Descubre la Fascinante Historia y el Legado Único de Hacienda Casa Bautistapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Originalmente, el término "hacienda" se refería a un "conjunto de bienes", por eso, durante los primeros años de la época colonial las ahora llamadas haciendas eran más bien estancias asignadas a los encomenderos españoles.

En el transcurso del siglo XVII las estancias fueron creciendo en extensión y número, y se situaron en regiones cada vez más apartadas de las poblaciones importantes; pero su actividad primordial siguió siendo la producción de ganado.

Al perfilarse como el más importante sistema económico, a aquélla accedieron no sólo los estratos más favorecidos de la sociedad sino otros grupos, que hasta el momento se habían mantenido al margen, surgiendo así un sector medio rural.

Durante el siglo XIX muchas de las haciendas maicero-ganaderas, especialmente las de Mérida, se transformaron en henequeneras.

El henequén creó un escenario completamente nuevo que abarcaba el paisaje y los edificios de la hacienda, incluyendo las viviendas de los trabajadores.

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La casa principal expresaba la presencia del hacendado; la casa de máquinas, concebida muchas veces como un verdadero templo o palacio del trabajo; la iglesia o capilla como parte de la casa principal; las casas de los trabajadores, modernas también, de mampostería y teja ubicaban al peón en el nuevo mundo apropiado por el hacendado, que abarcaba todo el territorio visible.

A mediados de 1940, cuando se inventaron los hilos sintéticos, la industria del henequén cayó abruptamente y con ello, el esplendor de las haciendas.

Las Haciendas Mayas en el Siglo XIX

No sólo los grupos "blancos" y pudientes de la sociedad tuvieron haciendas, sino también los mayas. Al ser la hacienda una de las pocas actividades económicas productivas que se podían llevar a cabo en la península, algunos mayas (si bien son minoría) se volvieron propietarios, incluso tuvieron trabajadores adeudados; por tanto, no permanecieron al margen del desarrollo económico y participaron activamente de éste.

Así, en este trabajo nos ocupamos de los amos mayas, seguimos algunas de sus estrategias y reconstruimos sus lazos y sus relaciones. La principal fuente utilizada han sido documentos de carácter notarial, en particular los testamentos, de los cuales se han estudiado algunas variables como la de cónyuge, albacea testamentario y testigo.

En febrero de 1842, el viajero John Lloyd Stephens llegó al rancho Kiwic en Yucatán y describió a su dueño de la siguiente forma:

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El tal propietario era un indio puro, el primero de esta antigua pero degradada raza a quien hubiésemos visto en la posición de ser dueño y propietario de tierras: era como de cuarenta y cinco años de edad y muy respetable en su apariencia y maneras. Había heredado de sus padres aquella finca, sin saber cuánto tiempo hacía que se les hubiese transmitido, si bien estaba en la creencia de que siempre había estado en su familia. Sirvientes suyos eran los indios del rancho, y en ningún pueblo o hacienda habíamos visto hombres de mejor apariencia y mejor disciplinados [...] No es exacto que el indio sea apto solamente para los trabajos manuales, sino que es muy capaz de poseer lo que se necesita para dirigir los trabajos de otros... (2003: 324).

Stephens se sorprendió al constatar que un indio podía ser "amo", pero el cacique de Kiwic no era el primero ni el último en serlo.

La imagen de que sólo los grupos "blancos" y pudientes de la sociedad eran propietarios de haciendas y ranchos, y que los mayas no tuvieron más remedio que servir ahí debido a su pobreza, no ha dejado percibir en su justa dimensión los proyectos económicos individuales de un grupo de indígenas que, si bien es minoritario, no permaneció al margen de los sistemas económicos dominantes.

Para realizar lo anterior, he utilizado documentos de carácter notarial, en particular los testamentos y los intestados, escritos en español, que prácticamente han sido la única vía para entrar en la vida de estos mayas, a quienes he identificado como tales por el patronímico.

Nosotros hemos trabajado con una serie de testamentos e intestados del siglo XIX que pertenecen al aún poco explorado ramo de justicia civil del Archivo General del Estado de Yucatán. Se han utilizado cuando entre los bienes se consignó una hacienda, un rancho, un sitio o un paraje, y cuando en las dos últimas situaciones contaban con ganado, colmenas, siembra de maíz o un sirviente adeudado.

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Mi muestra está conformada por veintidós mayas (18 hombres y cuatro mujeres, con sus maridos) que redactaron su testamento o murieron intestados entre 1830 y 1879, tres del barrio de Santiago de Mérida (Manuel Koyox, Antonio Xul y Hermenegildo Caamal), tres de Kinchil (el padre e hijo José Gertrudis y José Tzuc y Crisanto Chac), dos de Halachó (los esposos Buenaventura Cab y Dominga Choch), uno de Teya (José María Uicab), uno de Tipikal (Juan Ek), uno de Homún (José María Chim), uno de Mocochá (Clemente Chan), una de Samahil (Felipa Pech), uno de Bokobá (Pedro Chan), uno de Tecoh (Pablo Chablé), uno de Tixpehual (Laureano Puc), uno de Seyé (José María Chuc), uno de Tunkás (José María Uc), uno de Hunucmá (Bruno Ek), una de Ixil (Josefa Pech), una de Muna (Juana Cocom) y uno de Hocabá (Eustaquio Dzul).

