Descubre Hacienda Carmen: El Elegante Oasis con Historia Minera en San Pedro Atocpanpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La Hacienda y su Conexión Histórica con la Minería en el Mezquital

La conexión entre las actividades económicas de los reales mineros y las haciendas ha sido mencionada ampliamente por la historiografía; sin embargo, son escasos los estudios para la región del Mezquital -ubicada en el centro de la Nueva España-. El presente texto tiene como objetivo evidenciar dicho vínculo a través del estudio particular de Zimapán durante el periodo virreinal. El trabajo parte del supuesto de que las haciendas del norte del Valle del Mezquital fungieron como abastecedoras de este real minero, no solo de alimentos, sino también de artículos necesarios para la producción de plata como cuerdas, cebos, velas, cueros, entre otros.

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Si bien el centro minero de Zimapán no fue uno de los mayores productores de plata en el virreinato -como se verá más adelante-, el volumen de producción de este fue considerable. Aunado a ello, en 1729 se llevó a cabo el establecimiento de una caja real, lo que permite suponer que la zona adquirió mayor importancia económica, y obtener más información de la actividad minera a través de una fuente fiscal. El estudio aborda del siglo XVI a las primeras décadas del XIX, con la intención de comprender los cambios y las continuidades en la estructura económica regional.

Aunque existen importantes trabajos enfocados a la minería, son pocos los que dedican sus páginas al centro minero de Zimapán. Entre estos últimos se ubica el libro de Gilda Cubillo Moreno (1991) y el artículo de la historiadora Isabel Povea (2017) sobre los juegos de azar. La primera autora identifica los componentes del sector minero a partir de las relaciones y el funcionamiento interno desde la perspectiva regional, teniendo como objeto de estudio el complejo de los reales de Pachuca, Ixmiquilpan y Zimapán de 1552 a 1620; por lo que es el principal antecedente de la presente investigación.

Carlos Sempat Assadourian (1982) expone que los territorios españoles en América tuvieron una economía con dinámica propia impulsada por la exportación y la explotación de metales, así como sus efectos de arrastre que promovieron la migración tanto al interior como desde el exterior, que ayudaron al crecimiento urbano y al aumento de la demanda y del consumo. De este modo, la minería se caracteriza como “motor de crecimiento de la economía” (Hausberger, 2015, p. 45). Sobre el tema, Antonio Ibarra (2015) ha señalado que surgieron encadenamientos productivos y regionales a partir de la producción argentífera, lo que provocó un mecanismo de arrastre que conformó el mercado interno al articular diversos espacios y dar lugar a un dinamismo de producción regional.

Por su parte, Brígida von Mentz (2015) indica que los centros mineros crearon redes de abastecimiento amplias, por lo que cerca o alrededor de ellos se formaron núcleos de haciendas agroganaderas y diversas carboneras. De la misma manera, Carlos Marichal (2015) apunta que las empresas mineras funcionaban como hinterland para las economías regionales. En tanto, Gisela von Wobeser (1989) ha mostrado que uno de los principales incentivos de los hacendados para ocupar nuevas tierras fue la existencia de minas en áreas cercanas. Como se observa, esta idea del mecanismo de arrastre a partir de la minería no es un postulado novedoso.

El Valle del Mezquital

El Valle del Mezquital abarca el centro y el suroeste del actual estado de Hidalgo, una pequeña porción del norte del Estado de México y del sureste de Querétaro; aunque los límites varían según diferentes autores. Para efectos de esta investigación, se retoma la delimitación hidrográfica utilizada por Fernando López Aguilar, que comprende ocho subcuencas del sistema Moctezuma-Pánuco: Actopan, Alfajayucan, Arroyo Zarco, Rosas, Salado, Tecozautla, Tlautla y Tula. En cuanto a la topografía, el autor distingue las sierras de Tolcayuca como límite sureste, la Sierra Gorda al norte, noreste y este, y la Sierra de las Cruces al oeste (López, 2015).

