lo mencionara fuera de casa, fuera bueno o malo. También recuerdo una lección que tuvimos en clase de lectura; creo que fue en segundo grado. Se llamaba “Nuestro presidente nos visita”. Era un cuento infantil y los alumnos teníamos que memorizarlo para mejorar nuestras habilidades de ortografía y lectura. Mi joven y débil memoria de aquellos días no me dice si conocía a Saddam Hussein antes o después de esta lección, pero, en cualquier caso, no sentía más que terror hacia él. Supongo que las advertencias de mis padres fueron la primera semilla que se plantó en mí sobre el horror que vivieron los iraquíes bajo el régimen de Saddam desde 1979 hasta 2003. Esta semilla creció y echó raíces con el tiempo, a medida que las historias horribles se multiplicaban. Escuchaba estas historias constantemente. Todas trataban sobre la fuerza del régimen y sus métodos de tortura y asesinato. Mi miedo a Saddam pronto se acompañó de un sentimiento de odio.
Políticas Sociales y Represión Bajo el Régimen
Antes de que él llegara, las mujeres no tenían ningún derecho. Desde que él llegó, se protegieron sus derechos en la Constitución y empezaron a ocupar puestos de relevancia en la administración. Por ley también se garantizó la educación básica para ambos géneros. Si bien las mujeres podían asistir a la universidad desde la década de los 20, las únicas que en la práctica lo hacían eran las pertenecientes a las clases media y alta, y desde que Hussein entró al poder, las mujeres rurales también lo lograron. Los ingresos del boom petrolero se tradujeron en una mejor calidad de vida para los iraquíes, con servicios sociales de primer nivel, una infraestructura de punta y proyectos ambiciosos sin igual en el Medio Oriente. La clase media incrementó como consecuencia. Bajo Saddam Hussein hubo una mejora en carreteras, escuelas y la vivienda pública.
Pero así como hay cosas buenas, los crímenes tampoco pueden pasarse por alto. La brutalidad en contra de los mismos ciudadanos era el pan de cada día. La tortura de la policía secreta era el castigo para quienes estuvieran en contra. Recibir la condena a prisión era prácticamente una sentencia de muerte. El régimen de Saddam Hussein y el partido Ba’ath emprendieron una persecución sistemática en contra de los que no estuvieran alineados con su concepción (panarabista y sunní). Es por ello que los chivos expiatorios fueron los musulmanes chiíes y kurdos. El terror contra los kurdos puede considerarse como un genocidio, con la serie de operaciones llamadas Anfal (الأنفال), que se cargó hasta 100.000 vidas a finales de los años 80. En el caso de los chiíes, no era un odio que empezó cuando llegó Hussein; de hecho, se hizo aún más evidente. Irak es de los países donde el islam chií es mayoría. Si no comulgabas con la visión de Ba’ath, eras un proscrito de la sociedad básicamente. Entonces, sufrían una discriminación brutal. Tenían el estigma de vivir en los arrabales de Bagdad, sin olvidar que también había chiíes que eran clase media.
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En los años 90, me vi privado, como millones de iraquíes, de pan blanco, carne, pollo, huevos, queso, nata y mucha fruta. No puedo olvidar aquel día en la escuela primaria cuando un compañero sacó una tableta de chocolate para comer durante el recreo. Los alumnos comenzaron a atacarlo e intentaron quitársela por la fuerza. La mala calidad de vida no se limitaba a la comida, los aperitivos y la Pepsi, sino que también afectaba a la ropa, el transporte, los servicios y el material educativo. Pasé tres años de secundaria sentado en el suelo cubierto de suciedad espesa, en aulas con ventanas que habían sido sustituidas, con el aire frío del invierno llenando las habitaciones. En aquel momento, no había generadores eléctricos privados en Irak. Esto significaba que un corte de electricidad en verano era como pasar unas horas en el infierno.