Características de las Haciendas Yucatecas

Así, en Yucatán la hacienda nació tardíamente, hacia fines del siglo XVIII, justo cuando se vivía en varias partes de la Nueva España un proceso de impulso de la propiedad individual.

Las haciendas yucatecas de antes del porfiriato, salvo muy pocas excepciones, no pueden compararse ni con las construcciones actuales ni mucho menos con las del centro y norte de México. Eran empresas de agricultura y ganado (siendo éste y sus derivados donde se concentraba la mayor inversión junto con la deuda de criados), con construcciones modestas en tamaño e infraestructura y con altas deudas hipotecarias.

Quizá un rasgo esencial de la hacienda yucateca sea precisamente sus proporciones y sus bajos avalúos. De hecho, la frontera entre rancho y hacienda para el Yucatán decimonónico resulta bastante difusa y a veces las dos propiedades suelen confundirse.

Hablamos de propiedades valuadas entre los 200 y los 5 000 pesos, aunque una mayoría está gravada con censos e hipotecas, modelo que no difiere con el de sus otros homólogos yucatecos.

Se tienen consignados algunos nombres de amos mayas por las ventas que realizaron de sus propiedades, ya sea en vida o a través de sus herederos una vez muertos los amos, aunque no se cuenta con más datos. Ese sería el caso de Antonio Pisté, dueño de Kehuelmay; Pascuala Balam, de Xhobonyá; Pedro Cab, amo de Tzutzuyil; o Antonio Cocom, de Xluch.

En los cuadros 5 y 6 se puede observar que su valor, cuando se consigna, podía ir desde 40 pesos por un paraje (de Pedro Chan de Bokobá) hasta 2 838 por una hacienda (de José María Chuc de Seyé).

Sí se nota una gran diferencia entre los que dictaron testamento y los intestados. Sin ninguna duda alcanzaban valores más altos las propiedades de los testadores, en donde se cuentan varios caciques, aunque tampoco se trata de un modelo único, pues entre los intestados hay un ex cacique cuya propiedad sólo alcanzó los 377 pesos (José Tzuc). En ese grupo el paraje Xcacalchén de Felipa Pech alcanzó un valor de 909 pesos, seis reales.

En otro trabajo ya habíamos hecho notar (Machuca Gallegos, 2007) que en las haciendas yucatecas, antes del boom henequenero, la mayor inversión era de ganado. Este modelo se sigue aplicando al caso de los mayas analizados, pues el porcentaje va desde un 39 % hasta un 94 % del valor total de la propiedad. La inversión en la planta (infraestructura) o en colmenas es mínima.

En el grupo de testadores, sin ninguna duda se encuentran mayas pudientes que poseían casa, solares, joyas y diversos muebles y utensilios; el que menos dejó, 450 pesos (Laureano Puc de Tixpehual); el más solvente resultó ser José María Chuc, de Seyé, con bienes que ascendían a 2 863 pesos.

De los intestados, algunos consignan propiedad de solares y casa, fluctuando las fortunas entre 244 (de Juan Ek de Tipikal) y 2 853 pesos (de Clemente Chan de Mocochá).

Análisis de Testamentos e Intestados

Para el análisis de los testamentos, hemos seguido el modelo de Jacques Poloni Simard (1998 y 2002), quien parte de la idea de que la búsqueda de los lazos interindividuales permite poner en evidencia los medios sociales en los cuales los actores se inscribían. Para lograrlo utiliza tres variables relacionales: los cónyuges, los albaceas y los testigos. Aunque nosotros hemos agregado también a los deudores y a los sirvientes adeudados.

La variable del cónyuge resulta importante, pues permite saber en qué medio se escogían las esposas (os) y si algunos rebasaban su ámbito étnico a través de este sacramento. En la muestra analizada (ver cuadros 4 y 7) se encuentran dos tendencias diferentes según si eran intestados o testadores. En el primer grupo, de intestados, compuesto de nueve personas, siete se casaron una vez, uno lo hizo dos y un último (José Tzuc) tres. Todos los cónyuges eran mayas.

De los trece testadores, cinco contrajeron nupcias una vez, seis dos veces, y dos (Pedro Chan y José María Chuc) tres. En tres casos de segundo y tercer matrimonio pensamos que la esposa ya no era maya por el apellido: así consideramos a Juliana Baldez, Juliana Ávila y Jacinta Aguayo.

Ninguna esposa aportó nada a la unión, a excepción de Jacinta Aguayo (casada con Hermenegildo Caamal), quien lo hizo con un rosario de oro y coral, una venera de coral, cinco pares de aretes y dos pares de argollas de oro (al parecer, ella también era viuda). En el caso de primeras nupcias sólo Eustaquio Dzul contribuyó con dos tablajes de tierras, la tercera parte de otro paraje, un solar y dos novillonas. Todos los demás testadores manifestaron haber llegado a su matrimonio sin bien alguno.