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Como se constata en el mapa 1, orográficamente cuenta tanto con planicies y mesetas como con formas accidentadas -por ejemplo, la caldera de Huichapan al este del pueblo del mismo nombre-. La región estuvo habitada desde la época prehispánica por los hñahñu, que vivían en caseríos dispersos, y funcionó como frontera chichimeca (Fournier, 2003). Se distinguieron dos áreas, el Mezquital Verde y el Mezquital Árido. En el primero fue posible una agricultura permanente, mientras en el segundo se practicaba la agricultura estacional y la caza-recolección (López, 2005).

Elinor Melville (1994) refiere que antes de la llegada de los europeos y hasta mediados del siglo XVI el paisaje regional era diferente al semidesértico que ahora se observa. Existen evidencias de que hubo bosques hasta la década de 1560, por ejemplo, en Ixmiquilpan había un bosque de mezquite en 1540, del cual los mineros se abastecieron, y había abundante agua para regímenes extensivos de riego. Las regiones secas como Tlacotlalpilco, Chilcuautla e Ixmiquilpan eran consideradas buenas para el cultivo de algodón y chile.

La misma autora señala la introducción de ganado y, por consiguiente, el pastoreo como las causas de la desertificación de la región, que otrora fuera fértil. En su análisis distingue tres etapas principales. En la primera de ellas (1530-1550) se introdujeron ovejas, bovinos, caballos, cerdos y cabras; a pesar de que la densidad de animales era baja, causó mucho daño en las tierras de los indios, lo que provocó disputas importantes entre los pueblos y los dueños del ganado. La segunda etapa (1560-1570) se caracterizó por el aumento exponencial de los animales y, por consiguiente, por una acelerada reducción de la altura y el tamaño de la capa vegetal. En la tercera (último cuarto del siglo XVI), la vegetación fue sustituida por especies de zonas áridas (lechuguilla, nopal, yuca, mezquite, cardón y matorrales espinosos).

Aunado a la pérdida de la calidad y cantidad del pasto, hubo un colapso en la población animal y el tamaño de los rebaños se redujo en gran medida. De igual manera, el descubrimiento de las minas de Ixmiquilpan, Pachuca y Zimapán y la producción acelerada de cal para la construcción de la ciudad de México causaron una excesiva tala de árboles, que para la década de 1570 provocó la desaparición de bosques, la erosión del suelo, la filtración de agua y la desecación de manantiales, lo cual puso fin a la agricultura de riego. Para finales del XVI, el pastoreo extensivo sustituyó al intensivo como forma de explotación dominante en la región.

Haciendas y su Evolución

Después de la conquista y de las afectaciones por las epidemias que redujeron la población indígena, los españoles afrontaron el problema de la limitación creciente de recursos; por ello, se produjo un aumento en la acumulación de tierras para la producción agrícola a través de mercedes reales o por la apropiación de aquellas que se consideraban jurídicamente libres. Del mismo modo, luego de numerosos problemas causados por los rebaños en los pueblos de indios, se concedieron estancias para los sitios de ganado (Chevalier, 2013). La mayoría de estas cesiones se dieron entre 1540 y 1620, y se repartieron cerca de 600 000 hectáreas en toda la Nueva España, de las cuales solo una pequeña parte terminó en manos indias.

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Otra concesión de la Corona fue la encomienda, la cual era otorgada a los conquistadores para que protegieran y evangelizaran a los indios a cambio de tributos y tierras. Dicha institución funcionó hasta 1720, cuando fue abolida por la monarquía para restarle poder a los encomenderos. Con su extinción, la propiedad de las tierras no se vio afectada, razón por la que se le considera un antecedente de la hacienda (Nickel, 1996). Sumado a esto, desde la década de 1530 en el Valle del Mezquital las empresas de pastoreo y pequeñas propiedades agrícolas denominadas “labores” se unieron a las encomiendas (Melville, 1994). A finales del siglo aumentó la demanda de recursos agrarios en el virreinato llevando a los terratenientes a buscar un crecimiento de la producción. De esta forma, adquirieron más tierras, más trabajadores y realizaron obras de infraestructura (Wobeser, 1989).