Guerras y Confrontaciones Internacionales
En ese contexto, se desarrollaría la revolución islámica del ayatolá Rouhollah Khomeini (روحالله خمینی), quien se posicionó como un poderoso enemigo de Saddam y le negó salida al mar, afectando el negocio iraquí del petróleo y su importación. ¿Qué hizo Hussein ante esto? Pues fácil, con apoyo de los Estados Unidos invadió al Irán islámico y desencadenó una cruenta guerra de más de ocho años. Ambos países, con miles de civiles muertos y grandes daños económicos encima, firmarían un pacto para ponerle fin al conflicto. Esta fue la guerra Irak-Irán.
En 1990, Hussein, en un acto poco cuerdo, acusó intempestivamente a Kuwait de robarle petróleo y amenazó con usar la fuerza si este no reducía su producción petrolera. Las negociaciones comenzaron el mes de julio de 1990, pero fracasaron. El 2 de agosto de ese mismo año Irak invadió y anexó a su territorio al pequeño emirato kuwaití asaltando diversas embajadas para tomar rehenes extranjeros y usarlos como escudos humanos. A inicios del siguiente año, Estados Unidos y sus aliados le declararon la guerra a Irak obligándolo a desocupar Kuwait y a restaurarle su autonomía. Saddam la llamó أم المعارك (um al-ma’arik), “la madre de todas las batallas” y sería la Primera Guerra del Golfo. Durante estos sucesos, Occidente lo demonizó de una forma tan grande que ocasionó que Saddam, en un intento populista de mantener a su pueblo en calma, apelara a la religión islámica (a pesar de haberse manifestado agnóstico) visitándose de beduino, autoproclamándose siervo de Alá y haciendo que escribieran un Corán con su sangre. La ofensiva de la coalición duró seis semanas y tuvo consecuencias dramáticas para Irak y para su pueblo. La infraestructura del país resultó seriamente afectada.
Caída del Régimen y Ejecución de Saddam Hussein
El régimen de Saddam Hussein fue incluido en el "eje del mal" de Estados Unidos y se convirtió en un objetivo a batir por la Administración Bush. Prolegómenos, razones explícitas y motivos ocultos de una guerra ilegal llevaron a la invasión anglo-estadounidense. El Ejército de Estados Unidos invadió Irak sin el aval de la ONU y con el pretexto de unas armas de destrucción masiva inexistentes. El 28 de enero de 1991, los EUA anunciaron un alto el fuego. La invasión de Irak en 2003 culminó con el derrocamiento de Saddam y su régimen. Saddam fue derrocado y obligado a esconderse por el Ejército de Estados Unidos.
Capturado en diciembre siguiente, la hora del rendimiento de cuentas ante la justicia llegó. Fue condenado al patíbulo tres años después como reo de crímenes contra la humanidad. Un juicio caótico con sentencia de muerte terminó con una ejecución en la horca grabada en video y rodeada de truculencia, que puso término el penúltimo día de 2006 a los 69 años de vida de Saddam Hussein, quien fuera todopoderoso presidente de Irak desde 1979 hasta abril de 2003. Ahora, cuando veo a Saddam en YouTube, me cautiva su aura, su lenguaje corporal y su carisma.
Me pregunto por Saddam Hussein Al Majeed, nacido en 2003, en un mundo muy alejado del tumulto del régimen de su homónimo. Criado en la comodidad, los derechos y la riqueza material de Canadá, muchos de los cuales fueron negados al pueblo iraquí en la era de las sanciones y a la mayor parte de su generación, ¿Cómo concilió el hecho de llevar el nombre de un tirano responsable del asesinato de mujeres y hombres jóvenes, y del saqueo y el hambre de toda una población? Estaba furiosa. La idea de ponerle a mi hijo el nombre del hijo de Saddam Hussein casi me vuelve loca. La ironía era palpable. Ninguno de los dos había vivido bajo el régimen de Saddam Hussein. A pesar de presentar todas las pruebas contra Saddam y detallar los crímenes que había cometido, mi exnovio se mantuvo firme en su decisión de llamar a nuestro futuro hijo Uday. La perspectiva de tener un hijo llamado Uday me repugnaba. Como feminista y secularista acérrima, me llamaban “una exagerada”. La idea de convertirme en objeto de burlas, en un meme entre mis compañeros de clase y mi familia, me pesaba mucho, sobre todo porque participaba activamente en discusiones y debates sobre Sadam Hussein y sus crímenes.