Vale la pena hacer una breve mención al número de hijos (cuadros 4 y 7), los cuales iban desde ninguno (el caso de Juana Cocom ) y uno que tuvo Antonio Xul, hasta los diez de José Tzuc y los once de Buenaventura Cab y su esposa Dominga Choch, siendo el número promedio de cinco. Lógicamente, con tanto hijo había que encontrar la fórmula más apropiada para que las propiedades no fueran divididas, como se verá más adelante.

Los albaceas constituían una figura muy importante, pues se encargaban de ejecutar la última voluntad del testador, de ahí que se escogieran con cuidado. Por lo general eran parientes: en primer lugar, la o el cónyuge o uno de los hijos, después un hermano o yerno.

Sin embargo, los trece testadores (cuadro 4) siguieron un patrón ligeramente diferente: cuatro nombraron a sus esposas y sólo dos las pusieron en primer lugar; seis eligieron a sus hijos, pero únicamente cuatro encabezan la lista; tres prefirieron a sus hermanos, dos a sus nietos, otros dos a sus cuñados y uno a su suegro. En cinco casos también se designó a albaceas externos a la familia: José María Uc, de Tunkás, escogió a don Juan Isidro Pérez; Eustaquio Dzul, de Hocabá, a don Pedro Arsiquea y don Casimiro Echevarría (de hecho Arsique también sería curador de sus hijos pequeños), y José María Chuc, de Seyé, escogió a don José Dolores Rodríguez y a don José Gil Angulo. Pedro Chan, de Bokobá, a don Buenaventura Martínez; y Bruno Ek, de Hunucmá, nada menos que a Santiago Méndez, varias veces gobernador de la península.

Si se observa, el "don" marca cierta preeminencia y los nombres a todas luces no son mayas. Desafortunadamente, en el estado actual de nuestras investigaciones no sabemos aún quienes eran ellos. En todo caso, quizá los testadores pensaban que la gestión y repartición de bienes sería mejor llevada a cabo por "blancos".

Simard observó respecto a la región de Cuenca que la preferencia de escoger al albacea entre la familia no era general: era mayoritaria para los indios (los caciques e indios preferían su propio mundo), media para los cholos o mestizos y muy baja para los mestizos, quienes tendían al mundo de los blancos. Los clérigos también eran muy socorridos, pero en nuestra pequeña muestra no aparecen; más bien los encontramos en los testamentos de los grupos mestizos y blancos.

Los testigos eran escogidos fuera del círculo familiar y se necesitaban al menos tres personas para validar el testamento. Sin embargo, es posible que los testigos más bien sean parte de las relaciones del notario y no del testador, por lo que resulta arriesgado sacar conclusiones de estos datos, dada la inexactitud de la fuente para medir la fuerza de los lazos.

De los 45 testigos asentados (cuadro 4), de apellidos mayas únicamente había cinco. Sólo en un caso se observa que se cruza la variable de testigo con la de clientela: José Gertrudis Tzuc debía 72 pesos al presbítero Tranquilino Sánchez. Se puede notar que para la validación de los testamentos, al menos los notarios tenían una preferencia por el sector "blanco".

Otro rubro que consideramos de gran importancia es el de las deudas. No sólo resulta sobresaliente saber si los mayas analizados contraían préstamos, sino con quién, pues esto también es un indicador de los diferentes ámbitos en que se desenvolvían.

La Hacienda de San Juan Bautista Tabi

La hacienda de San Juan Bautista Tabi, en la carretera que nos lleva a Yaxcabah, fue de las pocas de producción diversificada, cuyos cultivos más importantes fueron la caña de azúcar y el maíz. La fachada de su casa principal es suntuosa, con doble arquería y en su iglesia cuenta con un magnífico retablo.

La planta de las haciendas ganadero-maiceras estuvo integrada por la casa principal, la capilla, las casas-habitación para los diferentes estratos de la población que sostenía la hacienda; las construcciones de servicios y producción; los corrales y la noria siempre cercanos a la casa principal; los terrenos destinados a la producción agrícola y ganadera y los de reserva.La casa principal tuvo un papel importante dentro del conjunto, ya que su emplazamiento fue eje directriz en el ordenamiento espacial. Su disposición tomó en cuenta factores climáticos dado el calor y la humedad de la región.

Se buscó la circulación cruzada del viento y la protección del sol, condicionamientos a los que se apegaron la generalidad de las construcciones, de planta abierta longitudinal, con corredores techados que protegieran las fachadas, desde donde se pudiese controlar visualmente el desarrollo de todo el conjunto.

También en la distribución espacial de las haciendas tuvo influencia la concepción indígena del solar, que vincula de forma permanente la vivienda y el terreno. Así, la casa principal se ubica en el interior del terreno, en un espacio preferente, ligado al exterior, nunca fuera o cercano a éste.

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