Para el caso de la región estudiada, la mayoría de las tierras concedidas durante esta época se dedicaron a la crianza de ovejas, aunque también aumentaron en número aquellas destinadas para la agricultura. De acuerdo con Herbert J. Nickel, la hacienda es una “institución social y económica cuya actividad productiva se desarrolla en el sector agrario” (1996, p. 19). El problema con esta definición es que deja fuera las haciendas de beneficio. Siguiendo con las características, se distinguen diversos tipos de hacienda según la actividad productiva de estas. La hacienda cerealera fue aquella dedicada principalmente al cultivo de maíz, trigo y cebada, junto con otras especies vegetales; la hacienda ganadera, como su nombre lo indica, era destinada a la cría de ganado mayor y menor, y la hacienda mixta fue una combinación de las dos anteriores (Wobeser, 1989).

Por otro lado, en la hacienda de beneficio se refinaban los metales extraídos (Brading, 1975); mientras en el siglo XVIII se desarrollaron las haciendas pulqueras. Ahora bien, las haciendas pueden distinguirse no solo por su producción, sino también es posible hacer una jerarquización de estas a partir de su extensión, la fuente de su capital, la calidad de la tierra, la tecnología con la que contaban y los trabajadores que empleaban. Los ranchos fueron tierras productivas de menores dimensiones que, muchas veces, pertenecieron a las haciendas, aunque también los hubo independientes. Otra extensión territorial de la hacienda fueron los gavilleros, que por lo general se encontraban en las periferias.

Según el impreso de 1746 de Villaseñor y Sánchez, Theatro americano, en esa época había seis haciendas de labor en Ixmiquilpan: Juan Dó, Deminyó, Azuchitlán, La Florida, Vetzá (Ocotzá) y San Pablo. En estas se cultivaba maíz, trigo, cebada y otras semillas (Villaseñor y Sánchez, 1746). Dentro de la Teotlalpan, Wobeser ubica en 1767 dos haciendas de la Compañía de Jesús: la hacienda San Francisco Chicavasco, que se dedicaba a la ganadería, y la hacienda Quesalapa, que era trapiche (Wobeser, 1989).

En el caso de la jurisdicción de Huichapan, durante el siglo XVIII el área era conocida por su producción de ganado cárnico y de arreo, en especial la cabecera y los pueblos de Alfajayucan, Huichapan, Nopala y Tecozautla; mientras en Tepeji y Xilotepec se cultivaba maíz y trigo. Jiménez y Ramírez señalan la existencia de 64 haciendas, en busca de ejemplificar con trece de ellas que la producción ganadera fue la actividad más importante de la región, ya que se criaban muletos, potros, becerros, lechones, burros, borregos y chivos. De igual forma, estas haciendas producían cebada, frijol, maíz y, en menor proporción, leche y pulque (Jiménez y Ramírez, 2014). Por último, es importante destacar la producción otomí, la cual se basó en el algodón, el maguey y sus derivados; llegó a una especialización tal que su economía dependió de los textiles de fibra de maguey, de la miel de agave y del pulque (Fournier, 2003).

Zimapán y su Contexto Geográfico y Minero

Zimapán se encuentra en el límite norte del Valle del Mezquital, dentro de la Sierra Gorda, en el estado de Hidalgo. De acuerdo con el Sistema de Información Histórico-Geográfica de Hispanoamérica, la jurisdicción de Zimapán de 1701 a 1808 corresponde a los límites actuales del municipio (Austrian Science Fund, 2020). En el mapa 1 se ve que solo el sur de la zona pertenece al Valle del Mezquital, mientras el resto posee una geografía accidentada debido a la Sierra Gorda. En la parte de la serranía que va de Pachuca a Zimapán están los yacimientos estatales más ricos, y cuenta con un ecosistema de bosque de pino-encino y relictos de vegetación semitropical.

A lo largo de la década de 1540 se descubrieron depósitos de plata y plomo en Ixmiquilpan (Melville, 1994), y se sabe que para 1552 las minas de Santo Tomé ya estaban activas. Las primeras noticias de yacimientos argentíferos en Pachuca y Zimapán datan de este mismo año (Cubillo, 1991), pero en esta área los trabajos extractivos no comenzaron hasta 1576, según la Relación de las minas de Zimapán. Gilda Cubillo (1991) anota que pertenecieron a esta jurisdicción las minas de La Cazuela, de Las Encinas, de Vaquero y las de los cerros Bermejo y de Nuestra Señora.

Patricia Fournier y Fernando López (2015) señalan que Ixmiquilpan, Cardonal y Zimapán formaron una misma subregión minera en el siglo XV; mientras en el XVIII se anexaron Santa Cruz de los Álamos y la Pechuga. En la cartografía de 1579 (véase el mapa 2) se aprecia que veintisiete años después del descubrimiento de vetas ya estaba establecido el centro minero. El mapa está orientado hacia el norte -como indicia la rosa de los vientos en medio del lienzo-. En lo relativo al paisaje, se distingue un río que rodea al pueblo por el este, sur y oeste, así como otras corrientes de agua menores que bajan de los cerros. También están representadas las minas del Monte, Tolimán, Santiago y San Pedro en la sierra que compone el relieve.

En cuanto a la urbanización, en la parte central se encuentra la plaza, al este de ella está la iglesia y la casa del padre; al oeste se halla la casa del juez, y alrededor se ven las propiedades con el apellido de la familia escrito al pie de cada una de ellas; sin embargo, resalta que en el norte no hay construcciones. Al sureste se aprecia el camino a Ixmiquilpan denotando el vínculo que existió entre ambos asentamientos. Debido a la implementación de la fundición de patio, en la región se dio un auge de la minería, que atrajo a un gran número de mineros, comerciantes y artesanos españoles y a indios de laboríos que se emplearon como trabajadores asalariados en las minas (Mendizábal, 1941).

Hacienda de San Pedro Tejalpa

La extensión total de la propiedad era de 2 500 hectáreas. Esta hacienda se conformó como tal desde 1625. En este año quedaron deslindados los límites con las haciendas colindantes y los pueblos cercanos. El 31 de diciembre de 1625 se realizó la escritura de transacción en Zinacantepec, ante el escribano Bernardino de Amunarres, en la cual ya aparece como parte de la hacienda de San Pedro, las tierras dl pueblo de San Agustín y de San Pedro.

Ya para el año 1632, según se asienta en el Archivo de la Hacienda de San Pedro Tejalpa, la misma estaba compuesta de “dos casas, corrales, un sitio para ganado menor, seis caballerías de tierra y algunos caballos que compraron a los indios”. Conforme las mismas fuentes, el 17 de abril de 1868, la hacienda pasó a manos del señor Ruperto Medina, quien contrajo nupcias con Concepción Garduño, cuya familia era propietaria de la famosa Hacienda de Pastejé en Ixtlahuaca. La sombría figura del hacendado porfirista, conservador, ausentista, y que no estaba interesado en el incremento de la productividad de la empresa con base en la modernización, podría ser puesta en duda en la confrontación con este personaje, Medina Garduño se preocupó por aumentar las posibilidades del riego.

Las aguas las aprovechó en la fábrica. Seguramente Manuel Medina Garduño contó con recursos suficientes para emprender la modernización del molino de trigo que estrenó piedras francesas y la maquinaria necesaria para su funcionamiento. A partir de este momento el crecimiento de las actividades, según los datos que aporta la investigación dada a conocer en la publicación “Origen y evolución de la hacienda en México”. Siglos XVI al XX, en su apartado “Manuel Medina Garduño: hacendado, empresario y político del Estado de México.

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